15 Sep 2015 - 9:13 p. m.

Arte y desplazamiento

Parte de esta muestra, de la artista Ana González, estará en Artbo y en el Jardín Botánico en octubre.

Sara Malagón Llano

 

 

Ana González trabaja hace diez años en su taller, en Chapinero, con comunidades desplazadas que llegan a Bogotá. Pero antes trabajaba en Semana, era editora creativa de Fucsia y otras revistas. Y antes trabajó en Hachette Filipacchi Medias Casa editorial de revistas y libros franceses (como Elle, Photo, ParisMatch, Elle Decor,) en París. Eso, porque hizo una maestría en Artes y Medios, por un lado, y Edición, por el otro, en la Escuela Nacional de Bellas Artes, y se enfocó en el papel, en el grabado, en la fotografía; y también porque antes, en Colombia, trabajó para medios, haciendo producciones fotográficas, ante la falta de ofertas de trabajo cuando se graduó de Arquitectura, de la Universidad de los Andes.

Fue por su trabajo en Semana que empezó a entrar en contacto con fundaciones que acogían a comunidades desplazadas por el conflicto armado. “Empezaron mandarme a mí grupos desplazados que trabajaban cierto tipo de objetos. Como yo sacaba muchos objetos en las revistas, empecé a asesorarlos para que hicieran los suyos en otro color o con algún cambio en la textura, en el diseño, y se los sacaba en la revista. Eso les ayudó a venderlos. Luego la fundación Corona me ayudó a distribuir esos objetos, y luego Home Center. Empecé entonces a tener ese rol de asesora de diseño de artesanías para las comunidades desplazadas que llegaban a la oficina, para que hicieran cosas que ya sabían hacer y que les permitieran sobrevivir en la ciudad”. Renunció a Semana y empezó a trabajar exclusivamente con las comunidades a través de la Fundación Corona, de Presidencia, de la Parroquia de Florencia Caquetá, del Centro Nacional de Memoria Histórica, de la Cruz Roja, de USAID, de la Embajada de Suiza, del Acnur. Entonces abrió su taller. Ahora las comunidades llegan allí directamente.

En su taller se sienta con quienes lleguen. Una vez fueron indígenas Coreguaje del resguardo Maticuru, en Caquetá; otra, un grupo de soldados ciegos por minas antipersonas. Pero casi siempre trabaja sobre todo con mujeres y jovencitas que vienen de Chocó, en su mayoría, pero también de Caquetá, el Amazonas, el Tolima, Urabá. Ellas le dicen a González qué saben hacer. Si bordar, si coser, si hacer cerámica. Entonces tejen, bordan, hacen vasijas, hacen canastas, y mientras tanto González oye las historias. “Ellas simplemente empiezan a hablar, a contarse lo que pasó. Por qué salieron, cuánto tiempo tuvieron para salir, quiénes los habían amenazado. Yo escucho. Y entre esos cuentos me impresiona y me inquieta saber qué cosas deciden llevarse, qué cosas sacan en esos pocos minutos que les dan para huir. Muchos me han mostrado sus cositas, sus objetos preciados. El vestido de fiesta, el vestido de bautizo, la joyita de la abuela, el peluche”. El vestido se volvió un hilo conductor en varias sesiones. Entonces del mundo glamuroso de la alta costura pasó a esto, a fotografiar a las niñas, a las mujeres, con sus vestidos; a retratar la felicidad que sienten cuando los llevan puestos. Luego los intervino estampando su hogar, su selva, en esos vestiditos blancos.

“Con los años estas comunidades me han hablado mucho de dónde vienen. Por eso he emprendido varios viajes para visitar sus zonas de origen, y en esos lugares saqué una serie fotográfica enfocada en las ruinas de las casas, las casas abandonadas por sus antiguos habitantes”. La serie se llamó “Pasiflora” (2013), y se centró en la desmaterialización de la arquitectura y la materialización de lo orgánico, en la invasión a la inversa, la reconquista de allí donde había perdido espacio.

“Pasiflora” llevó a González a estudiar la naturaleza, la vegetación que volvía a cubrir los espacios perdidos, y en ello se encontró, hace dos años, con un biólogo colombiano que trabaja en Harvard, Santiago Ramírez, quien para ese entonces trabajaba, como González, con orquídeas.

“Yo había estado trabajando con Santiago Madriñán y otros biólogos de la Universidad de los Andes porque me interesaba entender la mirada del biólogo sobre la naturaleza, su aproximación”, dice Ana González. Madriñán la acercó más al fenómeno del mutualismo (que en términos biológicos es cuando dos especies, en su interacción, se benefician mutuamente) entre las “abejas de las orquídeas” o euglosinos y una especie de orquídeas, la góngora. “La relación es milenaria, de más de 20 millones de años, y acá en Colombia tenemos la mayor variedad de góngoras en el mundo”. Con la flor la abeja se perfuma y, al hacerlo, la poliniza. Se rueda por uno de los pétalos, allí va dejando el polen y guarda el perfume en sus gruesas paticas traseras.

González, que venía trabajando el tema del desplazamiento, vio en esta investigación el potencial para hacer algo opuesto: crear teniendo como referente una relación equilibrada, también colombiana, pero perfecta.

A la entrada están expuestos unos estantes donde González muestra su propio proceso de investigación, su apropiación del tema, en una especie de diario de viaje hecho de imágenes, recortes, pequeñas piezas superpuestas. No faltan en ese comienzo, la estética y la sutileza, e impera el espíritu de un collage hecho con fotos, trazos, dibujos, apuntes, nombres, mapas y los libros consultados. Junto a ese diario están los cajones donde se muestran los estudios de las abejas, los pequeños cuerpos de ejemplares machos, que no pican, y que muchos creen moscas por sus colores metálicos y oscuros. “Son como hadas esas abejas, uno no las ve fácilmente”. Viven, precisamente, en algunos de los lugares del desplazamiento.

En la gran sala se mezcla “Mutuum”, la muestra sobre las orquídeas y las abejas, y piezas que traen al presente muestras pasados, el trabajo con las comunidades y los viajes de Ana González. Hay acrílicos que parecen fotografías de la selva, los vestiditos de bautizo estampados con la selva oscura, bordados con las formas de las abejas, fotografías documentales de las zonas visitadas, fotografías intervenidas, fotografías de la naturaleza que en su contraparte se desvanece, telas con la selva impresa deshilachadas, como trituradas, que evocan los estragos de la tala de árboles, la minería ilegal, la industria petrolera. Los colores de las fotografías, las telas y los acrílicos son los colores de la arquitectura de la selva. Azules, verdes, rojos.

Y hay orquídeas, orquídeas colgantes en porcelana hechas a mano, que son las que estarán expuestas en el Jardín Botánico de Bogotá durante todo el mes de octubre. El próximo año esas orquídeas viajarán a Estados Unidos y estarán expuestas en algunos museos –cuyos nombres aún no se conocen–, porque hacen parte de una beca científica que ganó Santiago Ramírez, el biólogo. Ante el deber de divulgar la investigación como prerrequisito, él decidió que la exposición fuese la parte divulgativa de la investigación científica.

En la exposición todo es hecho a mano, como lo hacen las personas que llegan al taller a trabajar con González. A bordar, por ejemplo, lo aprendió de su abuela. Ese aprendizaje se convirtió en reflexión cuando, con su trabajo, González descubrió que los oficios y las manualidades heredadas se trasmiten gracias a las mujeres. Por eso, dice González, la muestra es muy femenina. No feminista, sino femenina, porque son las mujeres las que cargan el legado, y femenina también en un sentido tradicional del término, asociado a ecos de conceptos como la delicadeza, el cuidado, el detalle. Todo eso, femenino o no, predomina en las piezas.

El espacio del taller de González se ha vuelto no sólo una manera de sobrellevar la fría llegada a esta ciudad inclemente, sino también en una especie de terapia. No sabe qué tanto les ayuda o no a las personas que asisten, pero lo que sí pasa es que mientras repiten y repiten el procedimiento manual, que relaja la mente como un mantra, vuelven a sus raíces y verbalizan para los otros, y para González, la experiencia traumática que los sacó de sus lugares.

 

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