Los incontables biógrafos de Alexander von Humboldt repiten sin cesar que su ciencia, por no depender del financiamiento de ningún gobierno o mecenas particular, fue una ciencia libre y ajena a intereses políticos. Esta idea parece suponer que lo político del conocimiento depende de factores externos, de intereses sociales que afectan el natural curso del verdadero y neutral pensamiento científico, es decir que lo social y lo político son obstáculos, factores negativos para la historia del conocimiento. Es una idea atractiva y bastante difundida en el imaginario público e incluso entre maestros de ciencias y científicos profesionales, pero tiene las limitaciones de toda candorosa idealización.
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Su fortuna familiar sin duda le dio a Humboldt cierta independencia que en repetidas ocasiones él mismo celebró, pero eso no quiere decir que sus ideas no puedan ser analizadas, como las de cualquier otro, como un producto de su tiempo, de su entorno social y cultural. Lo cual no le resta valor ni mérito a su obra como a la de ningún otro pensador en la historia de la ciencia, la filosofía o el arte.
La icónica imagen de la “Geografía de la Plantas”, comentada hasta el agotamiento, suele ayudar a explicar lo que algunos han llamado ciencia “humboldtiana”, lo que el mismo Humboldt llamó la “physique generale”, una indagación universal y sintética que permitiría la comprensión de la naturaleza, tanto en su unidad como en su diversidad.
Este grabado de 1807 titulado “Tableau physique” encarna la idea de un cuadro o pintura de la naturaleza (“Naturgemälde” en alemán). En esta oportunidad Humboldt creó una imagen de los Andes americanos con el Chimborazo en primer plano acompañado del humeante Cotopaxi justo detrás. En la imagen se pueden encontrar los nombres y la altura correspondiente de algunas plantas que crecen desde la selva tropical hasta las nieves perpetuas. La pintura está empotrada entre tablas de mediciones, datos y explicaciones sobre la composición química del aire, la temperatura, el estado higroscópico (grado de humedad) y cianométrico (color del cielo), los fenómenos eléctricos, la refracción de la luz solar, la disminución de la gravedad terrestre, entre otros datos insertos en catorce escalas a lado y lado del cuadro. En palabras de su autor: “Puede mirarse este cuadro como resumen de todas las cuestiones que he estudiado en el curso de mis viajes en los trópicos”.
Para el siglo XIX ya es imposible pensar en conocimiento científico sin instrumentos de observación y medición. La acumulación y comparación de datos solo es factible si diferentes personas en lugares distintos los observan de la misma manera, lo cual solo es posible si se cuenta con los mismos aparatos y unidades de medida estandarizados. Humboldt viajó con un abundante y delicado equipaje con toda suerte de artefactos como barómetros, termómetros, eudiómetros, electrómetros, telescopios, microscopios, brújulas y relojes.
Contagiado por el afán por la medición de su tiempo, la obra de Humboldt parece estar marcada por la idea de recopilar la mayor cantidad de datos y mediciones precisas y comparables. No obstante, lo novedoso y particular de su proyecto es que la sola acumulación de datos no es suficiente y los mismos deben estar al servicio de la construcción de una pintura armoniosa de la totalidad del mundo natural.
El viaje americano fue definitivo en la extensa obra de Humboldt, pero antes de partir ya estaba obsesionado con una apreciación holística que supone la interacción de diversas disciplinas. Immanuel Kant (1724-1804) en sus reflexiones sobre la geografía ya había advertido los límites de la comprensión del mundo natural a través de las características morfológicas o físicas de los individuos observados de forma independiente.
Tanto la teología natural como el romanticismo marcaron el pensamiento alemán de inicios del siglo XIX con la seductora idea de entender las relaciones armónicas entre lo natural y lo humano como un sistema de interacciones solo apreciables cuando confluyen diversas disciplinas, y donde lo estético y lo científico no deben separarse. Justo antes de partir a su travesía americana Humboldt comentó: “La interacción de todas las fuerzas, la influencia de la creación inanimada sobre el mundo animado de plantas y animales será la armonía sobre la cual fijaré mis observaciones”.
La “Geografía de las plantas” se inmortalizó no tanto por la cantidad o la precisión de los datos sino por su propuesta de una ciencia de la naturaleza en la cual el arte y las meticulosas observaciones se articulan en una sola estampa. Más que el fin último de su obra, las montañas y las plantas americanas fueron un pretexto, un medio para mostrar el orden de la naturaleza, no solo en los Andes americanos, sino en la Tierra.
La imagen y el texto de esta obra de Humboldt tienen para nosotros un interés particular ya que sus primeros bocetos y borradores fueron elaborados en territorio americano en 1803, compartidos con José Celestino Mutis y Francisco José de Caldas, quien en 1809 publicó en el Semanario del Nuevo Reino de Granada una versión en español del manuscrito de Humboldt titulado “Geografía de las plantas”. Esta traducción del texto hecha por Jorge Tadeo Lozano, los extensos comentarios de Caldas y su compleja relación con Humboldt merecen mucha más atención de la que permite este corto artículo.
La obra del explorador prusiano tiene el sello de su entorno intelectual europeo; pero no podemos desconocer que su travesía americana, sus encuentros con españoles, criollos, nativos y esclavos africanos al igual que sus experiencias en las selvas tropicales y en las grandes montañas de los Andes, ayudaron a perfilar su particular visión de la naturaleza.
A diferencia de Caldas, quien murió a los 48 años fusilado por autoridades españolas en 1816 en la soledad y el aislamiento científico del mundo americano, Humboldt vivió hasta los 90 años estando en el centro de las instituciones y redes científicas de Europa del siglo XIX. Contó con décadas de arduo trabajo y todas las credenciales para publicar y difundir su trabajo desde París o Berlín.
El título mismo de su gran obra, “Cosmos” (orden), nos ayuda a entender el gran cometido de la Ilustración europea de comprender la totalidad de los seres vivos o inertes, animales, plantas, seres humanos y minerales. El fin último de la obra de Humboldt fue integrar y unificar la diversidad de la naturaleza y de la humanidad en un mismo conjunto. Un nuevo y universal orden, que no podemos pasar por alto que tenía que ser europeo, una clara muestra del triunfo de lo que algunos historiadores llaman “eurocentrismo”.
Todas las culturas son etnocéntricas, pero Europa y su ciencia tuvieron el particular poder de transformar lo desconocido en familiar, más que la negación o la exclusión del otro o de lo extraño. El poder del eurocentrismo y de la ciencia de la Ilustración fue su arrolladora capacidad de domesticar, de organizar el conocimiento sobre el mundo entero en un único y sistemático cosmos.