¿Cómo se intercalan y en qué se diferencian el proceso y la creación del cuento y de la novela?
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Yo debuté con una novela. Tardé un poco en llegar al cuento porque comencé en 2001 y publiqué un libro de cuentos en 2010, tras nueve años y dos novelas. En ese libro que publiqué había unos cuentos que habían salido en alguna antología, pero también es una producción más magra en comparación con las páginas que le he dedicado a la novela y la razón quizás es porque me parece que es un género más difícil.
Yo creo que no he hecho un libro de poesía porque es lo más jodido de hacer. Después está el cuento y luego la novela. En el cuento uno tiene que ser mucho más eficiente en el mecanismo de la narración. No tenés mucho tiempo, no tenés mucho espacio. Y cuando vos no tenés toda esa pradera para explayarte, sino que tenés como un pequeño tramo y a veces incluso tenés que bailar en una baldosa, es más complicado. Porque ahí tienes que ser más virtuoso.
Lo respeto mucho. Me aventuré con los cuentos que están recopilados en Animales domésticos. Entre ellos, “El gordito”, que está ahí, y tengo un par de cuentos más. Eso ha sido lo que he logrado hacer en ese género que respeto lo suficiente como para no dejar ver el cobre que se me saldría si tuviera más producción cuentística.
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Entre los autores que me han influenciado están Cortázar, por supuesto, y Borges siempre. Yo vi una cátedra sobre Borges. Si vos te leíste mi novela, habrás pillado ahí lo fan que puedo ser. Y también Andrés Caicedo. Yo no empecé por "¡Que viva la música!", sino por "Destinitos fatales" y me encantó, me pareció maravilloso.
Me gusta mucho Monterroso, por el lado humorístico. Él me parece un gran cuentista. En un momento también estuve muy encarretado leyendo a Felisberto Hernández, que lo disfruté mucho.
Leo cuentos; me gustan. Hace poco terminé Vista del abismo, de Tomás González, que me parece que es un gran cuentista, aparte de ser un gran novelista. También terminé Larvas, de Tamara Silva. Trato de estar leyendo cuentos constantemente.
Entremos ahora sí en la historia de “Gordito”. ¿De dónde nace esta historia tan curiosa?
En realidad, esto se remonta a una antología que se llamaba "¡Ah!". La sacó Planeta. Debió haber sido publicada en 2002 o 2003. Eran doce relatos eróticos. Allí estaban Juan Gabriel Vásquez, Ricardo Silva y Mario Mendoza.
Eso fue una idea que se nos fue ocurriendo a Mario Mendoza y a mí; pensamos: “Oye, deberíamos hacer una antología o un libro de cuentos”. Le comentamos a Planeta y nos dijo que sí. Yo no sé cómo terminó ese libro de gorditos convirtiéndose en relatos eróticos.
Hubo doce relatos compilados y contribuí con “Gordito”. Lo que pensaba al enfrentarme al reto de hacer un relato erótico era que no podía ser algo convencional. Es difícil hacer un relato erótico si no tiene algo de transgresor. Si es el sexo que todos tenemos religiosamente, misioneramente, monógamamente y maritalmente, pues eso no va a tener el efecto de inspirar e incitar sexualmente al lector, para decirlo con palabras más suaves que “arrecharlo”.
Tenía que ser otra cosa, algo diferente a que venga alguien a la casa de uno a ver Netflix y que en el minuto quince se echen un polvo y ya. En ese sentido, tenía que ser una configuración más extraña. Y ahí me pareció interesante hacer un personaje menos “comestible” de lo que generalmente puebla esas historias.
Hace 24 años, escribir un cuento de dos mujeres que tienen una relación sexual entre ellas y luego con un hombre, además de las drogas, quizá era mucho más transgresor que ahora, ¿no?
Sí, creo que todavía no está tan normalizado en general, pero hace 24 años tenía un grado más de transgresión, por supuesto. Esto es previo a "Cincuenta sombras de Grey" y otras cosas que han movido la barrera de la normalidad y de la experimentación sexual un poco más lejos.
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¿Era “riesgoso” de alguna forma escribir algo así en ese momento? Todavía quizá podría serlo, pero quería preguntarle si lo considera así.
Lo que pasa es que el relato erótico, por naturaleza, es transgresor. Tiene que tener un grado de transgresión. Si vos te vas a limitar a lo que hablábamos de Netflix, se acaba el género.
Por otro lado, también hay una dificultad inherente a contar el sexo. Tiene que ver con que es una experiencia que todos vivimos en nuestra vida. Es diferente si vos tenés un astronauta y entonces le contás al lector cómo es pisar la Luna, o si tenés un asesino y le contás cómo es matar a alguien y deshacerse de un cadáver.
Pero todos hacemos el amor, todos tiramos —o bueno, casi todos, afortunadamente los que podemos—. Es masivo, por eso nos seguimos reproduciendo y la población crece exponencialmente.
Vas a hablar de algo que tiene una doble naturaleza. Por un lado, nos ha hecho sentir los instantes más sublimes y hemos sentido cosas muy intensas; ha sido una experiencia única y maravillosa en muchos momentos de nuestra vida. Pero al mismo tiempo no tiene misterio: todos somos muy mamíferos y todos lo hacemos.
Entonces tiene esa paradoja. Te toca hablar de algo que todo el mundo conoce, pero hacerlo de una manera que despierte algo. Así como el horror necesita asustar, el género erótico necesita excitar. Tiene que producir un efecto físico incluso.
Pero el material sobre el que se trabaja, que es el sexo, es por todos conocido. Tiene esa doble naturaleza tan extraña: lo trascendente que puede ser y lo normal y cotidiano que es. Y el reto es que siga teniendo ese grado de transgresión, que no sea lo que vos hacés un viernes en la noche.
Esas dificultades pertenecen al género erótico y permanecen. Lo que pasa es que ahora no van a prohibir un libro porque tenga sexo anal, como pasó con "El amante de Lady Chatterley", aparte de que era una relación interracial. Una relación interracial es lo más normal ahora y esa modalidad del sexo tampoco es ajena en estos tiempos.
Al principio del cuento, cuando se conocen los tres personajes, me pareció divertido y me sentí un poquito identificado, porque ellas hablan del rave y hablan —como dice el narrador— en “una jerigonza juvenil incomprensible”. Me llama la atención porque yo creí que esto era muy reciente. Porque para mí hay una brecha que se nota mucho en las generaciones, sobre todo en el lenguaje. ¿Usted cree que es así? ¿Siempre se ha visto el cambio entre generaciones por cómo se comunican?
Quizá eso no es tan actual. Esas chicas que aparecen ahí en ese relato, más o menos yo las he conocido. Había personajes así: rumberas, medio locas, que podían decir: “Hay un gordo ahí, vamos a comernos a ese gordo de pura pernicia”. Porque ellas son las que lo comen a él. Él no hace nada; es como un juguete del destino al lado de ellas, que son las que tienen voluntad. En esa medida, quizá se ajusta más a los tiempos que otros relatos eróticos con hombres dominantes y machos alfa. Por eso el cuento puede mantener cierta frescura y quizá eso hace que se esté editando en este momento.
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Y con respecto al “spanglish”, uno también tiene que atender a la verosimilitud de la historia. Es una técnica. Estos personajes hablan así, ¿por qué los vas a poner a hablar de otra manera? Si hacés que los personajes hablen redactado o sin esa jerigonza juvenil incomprensible, estás falsificando a esos personajes.
Es como ponerle un silenciador a un revólver o hacer que los médicos hablen sin tapabocas al lado del paciente abierto, como si no supieran que pueden causarle una septicemia.
Tiene que ver con respetar el idiolecto de los personajes, su forma de hablar y hacer que no pierdan verosimilitud. Aunque es un cuento que fuerza bastante la verosimilitud: la probabilidad que tiene un gordito de terminar en una situación como esa. Pero ese es justamente el reto literario que implica este tipo de cuento.
Dice en un momento: “Humberto Ávila, alias El Ciego, sintió que el Génesis se le convertía en Apocalipsis, renegó de su fe ingenua en los falsos dioses de la casualidad y se quedó ahí, incapaz de separar las aguas o caminar sobre ellas hacia el bote”. Hablaba del destino y quiero preguntarle por esa “fe ingenua en los dioses de la casualidad”. ¿Cree que la casualidad existe? ¿Las cosas suceden por azar?
Yo creo que no hay nada escrito. Soy bastante escéptico con respecto a cualquier tipo de predestinación del porvenir y a esas doctrinas un poco mágicas de “manifestar las cosas”. No me seducen mucho.
Me parece que todo es muy azaroso y que, a veces, en medio de ese azar, uno tiene la posibilidad de que le sucedan cosas extraordinarias, buenas o malas. En el caso del gordito, creo que eso es lo que pasó.
Pero en esa frase en particular, renegar de los falsos dioses de la casualidad es quizá el lado más escéptico, más materialista y más dialéctico que puede tener uno en su formación y en sus convicciones.
¿Cómo se traslada ese humor a una historia, a la literatura? ¿Y por qué le da tanta importancia en sus relatos?
Siento que no es una cosa de la que esté consciente de su importancia, sino que es algo más instintivo, que se cuela en determinados aspectos de mi vida.
Si daba clases; de pronto me descubría en mitad de una clase con los alumnos muertos de la risa porque hice un comentario simpático, pero no era consciente de eso. A veces se manifestaba incluso en situaciones en las que no debería estar haciendo un chiste, como en una pelea de pareja.
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Creo que eso viene desde temprano. Mi familia es bastante tomadora de pelo y creo que eso también se lo pasé a mi hija. Tiene un humor negro ahí y yo creo que es algo que se naturaliza desde temprano y quizá también está en los genes.
Ahora, como eso se ha venido mencionando respecto a mi obra, uno termina queriendo entenderlo en un sentido más profundo. Hacer conciencia de cuáles son los mecanismos por los cuales hacés reír y cuál es tu posición ideológica y política frente al humor.
Eso es algo que he venido pensando desde la publicación de mi novela. Antes no me había visto obligado a pensar el humor, sino simplemente a ejercerlo en los textos que salían de mi escritorio.
Ahora pienso que el humor no es un género, sino un lente. Se puede ser erótico y chistoso, como “Gordito”. Se puede ser grotesco y chistoso, como algunas partes de mi novela. Se puede ser culto y chistoso. Dramático y chistoso. Trágico y chistoso.
Es un ingrediente más de lo que escribes y al mismo tiempo es una especie de foco, porque hace que tengas la mira ajustada para resaltar ciertos aspectos grotescos, contradictorios o absurdos de la cotidianidad que estás narrando.
También creo que el humor puede ser un fin en sí mismo, y qué maravilla que uno haga algo cuyo fin sea únicamente hacer reír. Pero al mismo tiempo puede maridarse con otras cosas. Quienes han hecho eso han logrado elevar ese ingrediente a cuotas muy altas del arte, como Kurt Vonnegut, por ejemplo, contando el bombardeo de Dresde como lo hace.
O Cervantes mismo. No debemos olvidar que Don Quijote es una novela humorística de principio a fin, pero al mismo tiempo está abrevando de otras fuentes que hacen que sea la novela más importante de nuestro idioma y del mundo.
El humor puede ser un ingrediente entre otros, que muchas veces funciona como una especie de paliativo o de anestesia con el lector. Dice Eudave que el humor es una cortesía con el lector, porque al mismo tiempo puede ser absolutamente duro y devastador con él, pero el humor alivia un poco ese otro sentimiento que está ahí, en doble banda con el humor.
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