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En el fin de semana del 25 al 27 de septiembre se llevaron a cabo dos importantes ferias de arte en Bogotá. ArtBo en ese gran edificio que es Ágora Bogotá1 diseñado por Daniel Bermúdez, Juan Herreros y Jens Richter. Y, UN_FAIR, en el Centro Internacional del Tequendama, del arquitecto Rafael Obregón; lugar de la ciudad al que los más destacados estudiosos de nuestra arquitectura se han referido como una obra excepcional de la arquitectura moderna colombiana. Los lugares importan y hablan de quienes los ocupan.
Albergaron ellos; ARTBO, 50 galerías y 228 artistas, mientras UN_FAIR reunió cerca de 300 artistas y curadores2 en dos modelos diferentes de feria, pero con un mismo mensaje: Bogotá se ha convertido en uno de los puntos de encuentro más importantes del arte latinoamericano, después de Brasil y México. En ArtBo tuvimos 65 % de artistas nacionales y 35 % internacionales.3
Imposible destacar o hacer un listado de preferencias de lo visto. Cuando asisto a un evento de este tipo, lo que busco es descubrir nuevas propuestas, nuevos nombres y nuevas posibilidades. Encontré un par que me emocionaron principalmente: Valeria Alfonso y Luisa Pastor. Dos propuestas distintas y un común denominador, la originalidad y calidad técnica de su trabajo, entre otras.
En la obra de Valeria Alfonso (1999) encuentro dos características principales a destacar. La primera, el acertado manejo de los colores; si un colorista es, como se ha definido. un artista que sobresale por su aguda visión de un paisaje, su sensibilidad, dominio y protagonismo de los colores, la maestra Valeria Alfonso sin duda lo es, pues el color es fundamental en su lenguaje pictórico. En el trabajo de la maestra encontramos una gran sensibilidad para combinar, contrastar y graduar colores. Colores que no necesariamente son fieles a la naturaleza. Bien puede pintar de rosado la rama de una planta que puede ser un bambú, o de púrpura cualquier otra. Los suyos son colores alegres, llenos de luz y vida. Azules, amarillos, verdes y blanco, sin que, claro, falte un ocre definitivo. No quiere decir esto que quienes trabajan con colores grises, tierras u ocres no sean a su vez grandes coloristas. No olvidemos que la tal vez más importante pintura del siglo XX y lo que va el XXI –Guernica, de Pablo Picasso- fue hecha en una gama de grises.

La segunda característica que de su trabajo me atrae es la especial visión que la maestra tiene del paisaje. Pueden ser decenas las percepciones que se tengan de un paisaje; partiendo de la base de que un paisaje es un lugar, acordémonos de que la palabra paisaje viene de “país”. Esto es, además de naturaleza: territorio, cultura y mirada de la artista. Tal vez por mi formación de arquitecto, me produce especial interés la importancia que la maestra da a los lugares. En las pinturas que de ella he visto,4 es común el lugar en el que sitúa la naturaleza, tiene una presencia que da integralidad a su obra, ya sea una cafetera y una taza sobre una mesa o una marquesina. Una escalera en un patio interior o la culata de una casa vista a través de una ventana.
Son lugares, o estancias, llenos de personalidad y familiares a nuestra arquitectura doméstica. Espacios que reconocemos, que nos pertenecen de alguna manera, aunque no podamos ubicarlos con precisión. No parecen construidos necesariamente a partir de un modelo específico, sino de la suma de diferentes paisajes y lugares que la maestra quizá recoge en bocetos, fotografías propias o imágenes tomadas de distintos medios, como revistas, libros y otras fuentes. En otras palabras, la artista no pinta simplemente paisajes; construye lugares.
En ArtBo también me encontré con la obra de una artista Luisa Pastor (Alicante, España 1977), de quien había visto algunas obras en una feria anterior. La que hoy nos trae se llama “Trama y urdimbre. Escrituras del valor”. En el stand de la galería que la representa -La Cometa- solamente había una de sus obras, pero al indagar por ella, supe que en su galería en Bogotá5 había una sala dedicada exclusivamente a su obra. Sea la oportunidad para hacer un reconocimiento a los arquitectos José Alejandro Bermúdez y Daniel Jaramillo, quienes diseñaron el edificio que ocupa. Ufff. Sin competencia, ayer y hoy en Bogotá. Una vez más, los lugares importan.
La sala que ocupa la obra de la maestra Luisa Pastor pareciera haber sido concebida especialmente para ella. Y, en realidad, no estamos tan lejos de la verdad: fue la propia artista quien escogió el lugar, determinó el negro de las paredes y no solo diseñó la iluminación de la sala, sino que además fabricó y localizó ella misma las luminarias que enfocan cada una de las obras.
Hasta ahí, y sin que todavía nos hayamos detenido en las obras mismas, hay ya una primera conclusión: magistral.
Es una obra novedosa, inteligente y reflexiva. Nos invita a pensar: en ella, todo tiene sentido. Así lo expresa la artista: "El acto de parar y contemplar es toda una rebeldía".
La maestra trabaja sobre páginas de muy bellos y antiguos libros -principios del siglo XX- de contabilidad. Y este no es un detalle menor, pues el tiempo y la transformación también tienen una gran valía, amén de la que tienen por su contenido y, si se quiere, la simpleza de este, ingresos y gastos. Una trama horizontal y una vertical que se entrecruzan. Una urdimbre, como con acierto la llamó la artista. Y que quede claro, el tejido también es una expresión artística; para la muestra, el trabajo de nuestra compatriota Olga de Amaral, entre muchos otros. En el caso de la maestra Luisa Pastor, este tejido nos da cuenta de maravillosas historias, amén de su elegancia e impecable valor estético. Urdimbre que la maestra construye con láminas de pan de oro de 22 y 24 kilates, y en algunos casos de plata, sobre un fondo negro, produciendo un resultado estético ordenado, limpio y muy bien proporcionado.
Son de esas obras que nos invitan a detenernos ante ellas, a observarlas con atención y, casi inevitablemente, a pensar en la artista y en su proceso creativo. En cómo unas páginas destinadas a registrar ingresos y gastos, después de más de un siglo, se transforman en otra cosa: en una obra en la que el tiempo, la materia y el trabajo terminan adquiriendo un nuevo valor, que es a su vez la razón de ser de los libros de contabilidad.
Es enriquecedor constatar que estas páginas se rescatan para darles un nuevo valor, ya no contable, sino artístico. El tiempo no las despojó de significado; por el contrario, las convirtió en materia de una nueva lectura. Aquí se revela el ojo sensible y enriquecedor de la artista.
Cierro con una especial recomendación del trabajo del maestro Luis Carlos Tovar (1979), quien expuso en el stand de Gris Galería6 en ArtBo un video7 y tres elocuentes trípticos realizados en Santa Marta, con un potente mensaje político y de denuncia, amén de una impecable factura técnica y estética, tanto en el video como en las fotografías. Imperdibles.
Y el oportuno reconocimiento que se hizo en UN_FAIR a nuestros artistas formados entre París y Bogotá. Una exquisita selección hecha por el historiador y crítico de arte Álvaro Medina, que incluye nombres de artistas como: Ema Reyes, Antonio Barrera, Luis Caballero, María Teresa Vieco, Patricia Tavera, Lorenzo Jaramillo, Fernando Botero, Ana María Rueda y Alfonso Díaz Uribe, entre otros.
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