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Alejandro Zambra: “La literatura enseña a vivir en la incertidumbre”

El escritor chileno, Alejandro Zambra, habló sobre los libros, su carrera, la traducción y lo que ofrece la ficción al lector.

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Sandra Pulido (Tinta)
12 de enero de 2026 - 06:03 p. m.
Alejandro Zambra es uno de los curadores de Tinta Club del Libro.
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Foto: EFE - Lavandeira jr
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¿Cuáles son esos recuerdos que tiene de su infancia y los libros? ¿Hay colores, olores o sabores que acompañen esos recuerdos?

Tuve suerte porque no crecí en una casa con libros, al contrario, no había familiaridad con ellos. Pero sí tuve una abuela materna que era un personaje literario y que estaba muy interesada en las palabras, en la música y también en la literatura; pero no leía mucho, o bueno, tal vez injustamente yo no la recuerdo con un libro en las manos, pero sí escribía y sí nos instaba a todos sus nietos a escribir. Siempre llegaba con cuadernos, lápices y nos decía “escriban, escriban, lleven un diario de vida, desahóguense”. Tenía esa casi obsesión. Y, a la vez, ella era muy muy divertida. Sus relatos no eran necesariamente alegres, porque el gran trauma de su vida había sido el terremoto de Chillán en 1939, en él perdió a toda su familia, había visto morir a su mamá con un muro cayéndole encima; ella misma había sido rescatada de entre los escombros por su único hermano sobreviviente. Las historias que ella contaba no eran divertidas pero a la vez sí lo eran, porque en general eran chismes de su adolescencia. De pronto, se acordaba que toda esta gente estaba muerta y se largaba a llorar. Entonces había ahí como un ir y venir de la risa al llanto, de las palabras a la música, del dolor a la alegría.

Para mí, era la persona adulta más divertida, tal vez la única. Y entonces era fácil hacerle caso, porque era muy juguetona, no estaba vinculada a los espacios de responsabilidad, recordemos que vivíamos en una dictadura y a los adultos, los percibíamos como personas muy serias. Por momentos, crecer parecía una mala idea. Y claro, no veíamos, no éramos conscientes del dolor, de la tristeza, del miedo que sentían los adultos. Solo los entendíamos como personas que no reían, que no participaban de nuestra vida. Los sentíamos muy lejanos y siempre en el espacio normativo, muy gritones y lacónicos. Hablaban poco y gritaban mucho. Y ella rompía todo ese espacio. Siempre atribuyo mi acercamiento a la literatura a ella y me gusta también hacer ese énfasis, porque en general cuando los escritores empezamos a contar nuestra historia, hablamos de libros. Y acá libros no había realmente.

Pero todo ese espacio preliterario creó en mí un prejuicio favorable hacia los libros. Cuando recibía el libro de texto en el colegio, un libro que venía usado por los niños de los cursos anteriores, alguien se dedicaba incluso a borrar lo que otros niños habían escrito en ellos. Era sensacional en el libro de matemáticas porque podías mirar las respuestas a contraluz. Y cuando recibía esos libros, buscaba inmediatamente los fragmentos antológicos, los textos literarios. Me interesaban de antemano y creo que era por ese espacio de juego relacionado a mi abuela, que había sido muy gravitante, era muy importante.

Estudió Literatura en Chile, ¿cuándo y por qué decidió ser escritor?

Escribir fue un hábito muy temprano. Ahora estaba recordando que alguna vez escuché que los primeros doce días del año representaban el año completo, cada día un mes. Era como el año en miniatura. Esa idea me pareció tan divertida y durante varios años, los primeros doce días, yo anotaba todo lo que pasaba para anticiparme. Era un juego, todo era juego. Creo que tuve la suerte de que la escritura para mí fuera un hábito y un juego desde muy chico. Y luego seguí jugando a eso.

No sé si tuve el plan de ser escritor. En un momento era lo que más me interesaba. Recuerdo que eran unos años en que sentías que tenías que tomar decisiones muy pronto con respecto a qué ibas a hacer. A los 13 o 14 años estaba el fantasma del futuro permanente, la amenaza. Y como que te aferras a algo, en mi caso eso fue la literatura. También creo que yo sentía que era menos malo escribiendo que haciendo otras cosas que me gustaban. Me gustaba mucho la música, pero en algún momento empecé a sentir que no tocaba tan bien la guitarra, que no cantaba tan bien. Y con la escritura siempre tuve más “seguridad”; la seguridad de una persona insegura. No sé si tomé la decisión. En un momento, y creo que esto sucede en todas las biografías, fue muy importante encontrar gente alrededor que amara la poesía tanto como yo la amaba. Creo que esas casualidades colectivas son muy gravitantes y hasta podrías haberte dedicado a otras cosas si te hubieras rodeado de otra gente.

Con la literatura también se daba que como es minoritaria, es decir, a los que les gusta leer siempre son dos o tres en un curso: a los que de verdad les gusta, les apasionan, que quieren leerlo todo en un momento y como que se vuelven locos por la literatura, eso también me interesó.

¿Cuál fue ese primera novela que le apasionó?

Son muchos, tenía más que un libro favorito, muchos libros favoritos. En la infancia misma creo que fue importante un libro que se llama El niño que enloqueció de amor, de Eduardo Barrios. En mi novela La vida privada de los árboles, hay una escena en que de la noche a la mañana aparecen libros en la casa, una colección popular que venía con un semanario. Un día hubo una oferta para esa colección y mi papá las compró. Ahí había una biblioteca entera de literatura universal, que eran libros de color beige. Los libros de literatura española eran de color rojo y los de Chile de color café; ese color hubo que transformarlo… Creo que ahí lo significativo era que no hubiera literatura latinoamericana. Sí estaba El Aleph de Borges en los libros de literatura universal. Eran libros feos y a la vez los más hermosos que conocíamos. Y ahí estaba El niño que enloqueció de amor de Eduardo Barrios.

Ahora estoy leyendo con mi hijo unas novelas muy populares en Chile de la saga Papelucho. Yo solo leí la primera, el original Papelucho, luego hay una serie de réplicas aparentemente muy divertidas. Y al leerlo con mi hijo, lo recordaba mucho; igual que cuando visitas la casa en la que viviste hace 20 años, llegas y recibes o incluso inventas recuerdos nuevos. Hay algo ahí muy evocador y a la vez material, muy difícil de calificar.

Leyendo, recordé a Marcela Paz, que es la autora de esta saga Los Pecoso, o Perico trepa por Chile. Me acuerdo que lo leía todo, todo lo que había alrededor, que no era mucho. Y recuerdo mucho la poesía. Pienso que en Chile tiene una presencia simbólicamente importante, una presencia atractiva. Es difícil vivir lejos del pasaje Pablo Neruda o de la avenida Gabriela Mistral. Y no solo los premios Nobel, también existe esta sensación de que en Chile hay muy buena poesía; es casi en lo único que nos consideramos buenos. Eso tiene su lado chistoso, también su lado triste, aunque no se traduce necesariamente en lectura.

Tengo recuerdos magníficos de libros que fueron importantes para mí. El coronel no tiene quien le escriba fue la primera novela que releí. Era una lectura de la escuela y estaba leyéndola, una novela muy breve. Mi compañero de banco se dio cuenta que estaba a punto de terminarla y después me ve que empiezo inmediatamente a leerla de nuevo. Y me pregunta, “¿por qué la estás leyendo de nuevo? Eres tonto, si ya sabes el final”. Pero claro, quienes leyeron esa novela saben por qué.

Es tan brutal y tan hermoso, tan difícil de calificar lo que ahí sucedió. Sí me parece que funcionó para mí como un poema. Porque para mí la poesía tenía esa diferencia precisa. Más que el verso, aunque por supuesto está vinculado al verso, es algo hecho para ser repetido y experimentado muchas veces. Como la música, como las canciones. A la novela uno no le atribuía esa característica. La novela, los cuentos están asociados a una experiencia diferente, una experiencia del contenido incluso. Por supuesto es una mala definición o una mala forma de diferenciar la poesía de la prosa. Yo no creo en esa diferencia; pero sí era maravilloso de pronto imaginar una novela que estuviera pensada para ser releída, o que funcionara musicalmente. Entonces esa novela la recuerdo muy bien por esa sensación, musical, en un sentido profundo. Una música árida o difícil, desesperanzada. Pero yo quería leerla de nuevo, de inmediato.

Creo que ese descubrimiento de que los libros, sobre todo las novelas, no dependen de la trama exclusivamente fue algo que descubrí leyendo esa novelita. Por cierto, era un espacio bien colectivo, no tan solitario.

¿Y quién compartía esas lecturas?

Siempre leí buscando contacto. Era como ir y venir del libro al comentario del libro. Recuerdo compartir con mis primas las lecturas, yo debía tener unos 10 años. El otro día me acordaba de cuando jugábamos un cuento de Manuel Rojas que se llama “Un espíritu inquieto”. Se trata de un hombre que protagoniza un accidente y no se da cuenta, sigue caminando y tarda en descubrir que está muerto. Y se encuentra con un amigo y él sabe que está muerto, y es así que descubre que está muerto. No es un cuento para niños, pero a nosotros nos parecía súper divertido.

Luego a los doce años cambié de colegio, y el colegio era importante, no tanto por lo vertical, sino por lo horizontal. Los compinches, los amigos que también escribían, que también leían. Creo que ahí ya era claro que el que escribía, leía y el que leía, escribía.

No tiene que ser así, pero sí creo que a nosotros se nos presentaba como un fanatismo, la literatura era un fanatismo. Parecido al que experimentabas con una banda de rock. La literatura era una música, una banda que te gustaba y que no mucha gente conocía. Entonces al principio eso era atractivo, que nadie conociera a esta banda. Pero después pensaba que mucha gente debería conocer esta música. Y empezaba a acercarte a gente que también conocía a esta banda y que también le interesaba esta banda. Y eso marcaba tu trayecto. Querías juntarte con otros fans.

Estudié literatura y siempre me interesaba absorberla. Pero más bien estaba relacionado con el placer, con el entusiasmo. Yo siento que esa siempre fue mi enfermedad crónica, el entusiasmo. La literatura era sagrada u obligatoria, necesaria en la formación intelectual, etc.; pero para mí ese mundo era muy pragmático. Me importaban e interesaban la matemática y el inglés. Pero quiero decir que la literatura no estaba ligada al deber, a lo obligatorio. A mí siempre me gustó leer.

¿Cómo elige los libros que lee? ¿Va a la librería? ¿De quién acepta recomendaciones?

Con Jasmina, mi esposa, creo que hay un intercambio siempre muy natural. Incluso a veces adoptamos la opinión del otro. No está tan relacionado con la actualidad, no tengo la enfermedad del presente. No estoy tan ansioso por lo que se acaba de publicar, no es ese un criterio; aunque a veces leo varios libros recientes.

Me he puesto más caprichoso, sin duda. Estudié literatura y luego, durante unos años, hice crítica literaria. Hacía reseñas semanales en la prensa chilena, me tocó ese rol bien complejo de enfrentar la sensación de autoridad y era muy joven. Leía los libros siempre dos veces, me interesaran o no. Y tenía que dar cuenta de ello, tenía que precisar lo que pensaba. Porque, cuando termina de leer un libro no necesariamente sabes cómo calificarlo, cómo describirlo. Hacía ese ejercicio y luego seguí escribiendo literatura.

Después me interesó tratar de describir lo que sucedía en la lectura. Más allá de los juicios. Ya no me interesaban tanto los juicios. Dejé la crítica literaria, la dejé en serio y con alegría. Estaba interviniendo mi forma de leer. Tenía que volver a ser el que era, volver a leer sin obligaciones y que la literatura siguiera siendo ese espacio tentativo, ligado al placer. Y claro que el placer se puede analizar. Cuando uno dice: leo por placer, siempre suena como ligero o superficial. Pero hay algo interesante en el ejercicio de intentar precisar por qué algo te gusta, por qué algo te impresiona.

Claro, si escribes una reseña negativa encuentras inmediata adhesión. Lo negativo tiene buena recepción. Eso es curioso. Pienso que es mucho más difícil valorar positivamente un texto y explicar por qué. Igual que lo que pasa con las relaciones humanas. Generalmente, si alguien te cayó mal es muy fácil explicar por qué te cayó mal. Pero si alguien te atrae o te interesa, no siempre es claro por qué. Si tú tienes que reseñar un libro, el lenguaje de la admiración es limitado. Necesitas encontrar ejemplos precisos, contextualizar, comparar. Entonces eso me interesó más.

¿Qué novela sobre tu barrio escribe tu vecino? Si tu vecino resulta que es novelista, escribe una novela sobre el barrio. A ver qué te parece esa novela. Que es bien similar a la que tú podrías escribir. A veces pasa eso con las literaturas nacionales. Que casi no las leemos como literatura porque están demasiado cerca. Entonces hay gente que se identifica más con una novela japonesa que con una novela que narra tu propio espacio. Eso es muy interesante. Porque claro, la vecina que escribió la novela dice que el edificio de enfrente es azul. Pero si no es azul, es blanco, ¿por qué esta estúpida le puso que era azul en la novela? Y eso no tiene ninguna relevancia para un lector que no vive en ese barrio. Eso me parece muy atractivo. Como discusión, pero no una discusión en que alguien gana y otro pierde, sino como fenómeno. Siempre me interesó mucho, no tengo por supuesto una respuesta, pero es justamente el rol cumple verdaderamente la literatura en las vidas de las personas.

Sus personajes suelen reflexionar sobre la lectura, la escritura y los vínculos personales. ¿Hay preguntas sobre el tema que sigan sin respuesta?

Casi todos mis libros tienen algo que ver con eso. Yo diría que la respuesta está en curso.

Cuando estudiaba literatura me fascinaba mucho la teoría y luego como que me des-fasciné. Creo que hay un espacio en que la literatura funciona demasiado cerrada en sí misma y yo necesité incluso desconfiar de la literatura.

¿Y qué significa? No la divinizo. Creo que se puede desconfiar de ella y volver a confiar, y al final es como una forma de vivir. Sí creo que tiene mucho con la forma de experimentar el tiempo. Siempre fue así, desde que yo recuerdo se habla de lo rápido que va todo. Pero creo que nunca fue tan rápido como ahora. Puedes tener unas experiencias muy discontinuas de la realidad y la literatura siempre abre otro tiempo, por sencilla que parezca la idea, propone una temporalidad distinta que rivaliza con el presente, con los likes y con las difusiones y a la vez se parece mucho.

Esta eterna discusión entre ficción y mentira para mí es grave. La ficción no es mentira, como los sueños no son mentiras, como las esperanzas no son mentiras, como los chistes no son mentiras. Están en otro espacio. Y sin embargo si la observas, hay muchas situaciones en la vida cotidiana que tienen estas capas ficcionales que sí están asociadas a la mentira.

Entonces, ¿a qué tipo de verdad nos acerca la ficción?

Yo creo que a la multiplicidad. A la incertidumbre verdadera, la literatura enseña a vivir en la incertidumbre, sin que eso sea paralizante ni agobiante. Es una contradicción, pero como aceptando el agobio y revelándote al agobio a la vez.

Yo creo que es el lugar donde se pueden discutir los asuntos cruciales sin empantanarse en la necesidad de una respuesta. Es ese espacio en que no requieres una solución artificial única paralizante. Y creo que por ahí recibe su gracia y estriba su poderío. No lees a Otelo, para llegar a una conclusión taxativa sobre los celos. Y, sin embargo, al experimentar su naturaleza abigarrada, despierta, pero no para cerrar la discusión.

Y, luego, hay un espacio de espejeo inevitable, sea lo que sea. De nuevo el tema de tu vecina novelista. De pronto te identificas con personajes que están muy lejos de ti y eso me parece central. Podemos entenderlo de varias maneras. Tú puedes decir, me gustan los libros de viaje, o me gustan los libros ambientados en el pasado o en el futuro. Pero en realidad ahí hay una posibilidad de salirse de sí mismo, sin dejar de ser lo que se cree ser: identificarte con posiciones que no son las tuyas. Es una secuela aparente de vivir otras vidas, pero un poco más puntual que eso. Vivir otras vidas, pero no necesariamente las que quieres vivir. Y luego, además, esta sensación de descubrir en una novela o en un poema ideas o impresiones que ya tenías, pero que no sabías nombrar... A veces, de forma tradicionalmente narrativa, un personaje nuevo, alguien que existe en la sociedad, que tú has visto, pero que no había sido narrado, que no te parecía tan particular, y sin embargo al verlo narrado lo reconoces. Y otras veces, muy resbalosamente preciso, sentiste eso. Hay un poema muy viejo de Ezra Pound que en un momento dice acerca de una mujer que: “No quiere quedarse ni salir”. Eso es muy preciso. No hay más opciones y no hay más relato.

Ha dicho en entrevistas que “escribir es una manera de leer mejor”, ¿por qué?

Como dijo un gran futbolista chileno, no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso. La manera de entrar a esa conversación que tiene algo de demasiada libresca, escribir es leer, leer es escribir, y yo estoy de acuerdo. Pero a la vez me interesa ese espacio en que la escritura y la lectura no necesariamente coinciden. Me interesa muchísimo el descampado que hay entre la gente que lee y escribe, y la gente que no lee ni escribe. Creo que quienes consideramos que la literatura es importante para la sociedad somos muy poquitos y creo que deberíamos ser más.

Escribir está disociado de leer en la taxonomía, en la universidad. ¿Por qué la literatura se enseña como se enseña? ¿Por qué se enseña tan mal? ¿Por qué si te gusta leer tienes que transformarte en un estudioso o en un crítico e ir a la universidad a estudiar eso? ¿Por qué si quieres escribir tienes que matricularte en el taller literario de un escritor en su casa? ¿O ir a un centro cultural donde hay talleres? ¿Por qué está tan dividida la teoría de la práctica? Que ni siquiera es teoría la lectura. Incluye teoría, pero no necesariamente teoría. Y la literatura ya en sí misma es bien teórica. ¿Por qué se enseña así? Si lo comparas con cómo se enseña la arquitectura o el arte, que por supuesto también hay mucha discusión respecto de cómo se enseñan, la literatura está disociada. Hay unas escuelas donde se intenta reunir estas dos caras de la misma moneda. Esas discusiones son bien atractivas. Me interesa mucho la enseñanza de la literatura y discutirla.

Me interesa analizar un relato de Kafka agregando un personaje o quitando un personaje. Por supuesto, Kafka para mí es importantísimo. Si leemos a Kafka vamos a llegar a discusiones muy atractivas y para mí muy actuales. Pero, si en vez de ponernos el propósito del comentario o del análisis, y simplemente hacemos el trabajo de agregar un personaje en el relato, o de quitarlo, o cambiar el narrador, pasarlo de primera a tercera persona. Es muchísimo más profundo el conocimiento que adquieres haciendo ese tipo de aproximaciones.

Como lo prueba todo el debate a propósito de este libro El Aleph Engordado de Pablo Katchadjian, que pone un ejemplo de lo clásico, contemporáneo, inmodificable, de la genialidad. No le puedes cambiar una palabra a Borges. Y resulta que él engorda esta obra, que era imposible intervenir. Es un ejercicio que cualquiera podría hacer y que destruye esa solemnidad excesiva con que nos acercamos a los libros.

Y luego, lo sobre-pedagogizada que está la literatura. Los niños a los siete, seis, cinco, ocho años saben contar chistes, ya saben teoría literaria. Es muy difícil contar un chiste, y está en el espacio de la ficción. Si te cuentan uno, tú no dices: “bueno, ¿por qué me estás mintiendo? ¿De qué me estás hablando? Dame datos". No, el chiste es inmediatamente percibido como ficción. Basta una palabra, ni siquiera hay que anunciar el chiste en sí mismo, pues rápidamente te traslada al espacio de la ficción. Entonces luego el profesor te dice: “Hoy vamos a hablar de algo de lo que tú no sabes nada que se llama literatura. Y esto funciona así y es muy importante…”, y ahí se pudrió todo. Los niños son especialistas en juegos, son especialistas en ficción. Todos esos conocimientos que ya tienen en el periodo de su vida en el que más aprendieron, que son los primeros años de vida, no puede ser marginado. Tú no puedes decirle a un niño: “A ver, los chistecitos afuera”. Más bien, el mensaje debe ser: “vamos a discutir qué es un chiste. Puede ser clase de chiste”. Por supuesto, hay muchísima gente intentando cambiar ese estado de cosas.

En conclusión, sí creo que en la literatura, escribir y leer deben estar más integrados, pero seguro lo pienso más desde el punto de vista de la enseñanza, porque fui profesor muchos años y en el fondo no he dejado de serlo. Creo que la literatura debería ser percibida por la sociedad más musicalmente. Es decir, no creo que el ejercicio de leer o escribir te aclaren la función de la literatura. Más bien son formas de estar en el mundo.

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Por Sandra Pulido (Tinta)

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