Publicidad

La libertad nos hará verdaderos: argumentación en el mundo contemporáneo (Sobrepensadores)

Un recorrido desde la Grecia clásica hasta la actualidad para entender cómo el diálogo y la opinión se han transformado bajo la sombra de la polarización.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Roberto Palacio
23 de marzo de 2026 - 10:05 p. m.
A menos de que esté dispuesto a irme a la guerra -y los griegos eran conocedores de que esto podría arrasar ciudades enteras como sucedió en el caso de Troya- no me queda más remedio que intentar razonar con el otro. La argumentación es una estrategia contra la violencia.
A menos de que esté dispuesto a irme a la guerra -y los griegos eran conocedores de que esto podría arrasar ciudades enteras como sucedió en el caso de Troya- no me queda más remedio que intentar razonar con el otro. La argumentación es una estrategia contra la violencia.
Foto: Archivo Particular
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Fueron los antiguos griegos los que se inventaron el arte de argumentar hace dos milenios y medio. Lo vieron como una necesidad: durante largos períodos de tiempo, vivieron sin un tirano opresor que les dijera qué hacer, no tuvieron nunca un gran libro como la Biblia o el Corán; Homero y Hesíodo recogieron mitos, y nadie está obligado a actuar según los parámetros de una mitología. En ese ambiente de libertad, no hay manera de llevar a otro a actuar según ideas que le presento que no sea el cuchillo en el cuello o las buenas razones.

Así es que, a menos de que esté dispuesto a irme a la guerra -y los griegos eran conocedores de que esto podría arrasar ciudades enteras como sucedió en el caso de Troya- no me queda más remedio que intentar razonar con el otro. La argumentación es una estrategia contra la violencia, lo cual se ve claro en el hecho de que las guerras comienzan a desmantelarse cuando comenzamos a hablar con el enemigo. El filósofo colombiano Estanislao Zuleta, alguna vez disertando sobre este tema, señaló que con la argumentación griega se invertía la frase de Juan según la cual la verdad nos hará libres; ahora debíamos decir que la libertad nos hará verdaderos.

Fue Sócrates el que dio los primeros pasos en el establecimiento de unas reglas del juego. No había mucho más que el sentido común y una lógica sólida. Por ejemplo, a diferencia de lo que parecían afirmar los oráculos en sus predicciones ambiguas, una aseveración y su contraria sobre el mismo asunto no pueden ser ambas ciertas al mismo tiempo, bajo la misma relación y desde el mismo punto de vista: en este momento, en donde estoy, según lo observo, llueve o no llueve. Pero no puede ser cierto que bajo esas condiciones que he especificado, llueva y no llueva al tiempo.

Lea aquí: Pedro Cateriano: “La lucha de Vargas Llosa contra las dictaduras fue lúcida y valiente”

El esfuerzo socrático sin embargo no era sólo un juego lógico. Sócrates se volvió un personaje inoportuno en la antigua Atenas porque iba de un lado a otro preguntando sobre lo que la gente se ufanaba más en saber. Al general Nicias, por ejemplo, le preguntó alguna vez qué era la valentía en la batalla, sólo para descubrir que el gran estratega no tenía ni idea.

Hágase la prueba, pregúntesele a un médico qué es la salud, o a un aviador qué es volar. Se descubrirá que poco saben definir lo que hacen a diario. Sócrates tampoco sabía, pero sabía que no sabía. Su esfuerzo no era sin embargo un ejercicio de humillación hueco. Se trataba, por medio del diálogo con el otro, de encontrar un término común de entendimiento para ascender en la comprensión de un concepto. Cuando se llegaba a algo común, la sonda había tocado piso sólido: no era un accidente que diéramos con convergencias; los conceptos encontrados en común no eran mera opinión, sino algo más consistente que Platón llamó “episteme”.

Hoy, sin embargo, la argumentación ha cambiado radicalmente de propósito. Se ha convertido en una suerte de expresión de la violencia velada, una manera pobremente articulada del odio. La idea de que hay unas reglas para argumentar se ha diluido. Intercambiamos nuestra opinión a manera de argumento, y del derecho sagrado a la opinión inferimos el derecho a no ser cuestionados: si lo que digo es mi opinión la aseveración ha de ser válida.

Si otro la cuestiona es porque es un tonto o un malvado. En la red, el que objeta mis razones es porque no las entendió o porque tiene malas intenciones. Nos parece inconcebible que otro vea las cosas de manera radicalmente distinta a como yo las veo. Esto es lo propio en una sociedad altamente polarizada que no encuentra una base común de creencias.

Lo más paradójico de este giro contemporáneo es que seguimos haciendo un remedo de argumento al exponer nuestras ideas, uno en el cual no es prioritario el intento de concordar con otro para llegar a un piso común. Es acá tal vez que encontramos una de las mayores diferencias con la antigua argumentación y una de sus mayores dificultades hoy. El ejercicio dialéctico de intercambiar razones sólo tiene sentido si estoy dispuesto a encontrar ese terreno común que me permita al fin dirimir la disputa.

Conozca más: Alonso Cueto: “La obra de Vargas Llosa es una épica de la transgresión”

La argumentación no es un fin en sí mismo, ni un arte de la palabra que se hace por su propio propósito, como la poesía o la declamación. Hoy la gran dificultad estriba en encontrar unos mínimos con los cuales podemos estar de acuerdo con el “adversario” conceptual. Recuerdo una breve entrevista que le hizo alguna vez Al Jazeera a Osama Bin Laden cuando bajaba de una montaña en Afganistán en medio de la guerra. Los camarógrafos habían filmado cómo a los hombres de Bin Laden les disparan las tropas enemigas sin que siquiera se agacharan.

Al ser preguntado por qué sus hombres no se resguardaban del fuego enemigo, soltó esta pasmosa sentencia: “Esa es la diferencia entre ustedes los occidentales y nosotros los musulmanes radicales: ustedes aman la vida, nosotros amamos la muerte”. ¿Qué terreno común se puede encontrar con quien defiende creencias irreconciliables con las mías?

Pero esa radicalidad no es patrimonio exclusivo de los fanáticos religiosos. Entre los mismos “occidentales” está viva. Nos paramos en un tema y parecemos negarlo por completo: no es que las vacunas sean parcialmente inoperantes o peligrosas: es que la idea misma de vacunar es antinatural. Nuestra forma de argumentar en su radicalidad parece negar la idea misma de argumentar. Al obliterar de un solo tajo áreas enteras del saber, no queda nada que discutir.

En efecto, argumentar también supone que el otro ha de tener algo de razón, o al menos buenos motivos para decir lo que dice. Esto es lo que los lógicos del siglo XX llamaron “principio de caridad”, la presuposición básica que se debe tener en una conversación según la cual lo que el otro dice tiene sentido y no es una cadena de símbolos vacíos. Tal vez sea esa caridad benévola lo que más necesita nuestra práctica argumentativa actual: la de seguir teniendo al otro como un interlocutor válido.

Consulte aquí: Galeón San José: denuncian posible saqueo y piden reactivar investigación

Por Roberto Palacio

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.