Seis relatos y una novela corta. De esto se compone Mesa para dos, el libro más reciente de Amor Towles, escritor estadounidense que estuvo hace poco en Colombia como invitado del Hay Festival de Cartagena.
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Towles, que contó que desde joven escribe relatos cortos, dijo: “Para muchos escritores, el cuento es el lugar donde empiezas a dominar tu arte. Es un formato con el que me siento muy familiarizado y con el que he trabajado por más de veinte años”.
“La gran diferencia es que la novela depende mucho de la orientación. Las primeras cincuenta páginas deben decirle al lector dónde ocurre la historia, cuándo, quiénes son los personajes y cuál es el contexto. Todo eso es necesario para que el lector pueda sumergirse en el relato”.
“El cuento no hace eso. Te lanza directamente a la escena. Es como si estuviéramos en un restaurante escuchando a dos personas discutir. No sabemos quiénes son ni cuál es su relación. Intentamos descubrir qué pasó entre ellos y, justo cuando empezamos a entender, se levantan y se van. El cuento funciona así: entramos sin contexto y debemos reconstruirlo mientras leemos. Y cuando comenzamos a comprender, la historia termina. Ambos géneros pueden ser igual de placenteros, pero operan de manera distinta”.
Mesa para dos tiene quizá dos elementos importantes que lo atraviesan: uno es Nueva York, ciudad que casi que se convierte en un personaje transversal, y que refleja el interés del autor por este lugar; el otro es el diálogo, el encuentro y el intercambio de ideas, sensaciones y recuerdos entre personajes.
El valor del diálogo para Amor Towles
Sobre lo segundo, Towles aseguró que “En la ficción, el corazón suele ser la interacción entre individuos. Creamos personajes con diferentes trayectorias, ambiciones, valores morales. Cada persona es compleja. Cuando dos personajes interactúan, se produce algo parecido a una reacción química: cada uno aporta su sensibilidad, sus fracasos, sus deseos. Al juntarlos, surge algo nuevo”.
Y es que para el escritor estadounidense, “el diálogo es una de las formas más directas de revelar esa química. Hace visible la diferencia y genera una experiencia emocional tanto para los personajes como para el lector. En el mundo actual, la ficción puede enseñarnos a interactuar mejor con otros: a respetarlos, a tener compasión, a comprender sus diferencias. Una de sus grandes virtudes es aumentar nuestra empatía y ayudarnos a entender perspectivas distintas”.
Incluso, Towles respondió que en estos tiempos tiene el diálogo, “eso es especialmente importante en tiempos de polarización política, desigualdad económica, tensiones raciales y transformaciones tecnológicas que pueden ampliar las divisiones. La ficción nos recuerda que, aunque seamos diferentes, existe una conexión entre nosotros. Y el diálogo —en la literatura y en la vida— es una forma de mantener viva esa conexión".
El interés de Towles por Nueva York
Líneas más arriba se mencionó que Nueva York cumple un papel importante en Mesa para dos. Frente a esto, Towles comentó que "Nueva York y Los Ángeles son relativamente únicas en Estados Unidos porque han alcanzado una cualidad mitológica. Y esa mitología no existe solo en América, sino en todo el mundo".
“La gente tiene una idea de cómo es Nueva York: su ritmo, su energía, el carácter de un neoyorquino. Lo mismo sucede con Hollywood. Son lugares muy distintos, pero ambos son míticos. En cambio, la mayoría de la gente no tiene una imagen clara de ciudades como St. Louis o Cincinnati”.
“Eso las convierte en escenarios muy atractivos para escribir. Como autor, puedo jugar con esas imágenes compartidas: hacer referencias que el lector reconocerá, confirmarlas, contrastarlas o subvertirlas. Esa complicidad forma parte del placer de contar una historia”.
El gusto de Amor Towles por la literatura rusa
En el libro también aparece una referencia no menor a Pushkin, escritor ruso, que dio cabida para hablar de la influencia de la literatura de ese país en la obra del mismo Towles.
“En cuanto a la literatura rusa, mi interés comenzó, como el de muchos estadounidenses, con los escritores del siglo XIX. De adolescente leí a Dostoyevski, Tolstói, Chéjov, Gógol y Turguénev. Fue un grupo extraordinario qu e, en un periodo relativamente corto, produjo obras que el mundo entero sigue apreciando”.
“Quise ser escritor desde los siete años. Cuando eres joven y lees con esa aspiración, lees de manera distinta: no solo por entretenimiento, sino tratando de entender cómo el autor logra lo que logra. Lees casi como un ladrón, intentando apropiarte de herramientas para tu propio trabajo”.
“Mi admiración por los rusos fue tan profunda que terminé escribiendo una novela ambientada en Moscú. Sin embargo, después de los rusos vinieron los autores del realismo mágico latinoamericano —Gabriel García Márquez, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Isabel Allende—, luego los británicos del siglo XIX como Jane Austen y Dickens, más tarde los modernistas estadounidenses y los escritores franceses de la posguerra. Cada etapa te deja algo: técnica, estructura, ambición temática".
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