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Cómo pedirle a la imaginación y al pensamiento que no se comporten tan inquietos cuando deben enfrentar circunstancias que llegan para romper de golpe con la rutina. Cuando de la nada un extraño aparece irrumpiendo el statu quo de la vida, esta puede responder de mil maneras igualmente sorpresivas. Es lo que pasa con las circunstancias intempestivas que obligan a la vida a convivir bajo su propio techo con la soledad. Mientras unos sienten enloquecer al encontrarse frente a frente consigo mismos, otros, por su parte, aprovechan la oportunidad para sentarse a conversar con ese yo que, desde siempre, había deseado escapar de esa monótona existencia a la que fue llevado a rastras por la rutina.
¿Qué he estado haciendo? Me esforzaré en expresarlo de la manera más diáfana posible. Como bien te conté en la llamada del viernes pasado, estoy sola en mi apartamento. Por ahora he empezado a leer un libro de Kundera que un amigo me recomendó hace ya un buen rato, pero que nunca tuve tiempo de leer. Ya vez, estimada amiga, parece que en la vida hay un momento para todo; si no haces el esfuerzo por dedicarle unos cuantos minutos a determinado proyecto, pues viene el destino (o quien sea que maneje nuestras vidas) y te lo impone sin que puedas siquiera refutar. Yo por ahora no me esforzaré en contradecirlo, además el libro está bastante interesante. Espero durante este tiempo poder reencontrarme nuevamente con algunas de mis facetas, a las que he descuidado un poco. También espero no entrar en una lucha interna conmigo misma, cuando la frialdad de mi conciencia me haga ver que me encuentro sola, en cuatro paredes sin posibilidad de salir. Ahora cuéntame tú cómo estás pasando estos días.
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Son las 08:07 p.m. de… ya la verdad no sé qué día. Hace mucho que perdí la cuenta, mucho antes de que esta tragedia nos atacara por la espalda y nos llegara de sorpresa, como una de esas sorpresas no tan gratas. No, no es como una de esas fiestas de cumpleaños que tanto nos muestran en las películas, donde todos tus amigos y tus seres queridos están en tu casa, con las luces apagadas, esperando que tú entres para hacerte sentir un ser amado. No, es de ese tipo de sorpresas de las que, un día, así, sin más ni más, recibes una carta de despido, sin justificación alguna, de ese trabajo que siempre has odiado porque ya te has acostumbrado… pero ahora… sin él, ya no sabes qué hacer.
P.D. Beatriz… creo que soy libre… o no sé si lo confundo con libertad.
“y cuando nadie te despierta por la mañana, y cuando nadie te espera en la noche, y cuando puedes hacer lo que quieras. ¿Cómo lo llamas? ¿libertad o soledad?” C.B
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Ahora que hablas de libertad, creo que en asuntos de amor he sido durante mucho tiempo mi propia carcelera. Bien sabes que por cerca de quince años he estado soltera. Que después de romper mi compromiso con Eduardo no quise volver a enamorarme y que me dediqué a evadir cualquier tipo de pretendiente que intentara irrumpir mi acogedora soledad (tampoco es que se tratara de muchos). Pues ya ves…creo que en mi lucha con Cupido estoy saliendo derrotada. Hace unos cuantos meses (me parece curioso que no recuerde exactamente cuándo ocurrió) conocí a un hombre que cada vez ocupa un mayor espacio en mis pensamientos. Pero sigo teniendo miedo de enfrentarme nuevamente al amor. Soy como una prisionera que no sea atreve a expresar lo que su corazón grita en el más profundo silencio:
Lo que quiero es que nos conozcamos, sin máscaras y sin orgullos… y si de casualidad llegamos a gustarnos, deseo que nos queramos sin intereses, sin planear nada, sin pensar en el futuro, porque al final no sabemos cuánto pueda durar ese futuro juntos (mientras nos hagamos felices, que dure lo que tenga que durar). Que nos queramos apasionadamente, como si en la vida jamás pudiésemos volver a querer con mayor intensidad. Que nos queramos como locos a los que no les importa la realidad. Yo estaría dispuesta a eso, aunque implique para mí uno de mis mayores retos… qué va, si es que a mí los retos me emocionan, me hacen sentir más viva que de costumbre.
Por ahora, me despido. Estaré al pendiente de tus cartas, quisiera saber cómo estás sobrellevando esta situación.
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Es hora de darse rienda suelta, Betty. Ya no tenemos quince, no lo olvides, así que qué carajos. ¡Avanti, Avanti! Deja que el malcriado de Cupido juegue contigo un rato. No lo nombres en vano, habla bien de él, adúlalo un poco si es necesario… Quién quita y fleche al hombre que valga la pena… No, perdón, la pena no… que valga el tiempo, las alegrías y la vida.
Sabes, tal vez no debería comentártelo, pero he vuelto a la bebida. Últimamente he encontrado reposo en sus brazos. No sabes lo reconfortante que resulta cuando pasa por tu garganta, arañándote por dentro, luego sentir un golpe seco y duro en el estómago, pero acostumbrarte en cada sorbo a ese bendito maltrato. Se ha vuelto como mi mal matrimonio, pero este no me deja morados.
ABSENTA. Nunca olvides su nombre.
P.D. Perdona por la cursilería de esta carta, pasa a veces después de beber media botella.
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Respecto a eso de que has vuelto a beber, créeme que me sorprende enormemente. Pero no pienso hacerte ningún tipo de reproche, ni mucho menos pienso juzgarte. Es solo que durante mucho tiempo he admirado esa capacidad tuya para superar las adversidades. Bien sé que ese fantasma del sufrimiento te persigue, en especial desde que te casaste con ese sujeto que, por demás, nunca ha sido de mi agrado (y que ahora tengo muy claro el porqué). Pero no nos vengamos con mentiras, reconoce que también han sido muchos los momentos de felicidad y sosiego en tu vida.
Ahora soy yo la que se ha vuelto curiosa, por lo que, en nombre de esa bonita amistad que siempre nos ha unido, te pido que te sinceres conmigo y me cuentes ¿por qué una mujer tan fuerte como tú ha vuelto a su antigua relación con el alcohol?
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No sé si sea justo venir a nublarte la tarde con mis lamentos pueriles de por qué he vuelto a beber. Por ahora, esta es la cueva donde me escondo (cual cobarde) para huir de esta realidad agobiante. Claro, claro que he tenido momentos buenos. Hahahha no quiero negar este hecho, y obtener por ello el protagónico de una de esas novelas cargadas en drama hahaha. No estoy lista para dicho papel, no aún.
Pero ahora, dime, ¿qué ha sido de ese nuevo amigo? ¿Han salido? ¿Qué es lo que más te llama la atención de él?
P.D. Espero saber pronto de tus historias. Tus cartas y el trago me hacen bien.
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Creo que tengo el mismo tipo de relación que tú tienes con el alcohol, solo que yo la tengo con el amor: sigue pareciéndome un vicio que tarde o temprano me dejará tirada en mitad de la sala con el corazón destrozado. Pero un vicio, al fin y al cabo, al que quiero unirme definitivamente. Ese amigo del que te hablé se llama Diego, lo conocí en un viaje de trabajo (por fin pude aclarar la fecha en que lo vi por primera vez). Viajé a Cartagena en representación del Instituto y allá nos topamos en la misma conferencia. Me cautivó desde el primer momento. Es un excelente conversador y su sentido del humor es fascinante. Pese a esto, es una persona reservada respecto a sus asuntos privados. Puede hablarte de múltiples y fascinantes temas, pero no te brinda su confianza con mucha facilidad. Y eso, precisamente, a mí me encanta. Eso lo hace mucho más interesante para mí. Además, es un excelente bailarín. Estuvimos bailando un par de horas en una discoteca de Cartagena, no imaginas cuánto lo disfruté.
Por ahora nos estamos conociendo. Desde ese día no hemos dejado de comunicarnos, todos los días nos enviamos mensajes. Debo confesar que cada vez me gusta más. No sé a dónde vaya a parar esta nueva relación, pero no quiero pensar en ello, sobre todo porque el miedo que desde siempre le he tenido al amor sigue latente. Durante años lo disfracé con la típica “imagen de mujer independiente” que no necesita a su lado un hombre para ser exitosa y feliz. Tal vez esta sea la oportunidad para vencer ese agobiante miedo.
Espero saber pronto de ti, Elizabeth.
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Pero ¿qué es esto que me cuentas? ¡Mi Dios! La noticia más interesante que he “escuchado”. No sabes cuánto me alegran estas palabras ¿Qué esperas? ¡Anda! ¡Lánzate de una buena vez por todas! No esperes más. Te lo ruego. No querrás quedar sola de por vida. Aunque, eso sí, ándate con guante de seda, escudriña lo que más puedas de él. Disfruta mientras están en este momento mágico, ¡qué carajos! ¿Adivina qué? Solo tenemos una vida. Así que súbete en ese coche y conduce a tanta velocidad como puedas, que el viento te despeine, que la adrenalina te nuble la vista. Tal vez no soy la más indicada para darte consejos de amor, viéndome en la situación en la que me encuentro actualmente. Pero debo confesarte que, antes de estar con este mequetrefe de Osvaldo, tuve mis aventurillas; es más, aun estando con él las he tenido. En cierta parte me avergüenza, pero de no ser por ellas, hubiese estado totalmente muerta en vida.
Estás agarrando una cuerda que te quema las manos, ¡ya suelta! Son quince años, quince años donde te has secado, donde has olvidado lo mucho que estremece una caricia, un beso en la mejilla, lo divertido que se puede tornar el sexo, hahhaa y después de unos cuantos años lo monótono que debe ser. Pero, no me pares bolas, no todos los casos han de terminar como en mi caso, así que, la próxima vez que veas a tu galán, dale un beso bien apasionado, que lo desconcierte, que le haga desear más de esos delgados y dulces labios que le quieres ofrecer. Realmente espero tener noticias tuyas y de este hombre, muy, muy pronto.
Besos y abrazo enorme de mi parte, y espero que de la de él también hahahha.
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¿Cómo es que logras persuadirme con tus palabras, Eli? Ha sido así desde la secundaria. Aún recuerdo cuando me animaste a participar en ese concurso de poesía, que, aunque no lo gané, el premio de ese tercer lugar fue suficiente para que disfrutáramos de un divertido fin de semana en las piscinas del pueblo… o cuando me animaste a que me besara en la primera cita con el galán del colegio; resultó todo un fiasco, pero aprendí que no porque el tipo sea lindo, te va a besar bien. Y no se me puede escapar la vez que me ayudaste a saltarme el portón del colegio cuando llegué tarde a la primera hora de clase, no me habría lanzado si tú no me hubieras alentado con tus frases: “si te caes no pasas del suelo, Betty”, “¡anda, lánzate! Que el dolor pasa, pero el reporte en la hoja de vida, no”. Por suerte, ¡esa travesura resultó todo un éxito!
…Y, ¿adivina qué? Me voy a animar, no seguiré peleándome más con el amor: he decidido que mejor lo invitaré a tomarse una taza de chocolate caliente conmigo. En esta soledad, la compañía del amor es el mejor remedio para alejar la melancolía y la abominable depresión que puede llegar cuando te faltan esos abrazos cuerpo a cuerpo. Tomarme una taza de chocolate tiene un significado mucho más profundo para mí, ¿sabes? Una taza de chocolate es como un abrazo fuerte que me hace sentir que ya nada podrá ir mal.
Mientras yo planeo cómo embriagar al amor con chocolate, espero que tú estés muy bien en ese rinconcito del mundo donde te encuentras.
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Betty, pequeña Betty…
Perdona por tardar una semana en responder a tu carta, es solo que… la semana pasada me encontraba en el ojo del huracán. Pero aun las peores tormentas no duran toda la vida. Creo que todos los males se encontraron en el marco de la puerta, y eran tantos, pero tantos, que se atascaron al entrar. He ahí la duración de mi ajetreada y golpeada semana (lo de golpeada es literal). El primer mal que tocó el aldabón de la puerta vino camuflado en forma de soledad. Soledad profunda, pesada, de esas que llevan a la depresión. Pero claro, este primer huésped no vino solo. Nooo, claro que no. Con él vinieron la traición, el desengaño, la infidelidad y la riña. Riña de las que dan duro: duro en la cara, duro en el vientre, duro en la existencia; de esas mismas que te dejan un morado en el ojo, otro en el brazo y uno más en las piernas, de esos que te colorean todita la existencia. También es de las que te rompen el labio, que te dejan dolorida por muchos días.
Chismes, cotorreos de todos los vecinos. Gritos provenientes de mi cuarto, que luego se movieron al baño y luego a la sala, que terminaron inundando todo el edificio. Cual virus se fue expandiendo y contagiando a todo el que los oía: incluso el policía que vino a mediar lo que pasaba en el apartamento —claro está, llamado por los vecinos— terminó gritando. No sabes lo interesante que resulta estar en el banquillo de los acusados y oír hablar de uno. Tampoco sabes lo resistente que es el orgullo, no lo amansan ni los golpes. Espero que tu semana hubiese sido una semana tranquila. Por cierto, procura no romper espejos y verte en ellos, y mucho menos pasar debajo de una escalera. No quiero que un día de estos todos los males juntos toquen a tu puerta.
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Mi estimada Elizabeth:
Ya me encontraba bastante preocupada por ti, y ahora, al leer tu carta, me encuentro mucho más inquieta que antes. Ya me imaginaba yo que algo muy grave te pasaba. Qué estúpida he sido al creer que, por el hecho de encontrarte en casa con tu marido, ibas a pasar una buena cuarentena. Al iniciar este confinamiento, pensaba que lo peor que podía pasarle a alguien en estos momentos era tener que pasar sola los días inciertos que deberá durar esta medida. Pero el tiempo ha traído hasta mis propias narices su cruda respuesta (que más bien la considero una objeción de su parte). ¿Cómo he podido creer que ese hombre podía acompañarte? Un ser tan tosco y egoísta jamás podría brindar compañía a nadie, ese tipo de personas solo pueden hacerte sentir la persona más sola y desdichada del mundo.
Tal parece que los cantos que acompañan nuestras vidas por estos días son completamente diferentes. Mientras el mío es totalmente animado y colorido, tal como canción de carnaval, el tuyo, por su parte, es melancólico y desesperanzador. Si bien yo estoy sola entre estas blancas paredes, eso lo es solo en el plano físico, pues nunca en la vida me había sentido más acompañada que ahora. Cada noche dedico cerca de tres horas a hablar con Diego por videollamada. No alcanzas a imaginar todo lo que hemos compartido sobre nuestras vidas. Ese hombre tiene una magia inexplicable que me hace contarle muchas de mis historias. Pero tú estás allá, y me atrevo a decir que más sola que nunca. ¡Cómo quisiera poder ir a tu lado y abrazarte! Por ahora, desde esta distancia que cada vez se vuelve más extensa, te envío en estas palabras todo mi apoyo y compañía.
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Mencionaste canciones aludiendo al tinte de nuestras vidas, y hay una que me gustaría que escucharas. Relata, en gran medida, la historia que me pasó días atrás, aunque mi final no fue tan trágico como el de la mujer de aquella canción (hahha busca los subtítulos, sé que aún riñes con el idioma inglés): Behind the wall – Tracy Chapman.
Bueno, he de contarte (aunque la canción resumirá mucho de lo que en estas letras te escribo). Verás, el encierro nos ha apartado bastante y tal vez nos ha cambiado, o ¿nos ha acercado más a nosotros mismos? Seguramente es esto último, pues Osvaldo y yo ya no nos soportábamos, pero no pensé que el desespero nos llegara tan pronto y nos llevara tan lejos. El amor se acaba, se malgasta, se desperdicia, se transforma y, en este caso, el amor… pero ¿cuál amor? No te voy a mentir, él y yo no estuvimos enamorados, nada más estuvimos solos y eso nos unió. Nos conocimos en una de esas apps a las que todo mundo llega, ya sea porque es un pendejo socializando, porque es demasiado nerd, porque alguien lo engañó y se quiere vengar del mundo dándolo por aquí y por allá, por aburrimiento, solo por “ampliar su círculo” hahha, o un poco de todas las anteriores. Él y yo hicimos match, salimos, cogimos, reímos, fingimos estar completos, y en una especie de pacto unimos nuestros vacíos y nuestra soledad, para no sentirnos “solos”. Pues bien, ahora el problema no era que estuviésemos solos, sino que a todo momento teníamos que estar juntos, y eso fue lo que nos acabó. Nos acabó tanto, Beatriz, que nos acabamos en insultos, en maldiciones y sí, incluso, nos acabamos a golpes.
Espero saber qué te pareció la canción que te recomendé; y, claro, me gustaría saber cuál te representa en este momento a ti.
P.D. Besos y abrazos querida amiga, espero poder tomarme un chocolate pronto contigo.
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Hace unos meses mi adorada hermana menor me envió un bello mensaje que conmovió mi alma de una manera inimaginable. Se encontraba en uno de sus tantos viajes de aventura por el mundo y, en medio de su felicidad desbordada, decidió escribirme. Al final de su relato me pidió que escuchara la canción La Trenza de Mon Laferte (la chica chilena que hace poco se atrevió a asistir a los Grammy sin sostén… ¡ya quisiera yo tener las agallas para hacer lo mismo!). Era una dedicatoria de mi hermana. Estaba cansada de que hubiera decidido llevar una forma de vida “apagada” (según su percepción). Quería que volviera a ser esa niña extrovertida y peleonera que le alegraba los días en la infancia con sus travesuras. “Vuelve a ser esa niña de antes, Beatriz, acaso ¿qué importan los años que tengas?, si para disfrutar la vida nunca es tarde”, fueron sus palabras. Debo decir que me sorprendió que me llamara “Beatriz”, eso sí que me sonó a regaño. Pues bien, el mensaje de mi hermana y los acontecimientos que me han sucedido (conocer a Diego y esta terrible pandemia que jamás imaginé tener que enfrentar junto al resto de la humanidad), me alentaron a ser esa estrella que mi hermana me pidió ser, y espero poder brillar con mayor intensidad cada día. Por supuesto que habrá días en que las nubes ocultarán mi brillo, pero la luz permanecerá siempre en mi interior para cuando el cielo se preste y pueda mostrar mi resplandor… y tu canción, en lo que se refiere a lo que ahora estás viviendo, me dejó una amarga sensación de impotencia.
Bueno, también quiero contarte que no he hecho nada “productivo” durante este confinamiento. Creo que me merecía unas buenas vacaciones y me he permitido dármelas. No he hecho más que comer, dormir y ver series… ahh, y un poco de ejercicio. También he tratado de responder a tus cartas lo más pronto que he podido y en las noches me conecto a videollamada con Diego (jamás imaginé lo excitante que puede llegar a ser la distancia). Al iniciar el encierro, creí que me iba a enloquecer estando sola, pero vaya que ha resultado muy placentera la soledad. He descubierto que puedo ser una mujer bastante divertida, ¡realmente me caigo muy bien!
Planeo preparar un delicioso postre esta tarde. Como bien sabes, no me va muy bien cocinando, así que tal vez me tome toda la tarde hacer el dichoso postre. Y espero que realmente quede delicioso.
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Eres una sucia. ¡Me encanta! Dime que lo que creo es real. Por favor, no me mates la ilusión de hallarte en un romance depravado y sentimental con ese tal Diego ¿Me equivoco mucho? Sí, sí, hahahha, no me desbarates toda la ilusión de saber que mi amiguita por fin, después de esa muerte en vida de quince años, volvió a sentirse bella, a ser erótica, a seducir y a ser seducida… ¡ahhhh! El morbo (del bueno) que me da al imaginarte feliz. Por otra parte, no sé qué tan seguro sea eso de que tu cocines hahahha, pero tal vez esa Beatriz divertida que estás redescubriendo también sea buena cocinera. Déjame saber cómo te va con el postre (hahahah odio que no te pueda enviar un emoji, si hubiera cabida para uno, ese sería el de la carita pícara o el del diablillo).
Mi confinamiento… es curiosa esa palabra. El diccionario la define como: pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto de su domicilio. Condenada me siento, pero no por la pandemia, solo por lo que he hecho y dejado de hacer o decir. Pena, como condena, es un poco «extremista» hahahha, hay penas más grandes, como las del corazón o la de muerte, de la cual solo unos pocos podrían atestiguar. Vivir en libertad hahahha… aún sin este lockdown, siento que no vivía en libertad ¿Sabes a lo que me refiero? Ya quisiera estar yo pasando esta pena en un lugar distinto a mi domicilio: una playa paradisíaca, en la casa de la abuela, en la casa de un tipo donde cojamos seguido… En fin, en un lugar menos frío y gris y que no esté lleno de recuerdos y voces incriminatorias.
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Eli, ¿estás bien? Estos últimos días me los he pasado revisando el correo cada cinco minutos en espera de alguna respuesta tuya. Decidí romper nuestra regla y te llamé a tu celular, pero suena siempre apagado. De todo corazón deseo que te encuentres bien. Espero pronto una respuesta de tu parte.
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He tardado en responder porque hace mucho que no pasa nada en mi vida. Amanece y anochece sin más ni más. Gasté mis viejos recuerdos en las cartas que te escribí. Ahora tardo en escribir porque me toma tiempo inventar alguna historia decente que contarte.
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Entiendo que la rutina muchas veces termina convirtiendo nuestra vida en una absurda y tediosa monotonía. El encierro es enloquecedor cuando se vuelve inmanejable. No es necesario que me hables solo de tu vida, bien sabes que disfruto de cualquier tipo de conversación. ¡Ay, la rutina! Hasta yo misma tengo miedo de caer también en esta ocasión en sus brazos abrumadores. Ahora mismo me encuentro haciendo una lista de tareas, procurando minuciosamente no repetir las mismas de ayer. Pero hasta eso, tarde o temprano, termina convirtiéndose en rutina. Hasta he pensado en hacer una choza en la sala, como aquellas que hacía de pequeña con mis hermanas. Imagínate que ayer llené la tina de patitos y pelotas y estuve durante dos horas tratando de entender a los niños, ¡resultó ser bastante divertido!
Hoy mis actividades son otras. Justo ahora, mientras escribo esta carta para ti (sigue pareciéndome encantadora esta idea tuya de enviarnos correos a manera de cartas), estoy sentada en mi faceta de adulto en el cómodo sillón de la sala de mi apartamento, con las luces apagadas y, en su lugar, unas cuantas velas encendidas que le han dado un tono relajante a este espacio. Y, por supuesto, no podía faltar mi cantante favorito, susurrándome al oído esos hermosos versos acompañados de bellas melodías que siempre me han sabido extasiar, que han sabido transportarme a otra dimensión, una donde los problemas terrenales no existen, donde ni siquiera mi cuerpo existe, solo mi espíritu, un espíritu en completa paz. ¡Ay, la música y su magia! Te invito a que te subas al tren de la música; tal vez pueda llevarte lejos de tu casa por unas horas.
En cuanto al postre, tus pensamientos resultaron ser ciertos: esta Beatriz que está de regreso, ha preparado un delicioso postre… y respecto a la manera en la que estoy viviendo mi relación actual con Diego, ¡no te equivocas, Eli!
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Lo que hacemos con tal de no dejarnos caer en la locura total de la tristeza, al sabernos solos y desamparados, aun en medio de la multitud. Hahahha me gusta cómo resuelves las cosas, de una manera tan divertida y jocosa. Pero, quizás, huir de la inevitable soledad ya es una forma de locura, ¿no? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarla? Es que es tan inclemente la maldita esa, inclemente y sabía… ¡Vaya! Pero ten cuidado, Betty, la locura puede entrar por los ojos.
¿Qué será de las pobres almas solitarias por estos tiempos? ¿Sufrirán las mismas desazones que nosotras, o tal vez gozarán de mayor libertad de la que tú y yo creemos tener ahora? Justo en este momento pienso en la canción de Eleonore Rigby de los Beatles: almas viejas y solitarias de las que nadie se acuerda en esta historia; aunque, estoy segura que cuando Eleonore fue “asesinada” en medio de la composición de esa canción, aquellas palomas a las que alimentaba tan sagradamente la habrán echado de menos. Pero tal vez, como todo en esta vida, alguien más llegó a sentarse en el mismo puesto que antes ocupaba Eleonore; tal vez a una misma hora o a una distinta, y ahora, poco a poco, las palomas han olvidado a Eleonore, porque lo que verdaderamente les interesaba era ser alimentadas, no la compañía de Eleonore.
P.D. Uno no se puede dar el lujo de sufrir de insomnio y, aparte de todo, ponerse a llorar por la vida. Es malo para la estética.
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Cuánta razón tienes, Elizabeth. En realidad, todos, en algún momento de nuestras vidas y para determinadas personas, somos Eleonore. Un buen día llegamos a la vida de alguien y permanecemos a su lado hasta que se nos hace imposible continuar. Lo que vivamos junto a esa persona, tal vez, no lo podemos controlar. No podemos elegir caerle bien a alguien, tampoco podemos obligar a alguien a que nos ame; así mismo, tampoco podemos controlar lo que sucede en nuestras relaciones con las personas con quienes compartimos parte de nuestra vida. Sin embargo, una de las posibilidades que sí tenemos es disfrutar cada uno de los segundos que permanecemos a su lado. Son muchas las veces en que morimos para otras personas, es ahí cuando nos convertimos en Eleonore. Y sí, las palomas pueden reemplazarnos, y a su vez, nosotros también podemos reemplazar a Eleonore, pero su recuerdo siempre estará ahí. Por eso, ojalá que nos demos el lujo de valorar y disfrutar a todas esas personas que en algún momento serán esa Eleonore que fallece. Por mi parte, no quiero nunca que tú te conviertas en Eleonore para mí… pero si ese momento algún día llega, quiero tener la satisfacción de que fui feliz con cada una de tus ocurrencias y que te ofrecí lo mejor de mí.
Por otra parte, si me hablas de locura, siempre he creído que su amistad es necesaria. En este mundo que nos tocó vivir, muchas veces la realidad no se puede afrontar solo con cordura, es preciso recurrir a la locura y a su fantasiosa compañía. Esa polifacética y atrevida, tiene la capacidad de hacernos olvidar que estamos solos o perdidos en nuestro propio infierno emocional. Y si la locura viene acompañada del amor, ahí, mi querida amiga, sí que estarás en una realidad maravillosa… claro está, no puedes permanecer solo con ella, no puedes olvidar el equilibrio: la poción mágica siempre será una dosis de cordura con una dosis y media de locura. Es lo que me han enseñado estos años de existencia. Tal vez esté equivocada y haya muchos detractores con mejores argumentos, que podrían aplastar sin problema mi tesis, pero, al final, no hay una única manera de vivir la vida. Así que, si la pócima me funciona a mí, con eso estaré más que satisfecha… y si de paso ayuda a alguien más, ¡maravilloso!
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Hoy descubrí, mi querida Betty, que no sé amar… porque no he sido amada. Lo cual es triste y patético. Al pensar en esto me ataca una niebla inmensa que me cubre la vista, el corazón y la existencia de soledad. Yo, por estos días, no logro entender o ser partícipe de esa euforia y optimismo que muestras pese a las circunstancias. Yo estoy, más bien, llena de vacíos, llena de etiquetas que me han sepultado bajo ellas.
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Eli, tus cartas son como deliciosos postres en pequeñas porciones: siempre quedo con ganas de más. Sé lo que estás sintiendo en estos momentos, yo también me sentí así durante mucho tiempo. Eso de sentir que nadie te ama es lo más desesperanzador que alguien pueda sentir. Acepto que el amor más importante sea el amor propio, pero no podemos negar que necesitamos el amor de los demás, al fin y al cabo, estamos obligados a compartir este mundo con otras personas. Tal vez mis palabras no logren cambiar tu estado de ánimo en este momento, pero lo que sí puedo asegurarte, mi estimada Elizabeth, es que siempre habrá alguien que nos ame. En realidad, nunca estamos solos, por más que así lo creamos. Y bien sabes que cuando hablo de “amor”, no me refiero solo al de tu pareja sentimental, pues amor podemos recibir de cualquier tipo de persona. A mí me sirvieron mucho las palabras de mi adorada hermana, llegaron en un momento de mi vida en el que ya había perdido toda esperanza. ¡Realmente me salvaron! Me permitieron ver claramente que sí hay alguien que me aprecia. Esa criatura aventurera es mi único familiar y tal vez nuestra comunicación no sea tan frecuente, pero con su carta supo hacerme saber de su amor por mí y, ahora, con saberlo me basta. Si supieras que he intentado suicidarme muchas veces, que han sido muchas las frustraciones que me he callado, que mi éxito profesional es solo la coartada de una vida llena de vacíos (como el que sientes tú en este momento). No sabes cuánto he callado. Sé que te va a ser difícil creer lo que te estoy contando, sobre todo porque durante nuestros encuentros siempre me has visto alegre y “espontánea”. Pero no es así, nunca ha sido así. De hecho, después de la graduación del colegio, esta es la primera vez que me sincero realmente contigo (todas estas cartas son el reflejo más fiel y honesto de mi alma). Cuando terminé de leer la carta de mi hermana, mi vida cambió completamente después de quince tormentosos años, solté el arma que tenía en mis manos y lloré como niña caprichosa durante dos horas. ¡Esa fue mi liberación! Cada lágrima iba alejando poco a poco toda mi soledad. Al día siguiente solicité una cita psicológica y desde entonces me encuentro en terapia. Se trata de esa amiga silenciosa que nos acompaña a muchos sin saberlo. Si alcanzáramos a comprender lo seria que es la depresión, tal vez no la ignoraríamos tanto. No la considero mi enemiga, y menos cuando sé que voy a tener que convivir con ella el resto de mi vida. Pero nuestra relación cambió, ahora es ella quien se deja contagiar con mi alegría y yo procuro hacerle bromas para distraerla y que no quiera volver a imponerme nuevamente su nefasto régimen. Después llegó Diego y todo cambió. Son esas las razones de mi desbordado optimismo por la vida, querida amiga.
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Ese delirio del que todos padecemos, pero del cual sólo algunos se libran: el suicidio. Sí, solo unos pocos son capaces de dejarse vencer por la locura y caer en las garras de esa fuerza densa y poderosa que te llama a tirar del gatillo, a tomar unas pastas, a colgar una soga; en mi caso, me invitó a tirarme desde la ventana de mi cuarto. Un edificio de 16 pisos no parece tanto, hasta que esa fuerza se te cuela en el pensamiento y te atrae hacia ella. Pero, había otra fuerza que me repelía de la primera, llámala la fuerza de la cobardía, la fuerza de Dios, la lógica o como quieras, esa fuerza me lo impidió. Me queda claro que no hay nada más sano que pensar en suicidarse.
Por otro lado, siempre he pensado que la sal es bendita, por eso está en el mar, el sudor y en nuestras lágrimas. Y claro que concuerdo contigo, el amor no es algo que se dé solo en pareja (la mía es un claro ejemplo: pese a que había una pareja, nunca hubo amor). Pero tampoco sé qué es el amor de una mamá; o bueno, si lo pienso bien, conocí las sobras del amor de una mamá. ¿Amor de familia? Tú sabes más que nadie cómo es la relación con mi familia, así que… Me parece complejo creer en eso de que el amor está en todo lado. Seguramente tengo una venda, y si algún día alguien quita esa venda, espero no estar ciega. Hahahaha, ¿cómo no te aburres con tanta densidad y quejadera en mis cartas? Creo que estoy inmersa en el centro del drama y la lamentación por estos días. Pero ¿cómo no?, si estamos en luna llena: justo la quinta casa entró en Saturno. Por fortuna, esa fuerza también te haló a ti hacia el lado opuesto. Y hete aquí, despojada de la venda que llevabas puesta por quince años, y ahora en compañía de un galán.
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Parece que olvidas que la amistad también es una expresión del amor, y me atrevo a decir que es la expresión más fiel. El mejor novio es aquel que es tu cómplice (especialmente cuando de romper las reglas se trata); la mejor madre es aquella que te aconseja, haciéndote ver los posibles errores que podrías cometer (porque los verdaderos amigos te dicen la verdad en la cara por más que eso te incomode); el mejor hermano es aquel que está dispuesto a brindarte su apoyo cuando lo necesitas, aunque riñan con frecuencia; el mejor compañero de estudio o de trabajo es ese que siempre está dispuesto a alegrarte el día con una palabra de aliento, con un chiste o con una buena broma; incluso, el mejor maestro es aquel que siempre piensa en tu bienestar y en tu crecimiento profesional (aun cuando eso implique resolver muchas tareas). Y todo eso también lo encuentras en un amigo. Todas esas hermosas cualidades en un solo cuerpo, en una única y valiosa alma.
A pesar del tiempo, a pesar de la distancia, a pesar de las diferencias, a pesar de los disgustos, a pesar de la pandemia, leerte o escucharte siempre me producirá una enorme felicidad. ¡Yo soy tu amiga, no lo olvides!
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¿Habrá alguna canción o poema escrito a tu nombre, querida Elizabeth? Hoy estoy de mejor semblante. Tus palabras me ayudan; la realidad, no. El panorama hoy por mi ventana se ve tan gris. He sacado los óleos que tenía arrumados en un armario. Odiaba despertar cada mañana, abrir las cortinas y ver todo gris. Ya no pasará. No volveré a cerrar las cortinas, pues amo este nuevo paisaje que me he dibujado. Bueno, aún está sin terminar, pero es que no sabes cuánto tiempo toma el óleo para secar. Un par de pinceladas por allí, un poco de verde por allá y ¡voilá! Mon chef d’œuvre.
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No sé si haya o no una composición artística para mí. Lo que sí pienso es que nuestra vida es una constante sucesión de composiciones artísticas: un día puede ser la expresión del poema más triste, al otro, la melodía de la canción más animada del mundo. He aprendido que eso es la vida y ya no estoy dispuesta a ir en contra de su esencia. Aún recuerdo cuando en la adolescencia tachábamos de “raro” al que un día estaba alegre y al otro no nos quería ni saludar, o al que se enojaba con frecuencia. Nunca me hubiese podido imaginar en esos años que “ser raro” es lo más normal de la vida. Soy una rara, que se acepta a sí misma y que, al igual que tú lo haces ahora, está dispuesta a ponerle colores a su existencia. Basta de pensar tanto en la felicidad, ahora la pienso vivir.
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Volví a recaer, Beatriz. Se cayó la pintura, el óleo se desvaneció y volvió a quedar una ventana que me muestra una vida gris, lluviosa. Volvió a traerme recuerdos de todas las etiquetas que me han marcado y me han dejado sola. No sé cómo la gente opina de mí sin tener el menor derecho a hacerlo. Escucho a los vecinos hablar, hablan sobre mí, y eso es lo que no me deja dormir en las noches. Estoy tranquilamente durmiendo, y luego, aunque hablen bajito, las paredes dejan pasar sus murmullos, que no son sólo los de ellos, sino que son los de mis padres, jefes, amigos, conocidos. Los mismos murmullos que me han marcado, que me han puesto como una solterona, que me han hablado desde la carencia, que me han dicho que no debería perder mi tiempo estudiando para terminar conduciendo un taxi, que me han dicho fea, mediocre, incapaz, solitaria, pobrecita. Tengo miedo, Betty, de no volver a conciliar el sueño y también de no dormir nunca más. El piso está manchado, el maldito piso se ha manchado de óleo, y por más que limpie y limpie, que lo rocíe con todo, hasta con lágrimas, sigue ahí, en el piso. Sigue gris, sin color. Llevo una semana restregando este maldito piso y no funciona. Ya no duermo, ahora sólo restriego y tomo café. Perdona por tardar tanto, pero mis manos se mancharon también de gris, y no quería contaminar la carta que te iba a enviar.
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Mi querida Eli, pienso que después de todo la soledad no es tan mala compañera. De hecho, es preciso estar en soledad para aprender a valorar la compañía de los demás, y especialmente para valorar tu propia compañía. Estás en el momento preciso para reencontrarte contigo misma, con esa Elizabeth fuerte que en algún momento de tu vida has sido. Estoy totalmente de acuerdo contigo: las etiquetas tarde o temprano se convierten en el motivo de nuestro declive emocional. No es bueno vivir para los demás, pero qué difícil es vivir para sí mismo, sin darle mayor importancia a los comentarios ajenos, por lo menos, sin darle más importancia de la que realmente merecen. Yo tardé mucho tiempo en entenderlo y espero que tú también vuelvas pronto a reencontrarte con tu propio yo y que dejen de atormentarte todas esas voces. Porque cuando te reencuentres con Elizabeth, ya nunca más volverás a estar sola. Mientras luches por mantenerla a tu lado, vas a tener la mejor compañía que puedas desear. Espero que pronto vuelvas a conciliar el sueño.
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Estas últimas noches he estado soñando. Ha sido tan real: estoy en casa de la abuela, me meto en la alberca que tiene (siempre ha amado las albercas grandes); la nuestra tiene baldosas, así que vaciamos la alberca, me meto dentro de ella y empiezo a restregar las baldosas. Soy una niña de aproximadamente siete años. Una vez termino de limpiar la alberca, abrimos la llave, para volverla a llenar. El agua que sale es tan limpia, tan cristalina… me llena de paz.
Betty, he decido cambiar de residencia. Sí, en medio de esta tormenta y de esta incertidumbre colectiva, me iré. Creo que por un tiempo no sabrás nada de mí y eso está bien. Yo echaré mucho de menos tus cartas, tu dulzura, tu optimismo. Pero el día que vuelva, espero estar mejor, haber ganado algo o haberlo perdido todo, pero ya no más puntos medios.
P.D. No pude quitar el óleo del piso del apartamento, esa es una de las razones por las que me mudo de casa. Junto con esta carta debes estar recibiendo un detalle que preparé antes de mi partida. Espero sea de tu agrado.