El Magazín Cultural

5 Nov 2018 - 1:00 a. m.

Charles Bukowski: un solemne perdedor

En esta nueva edición de El Magazín, hablamos sobre la llamada "Generación Beat" y el valor de romper con una literatura que escondía la realidad marginal y el relato de personajes que vivían al margen de las buenas costumbres.

Andrés Osorio Guillott

Charles Bukowski (1920-1994), es pionero del denominado género "realismo degradado". La similitud en la narrativa con la Generación Beat y la cercanía del autor con algunos de los referentes del gremio han causado que Bukowski sea incluido en los escritores del Beat. / Ilustración: Tania Bernal
Charles Bukowski (1920-1994), es pionero del denominado género "realismo degradado". La similitud en la narrativa con la Generación Beat y la cercanía del autor con algunos de los referentes del gremio han causado que Bukowski sea incluido en los escritores del Beat. / Ilustración: Tania Bernal

Rodolfo Walsh, escritor argentino, diría alguna vez que “una máquina de escribir puede ser una pistola o un abanico”. Y no se sabe si Bukowski lo leyó, pero seguramente entendió que de su máquina de escribir marca Gingsberg saldrían ráfagas que terminarían por herir a los defensores de la idea del arte como manifestación de los buenos modales.

“Empecé a leer los poemas. Todos eran poderosos. Escribía a máquina con fuerza y las palabras parecían grabadas en el papel. La fuerza de su escritura siempre me había dejado atónito. Parecía decir todas las cosas que cualquiera de nosotros debería haber dicho pero nunca habíamos pensado en decir”. ¿Hablaría de sus propios poemas? ¿Haría referencia a Baudelaire? De preguntas y misterios se va nutriendo la lectura de textos como “Un mozo de cuerda con la nariz roja”, cuento que hace parte del libro Se busca una mujer (1973) de Charles Bukowski, un escritor que desafió el concepto de “lo bueno” y que convirtió su literatura en una ruptura de tiempos, tabúes y realidades resquebrajadas.

Martes 10:00 p.m. , años 60, en un bar de Los Ángeles. Algunos recordaban que a Kennedy lo habían matado hacía poco tiempo, otros recobraban la esperanza con las marchas de Martin Luther King. La tensión entre las grandes potencias no cesaba, pues hasta hace unos meses la crisis de los misiles entre Cuba y Estados Unidos parecía marcar el inicio de una guerra nuclear. La rutina terminaba para muchos y las altas horas de la noche eran aptas para los errantes, los vagabundos y los que se atrevían a estar fuera de sus hogares, donde la mayoría se resguardaba de la pausa de la rutina, de esa peligrosa pausa que los hace creer que falta un día menos para mejorar su vida y así viven hasta que les llega una pensión.

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Las luces del bar eran opacas, tenues como las energías que se percibían. Era un bar de mala muerte. Una lámpara de neón titilaba y una canción de la revelación Bob Dylan era interrumpida por un parlante a punto de ser basura. Algunos bebían acompañados. Otros jugaban al billar. Otros bebían en la barra cabizbajos e indiferentes de su imagen. Había quienes veían la pelea de boxeo en el televisor a blanco y negro que estaba en la esquina, junto a las botellas de ron y de vodka que eran adquiridas por los borrachos sin futuro. En alguna mesa estaba Bukowski. Ya había dejado su oficio de cartero, ese que le permitió escribir su primera novela a finales de la década de 1950. Se retiró del sistema de trabajo para vivir de la escritura, de la emancipación de la pluma maldita y degradada.

Bukowski se apartó desde un principio del éxito vendido por la libertad y la economía que buscaba potenciar Estados Unidos en plena mitad del siglo XX. Se refugió en la marginalidad, en la libertad que no conoce confines y que no es amiga del mercado. Su libertad eran sus personajes que rompían estereotipos. Henri Chinaski, más que su alter ego, era su definición de felicidad y placer. Chinaski es el símbolo de una vida epicúrea, de una generación irreverente, que no le tuvo miedo a los moldes ni a los comportamientos conservadores. Chinaski y todos sus personajes bebieron alcohol como respuesta a todo. Se golpeaban, se ofendían, se devoraban el mundo de la decencia y las apariencias. Sus historias, encasilladas por los críticos y académicos que todo lo ven con lentes cuadriculados, invitaban a un mundo o a un género llamado “realismo degradado o sucio”. Un mundo o un género que rompía con una sociedad que estaba en crisis, pero que seguía siendo narrada con adornos y figuras melifluas.

Este escritor de origen alemán pero criado en los Estados Unidos, se situó también dentro de la Generación Beat por su cercanía a una narrativa de lo incorrecto, de lo crudo y de lo marginal. Esa estética de los perdedores, de los vencidos, de los apáticos, puso en jaque la idea de la formalidad y la elegancia de la literatura. No la redujo, no la ensució ni la menospreció. Por el contrario, lo que Bukowski quiso demostrar es que en la literatura, o en el arte en general, también hay espacio para quebrar tendencias, moldes y arquetipos.

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1972), La máquina de follar (1972), La senda del perdedor (1982) y Música de cañerías (1987) son algunas de las novelas en las que ya, desde la tapa, se habla de un relato incómodo que, con toda seguridad, en esta época hubiera sido condenado por los altos tribunales que hablan en nombre de todos los indignados de pasillos y redes sociales.

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Y es que el costo de enarbolar el arte de la desobediencia no lo asume cualquiera. Esa personalidad tan reacia y tan segura de sus propias visiones entra en consonancia con la separación del autor hacia el mundo que juzga con el disfraz puesto. Su literatura, que si se quiere se puede considerar panfletaria o contestataria a la moral impuesta, desafía a los más conservadores e inspira a los más liberales a asumir en pensamiento, palabra y obra la responsabilidad y la complicidad con los escenarios marginales que pinta Bukowski y que muchos niegan por el miedo a ser reconocidos detrás de sus máscaras.

El hampa era el paraíso. Cuentos como “El diablo estaba caliente”, “No puedes escribir una historia de amor”, “De cómo aman los muertos” y “Confesiones de un hombre lo bastante loco para vivir con las bestias” hacen parte de Se busca una mujer (1973). En ellos, el autor “maldito” empuja al lector a los suburbios, a los bares de “mala muerte” y a los cuartos donde los personajes exasperan su locura y estallan por la saturación de sus frustraciones y de sus ausencias. Borrachos empedernidos, amantes sin condiciones, mujeres reprimidas y seres humanos que desnudan sus pasiones y sus pensamientos más malévolos cargan con algunas referencias autobiográficas de Bukowski.La intensidad de las palabras mezclada con el impacto de los hechos causan una sensación abrumadora, incluso ciertos rasgos existencialistas se develan de cada historia, pues la angustia que sume a los personajes en sus torturas y en sus castigos recarga sentimientos de culpa y desasosiego que, inevitablemente, llevan al lector a una reflexión sobre los límites del comportamiento de nuestra especie y de los posibles casos que en la realidad son tan o más crudos que en ficciones como las construidas por Bukowski.

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