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Los 40 años de Armero: la historia de uno de los médicos que sobrevivió

Ariel Alarcón, médico psiquiatra que sobrevivió a la tragedia de Armero, publicó “Amar el volcán”, libro en el que deja su testimonio, su reflexión sobre el trauma y su proceso de sanación. Entrevista.

Andrés Osorio Guillott

12 de noviembre de 2025 - 01:00 p. m.
Ariel Alarcón Prada era médico rural en el hospital mental de Armero, Tolima, cuando la noche del 13 de noviembre de 1985 una devastadora avalancha sepultó el pueblo. Estuvo dos días atrapado en el lodo y perdió una pierna debido a las heridas. Aquí con la portada de su libro.
Foto: Cortesía de Penguin
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“Y bien, aquí estoy. Me salvé. Contra todo pronóstico y probabilidad, no me morí. Y pretendo, 40 años después, escribir estas líneas, sin saber muy bien cómo hacerlo. Con vitalidad e ilusión, después de todo, pero, también —y esto lo digo con todas sus letras—, sabiendo que una parte de mí murió en ese instante”.

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Ese fragmento hace parte de “Amar el volcán“, libro escrito por Ariel Alarcón Prada, psiquiatra y psicoanalista, quien hace 40 años era médico rural en Armero y, aunque perdió una de sus piernas, logró sobrevivir a la avalancha que sepultó a uno de los pueblos pujantes del departamento del Tolima junto con cerca de 25.000 personas que quedaron bajo el lodo aquel 13 de noviembre de 1985.

“Armero, como catástrofe natural en un país expuesto a tantas situaciones similares —más ahora con el cambio climático—, debería enseñarnos a prevenir. Era completamente prevenible. Hubo informes clarísimos que nadie atendió. Cada comunidad debería preguntarse ¿cuáles son los riesgos aquí? Y, ¿cómo los manejamos? Prever puede salvar muchas vidas. Aprender de eso como sociedad y como nación me parece fundamental”, dijo Alarcón, que en esta entrevista, si bien se partió de su proceso, conversó más con quien les habla de los retos que enfrentó para mantener su salud mental y desentrañar todo lo que pudo desencadenar haber sobrevivido a la avalancha.

¿Cómo se sintió usted escribiendo este libro, haciendo todas las exploraciones que hizo de su vida, de sus memorias, de sus duelos?

No fue un proceso fácil. Me tocó, por un lado, trabajar sobre el tiempo, lo cual es positivo y negativo también. Positivo porque tenía un deadline muy importante para que el libro pudiera salir ahora, esta semana, a librerías y al público.

Pero fue toda una confrontación con mi historia, con mi vida, con lo que ocurrió en Armero, con lo que ocurrió después. Fue una confrontación con muchos elementos de la realidad que, aunque los había trabajado terapéuticamente, los volví a mirar —no los había querido mirar— para escribir sobre ellos.

Fue difícil en lo emocional, pero también el proceso fue muy catártico, de elaboración, de una reelaboración psicológica de todo lo que había ocurrido. Y creo que me sirvió mucho. Yo soy un fanático casi de la escritura terapéutica. Siempre les digo a mis pacientes: escriban, escriban todo lo que puedan sobre su vida, sobre los problemas, sobre lo que les ocurrió.

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Por ahora fui yo mismo sujeto de mi propia escritura terapéutica, y creo que sí lo fue, en realidad. Al final, cuando lo terminé y lo entregué, y ahora que lo estoy viendo ya impreso y viendo las primeras reacciones de las personas, digo: valió la pena. Me siento un poco más sanado a partir de la escritura que hice.

¿Le daba miedo ver esas confrontaciones y exponerlas además en este libro?

Sí, y creo que está registrado en alguna página. Es un miedo que he tenido toda mi vida: el de retraumatizar o influir negativamente en la vida de mi hija a partir de todo lo que me ocurrió a mí. Solamente me atreví a hacerlo ahora porque ella es una mujer grande, hecha y derecha, y puede procesar estos temas. Pero si fuera una niña o una adolescente, creo que no lo habría escrito, por miedo a afectarla con mi historia.

Además, lo sé también por psiquiatra de trauma que soy: existen los traumas transgeneracionales. Es decir, cosas que les pasan a los padres que pueden tener repercusiones en los hijos por los relatos que escuchan —o que no escuchan—, pero que quedan ahí, ocultos. Eso impacta la psicología de los niños y los jóvenes, más allá incluso de la epigenética.

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Entonces, uno de los miedos era poder afectarla a ella, porque fue una de las primeras lectoras del libro apenas salió. Se enteró de muchas cosas de mi vida que nunca había sabido, ni nadie más. Una persona lejana, de otro país, puede leer mi historia y conmoverse, y está bien. Pero mi propia hija… no es lo mismo. Ese fue uno de los miedos.

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¿Y qué le dijo ella cuando leyó el libro?

Dijo que había sido una lectura fuerte, que hubo momentos en los que se puso a llorar, pero me agradeció que le hubiera contado y que supiera la verdad. La verdad siempre sana, finalmente, creo yo.

Eso sí, debe ser adecuada a la edad, a una edad en la que se pueda elaborar. Y también tenía otros miedos: por ejemplo, cómo iba a reaccionar mi exmujer, cómo iba a procesar ella todo esto.

Eso me dio mucha dificultad, porque quería escribirlo bien, literariamente bien, lo cual es difícil, pero también con un trasfondo compasivo. Compasivo hacia mí, pero también hacia las personas que me rodearon y que pudieron verse afectadas.

Mi exesposa convivió muchos años conmigo, y para ella no fue nada fácil ayudarme a elaborar la situación. Ese era otro temor, pero al final creo que las cosas salieron, en general, bien. No siempre: he escuchado algunas quejas también, pero bueno, es mi vida.

Quería explorar un poco más esa parte de su hija, porque usted escribe en el libro: “Una vez Lucía estaba en la mira, arte fundamental de mis motivaciones para profundizar en mis terapias consistió en un compromiso sagrado para no transmitirle ninguna de mis angustias, depresiones, taras o traumas, derivados o no de mi condición de amputado, pero sobre todo relacionados con las consecuencias”. ¿Qué papel jugaba esa figura de su hija en este libro, pero también en todos esos procesos psicológicos que usted llegó a hacer?

Uf, un papel fundamental. Desde luego la tuve en la mira todo el tiempo: es mi hija, mi única hija además, así que le dediqué especial cuidado y atención. Por otro lado, era un elemento clave procurar, dado que soy psiquiatra, que ella tuviera el mejor bienestar posible, la mejor salud mental posible, en medio de lo que me había pasado a mí y de otras cosas que después nos pasaron también en la vida.

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Era muy importante como motivador. Es decir, que yo estuviera sano para que ella creciera sanamente. En eso fue muy motivador. Y la escritura también, pensando en ella, me impulsó a hacerlo con cuidado.

No se trataba de hacer algo muy explícito o exhibicionista desde un punto de vista negativo, sino de hacerlo cuidadoso. También pensaba: “Bueno, ¿qué va a pensar Lucía cuando lea esto?”. Y ella, y cualquier otra persona. La idea no era causar malestar innecesario. Un malestar, claro, pero hasta cierto punto: no un malestar perjudicial o negativo.

Usted señala en una parte los sueños, y uno de sus psicoanalistas le dijo: “Es una parte tuya que quieres o debes matar y soltar para que otra pueda vivir”. Quiero que hablemos de esos sueños que ha tenido y de esa interpretación que hizo su psicoanalista sobre ellos.

Los sueños son parte del trauma, del estrés postraumático. Cuando uno vive una situación negativa como esa, una parte de la mente se queda pegada a ese hecho y no logra soltarlo. Se expresa en ansiedades, angustias, en un estado de hiperalerta permanente, y también en pesadillas y sueños complicados.

Lo que ocurría eran sueños repetitivos, en los cuales yo era perseguido o revivía lo de Armero, o lo revivía de un modo simbólico: por ejemplo, soñaba que me disparaban y me mataban. Es una forma de elaborar la muerte, la posibilidad de haber muerto, y cómo eso reaparece en otros aspectos de la vida.

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Hay otra lección que usted menciona, ya cuando estaba en el proceso de implantar la prótesis para su pierna. El médico que hace ese proceso con usted le dice: “Antes de aprender a caminar, debes aprender a caerte”. Usted resalta que esas palabras lo han acompañado desde entonces. Quiero preguntarle: aunque pueda parecer obvio, ¿por qué lo han acompañado tanto?

Desde el punto de vista de la fisioterapia fue un shock cuando escuché eso, porque lo que yo quería era aprender a caminar otra vez. Pero en el fondo era algo muy lógico y bondadoso.

Cuando uno tiene una prótesis, la marcha es inestable y hay más riesgo de caerse que cualquier otra persona. Entonces hay que aprender a caer. De hecho —bueno, hace un rato que no me pasa—, pero me vivo cayendo, me resbalo, me tropiezo. Aprender a caer o prever que puedo caerme fue muy importante, muy salvador, desde el punto de vista fisiológico.

Pero psicológicamente tenía un simbolismo muy alto: reconocer la vulnerabilidad. Una vulnerabilidad real, no paralizante, pero que hay que tener en cuenta para elaborarla y transformarla en fortaleza. Eso se dice mucho: que la vida se compone de caídas y levantadas. Pero haberlo incorporado de verdad como principio rector de mi vida —que no importa lo que ocurra, mientras tenga fuerzas para vivir, siempre me voy a levantar— me ha acompañado.

De los golpes psicológicos, de las frustraciones, de las pérdidas, de los conflictos… La vida no es siempre feliz. Pero si uno incorpora ese elemento de vulnerabilidad, no se vuelve una limitante, sino un aliciente para vivir, para crecer, para emprender cosas, para vivir la vida.

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“Con los años y las terapias aprendí a aceptar de buena gana también las pequeñas sutilezas inherentes a las pérdidas que se han ido cristalizando cada vez con mayor claridad y menos dolor y rabia, abriendo el espacio a la alegría, el disfrute, la creación y la gratitud. Sé por mí mismo, y por los relatos de muchos de mis pacientes, que la aceptación es un proceso contextual”. Hablemos de ese trabajo que ha hecho con respecto a las pérdidas, y que nos hable también —si se puede— de esa idea de la aceptación como un proceso contextual.

La aceptación implica observar distintos aspectos. Por un lado, la historia, la vida, lo que ha pasado antes, lo que está pasando ahora y lo que puede llegar a pasar después. Eso hace parte del contexto, del contexto de mi personalidad. Cómo se inscribe dentro de mi modo de ser el tener esta pérdida o esta otra. Y otro elemento del contexto son las otras personas con quienes uno convive; ellas hacen parte de ese contexto.

Entonces, cómo esto le impacta a uno internamente y luego cómo ese impacto dialoga con los demás de tal modo que se pueda resolver y generar algo bueno a partir de esa aceptación. Hay personas que le ayudan a uno a aceptar las cosas como son y afrontarlas, y entonces ese contexto es positivo. Pero hay otras que hacen todo lo contrario: niegan, y ese contexto no permite una mejor elaboración.

A eso me refiero cuando digo que la aceptación es contextual: tiene que ver con quién uno está, cómo está, en qué momento de la vida está. Pero también la aceptación es un elemento central —central, central— de la salud mental, especialmente en los procesos relacionados con duelos o pérdidas.

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Uno se niega, en muchos casos, a aceptar que una pérdida ocurrió y sigue funcionando como si no hubiera pasado. El primer paso para la terapia es aceptar. Esto se repite, por ejemplo, en las terapias de las adicciones o de consumo problemático de sustancias o actividades: lo primero que hay que hacer es aceptar que eso es un problema, para quién lo es y cómo se causa. No negarlo es indispensable.

Pero luego también hay un elemento adicional a la aceptación, que es la inclusión. Hace parte de la aceptación, pero es diferente: implica decir “esto ocurrió y hace parte de mi vida”. No tengo que negarlo ni ocultarlo, sino incluirlo. Esta falta ocurrió y hace parte de mí, y no tiene que ser necesariamente negativa. A partir de ese sufrimiento puedo derivar información que me permita construir bienestar en el presente.

Si uno no acepta ni incluye, si no lo hace parte del “pentagrama” de notas de la mente, uno va a estar psicológicamente cojo toda la vida. Porque algo que pasó en realidad y que es importante no está incluido dentro de la vida ni en el psiquismo.

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Usted escribe: “Un descubrimiento doloroso pero trascendental que hice acostado en el diván de mi psicoanalista fue constatar que parte de la tentación de manipular a otros a partir de una condición de supuesta inferioridad es una confirmación inconsciente precisamente de esa inferioridad, algo que cociné a fuego lento en las capas más profundas de mi personalidad: sentimientos de envidia y culpa hacia las personas que tienen aquello que yo quiero tener”. ¿Cómo fue también reconocer eso?

Esa fue, creo, la parte más difícil del psicoanálisis, pero también la más importante y trascendental. En muchos casos, cuando ocurren este tipo de situaciones, uno tiende a identificarse a sí mismo como víctima. Y no voy a negar que hay situaciones reales en las que las personas somos víctimas, y eso hay que reconocerlo. Por eso todo lo que se habla de darle un lugar y una voz a las víctimas es trascendental, porque hace parte de construir la verdad. Pero uno no se puede quedar en ese rol. El rol de víctima tiene que ser necesariamente temporal.

Aunque el victimario —y aquí viene el tema de “Amar el volcán”— nunca reconozca su culpa ni repare, uno, por su propia salud mental y dignidad, tiene que hacer su propio proceso. Ese proceso es muy difícil psicológicamente, porque si uno se autoidentifica como víctima, casi que automáticamente necesita un victimario: alguien malo afuera que me está atacando o que tiene lo que yo no puedo tener. Eso genera una tormenta psicológica muy difícil de vivir.

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Poder remover todo eso, entenderlo, ponerlo en su lugar y no identificarse con la pérdida, es lo que he hecho a lo largo de mi vida. Lo trabajé mucho cuando era paciente, sin saber que esos eran los puntos más importantes. Mi psicoanalista, aunque no hablaba de esta manera, me decía algo así como: “Venga, Ariel, usted tiene una vida completa, rica y digna de ser vivida, mucho más allá de esto que le pasó. Incluya esto que le pasó, pero su vida vale la pena”.

Identificarse con el ser completo y no solo con la falta que tuvo es difícil, pero se logra terapéuticamente. Hay que hacer el trabajo, pero si se hace bien acompañado, se logra.

También es importante hablar de esto, porque usted dice: “hay terapeutas, psicólogos y psiquiatras que nunca han ido a terapia. No entiendo cómo lo hacen ni los principios éticos que guían sus decisiones clínicas”. Es como esa frase de “los médicos también se enferman”. Quiero que hablemos de la importancia de que los cuidadores —psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas— también tengan un auxilio, un cuidado de su propia salud mental.

A eso me he dedicado los últimos quince años de mi vida profesional: a decirles a los médicos, más allá de si trabajan o no en salud mental, que reconozcan su vulnerabilidad y se dejen ayudar.

Muchos llegan a situaciones muy negativas: burnout, depresión, incluso suicidio. Hay muchos profesionales de la salud que optan por el suicidio porque no reciben el cuidado que necesitan, no porque no esté disponible, sino porque no lo toman. Se niegan a aceptar sus debilidades.

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Por eso es fundamental reconocer las vulnerabilidades y trabajarlas emocionalmente, mucho más quienes nos dedicamos a la salud mental. Debería ser un requisito. Antes lo era: cuando yo hacía mi formación, era normal que los que queríamos ser psiquiatras fuéramos a terapia. En el psicoanálisis, además, es obligatorio el psicoanálisis personal del aprendiz.

Conocer las propias debilidades y conflictos potencia el quehacer terapéutico. Hace a un terapeuta más hábil, con una visión más amplia y muchas más posibilidades de ayudar. De lo contrario, se trata a los pacientes desde los libros o la práctica, pero sin haber pasado por la experiencia emocional. Esa práctica puede ser dolorosa tanto para el terapeuta como para sus pacientes. Por eso, para mí, la terapia de los propios terapeutas es un requisito fundamental.

Usted comentaba que iba tres o cuatro veces a la semana, durante casi diez años, a psicoanálisis. A veces uno deja de ir a terapia porque siente que no sabe bien de qué hablar. ¿Sí es recomendable ir con esa frecuencia o cómo explica usted este punto?

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Bueno, en aquella época era un requisito: para formarse como psicoanalista tocaba hacer un psicoanálisis personal así de intensivo. Pero te hablo de hace cuarenta años. Eso ha cambiado.

Ya no es tan necesario que un psicoanálisis sea tan intensivo. Depende del nivel de sufrimiento y de la profundidad de la psicopatología. En mi caso me tocó hacerlo porque estaba en los estatutos de formación, y además me encantaba. Me encantaba acostarme en el diván, contar mis cosas, hablar libremente y ser escuchado por un colega bien intencionado y formado.

Es buenísimo, casi como un hobby. Pero no tiene que ser así para todos. Yo lo hice tanto tiempo porque me gustaba y porque quería una buena formación. Un paciente normal no necesita esa intensidad ni esa prolongación.

Lo importante es continuar los procesos. Cuando ocurren bloqueos, hay que entenderlos con el terapeuta: “bueno, ¿y ahora de qué hablamos?”. Esa mente en blanco es un punto importante a mirar, hay información ahí. Hay que tener paciencia y curiosidad: ¿qué será?

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Una técnica clásica, la de Freud, es la asociación libre: no pensar en nada lógico ni construir un discurso coherente, sino hablar libremente de lo que pasa por la mente, aunque no tenga lógica. “Estoy viendo un jarrón, una flor, un señor que pasa…” y seguir hablando. Así ese bloqueo se abre y da lugar a partes muy importantes de uno mismo.

Hace poco entrevistaban a Tomás Corredor, el director de la película Noviembre, sobre el Palacio de Justicia, y él decía —como lo han dicho otros— que Colombia necesita una terapia colectiva. Me parece interesante, y quisiera preguntarle: ¿por qué considera usted que las víctimas en general necesitan ese acompañamiento? ¿Por qué un país como el nuestro necesita que se le preste más atención a la salud mental?

Es una pregunta muy importante. Justamente porque hemos vivido muchas situaciones traumáticas. Los niveles de violencia y de conflicto armado que hemos tenido en Colombia durante décadas han sido profundamente traumáticos.

Cuando salió el informe de la Comisión de la Verdad, se decía que, en unos 60 años de conflicto, por lo menos 10 millones de personas tuvieron algún tipo de impacto negativo en sus vidas debido al conflicto armado, directo o indirecto. Eso es una cuarta o quinta parte del país.

Y parte de lo que ocurre —como me pasó a mí— es que si eso no se ve, no se destapa, no se incluye en el devenir personal y social, tiende a repetirse. Conocemos casos de personas que fueron víctimas y luego, a partir de la venganza, repitieron el ciclo de violencia.

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Una especie de terapia colectiva sería necesaria. No hay suficientes profesionales para hacerla, pero como sociedad sí necesitamos ese proceso. Y ahí la cultura ocupa un lugar muy importante: las películas, los libros, el arte en general. Abrazar la historia.

Hace poco hablaba con un periodista que escribió sobre Armero. Descubrió que en ese mismo lugar había ocurrido una avalancha igual en 1525 y otra en 1845, y nadie lo sabía. Él se sentía culpable: “Si yo hubiera sabido, lo habría contado, y quizás se habrían salvado vidas”. Conocer la historia, nuestros traumas, solo puede hacernos un mejor país.

No quiero desaprovechar eso que dice. ¿Cuál es la importancia que tienen la literatura o el cine para narrar y recordar casos como el de Armero?

Son memoria histórica, y eso es trascendental. Todos debemos conocerla. Y no solo las catástrofes naturales, también las humanas. La cultura, el arte, la música, la danza, la literatura, la poesía, incluso el tejido o la orfebrería, ocupan un lugar muy importante porque permiten a quien crea hacer catarsis y elaborar el trauma. Y a quienes leen o miran, les tocan elementos de su alma que también les permiten elaborarlo. El papel de la cultura es absolutamente indispensable para entendernos y trascender, tanto individual como colectivamente.

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“Puedo decir que es posible amar el volcán. Se siente que se quita un peso al escribir el libro, ¿no?

Es la fase final de todo el proceso de elaboración, que a mí me tomó años, aunque ojalá a otros les tome menos. Hay fases: una es el autoperdón, perdonarme y abrazarme con compasión por los hechos negativos. Luego, un paso más individual, es perdonar al victimario, pero eso ocurre al final, no al comienzo. Algunas posturas religiosas dicen “perdona y ya”, pero no: primero hay que trabajar psicológicamente y luego preguntarse si se puede perdonar.

A veces, para superar un trauma, uno necesita odiar al victimario, sentir rabia para empoderarse. Una vez elaborado, uno puede decidir si perdona o no. No es obligatorio, pero si lo haces, puedes vivir más tranquilo.

En mi caso, el volcán no era un ser humano. Es un hecho de la naturaleza, y con el tiempo entendí que no era mi enemigo. Es bello, tiene una razón de ser geológica. Uno puede llegar a amarlo, a reconciliarse con la naturaleza. Es parte del proceso, casi espiritual, de liberarse.

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