29 Jun 2021 - 3:29 p. m.

Cristóbal Colón y su obsesión codiciosa por el Caribe

A propósito del derrumbamiento de la estatua del descubridor de América en Barranquilla, capítulo del libro “El galeón San José y otros tesoros” en el que se evidencia el triste legado que dejaron los conquistadores españoles e ingleses en lugares como Portobelo, Panamá.

Nelson Fredy Padilla *

“Un bazar de Las mil y una noches”. Así me definió el escritor colombiano William Ospina al puerto bello descubierto en 1502 por Cristóbal Colón en su cuarto viaje, después bautizado Portobelo, uno de los enclaves españoles en América más importantes a nivel geopolítico hasta el siglo XVIII. Sus playas eran escenario de la más fastuosa feria de trueque de riquezas, durante 30 o 40 días cada año, entre el Viejo y del Nuevo Mundo. (Más: Derribaron estatua de Colón en Barranquilla).

Mientras reconstruía las guerras de Pedro de Ursúa, Ospina elaboró estas imágenes: “La flota española descargaba paños, sedas, alfombras, muebles, herramientas, armas, instrumentos musicales, toneles de vino, todo lo que la industriosa Europa enviaba para surtir a las colonias. Luego los galeones eran cargados con el oro y la plata del Perú y de la Nueva Granada, con custodias consteladas de esmeraldas, cálices y joyas religiosas, todo el tesoro húmedo de sangre que estas tierras enviaban para acrecentar la majestad de los dueños del mundo”. Un “paraíso perdido donde nadie era rico ni pobre”, donde “había mares de perlas”, profanado por corsarios decididos a conocer nuevos mundos, ansiosos de enriquecimiento con los tesoros de ultramar. Como si se tratara de El país de la canela de Ospina, irrumpían en “altos galeones que sobrevivían al cuerpo de serpiente de las tempestades y que atracaban extenuados en la bahía… frágiles palacios flotantes con pendones de Cristo y mascarones en forma de arcángeles”. (Video: Los indígenas Misak intentaron tumbar estatua de Colón en Bogotá, el pasado 9 de junio).

En medio del derroche, de la algarabía de cantos y vítores y del eterno concierto de chicharras desde el follaje de la selva, zarpó el poderoso San José el 28 de mayo de 1708 hacia su nefasto destino en aguas cercanas a Cartagena, donde la avanzada inglesa esperaba a la flota de Tierra Firme para arrebatarle hasta la última moneda a cualquier costo. La armada al mando del Conde de Casa Alegre estaba integrada por 15 naves con dos galeones principales de 64 cañones, el San José como capitana y el San Joaquín como almiranta.

Había esperado más de tres meses para emprender el viaje de 80 leguas y, según documentos de la Presidencia de la República de Colombia, “el 20 de mayo de 1708, finalizada la Feria de Portobelo, se efectuó el registro final de lo que se consignó para la Corona. En el mismo, se especifica que el total fue de 1.115.252 pesos y 6 reales y medio y que se enviaba por mitad entre la capitana y la almiranta”. Bien recrea Ospina en La serpiente sin ojos: “lo primero que hizo el virrey al pasar por la selva panameña fue cargar un galeón con 1.250 lingotes de oro y 48.357 barras de plata… y enviarlo con bendiciones sobre las olas amargas como un aporte para las guerras de Felipe II”. (Recomendamos: Lo que escribía Colón sobre los indígenas en su diario).

Con ese bosquejo en la mente, en enero de 2016 por fin viajo a conocer el puerto del que se enamoró Colón por las ventajas estratégicas de su bahía, “brazo de selvas de golfos cegadores”, y su posición en el istmo de Panamá, a medio camino entre Veracruz (México) y Cartagena de Indias. Por 120 dólares un taxi me lleva desde Ciudad de Panamá en algo menos de dos horas. Hierve la selva húmeda. Apenas llego verifico lo que me había advertido un colega de este país: “Portobelo hoy es un monumento al abandono”. Del esplendor a que hacen referencia las crónicas de Indias casi no queda piedra sobre piedra. De epopeyas no hay quién dé testimonio. Un 28 de enero de 1596 murió aquí, vencido por la disentería en su nave Defiance, el pirata, explorador y comerciante de esclavos, caballero inglés y vicealmirante Francis Drake, a quien Ospina califica de “chupasangre”, así en la historia británica sea reconocido por sus viajes de aventuras y pillaje como “circunnavegador del globo”.

A los 55 años de edad intentaba hacerse a Panamá como trampolín para atacar y dominar a los virreinatos españoles pero fracasó. Su cadáver fue lanzado al mar, cerca al puerto, en un ataúd lastrado con plomo. Los pobladores dicen que algunas máscaras de diablo, que aquí se fabrican con maestría para las fiestas de marzo, se inspiran en su rostro y buscan evitar que su espíritu abandone el islote Drake y cumpla la fallida sentencia de no dejar persona con vida en Portobelo. El apogeo de este embarcadero fue largo. Desde acá se organizó en 1665 la reconquista de las islas de Providencia y Santa Catalina y los bancos de Serrana, Serranilla, Bajo Nuevo y Quitasueño, archipiélago al que Colón llamó “el jardín de la reina”, por los colores del mar. Bastó la sorpresa y el apoyo de un par de buques con 70 combatientes españoles que sometieron a los ingleses aventureros de Nueva Westminster y los trajeron para someterlos a trabajos forzados.

Empiezo el recorrido por la casona renacentista de dos pisos que albergaba la Aduana o Real Contaduría y ahora está a cargo del Instituto Nacional de Cultura. Con arquería de medio punto en ambas fachadas, no se ha derrumbado porque alguna vez fue restaurada así se vea como un cascarón luego de un incendio. En 1744 fue bombardeada por última vez a manos inglesas para robar el oro y la plata que almacenaban con destino a la Corona española.

Grandes bodegas que huelen a moho y muros cuarteados que alguna vez fueron blancos están tomados por el hollín de la humedad, derruidos por las sales y el viento marino. Desde 1998 funciona un museo austero en el que lo más emocionante es poner las yemas de los dedos sobre dioramas que explican las rutas de los galeones trasatlánticos. Si uno cierra los ojos, puede imaginar el pasado con ayuda del tacto. Este pueblo parece macondiano y sumido en la peste del olvido. Nadie atiende, no hay guías. Afuera en una valla medio caída se lee: “Estamos haciendo un mejor Panamá”.

Al frente y a los lados de la Aduana están los fuertes de San Jerónimo y San Felipe, con segmentos derrumbados como fichas de dominó por la fuerza del tiempo y la falta de conservación. Quedan 48 cañones; los mejor conservados son color rojizo, otros ennegrecidos o azulados, todos con rastros de explosiones de pólvora negra en sus bocas; la mayoría soportados en posición de defensa, donde muchas veces fueron disparados desde sus baterías; otros han sido arrastrados y abandonados en la grama vecina, varios robados para venderlos como chatarra a comerciantes coreanos. Eso cuentan los vecinos.

Es tierra de nadie. No hay puertas de acceso, no hay controles, no hay arqueólogos, no hay curadurías. El visitante empieza a caminar entre ruinas y ve que las familias más pobres del pueblo, entre unos 3.000 habitantes censados, viven de vender alimentos junto a lo que queda en pie de la fortaleza. Usan parte de los muros para actividades cotidianas; secar ropa, atracar las canoas o lanchas en las que pescan cangrejos y camarones, cultivar amores discretos, hacer sus necesidades fisiológicas o jugar fútbol en la zona verde.

Romel, el taxista que me trajo, me dice que Portobelo ya no figura entre los destinos turísticos que ellos recomiendan en el capitalino aeropuerto internacional de Tocumen. Hasta hace unos años venían cruceros con turistas ávidos de historia y dispuestos a pagar, pero cambiaban de rumbo al ver la falta de información e infraestructura en el puerto. Lo recorro y veo al menos nueve embarcaciones encalladas, doblegadas por “la herrumbre de los mares”, perdidas en la neblina del tiempo y abandonadas a pocos metros de la costa, lo que tampoco permite a los veleros visitantes acercarse cuanto quisieran.

Recuerdo los galeones “solemnes y fétidos” de Ursúa. Los vientos de la historia ahora traen aroma de metal. Cuando la trilogía amazónica de Ospina fantasea con Castilla de Oro, en 1540, parece dibujar este litoral “cargado de leyendas, una babel crujiente de maderos de agua, galeones llevados por el viento y galeras movidas por el sufrimiento, carabelas y carracas, bergantines y fragatas furtivas que parecen mirar por los ojos de sus cañones”. En Portobelo, en 2016, no hay quien sepa de la suerte de La Vizcaína, la carabela que Cristóbal Colón abandonó en esta bahía y que estaría cubierta de arena y corales a unos 20 metros de profundidad, según estableció un grupo de científicos alemanes comandado por Peter Meier Grootes, de la Universidad de Kiel. Todos quisiéramos saber más, ir “por el mar de los sueños a hostigar galeones tripulados de espectros”.

Mientras recorro las fortalezas veo una que otra familia de turistas, la mayoría panameños, una que otra canadiense o francesa. Niños y jóvenes se trepan en las construcciones tembleques; corren, saltan, botan basura, dejan marcas tipo grafiti, alguno se lleva un pedazo de granito suelto como trofeo. Entre la murallita desgranada veo con asombro que buena parte de las construcciones eran hechas con roca coralina. Los negros eran obligados a extraer piedra por piedra del fondo del estuario y luego a pulirlas para levantar los puestos de defensa que acordonan las oscuras fachadas de Portobelo. Palabras de Ospina: “con un soplo de vagas promesas en el mar. La tierra era un rescoldo de esclavos africanos”.

Hay secciones que se dimensionan mejor viéndolas a bordo de una lancha: cercados de dos metros de altura, trincheras de roca que la maleza amenaza con tapar y que se muestran inocentes si uno imagina la arremetida voraz de asaltantes como Drake, el filibustero William Parker, en 1601, o el corsario Henry Morgan, que en 1688 al mando de una flota de 9 barcos y 460 forajidos saqueó el puerto durante dos semanas violando, torturando y asesinando. A finales de 1739 fue arrasado una vez más por el almirante inglés Edward Vernon, todos incluidos en esa primera generación de cazatesoros que desde aquí dejaron huella hasta el Caribe colombiano, pasando por archipiélagos hacia las costas de Cartagena, Santa Marta y Riohacha.

Hay ruinas en todo el mundo a través de las cuales nos conectamos con el pasado, pero estas, por el abandono, no inspiran lo mismo que ciudades amuralladas como Cartagena, Colombia, o Salvador, Brasil. Quienes vienen de paso a Portobelo lo hacen más por rezarle al misterioso Cristo Negro de la iglesia de San Felipe, al que todos los navegantes se encomendaban y al que cada 21 de octubre miles y miles de panameños adoran en procesión. Me muestran el video: tres pasos para adelante, dos para atrás es el compás de la tradición de los hombres de camisetas anaranjadas que cargan en hombros la escultura entronizada. Lo bambolean como si estuviera flotando al ritmo del oleaje; va vestido con la mejor túnica, rodeado de cirios encendidos, mientras se dan gracias en coro al Dios católico y suenan campanadas para alejar al diablo que tanta codicia y violencia trajo a este lugar que primero se llamó Nombre de Dios, pero no aguantó el calificativo. El Cristo es negro como sus fieles. A William Ospina lo obsesionaba “la idea de que en la proa de los barcos españoles venía Cristo sangrando”, y alguna vez imaginó “una película en la que se viera esa imagen poderosa de la crucifixión en vivo en la proa de un galeón que viaja hacia América”.

Entre los años 1500 y 1700 vinieron decenas de ellos, algunos sin castillos de proa para no quitarle espacio a todas las riquezas recolectadas en el gran Virreinato del Perú, para llenar las arcas de 445 flotas españolas que mantuvieron a los reyes de España y a sus gobiernos a todo dar, y de las que dan crédito miles de joyas en palacios e iglesias europeas. Toneladas y toneladas de minerales preciosos extraídos de las montañas de Potosí eran traídos hasta aquí a lomo de mulas a través del camino real o Camino de Cruces, la misma ruta del jaguar que se puede transitar pasando por el río Chagres. Era la tortuosa manera de comunicar el océano Pacífico con el Atlántico.

Ya no se ven jaguares por donde transportaban cargamentos de perlas extraídas de las ostras del archipiélago del mismo nombre donde ahora, en las islas del Rey, se habla del saqueo de otro galeón colonial que también se llamaba San José, hundido en 1631 y que preocupa a los panameños más que el tocayo de aguas colombianas sobre el que el gobierno local no ha decidido si entrará a terciar por su propiedad ante tribunales internacionales. Se presume que lo hará.

Esta ruta pedestre y Portobelo recibieron un golpe de gracia a comienzos del siglo XX con la apertura del Canal de Panamá y la consolidación del puerto de Colón como eje del comercio nacional e internacional. Ahora algunos nativos, descendientes de cimarrones esclavizados, viven indignados porque el gobierno no los incluye en sus planes de desarrollo. A mediados de 2015 fue aprobado un presupuesto de entre 200 mil y 400 dólares para rehabilitar este puerto como centro histórico y turístico. Nadie ha visto la primera obra y en los postes del alumbrado público todavía flamea la propaganda política junto a banderitas de Panamá.

Más singular es que el pueblo se llamó originalmente San Felipe de Portobelo, en honor al rey español Felipe; el mejor hotel local lo maneja un español y las obras de restauración incluyen a una firma española. El rastro de cuando España era la dueña de medio mundo, de tres siglos dedicados a atravesar el Atlántico con galeones atiborrados de “los metales de América”. La dimensión de lo sucedido la resume Ospina en una de sus columnas en El Espectador: “Lo cierto es que los viajeros que aspiraban a encontrar oro nunca imaginaron que encontrarían tanto oro. Como los que buscaban perlas nunca habrían soñado que encontrarían tantas perlas. Y esa abundancia contribuyó al delirio: no sólo a la locura genocida, que fue grande, sino al desbordamiento de la fantasía, que empezó a multiplicar los cuentos y las esperanzas. Si pudiéramos contemplar hoy, acumulado en una ciudad, todo el oro y la plata que Europa encontró en América, el tesoro que llegó a manos de la Corona, y el que pasó a manos de los empresarios franceses y flamencos, y a manos de los banqueros alemanes y genoveses, y todo el que se hundió en el océano por siglos, tendríamos que decir que El Dorado no fue sólo un mito sino una realidad abrumadora que podría exceder la imaginación más delirante. Equivale a sumar los tesoros de Moctezuma, de Atahualpa, de Tisquesusa, de las tumbas del Sinú, de todas las naciones de América Latina, y el oro que durante tres siglos se extrajo de las minas, para no incluir el que se sigue extrayendo todavía”.

Una “edad de barbarie ciega” camino a la invención del hombre moderno. ¿A qué precio? Como lo hice en Portobelo, si nos paramos descalzos en una playa caribeña para hacer memoria, el oleaje del periodo colonial aún llega a mojarnos los pies para invocar “la oscura sangre de esclavos y galeotes que rumian sus miserias al olvido de las olas” y ver “el costillar de peces de viejos galeones sepultados en oro,/ las voces milenarias del vino y del salitre,/ las canciones del sol que vuelve pensativo del mar de África” (La llama inclinada, Carlos Satizábal). Indígenas y negros vapuleados hasta que el botín sanguinario se agotó. Ospina lo explica en un ensayo: “El inmanejable cuerpo de América, el peso de sus propios galeones y el juego de los cañones ingleses terminaron por minar su red planetaria”.

Quedan centurias coloniales tatuadas en estos baluartes ásperos, declarados Patrimonio Histórico de la Humanidad desde 1980, que pronto serían excluidos de la lista de la Unesco a causa de la negligencia pañameña. Aquí lo que mejor se conserva es un paisaje de miseria y marginación: tristes ruinas rodeadas de familias humildes agolpadas en casas bajo improvisados techos de zinc, amenazadas por el dengue pero, eso sí, con antenas de televisión satelital.

Otros raizales, que son mayoría, parecen resignados a su destino y cuentan que la única forma de dejar eso en el pasado es exorcizar demonios rescatando las raíces culturales africanas. Se autodenominan congos y cada marzo celebran el Festival de Diablos y Congos, donde hacen catarsis del sufrimiento de sus antepasados y se burlan de conquistadores y piratas. Me explican que mientras danzan toman un prisionero y lo liberan con un rescate simbólico de un dólar. Me muestran espectaculares máscaras rojinegras de todo tipo de diantres. Quienes no representen al mal se pintarán la cara de negro o blanco e irán cantando al ritmo de tambores “Diablo, tú no puedes conmigo”. Niños de la Escuelita del Ritmo evocarán con cascos a los mineros, otros lucirán gorros emplumados, silbarán con pitos en la boca, estarán amarrados con sogas por la cintura, llevarán camisas deshilachadas y pantalones remendados de pordiosero, simularán patas de palo de colores, portarán espadas de madera, condenarán la esclavitud mientras gozan de la libertad.

Las mujeres preparan coronas doradas y plateadas con apliques de supuestas gemas presididas por la cruz católica. Bailarán con amplias faldas de flores estampadas con los matices de los azules del mar y los verdes de la selva. Lucirán la cabeza cubierta con pañoletas o grandes flores naturales y collares que simulan oro, plata y perlas. Se enfrentarán a los satanes en el carnaval de la tarde, evitarán que sus almas sean corrompidas y renacerá el espíritu africano. Es su mejor forma de rebelión, su único tesoro.

A pesar de la explotación y las tragedias, no pierden la alegría del palenque. En las paredes de las tienditas veo pintados piratas mancos, cojos o desdentados. Mientras bebemos una cerveza Balboa helada, Romel me dice que propondrá a su agencia de turismo la creación de un viaje a Portobelo con motivo del hallazgo del gran galeón San José, “para contar cómo salió de aquí, por qué debe ser parte de nuestra historia y para ayudar en algo a esta gente”. Ojalá. Como el explorador Lope de Aguirre me voy con “el orgullo salpicado de galeones” pero descorazonado, con un frágil pocillo en la mano con la palabra BUCANERO esmaltada en mayúsculas. Porcelana es lo que queda de recuerdo.

* Editor de El Espectador y magíster en escrituras creativas de la Universidad Nacional de Colombia, donde es profesor. “El galeón San José y otros tesoros, Relatos de intrigas y conspiraciones”, fue publicado por el sello editorial Aguilar en 2016.

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