Antonio Vélez Montoya—Atocito, como le decíamos desde que su nieta Cristi lo bautizó así—murió el pasado 29 de diciembre de 2025, rodeado de personas a quienes quiso y que lo quisieron profundamente. A sabiendas de que él no me puede contradecir, perpetraré la pequeña injusticia de añadir un último argumento a un debate continuo que tuvimos él y yo sobre la importancia relativa de la razón. Resulta que Antonio valoraba muchísimo el ideal de la persona de gran juicio y razón disciplinada y consideraba que las ciencias exactas y naturales eran su máxima expresión. Su vida fue en gran parte un compromiso explícito con ese ideal. Yo le argüía que ese ideal era, primero que todo, un ideal moral, antes que producto mismo de la razón.
Antonio me dijo alguna vez que uno de sus logros más extraordinarios fue su emancipación de la religión. Su numerosa familia de proveniencia era profundamente católica y su padre, médico de El Poblado, un ‘cura sin sotana’. Antonio recordaba temer en su infancia la condena eterna del pecador, advertida por el reportado anuncio en la entrada del infierno que decía ‘Para Nunca Jamás’. Lo educaron los jesuitas del colegio San Ignacio y luego fue a la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), de donde se graduó como ingeniero eléctrico en 1955. Allí se enamoró de la confiabilidad de los métodos matemáticos y de las ciencias, y empezó a sentir que las creencias religiosas no resistían el análisis científico. Pero este proceso de apóstasis no fue rápido.
Su competencia extraordinaria en matemática llevó a que lo contrataran de profesor en la UPB incluso antes de graduarse; luego fue profesor de matemáticas en la Universidad del Valle entre 1957 y 1962. Allí, él y algunos colegas formaron un grupo de estudio y formación mutua maravilloso, asignándose temas científicos y filosóficos para preparar y enseñarse los unos a los otros, incluyendo el Big Bang y la mecánica cuántica (Él luego intentaría reproducir esos grupos en cada universidad en la que trabajó—una idea hermosa que refleja bien la curiosidad y vigor intelectuales de Antonio.) Cada vez más, dudaba del dogma religioso, guardando sólo la sospecha de que se necesitaba el concepto de un dios para explicar los orígenes de la vida y el desarrollo de la complejidad. El golpe final a sus dudas religiosas ocurrió cuando una beca de la Fundación Ford le permitió hacer una maestría en matemáticas en la Universidad de Illinois en Urbana-Champagne, donde se compró una copia de segunda mano de La evolución en acción, de Julian Huxley (1953). Al leer esta obra, entendió que no necesitaba de un dios para explicar el desarrollo de la vida. Volvió a Colombia en 1965, enamorado de la teoría evolutiva e interesado en difundirla.
Como profesor de matemáticas, fue de los primeros en importar el álgebra avanzada a las universidades de Medellín. También fue un autor prolífico de obras de docencia y de divulgación científica—catorce libros e incontables ensayos—valiosísimas por traducir al español y explicar con claridad los avances en cálculo, biología evolutiva, astronomía, y psicología cognitiva. Su legado incluye también textos que develan cuidadosamente los trucos y errores metodológicos y conceptuales de ciertas medicinas alternativas y de creencias en fenómenos paranormales, que en su locuaz opinión no eran cuidadosamente razonadas y no tenían el poder de predicción o la eficaciatecnológica de la ciencia.
Siguiendo el ejemplo del mago James Randy, uno de sus héroes, Antonio incluso ofreció una recompensa monetaria sustancial a quien pudiera demostrarle bajo condiciones de investigación escrupulosa tener poderes paranormales. Yo lo vi consolando dulcemente a un joven que se candidató para recibir la recompensa con la convicción de tener el poder de controlar la lluvia, pero que fue incapaz de hacer llover en presencia de Antonio.
Antonio fue excelente en casi todo a lo que le dedicó tiempo. De adolescente y adulto joven sobresalió en fútbol y fue parte de la preselección de Antioquia, hasta que lo sedujeron las matemáticas en la UPB. Fue famoso entre las barras juveniles de su generación por tener el récord de velocidad en la vuelta al Parque del Poblado en reversa, en el carro de su padre—hazaña de precisión que incluía abrir la puerta del conductor y recoger una botella de Coca Cola al pasar a toda velocidad.
Nótese mi prudencia al decir que Antonio fue bueno para ‘casi todo’. No cantaba bien ni tuvo suerte con los negocios. Gozaba recontando la experiencia amarga de haberse comprado cuando joven un bus con su hermano. Lo que no perdió en pagar arreglos en talleres lo perdió con choferes que sacaban a sus novias a pasear en bus por las noches y que saboteaban las registradoras para lucrarse ellos a costa de los dueños. Juraba que el día más feliz de su vida fue cuando vendió el bus.
Después, como jefe de operaciones investigativas en Coltejer, se salvó por poco de ser un hombre riquísimo. En ese entonces los computadores eran del tamaño de salones y los programas eran largas tiras perforadas. Antonio programó una de estas para que el computador analizara cualquier color de tela al que se expusiera y generaba una receta con la combinación precisa de pigmentos que reproduciría ese color. El negocio con la compañía gringa que se lo iba a comprar se dilató tanto que la tecnología se volvió obsoleta. Más lamentable aún: sus hijos y yo seríamos ahora gente del jet-set si Atocito no hubiera invertido todo su dinero disponible en un desventurado experimento con un almacén de Radio Shack, semanas antes de que sus amigos, los Toro, le ofrecieran la oportunidad de invertir tempranamente en el negocio incipiente y eventualmente muy lucrativo, de Almacenes Éxito. Al final, Ato sí se aseguró una vejez holgada, a punta de trabajo arduo e inversiones prudentes, no de grandes negocios.
Pero vuelvo a mi tema del principio: Atocito dejaba de subrayar aspectos de su carácter que daba por sentados sin ínfula alguna y que no valoraba de la misma manera explícita con la que valoraba su racionalidad. Quiero darles a estos aspectos virtuosos el crédito que se merecen. Me refiero a su combinación hermosa de generosidad, dignidad, humor, vigor, y responsabilidad. Fue un padre (y un suegro) incondicional, indulgente y entregado. Con hijos, sobrinos y nietos. fue un pedagogo consumado, que les enseñó matemáticas, ciencias, apreciación musical y hasta composición española. Con sus miles de estudiantes fue eficazmente didáctico e infinitamente paciente. Estos aspectos de su carácter, tanto como su rigor y racionalidad, lo dotaron de un poder de convocatoria tanto más poderoso por suave y dulce. Invitaba a la charla, a la discusión animada, a la curiosidad continua.
La vejez es cruel con algunos. A Atocito le robó su memoria prodigiosa, su curiosidad y su pasión por el conocimiento sopesado. Pero fue en esos años que sentí que mi argumento sobre la primacía del carácter moral sobre la razón abstracta se comprobaba. Hasta su última semana, cuando el Alzheimer llevaba media década de hacer estragos en él, Atocito seguía queriendo relacionarse con la gente de manera dulce y chistosa, expresando dignidad y reconociéndosela a otros. Ese deseo, esa aspiración para sus relaciones, fue lo último que le quedó, un compromiso moral que lo movía y determinaba.
La descendencia de Ato dice mucho sobre quién era. Además de Titi, su esposa de casi siete décadas, le sobreviven su hijo Juan Diego y sus hijas Ana Cristina y Maritza. Juan es profesor de matemáticas en la Universidad Nacional de Colombia, investigador de vanguardia en álgebra conmutativa y un columnista y divulgador apasionado como su padre. Ana es artista plástica, historiadora del arte y novelista, con varios libros deliciosos publicados y una columna activa en El Espectador. Y Marítza, mi esposa, es profesora titular de geología en la University of Regina, en Canadá, investigadora nodular en varias redes internacionales de investigadores en paleoambientes y paleoclimas, y muy amada por un séquito de estudiantes agradecidos. A Ato lo sobreviven también tres nietas y dos nietos. Las niñas—Moma, Cristi y Juli—son médicas, respectivamente oncóloga, dermatóloga y neuróloga. Joche es estudiante de medicina en Canadá, y Antonio, el menor, actor de teatro y cine.
El legado de Antonio incluye también a miles de estudiantes en la Universidad Pontificia Bolivariana, la Universidad del Valle, la Universidad de Antioquia, la Universidad de Medellín y EAFIT, a quienes ayudó a educar.