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Alabaos, gualíes y levantamiento de tumbas: el arte de no morir en soledad (Opinión)

Cuando no tenemos una comunidad real, la muerte se vuelve un territorio solitario, inhóspito, desolador. Hay culturas ancestrales en Colombia, en cambio, que llevan siglos cultivando el arte de navegar en colectivo el océano del duelo.

Saia Vergara Jaime*

10 de mayo de 2026 - 09:35 a. m.
Imagen de referencia.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Hace 1321 días mi vida se reseteó y tuve que empezar a reconstruirla de a pedacitos. Casi que me tocó volver a aprender a hablar porque solo quería llorar y permanecer en silencio. El 16 de agosto de 2022, mi padre se fue a algún lugar que desconozco. Y aún no logro entender qué pasó con su muerte ni cómo he podido vivir tan sola este proceso durante tanto tiempo. Lo único que sé es que ya no me suena el celular tres veces al día y que no puedo llamarlo cuando me siento perdida.

Es inevitable pensar en la desconexión en la que vivimos quienes hemos crecido entre el cemento y la contaminación ambiental, entre trancones, estrés y una vinculación afectiva con la tecnología cada día más enfermiza. Hacemos parte de comunidades digitales de cientos y miles de seguidores que, en la mayoría de los casos, ni siquiera conocemos. Pensamos que esa red es real, que nos pertenece. Hasta el día en que se nos muere un ser amado y todo alrededor se derrumba. Entonces nos damos cuenta de la fantasía en la que hemos estado viviendo porque, en realidad, estamos solos, solas.

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En contraste, existen otros universos más reales, llenos de belleza, de antigüedad, que durante siglos han estado en contacto con la naturaleza y con el amor entendido desde lo colectivo. Uno de ellos fue incluido en 2014 en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Me refiero a los ritos mortuorios ancestrales de la región del Medio San Juan (Chocó), extendidos entre los pueblos negros del Pacífico colombiano. La herencia de los saberes africanos, los alabaos, gualíes y levantamiento de tumbas, le permite no a una persona, sino a una comunidad entera aliviar el dolor que deja a su paso la muerte de un ser querido.

Esos rituales incluyen la despedida con cantos y bailes, el abrazo colectivo, el fortalecimiento de las redes de apoyo, la solidaridad, la reflexión y la conversación en torno a lo sucedido durante el duelo. Cuando supe de esta manifestación, me pregunté cómo habría sido mi proceso si en nuestros ritos mortuorios occidentales hubiera existido algo similar… con seguridad no me habría sentido tan sola, tan perdida, tan devastada.

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Hace 25 años, ad portas de graduarme como historiadora, descubrí en la Historia General del África (Unesco) a Amadou Hampaté Ba, Joseph Ki-Zerbo y Jan Vansina. Estos académicos explican cómo las civilizaciones africanas, que son orales, transmiten a través de las tradiciones y la cultura lo más esencial de su patrimonio social, como, por ejemplo, la relación con el nacimiento y la muerte. Cabe preguntarse por nuestros rituales occidentales frente a estos dos eventos.

La población negra del Pacífico colombiano ha preservado la herencia de sus ancestros y ancestras, y sigue unida al cordón umbilical del origen. Nosotras, en cambio, personas mestizas, urbanitas, con aspiraciones a ser lo que no somos, vivimos desconectadas de la naturaleza y alejadas de una comprensión superior sobre lo esencial y lo comunitario. Cuando se nos muere un ser amado, nos quedamos en un limbo del que no sabemos cómo salir porque nuestros rituales no nos conectan con la vida, sino que nos sumergen en un dolor individual profundo del que, además, no se habla y, en consecuencia, no se sabe cómo afrontar.

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No me cabe duda de que necesitamos aproximarnos con urgencia a la profundidad espiritual de los pueblos ancestrales de Colombia porque, tal vez, en sus rituales está parte de lo que como sociedad hemos perdido, entre otras, la posibilidad de no atravesar la muerte en soledad.

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*Historiadora, magíster en Comunicación Audiovisual, doctora en Creatividad Aplicada. Viceministra de los Patrimonios, las Memorias y la Gobernanza Cultural del MinCulturas.

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Por Saia Vergara Jaime*

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