Hay un momento en el que la alfombra roja deja de ser un escaparate de glamour para convertirse en el peso de la realidad. El pasado 7 de julio, en la competencia oficial del Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary (KVIFF), los directores colombianos Esteban Hoyos García y Juan Miguel Gelacio caminaron hacia la sala de estreno con una carga invisible, pero inmensa: las historias de las madres de personas desaparecidas en Colombia.
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Al caer los créditos de Cinco años, cuatro meses, el silencio dio paso a un aplauso prolongado, de pie. “Esa conexión con el público es lo que nos dice que el dolor de estas mujeres ha cruzado las fronteras”, reflexionaron los realizadores, quienes apostaron por contar una herida que sigue abierta en su país.
La ética de la memoria
Cinco años, cuatro meses nace de la escucha. Lejos de la ficción impostada, el filme se gestó a partir de un trabajo de investigación exhaustivo —que incluyó un documental expandido como etapa previa— y de la confianza de las fundaciones de madres buscadoras. “Cada día que te involucras en lo que implica tener un ser desaparecido, todo es complejo, es muy profundo”, explicó Juan Miguel Gelacio.
Para Gelacio, el mayor reto no fue técnico, sino ético: “Era vital para tener una película que tenga verdad, que sea respetuosa, que no victimice, sino que dignifique todo el proceso que ellas han hecho. La vida se detiene para ellas cuando tienen un hijo desaparecido, y queríamos que eso se sintiera en la pantalla”. Esteban Hoyos García coincide en esta responsabilidad: “No teníamos ninguna presión externa que nos impusiera cómo debíamos contar la película, pero la responsabilidad más grande que teníamos era con las madres que nos han contado sus historias”.
Un modelo de producción “ligero” y urgente
Frente a la tendencia de buscar grandes coproducciones europeas que a menudo dilatan los tiempos de desarrollo, Hoyos García y Gelacio han optado por un modelo distinto. Aunque Cinco años, cuatro meses cuenta con una pequeña coproducción con Estados Unidos, su ADN es mayoritariamente colombiano.
“Creemos en unos modelos de producción livianos en los que realmente sentimos la urgencia de que la historia de ellas se tiene que contar”, argumentó Hoyos García. El proyecto inició con el apoyo del Fondo de Desarrollo Cinematográfico (FDC) de Proimágenes Colombia para realizar un cortometraje, que luego se expandió hasta convertirse en este largometraje. “Queremos contar historias urgentes, actuales, que tengan impacto social. Sentimos que los modelos más tradicionales crean una distancia entre los temas y la actualidad, y esa distancia puede hacer que la urgencia se diluya”, añadió el director.
Para asumir el reto de la dirección, la dupla creativa ha sido fundamental. “Ser dos personas nos ayuda muchísimo”, señaló Gelacio. “Tal vez no somos los mejores directores, pero trabajando juntos, debatiendo y pensando cada una de las decisiones, nos sentimos mucho más seguros. Aligeramos las cargas de una producción pequeña, pero permitimos que la película se potencie”.
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La sombra de agosto y el miedo por la cultura
Sin embargo, el triunfo artístico en Europa contrasta con la angustia que se respira en los pasillos de la industria cinematográfica colombiana. A pocas semanas de que el 7 de agosto asuma un nuevo gobierno de ultraderecha en Colombia, el miedo se ha instalado en una parte del sector cultural.
“Ya vimos situaciones como la de Argentina, en las cuales la cultura es algo prescindible cuando se piensa en un neoliberalismo puro”, adviertió Gelacio, trazando un paralelismo con las políticas de figuras como Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador. “Existe una preocupación grande. Es un poco triste pensar que puede terminar todo un proceso que se ha construido a lo largo de los años, gracias a instituciones como Proimágenes, con un solo cambio de gobierno”.
Para los realizadores, el cambio en la geopolítica latinoamericana representa una amenaza no solo para los fondos de financiación, sino para el concepto mismo de nación. “Se olvidan de que una nación no son las arcas del Estado; la cultura hace parte de eso. El concepto de lo que hace parte de nuestra nación está en peligro”, sentenció Gelacio.
Ante este panorama, Hoyos García es claro sobre el papel del arte: “Lo único que se puede hacer es resistir y denunciar. Darle visibilidad a que estamos en un momento muy delicado. Estar en eventos internacionales ayuda a recordar hasta dónde ha llegado el cine colombiano para crear memoria y fortalecer la nación”.
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“Que la guerra no desencadene más muerte”
Más allá de la coyuntura política, Cinco años, cuatro meses es una obra sobre las consecuencias de la barbarie. Los directores fueron enfáticos al señalar que su película buscaba ser un espejo retrovisor obligatorio para no repetir la historia.
“Sentimos aún mucha más urgencia de que la película se vea”, confesó Hoyos García. “Es importante recordar que en el pasado reciente, hace 20 años durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, se asesinaron a más de 7.000 jóvenes inocentes haciéndolos pasar como guerrilleros para inflar cifras de éxito. Queremos que se recuerde lo que pasó, y que la aparente idea de asesinar a los grupos armados muchas veces desencadena en crímenes de Estado, en más violencia y en nuevas heridas”.
Un ciclo que viene de lejos
El momento internacional del cine colombiano no es casualidad ni fruto de la improvisación. El eco de hitos como los vividos en el Festival de San Sebastián en 2022, en el que Los reyes del mundo ganó la Concha de Oro, o como la designación de Colombia como país invitado de honor en el Festival de Annecy 2027, hablan de una industria madura. “Esta existencia y esta conciencia de que hay un cine en Colombia que se construye y que funciona es gracias al trabajo hecho a lo largo de los años, no es algo que esté surgiendo de horas”, subrayó Gelacio.
El camino de Cinco años, cuatro meses hasta Karlovy Vary comenzó a tejerse el año pasado, cuando fue presentada en el Working Progress de San Sebastián. Fue allí donde Karel Och, director artístico del festival checo, vio la película y conectó con sus emociones. “Recibir la noticia de la selección en la competencia oficial fue muy emocionante”, recordó Hoyos García.
El pasado 7 de julio, en la sala de Karlovy Vary, el público europeo respondió con un aplauso que supo a empatía y a esperanza. “Ver que el público conecte, que logre empatizar con esta madre que está en búsqueda de su hijo... ese es nuestro objetivo mayor”, concluyó Gelacio. Pero en Colombia, el reloj avanza hacia el 7 de agosto, y el cine se erige, una vez más, como el último trinchero de la memoria.
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