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21 Jul 2015 - 2:00 a. m.

Colombia canta y encanta

Este fin de semana finalizó en Medellín el XIII Festival Nacional Infantil Colombia Canta y Encanta. Niños de todo el país interpretaron nuestra música tradicional.

Camila Builes

Mi abuelo saca de un baúl verde una guitarra. Golpeada por los años, azul, oxidada, maltrecha. Me pregunta si quiero escuchar una canción. Mi sonrisa le responde. Inclina su cabeza y apoya la clavija contra uno de sus oídos, mientras con la otra mano les aplica una fuerza casi imperceptible a las cuerdas. “Esta canción es un tema lindo, uno que nos recuerda de dónde venimos”, me dijo después de ver mi cara de ansiedad.

Uno que otro golpe a la parte trasera del instrumento y de pronto, como un pedazo de aire más, sale la canción de su boca. Antioqueño es mi Dios, decía la canción. Cerré los ojos para guardar por siempre esa imagen: mi abuelo, sus ojos azules, su guitarra primitiva, sus dedos buscando las cuerdas, su voz en el aire. Abro los ojos: han pasado 12 años y vuelvo a escuchar aquel bambuco que los sábados en noche crecida mi abuelo me cantaba.

Ahora quien tiene la guitarra es un joven de no más de 16 años, vestido de blanco, piel oscura. Sus dedos parecen ser un cuerpo independiente cuando entre el mástil emprenden camino. Encima de una tarima el coro de Colombia Canta le da la bienvenida al público que asiste a la edición número 13 de su festival. Faldas largas, alpargatas de colores, sombreros vueltiaos, flores enlazadas en cabellos oscuros, gaitas y tamboras; todo un bazar de la mejor música colombiana interpretada por niños.

El teatro Lido, en pleno centro de Medellín, se viste de colores. Tanto se ha escuchado del patriotismo y el amor por la tierra. Guerras en nombre de paz. Una realidad que cantan niños desde los 9 años hasta jóvenes de 16. Uno de los presentadores, Michael, quien logra que ningún asistente parpadee, canta el segmento de una canción que recién había inventado: “No sirve de nada saber y no entender”, alguien que estaba al frente de la tarima: una señora con blusa de flores azules y verdes, le dice a su hija: “Mira qué bonito, siempre sabemos del otro, pero nunca lo entendemos”.

Las voces de los cantantes que narran historias de montañas o lugares que ya no existen, tambalean al ritmo de la bandola llanera, del arpa y de las gaitas de los representantes de El Carmen de Bolívar. En medio del teatro camina Esmeralda, una de las integrantes de la Corporación: tiene una falda larga, blanca; pregunta al público si se sienten orgullosos de ser colombianos y al unísono aflora un sí estridente.

“Yo le digo sí a la música tradicional colombiana” era el lema de esta edición. Una apuesta que ha mantenido trece años la directora del evento y de la corporación: Silvia Zapata. Una apuesta de su equipo de trabajo, de los padres que creen en que sus hijos pueden generar el cimiento de una generación que rescate las tradiciones dándole un toque de eso que llaman modernidad.

En el Pueblito Paisa se despidieron los niños que fueron protagonistas de un evento que a pesar de trascender las barreras generacionales aún le falta para cruzar las territoriales. En uno de los puntos más altos de la ciudad se detuvo el momento en que el abuelo tocaba el tiple y la guitarra, y ahora eran los jóvenes quienes entre arpas y maracas decían que sí, que a pesar de las balas, los cantos de protesta y la mezquina realidad social, aún hay tiempo para cantarle a un lugar con el que todos soñamos.

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