Desde autores colombianos como Fernando Molano Vargas con El beso de Dick, y Christian Llano, con “Duele quien soy” (2025), hasta novelas como “Las malas”, de Camila Sosa Villada (Argentina), o "Inacabada", de Ariel Richards (Chile), la literatura latinoamericana cuenta con una variedad de títulos y autores queer de la región, quienes crean espacios de visibilidad y reconocimiento a través de las letras. A esto se suma la conversación digital y de mainstreaming de series y adaptaciones literarias provenientes de Occidente, que ha puesto en el centro las relaciones entre personas del mismo sexo y nuevas formas de narrar el afecto.
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Hacer las paces con la incomodidad
Para el autor chileno Alberto Fuguet, escribir siempre estuvo ligado a la posibilidad de encontrar control y pertenencia. “Yo soy escritor por dos razones. Una, porque yo no sabía español. El español es mi lengua de adopción; mi lengua natal es el inglés. Me crié en Estados Unidos hasta los 11 años. Y lo otro creo que tiene que ver con ser gay o queer, estar en el clóset o querer salir de él. Escribiendo sentía que podía tener control”, afirmó Fuguet.
Con más de cuatro décadas de trayectoria, Fuguet —autor de títulos como Sudor (2016), Ciertos chicos (2024) y Tinta Roja (1996)— continuó explorando las relaciones humanas, la intimidad y las identidades disidentes. En su más reciente novela, “Ushuaia”, abordó el vínculo entre una madre inmigrante argentina y su hijo, atravesados por tensiones afectivas, deseo y búsqueda de identidad.
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A lo largo de su carrera, el escritor describe como “utópico” el resultado de sus personajes heterosexuales y de orientaciones sexuales diversas. Narrar de manera explícita relaciones entre hombres, un cambio que, aseguró, dialoga con fenómenos contemporáneos como “Heated Rivalry” o “Heartstopper”, obras que han abierto nuevas formas de explorar el deseo, especialmente para escritoras, escritores y escritorxs jóvenes LGBTIQ+.
“A muchas personas les parece fascinante ver hombres masculinos besándose con ternura. Hay algo ahí que rompe una idea tradicional de masculinidad. Esa vulnerabilidad provoca sorpresa, incluso incomodidad”, comentó.
Desde la publicación de Sudor, considerada una de sus novelas más provocadoras, Fuguet ha insistido en narrar la intimidad más allá del sexo. Aunque sus libros contienen escenas explícitas, el autor busca escapar de los estereotipos asociados a la literatura gay y centrarse en la complicidad emocional, el afecto y las contradicciones humanas.
En “Ciertos chicos”, por ejemplo, sus personajes son abiertamente gays, pero sus conflictos también están atravesados por la familia, la inseguridad, el miedo y ambientados entre Maipú, la Patagonia argentina, un verano a fines de los años 70 y el Festival de Viña del Mar de 1985.
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“Creo que el mundo literario ya acepta a los autores LGBT, pero con ciertas condiciones: que no se note demasiado o que no escriban sobre temas realmente gays. Hay una parte del deseo homosexual que todavía incomoda. Y, para mí, precisamente ahí está la diferencia: en a quién deseas, en a quién quieres amar”, señala.
Esa necesidad de escribir desde la diferencia terminó convirtiéndose en una búsqueda más amplia: crear historias donde cualquier lector —sin importar su orientación sexual— pueda reconocerse emocionalmente.
“¿Qué significa realmente la intimidad? ¿Es solo sexo? A veces compartir viajes, ropa, llamadas telefónicas o secretos puede ser mucho más íntimo. Ciertos chicos nació de esa idea: escribir una novela sobre chicos, pero también sobre afecto, vulnerabilidad y corazón”.
Hoy, a sus 63 años, Fuguet continúa explorando los vínculos entre deseo, complicidad y fascinación. En Ushuaia, su primera novela protagonizada por una mujer, el autor profundizó en las complejas relaciones emocionales entre mujeres y hombres gays, especialmente durante la juventud.
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“Siempre me ha intrigado esa relación entre mujeres y hombres gays. Hay vínculos emocionales muy intensos, zonas ambiguas, afectos difíciles de clasificar. Me interesa entender por qué existen esas conexiones y qué dicen sobre el miedo, el deseo o la necesidad de compañía”, explica.
Narrar desde Latinoamérica
Para Virginia Petro, autora de Después del amor, nosotras (2025) y de su primer libro de cuentos Me dijeron que amara con la boca llena de barro y sal (2026), la literatura queer latinoamericana no surgió recientemente: simplemente, durante mucho tiempo tuvo que esconderse bajo otros nombres.
Su obra ha abierto conversaciones sobre abuso, vulnerabilidad, racismo, maternidades no deseadas e identidades trans desde una mirada profundamente íntima y política. “Creo que siempre ha existido una literatura queer universal. Lo que pasaba era que nos tocaba ocultarnos, cambiar nombres o fingir a quién iban dirigidas nuestras palabras”, afirmó.
A sus 27 años, la escritora insistió en que los avances en representación no son individuales, sino colectivos. Para ella, cada autor contemporáneo escribe sobre el legado de quienes resistieron antes.
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“Yo no estoy donde estoy solo por mi trabajo, sino por el legado de muchas personas que estuvieron antes: las mujeres lesbianas que cuidaron a hombres gays durante la crisis del VIH o figuras como Marsha P. Johnson. Lo que hacemos hoy es apenas una parte de una lucha mucho más grande, que nos corresponde a todos como humanidad”.
Aun así, la autora cuestionó el auge editorial diverso. Aunque reconoce una mayor visibilidad de las narrativas LGBTIQ+, consideró que todavía persisten desigualdades profundas sobre quiénes logran ser publicados y qué historias alcanzan circulación.
“Creo que no es del todo cierto que exista un estallido editorial diverso. A la literatura narrada por personas de la comunidad LGBTIQ+ todavía le falta llegar a muchos lugares. Puede que el auge venga desde ciertos sectores más privilegiados, pero ¿cuántas mujeres negras, indígenas o lesbianas están siendo realmente publicadas? Todavía nos falta narrar la ruralidad, la diversidad étnica y cultural”.
Esa preocupación también atraviesa su manera de escribir. La cordobesa en Me dijeron que amara con la boca llena de barro y sal (2026) contó que su interés está en construir relatos honestos sobre las personas y los territorios que conoce, sin convertir las experiencias diversas en una forma de exotización.
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“Escribo sobre lo que conozco y sobre las personas que amo. Intento hacerlo con responsabilidad y justicia, sin exotizar el dolor ni las identidades”.
En ese sentido, su literatura dialoga con una necesidad compartida por muchos autores contemporáneos: escribir primero para sí mismos, pero también para quienes nunca se han sentido representados dentro de las narrativas tradicionales. Una idea que conecta directamente con la visión de Fuguet sobre la escritura como refugio, búsqueda y posibilidad de encuentro.
“Quiero que la literatura sea democrática. Que cualquier persona pueda sentirse representada, identificada o acompañada en una historia”.
En medio de la conversación digital de las narrativas gay y de las historias atravesadas por otras orientaciones sexuales e identidades de género, autores latinoamericanos como Alberto Fuguet y Virginia Petro coinciden en una idea esencial: escribir también puede ser una forma de dejar de esconderse. Pero, sobre todo, una posibilidad de abrir espacio para que otros —lectores que durante años no se vieron reflejados en los libros— encuentren, por fin, una historia capaz de nombrarlos.
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