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Carlos Granés: “Hay que volver a un arte liberado, guiado por los instintos”

El autor de “El rugido de nuestro tiempo” plantea un panorama complejo, en el que los artistas y los políticos han invertido sus roles. En su libro explica cómo esto conduce al surgimiento de líderes autoritarios, al tiempo que condena la creatividad.

Santiago Gómez Cubillos

02 de febrero de 2026 - 07:00 p. m.
Carlos Granés es antropólogo, ensayista y durante 10 años fue columnista de este diario.
Foto: Penguin Random House
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Usted comienza su libro resaltando la importancia del ensayista. ¿Cuál es el rol que le asigna en el análisis del presente?

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Un ensayista es alguien que no tolera no entender. A mí me gusta explicarlo con una imagen tomada de las malas películas de terror. En todas hay alguien que oye un ruido en un sótano, un altillo o algún lugar misterioso. Lo sensato, lo racional, sería salir corriendo, pero siempre hay alguien que va a ver qué es. Es un cliché y, sin embargo, funciona porque revela una necesidad cognitiva humana: entender, comprender.

Un ensayista es eso. Es esa persona que, frente a lo perturbador, lo extraño, lo disonante o lo amenazante, tiene que ir a comprenderlo, a arrojar luz sobre esos fenómenos. Y lo hace usando la literatura. Enfocamos todo nuestro esfuerzo intelectual en darle sentido y coherencia a un mundo que, sobre todo en el presente, es un cúmulo de estímulos desordenados y difícilmente aprehensibles. El presente es como agua que se escurre entre los dedos. El ensayista intenta atraparlo y mostrárselo al lector, para que tenga mejores coordenadas y pueda moverse con mayor claridad en el ahora.

”El rugido de nuestro tiempo” aborda la idea de que la política se ha convertido en un campo que ya no promueve la responsabilidad y el compromiso moral, sino el caos y la polarización. ¿Cómo llegó a entender esto?

Eso es producto de una investigación previa de Delirio americano. Ahí llegué a esta conclusión: la mentalidad del político —o de la gente que se siente atraída por el poder en América Latina— es grandilocuente: busca la totalidad, la reestructuración general de la sociedad. Es adanista y, de alguna forma, artística, porque ve el mundo como un lienzo en blanco sobre el cual va a plasmar una obra maestra que lleve su firma. Eso se ha dado en América Latina a lo largo de toda nuestra historia republicana, y a mí me interesaba ver ese mismo fenómeno —ese mesianismo, ese redentorismo— en la actualidad.

En su libro habla de políticos de todo el espectro, desde Petro y AMLO hasta Trump y Milei. ¿Qué vio en ellos que fuese representativo de la tesis que está defendiendo?

Al observar el panorama actual, fue muy fácil darme cuenta de que había por lo menos cinco que heredaron esa mentalidad de la que hablo. Algunos ya han salido del poder, pero cuando escribí el libro seguían en funciones. Los primeros fueron Gustavo Petro y Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el expresidente mexicano. Ambos estaban obsesionados con hacer historia desde el gobierno, más que con gobernar un país. Estaba también Gabriel Boric, que ligó su proyecto a una constituyente que pretendía refundar Chile y cambiar una república nacional por una república plurinacional.

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Por otro lado estaban Nayib Bukele y Javier Milei, que desde la derecha hacían cosas similares. Bukele pensaba la sociedad como un organismo afectado por células cancerosas que él tenía la misión de extirpar para curar el cuerpo social. Se veía a sí mismo como un salvador en términos médicos, como quien posee la medicina verdadera para resolver los males de El Salvador. Y Milei era un peronista que creía que no lo era. Estaba convencido de que el campo político no podía ser plural, porque todo aquel que estuviera un centímetro a la izquierda de su pensamiento era una amenaza.

Estos cinco personajes, pese a que unos estén en la derecha y otros en la izquierda, compartían esa misma mentalidad totalizante: querer cambiar el alma de sus países, refundarlos con nuevas constituciones, con nuevas leyes o simplemente imponiendo la voluntad del presidente, para que el país empiece a parecerse a los delirios y obsesiones de quien gobierna. Esto, por supuesto, nunca conduce a buenos resultados.

Esto lo contrapone en su libro con la situación de los artistas, quienes han asumido la defensa de causas sociales y muchos han puesto sus creaciones al servicio de ellas. ¿Por qué cree que se dio ese cambio?

Para entenderlo es útil remitirse a los años noventa y a la primera década de 2000. En ese momento los artistas —no necesariamente los mejores, pero sí los que animaban el mundo del arte contemporáneo— eran los llamados “Young British Artists”: una generación influenciada por el punk, muy audaz, atrevida y transgresora, que practicaba lo que entonces se conoció como “shock art”, un arte que buscaba sacudir emocionalmente mediante imágenes impactantes. Esa generación fue extraordinariamente exitosa en los noventa y estuvo en primera línea hasta 2008, cuando comenzó la gran crisis económica.

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¿Qué pasó? Hasta ese momento los jóvenes creían —o al menos tenían la esperanza— de que vivirían mejor que sus padres, pero eso se acabó con la quiebra de Lehman Brothers. A eso se sumaron una serie de crisis morales en el mundo. En 2013 apareció el movimiento Black Lives Matter, que empezó a denunciar a Occidente como una sociedad estructuralmente racista. Luego surgió el #MeToo en 2017, y al racismo se sumó el machismo. Y después llegó Greta Thunberg con el problema del cambio climático.

De pronto, no solo no íbamos a vivir mejor y estábamos económicamente mal, sino que además éramos estructuralmente racistas y machistas y, para colmo, estamos destruyendo el planeta. Ese diagnóstico apocalíptico tuvo un impacto brutal en el mundo cultural. Los artistas dejaron de ser experimentadores, transgresores o niños rebeldes, y pasaron a concebirse como quienes debían sanar una sociedad corrupta. Esto transformó por completo el rol del creador, que ya no era quien experimentaba, desafiaba o transgredía el consenso moral, sino quien recordaba que debíamos ser buenas personas y apoyar causas nobles.

¿Cree que esa falta de “faros morales” en la política hizo que los artistas sintieran la necesidad de asumir la defensa de esas causas sociales?

Yo creo que fue al revés. Más bien fue una nueva derecha la que se dio cuenta de que el campo cultural se había vuelto cancelador, moralista y políticamente correcto, y aprovechó eso como una ventana de oportunidad para introducir el caos y convertirse en los rebeldes.

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Hay ejemplos muy claros, como Trump, cuando empieza a burlarse de las personas con discapacidad o de los veteranos de guerra, que son una de las instituciones más sagradas de los estadounidenses. O Bolsonaro, que durante el impeachment a Dilma Rousseff en 2016, dijo que su voto iba en nombre de Carlos Alberto Brilhante Ustra. ¿Quién era ese personaje? Un militar que tuvo un papel protagónico en la dictadura brasileña entre 1964 y 1985, encargado de las torturas.

Es decir, estos personajes empezaron a hacer cosas que, en teoría, debieron haberlos condenado al ostracismo, pero que frente al panorama de corrección política se sintieron como aire fresco, como la apertura de una ventana a la transgresión. Eso permitió que muchas personas que estaban calladas, arrinconadas, sintieran que ahora podían subirse a esa ola y decir lo que realmente pensaban.

Usted no solo explica esta inversión de roles, sino que advierte de los peligros que vienen con ella. ¿Podría desarrollar ese punto?

La mentalidad artística tiende a la totalidad, a la refundación, a la creación de mundos nuevos. Un buen artista es eso: alguien que, con elementos plásticos o literarios, se inventa un mundo que lleva su firma. ¿Pero qué pasa cuando esa lógica se traslada a la política? Pues que los afectados somos personas de carne y hueso. El político no puede tener una visión artística, ni una visión de totalidad o de transformación absoluta. Lo que necesita es hacer diagnósticos precisos de problemas concretos y pensar cómo solucionarlos uno a uno, no de manera global ni totalizante. Esa es una labor que no tiene nada de épica, nada de artística ni de revolucionaria. Es un trabajo de largo aliento, difícil, aburrido y sacrificado, pero que hay que valorar, porque quien logra hacerlo bien nos mejora la vida a todos.

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¿Cómo cree que los artistas pueden liberarse de la idea de que deben regirse por la corrección política sin llegar a afirmar que no pueden defender causas que consideren justas?

El problema, en realidad, está en el entramado institucional de reconocimiento a los artistas. Hoy, las grandes exposiciones giran en torno a esos temas, y los grandes premios valoran ese tipo de enfoques. Entonces, muchos no es que quieran hacerlo, sino que se ven obligados simplemente para sobrevivir dentro de ese campo. La salida es rebelarse contra ese entramado institucional, contra el sermón permanente, contra la causa moral de moda. Volver a hacer un arte liberado, guiado por los instintos, las pasiones y los intereses propios, sin renunciar a la complejidad ni a la libertad creativa.

Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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