
"Mientras pasaba por ahí" reúne crónicas, ensayos y entrevistas sobre arte que Antonio Caballero escribió a lo largo de seis décadas. Antonio Caballero decía que en sus páginas no había más que aquello que, en el momento de escribirlas, "pasaba por ahí". La frase, modesta solo en apariencia, contiene una poética de la mirada: detenerse ante una exposición, un cuadro o una estatua y descubrir allí una forma de leer la historia, el poder, el gusto y las ilusiones de una época.
LO QUE LA MANO RECUERDA
III
Tras terminar el colegio, Caballero decidió inscribirse en Derecho en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. No lo movía un propósito definido —ninguna carrera lograba entusiasmarlo—, pero suponía que, al menos, la lectura de los clásicos grecolatinos podría resultarle estimulante. Pronto descubrió que no era así: aquellas clases, lejos de abrirle un horizonte intelectual, confirmaron su desinterés por los estudios formales. Ahí tomó una decisión y se prometió volver a Europa.
La ocasión llegó en 1962, cuando su padre fue nombrado embajador de Colombia ante la Unesco. Ya instalado en París, retomó durante un par de meses el estudio del francés y volvió a matricularse en Derecho, con idéntico resultado: las clases, impartidas ante auditorios de trescientas o cuatrocientas personas, lo aburrían incluso más que las que dictaba Antonio José Villegas en la facultad del Rosario. La masificación lo desesperó —en algunos pasillos la multitud obligaba a seguir las lecciones de pie— y optó por cambiar de rumbo y pasarse a Ciencias Políticas, carrera a la que dedicó los cuatro años siguientes sin llegar a graduarse. En 1966 la familia debió regresar a Bogotá. Su padre había sido nombrado alcalde de Tipacoque, el pueblo boyacense donde los Caballero tenían, desde el siglo XVIII, una hacienda y unos vínculos económicos y afectivos que nunca dejaron de pesar.
Para Caballero, el regreso fue un desastre íntimo. Coincidió con el momento en que empezaba a vender sus dibujos en revistas francesas, y ese primer impulso lo convenció de que su porvenir estaba en las artes y en Europa. El modo en que consiguió el pasaje para volver retrata muy bien su carácter de entonces —tan distinto del que se le conocería después—. Reunió a un grupo de amigos de su padre en el Jockey Club y, con la desparpajada seguridad de un muchacho persuadido de su destino, les aseguró que un talento como el suyo no podía seguir marchitándose en un país como Colombia. Si querían ayudarlo a regresar al Viejo Continente —y a convertirse en el artista excepcional que todos, según él, ya vislumbraban—, debían comprarle una boleta para la rifa de «tres Avemarías». La estrategia, que en otro habría sonado a baladronada, surtió efecto. La página social de El Tiempo anunció, el jueves 6 de abril de 1967, que al día siguiente viajaría a la capital francesa para retomar sus estudios de Ciencias Políticas, motivo por el cual se habían celebrado en su honor varias reuniones de despedida.
En París sobrevivió dibujando, literalmente, lo que se le pusiera por delante: retratos rápidos en cafés, escenas a la manera de Goya, figuras a tinta china —hombres suspendidos en el aire, mujeres que gritaban con furia—, imágenes que encontraban compradores en Saint-Germain-des-Prés. Fue en ese periodo cuando trabó amistad con el chileno René Olivares Espínola8, artista cuyos padres también pertenecían al mundo del periodismo. Ambos advirtieron que, mientras a Olivares le compraban más, los dibujos de Caballero despertaban mayor interés. Así nació una sociedad práctica y un acuerdo tácito: Caballero dibujaba y Olivares vendía. Con ese modesto comercio se mantenían el chileno, su esposa, su hijo y el propio Caballero.
Apenas volvió a instalarse, retomó el contacto con Plexus, la revista bimestral de culto conocida por su estética psicodélica, su mezcla de vanguardia y provocación y su temprana prohibición para menores de edad (a los ojos del puritanismo actual, una revista francamente pornográfica). Sin embargo, lo que empezó a configurar su destino fue otro encuentro. Jacques Barthet, antiguo director de la Agencia Havas y amigo de su padre, le consiguió un trabajo temporal en la Agencia France-Presse, que desde 1959 —a raíz de la Revolución Cubana— venía consolidando un servicio de noticias en español para cubrir lo que ocurría tanto en España como en América Latina.
Esa vida bohemia y semiprofesional se prolongó hasta mayo de 1968. El levantamiento estudiantil, que paralizó las universidades y transformó la ciudad en un hervidero político, interrumpió de nuevo sus estudios. Caballero asistió a asambleas, marchas y barricadas; pero lo hizo con cautela, pues lo último que quería era exponerse a una deportación por participar en unas protestas que, en su fuero interno, veía más como un juego generacional que como un asalto a los cielos: A quién se le ocurre que en una revolución de verdad se vayan a tomar un teatro en vez de un cuartel. Es desde los cuarteles de donde viene la represión, no desde los teatros. Fue una rebelión en mayor parte de los jóvenes contra los adultos y los adultos se aterrorizaron, pero no pasó nada.
La suspensión de las clases lo forzó a volver a Colombia. Aprovechó esa instancia para realizar, en la Galería San Diego de Bogotá, la primera exposición de las caricaturas que había venido publicando en Plexus y en otras revistas de Inglaterra y Estados Unidos. Por entonces llamaba «anecoides» a sus dibujos —«porque así se llaman las salas perfectamente asonorizadas para grabar discos, donde no puede haber eco, es decir, ninguna clase de respuesta»—. El nombre era más sofisticado que los dibujos mismos, y la muestra fue un fracaso: nadie sabía qué era un anecoide. Revelaba, sin embargo, en embrión, los personajes del hombre gordo y la mujer flaca que desarrollaría más tarde y, ante todo, su determinación de convertir el dibujo en una forma de subsistencia.
Ya tenía en mente volver a París para presentar algunos exámenes. «Con la exposición voy a conseguir plata para volver a Europa —le dijo a un jovencísimo Daniel Samper Pizano en una entrevista—. Y créame: nada puede adornar más el comedor de una familia que uno de mis monos, en el sitio del tradicional cuadro de Ariza o Gómez Campuzano». Parece que muchos dieron aquellas palabras por buenas, porque regresó a Francia unos meses después, decidido a recuperar el hilo de una trayectoria que se le escapaba entre las manos. Sin embargo, la universidad seguía sumida en el desorden y él mismo sentía que el entusiasmo inicial se había evaporado. Apenas logró aprobar un par de exámenes y, tras varias semanas de vacilación, comprendió que su camino no estaba allí. Decidió partir de nuevo: esta vez rumbo a Londres, ciudad que imaginaba menos convulsa, y donde empezaría otro capítulo de su errancia.

IV
A un amigo, Caballero le dijo que se había ido a la capital inglesa «por amor, por desamor. Yo tenía una novia y ella me botó y no pude tolerar seguir viviendo en París». La frase tiene encanto, pero deja por fuera un episodio más inesperado y, si se quiere, más romántico. Durante una de sus estancias en Bogotá, Caballero se había encontrado por azar, en plena calle, con Áffan Buitrago, un intelectual caldense amigo de su padre y que dirigía en Inglaterra el Forum World Features. ¿Por qué no pasaba una temporada en Londres?, le propuso a Caballero. Aunque él no podía prometerle un trabajo fijo, sí podía encargarle algunos artículos y de ese modo asegurarle unos ingresos básicos.
Caballero no lo sabía entonces, pero tras la inocente fachada de esa agencia de noticias —que inicialmente se llamó Forum Information Service— operaba una sofisticada maquinaria de propaganda encubierta de la CIA. Su misión consistía en difundir artículos y reportajes afines a los intereses geopolíticos de Estados Unidos, presentándose, ante el público y ante los medios suscriptores, como un servicio informativo profesional, independiente y comercialmente sostenible.
La operación estaba diseñada para no despertar suspicacias. La agencia figuraba como propiedad de empresarios respetables —entre ellos John Hay Whitney— y distribuía su contenido a cientos de periódicos en todo el mundo, de manera preferente en países en desarrollo. Además de funcionar como instrumento de influencia ideológica, servía como canal para efectuar pagos secretos a periodistas extranjeros que colaboraban con los servicios de inteligencia norteamericanos. El dispositivo, activo desde 1958, se desmoronó abruptamente en 1975, poco antes de que las investigaciones del Congreso estadounidense sobre la propaganda de la CIA comenzaran a exponer las redes de este tipo.
No está del todo claro en qué momento Caballero supo del trasfondo de aquella institución: en 1970, dos años después de llegar a Londres, aún seguía enviando artículos a Buitrago. Como sea, una de las dos experiencias decisivas en Londres que marcaron su rumbo posterior fue conocer, en una clase de inglés, a la escritora mexicana María Luisa Puga (1944-2004). Pronto se hicieron pareja. «Vivíamos —escribiría ella en el diario donde narra algunos de sus años europeos— con un libro bajo el brazo, una chamarra árabe y una actitud escéptica. Leíamos política, veíamos cine marginal, admirábamos a un escritor reaccionario: Henri de Monthelant, que nos hacía reír muchísimo».
Tras un breve viaje a París en 1969, para reanudar los lazos con la France Press, decidieron probar fortuna en Roma. Caballero buscó sin éxito una plaza en Radio Vaticana —la única emisora en Italia con programación en español—, pero la ciudad estaba cerrada para los recién llegados: no había trabajo para nadie. Y sin pensarlo demasiado, resolvieron irse a Grecia.
Allí, en medio de la austeridad obligada, encontraron una especie de felicidad primaria. Caballero vendía un dibujo por semana y con eso bastaba. Era una época en que Grecia permitía el lujo de alquilar una cabaña en Cefalonia, en el pueblo de Fiscaro, y alimentarse de queso de cabra, vino, aceitunas, berenjenas y pescado fresco. Y, estuvieran donde estuvieran, hacían lo mismo: iban a los museos. Esa costumbre, que comenzó como una prolongación natural de las caminatas y curiosidades del viaje, se convirtió poco a poco en un hábito central de sus días. Antes de cumplir los veinticinco años, Caballero había visitado decenas de veces el Museo del Prado y el Louvre; había regresado una y otra vez a la Galería de los Uffizi, los Museos Vaticanos —incluida la Capilla Sixtina—, la Galería Borghese y el Palazzo Barberini; y conocía con familiaridad el British Museum, la National Gallery y el Deutsches Museum de Múnich. A eso se sumaban sus recorridos por las ruinas griegas: la Acrópolis, con el Partenón y el Erecteion; el Ágora; el Templo de Zeus Olímpico; el Oráculo de Delfos; el palacio minoico de Cnosos en Creta; y el Palacio de los Grandes Maestros en Rodas.
Todas esas visitas lo fueron moldeando sin que él lo advirtiera del todo. Lo familiarizaron con el arte clásico europeo, especialmente con la pintura, la escultura y la arquitectura, no desde la distancia empobrecedora de las reproducciones, sino desde la experiencia directa de mirar los cuadros, las esculturas y los edificios en silencio, de ver cómo variaban según la luz, la hora, la distancia o el estado de ánimo. Ese detalle, que podría parecer secundario, es en realidad fundamental. Caballero fue el primero entre los críticos de arte colombianos en formar su visión a partir de la contemplación de las obras originales —algo que, incluso en el caso de Luis Vidales, un asiduo visitante del Louvre y de las pinacotecas vaticanas, no llegó a darse con la misma continuidad—. Su mirada nació del ojo, no del manual; del contacto directo, no de las reproducciones en los libros. Y en esa diferencia se cifra, en buena medida, la singularidad de su futura escritura sobre arte.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Antonio Caballero publicó caricaturas en Cromos, El Tiempo y El Espectador, de Bogotá; en Candide y Plexus, de París; en Mayfair, de Londres, y en Evergreen Review, de Nueva York. Escribió para diversos medios, como The Economist y BBC, de Londres; Agencia France-Presse, de París; Cambio16, Diario 16 y El País, de Madrid, y El Tiempo, El Espectador, Alternativa, Semana y Cambio, de Bogotá. Entre sus libros de caricaturas figuran Apertura, oración y cierre, Reflexionémonos y Este país. Sus artículos y columnas aparecen reunidos en antologías como Paisaje con figuras y El oficio de opinar; sus crónicas taurinas, en Toros, toreros y públicos, Los siete pilares del toreo y Toreo de sillón. Es autor, además, del volumen histórico Historia de Colombia y sus oligarquías y de la emblemática novela Sin remedio.
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Alberto(3788)•14 de septiembre de 2026 – 17:40Muy buen escrito. Gracias.
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Ramon(78770)•14 de septiembre de 2026 – 14:37Para el artista la inestabilidad es un obstáculo aunque aparezca como una necesidad del espíritu creativo. Como conciliarlas……esa es su tarea
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Lucila(60806)•14 de septiembre de 2026 – 14:03Una vida muy productiva,para el arte,aunque para êl,sôlo fueran emociones,variaciones del espîritu.Fue muy admirado en Colombia,por estudiantes,artistas y tuvo el placer de ser odiado por casi todos los polîticos,que no soportaban su sarcasmo tan agudo e inteligente;Gracias por traêrnoslo en su aniversario.