Siria país del amor,
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Siria, país de la felicidad.
Don los sentimos son de alegría
Cuánto deseo que los sonidos lleguen al cielo de mi país
Ojalá sean sonidos de alegría.
Pero son sonidos de armas.
Cuánto deseo escucha el sonido de niños felices.
Pero te quedaste sin alegría.
Cuánto deseo jugar por tus calles.
Pero veo que todo está destruido.
Cuánto deseo y deseo y deseo.
Y los deseos no paran.
Cuánto deseo que vuelva Siria a ser noble y su bandera digna.
***
Aún recuerdo una estación de metro en la que algunas familias encontraban un rincón en el que pasar el día. Tenían letreros de cartón en los que pedían monedas para comer. Veía en su situación la dignidad de seres humanos que se fueron de su país para sobrevivir a una guerra. Las fronteras deberían ser puentes y no muros, dijo hace cinco años algún comisionado europeo.
El poema sobre Siria fue escrito por un niño en uno de los campos de refugiados de Europa. En su cuaderno, también dibuja a lápiz cómo recuerda su país: en sus trazos hay polvo, cuerpos quebrados y heridos, suenan estallidos e incluso silencios.
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Nacido en Siria (2016) es un documental del reportero de guerra argentino Hernán Zin, quien también dirigió Nacido en Gaza. Los dos filmes tienen en común que el conflicto que se vive en cada país es narrado desde las voces y las historias de diferentes niños, pero se diferencian en que Nacido en Siria documenta los trayectos de familias sirias hacia Alemania o Bélgica en 2015, como las familias de los niños Daesh, Arasuli, Hamude, Marwan, Jihan, Kais, entre otros. Mientras que Nacido en Gaza se enfoca en la vida de los palestinos en una ciudad atrapada entre un muro y el mar.
Algunos de los trayectos que muestra Nacido en Siria comienzan en Turquía, frontera con Siria. Salen hacia la isla griega de Lesbos: por atravesar el Mediterráneo, los sirios suelen pagarles a las mafias alrededor de cinco mil a seis mil dólares por familia para asegurar cupo en algún bote. Quienes arriban a Lesbos esperan llegar de algún modo a Atenas. Otros arrancan desde Turquía hacia Budapest (Hungría), luego a Austria y por último Alemania. Otros van a Serbia o Croacia, siguen en Eslovenia y de allí cruzan a Austria para llegar a Alemania o en algunos casos a Bélgica. Los trayectos dependen de la suerte: si las fronteras están abiertas o no, cuánto tiempo permanecen cerradas, si en Alemania logran demostrar que huyen por algo más que la guerra para que les permitan quedarse, si les dan permiso de residencia durante apenas un año, o tres, o indefinidamente, si aprenden alemán o francés (en Bélgica) para trabajar, en fin.
Por los cierres de fronteras y desvíos en las rutas, al equipo de Zin le costaba reencontrar a los personajes para documentar en qué iba su historia. También tuvieron problemas en algunos de los doce países que recorrieron; en Turquía y Macedonia les pusieron trabas para entrar con cámaras a los campos de refugiados.
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La intuición era el método con el que Zin elegía a los niños que saldrían en el documental: aquel que lo miraba como queriendo contar su historia, la contaba. Algunos de los protagonistas emprendieron aquel éxodo junto a sus tíos porque sus padres debieron quedarse o porque los perdieron en la guerra.
En una entrevista con El Diario español, Zin reflexionó sobre el cine y el periodismo: “Si los rusos están bombardeando Alepo toda la semana y en una sola semana mueren 130 niños, tenemos que mirar a esos niños a los ojos. Si te digo la cifra, piensas: ‘Qué hijos de puta!’, pero si los miras a los ojos, te aseguro que todo toma sentido”.
Uno de los niños que cuenta su historia en Nacido en Siria es Kais, quien tiene el rostro, el dorso y una mano desfigurados por quemaduras. Kais es atendido en un hospital para sirios en Turquía. Zin mostró el aspecto del niño porque consideró que como director no tiene por qué ocultarle realidades al espectador; es el espectador quien decide pausar el documental o ver a Kais a los ojos.
Los campos de refugiados como Moria (en Lesbos, Grecia) se vuelven un limbo para aquellos que no logran asilo en ningún país europeo y tampoco pueden regresar a su país. En Moria no hay luz, ni agua, ni sanidad, ni posibilidades de educación. Alrededor de veinte mil personas duermen en un espacio propicio para dos mil quinientas.
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En 2016 la Unión Europea llegó a un acuerdo económico para que Turquía mantuviera en su territorio a los refugiados. Pero los que aun así logran llegar a Lesbos deben esperar por años a que el gobierno griego procese las solicitudes de asilo. Según Naciones Unidas, el 40% de los residentes de Moria son menores de edad.
En París conocí una profesora de literatura comparada que iba a la casa de refugiados de esa ciudad a leer poemas en árabe, a dictar talleres de escritura y a enseñar francés; ofrecerles un rato para leer en su lengua materna es su aporte ante esta crisis humanitaria. Para la profesora parisina, Europa se equivoca al pensar que tiene elección en recibir a los refugiados: “no, no la hay”.
Nacido en Siria cierra con la historia de Marwan, quien concluye su relato diciendo: “Al principio pensaba que el problema solo era cruzar el mar”. El problema no es el mar, sino cerca a qué pedazo del mar nacemos.