Alejo Durán: un eterno pedazo de acordeón (Tintas en Parranda)

Gilberto Alejandro Durán Díaz nació el 9 de febrero de 1919 en El Paso, Cesar. Allí tomó de su padre, Nafer Durán, el gusto por el acordeón, y heredó de su madre, Juana Francisca Díaz, una bailadora consumada por la tambora, la pasión por la música, que le permitiría después desarrollar una tremenda habilidad para la improvisación y el ritmo. Cuando al niño Alejo se le olvidaba una melodía, su madre con tan solo las palmas y una sonrisa lo animaba para que la recordara.

04 de noviembre de 2019 – 07:02 a. m.
En 1968 Alejo Durán asistió al primer Festival de la Leyenda Vallenata. / Ilsutración: Jonathan Bejarano
En 1968 Alejo Durán asistió al primer Festival de la Leyenda Vallenata. / Ilsutración: Jonathan Bejarano

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Desde sus primeros años trabajó como ganadero, lo que posibilitó que sus manos, con el tiempo, se volvieran grandes y fuertes; sin saberlo, esto le ayudaría, al pasar de los años, para soportar el peso de quien sería su compañero y amor eterno: el acordeón. Para el negro Alejo, como lo llamaban sus amigos más cercanos, sus manos fueron las causantes de hacer sonar las notas más puras y precisas de aquellos tiempos.

El 4 de agosto de 1949 Durán decidió salir del Magdalena, con tan solo su mochila, que contenía letras arrugadas en hojas de papel, y acompañado de su inseparable acordeón. Lo que quería era llevar su música a cada rincón. Los aires y las corrientes de los ríos lo llamaban, pues querían ser testigos de su particular melodía. Quienes lo conocieron siempre hablaron de su disciplina y su antipatía por el trago, lo que hacía que Durán se caracterizara por el respeto que daba al público desde el primer momento en que se subía a una tarima.

En cada lugar por el que pasaba dejaba una historia de amor que luego, al componerla, convertía en poesía. Así fue como le compuso a Fidelina su canción, una joven que conoció en Chimichagua de quien se enamoró perdidamente y con quien decidió un día escaparse, pero fracasó en el intento y viajó solo. Cinco años después, el juglar se casó y ella le envió una carta reclamándole por su ausencia. Él no le contestó con una carta, sino que decidió componerle lo siguiente: “Voy a coger mi acordeón pa’ que escuches mi rutina y voy hacer este son es pa’ que tú te diviertas, Fidelina”

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Pero Alejandro Durán no solo le compuso al amor, también le cantó a la cachucha de su entonces guacharaquero Jaime López, que presumía de estar a la moda por la cachucha esa que se había comprado. Alejo Durán, negándose a comprarse una, se inspiró para decirle: “Oye lo que dice Alejo con su nota pesarada, quien como el guacharaquero con su cachucha bacana, Jaime sí, Jaime sí y Alejo no”.

En 1950 se radicó en Barranquilla, donde grabó su primer disco y junto con Luis Enrique Martínez decidió fundar el primer conjunto de vallenato. Alejandro Durán logró consolidarse en varias ciudades con su música. La estructura y el sonido de su acordeón le permitieron una autenticidad abismal en la historia de la leyenda vallenata. Lograba sintonizar el bajo inicial, el bajo marcante, los bajos melódicos como nadie.

En 1968 asistió al primer Festival de la Leyenda Vallenata. Allí, compitiendo con los más grandes del momento, como lo eran Emiliano Zuleta y el mismo Luis Martínez, entre otros, ganó al interpretar la puya Mi pedazo de acordeón y el son con el que más lo recordarían a pesar de que no era de su autoría: Alicia adorada.

Su manera de cantar, componer y tocar el acordeón hicieron de él uno de los grandes nombres de la historia del vallenato. Sus canciones contaban verdaderas historias. Andrés Landero, amigo y seguidor de su música, decía lo siguiente: “Le gustaba cantarle al campo, a todo lo que le sucedía, que eran sus realidades. Para mí, Alejandro Durán nunca tuvo canción ficticia”.

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Sobre la vida de Alejandro Durán Díaz siempre se han contado innumerables anécdotas, algunas verídicas y otras no. Lo cierto es que este hombre de voz pausada pero imponente, que siempre llevaba consigo su sombrero vueltiao, tuvo todo el tiempo tres cosas presentes: su fidelidad a su hermoso acordeón, pues era a él a quien contaba todos sus secretos; su compromiso con el folclor, pues para él el vallenato no necesitaba más que guacharaca, caja y acordeón, y la alegría que le producía enunciar los estribillos con los que siempre se dio a conocer. Han pasado veinte años desde el día de su muerte, el 15 de noviembre de 1989, pero sus cantos siguen de fiesta en fiesta y de camino en camino, y en algún lugar alguien lo recuerda con su típico “¡Apa! ¡Oa! ¡Sabroso!”.

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