En tiempos de Platón, a finales del siglo V e inicios del IV, un hombre llamado Clístenes, descendiente de aristócratas y aristócrata él mismo, le añadió al código político del estado de Atenas un inciso esencial para la historia, la reforma del voto de todos. Como escribió Pablo R. Arango en su libro “Sirvan la cicuta, crucifiquen al autómata”, “Para empezar, conviene contrastar la democracia ateniense -al menos la de la época que va desde el gobierno de Pericles hasta la caída de Atenas en manos de Alejandro Magno- con las democracias modernas. Una de las principales fuentes de diferencia estriba en que la democracia griega no era parlamentaria, sino una democracia de asambleas, con derecho a voz y voto, a diferencia de nuestros parlamentos. Esto implicaba que todas las decisiones importantes se tomaban por mayoría simple, y que las asambleas eran realmente multitudinarias”.
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Desde el siglo VIII, más de trescientos años antes, los griegos eran gobernados por algunas familias de la aristocracia, que controlaban la justicia, el poder de decisión, los ejércitos, el futuro y demás. Con el correr de los tiempos, aquel poder comenzó a erosionarse, y con aquella erosión, a generar distintos malestares entre el pueblo. El pueblo era de los trabajadores, de los soldados rasos, pero también de los comerciantes, que poco a poco se fueron haciendo más y más necesarios para la gente de a pie y para los de arriba. Por más de doscientos años, los resquemores fueron creándose y creciendo, y con ellos, los resentimientos, las ideas de explotación, de injusticia y demás. Hacia el año de 594 a. de C., las ideas de los explotados y de quienes a su vez los explotaban a ellos llenándolos de odio, se vieron reflejadas en una reforma impulsada por Solón.
“Legislador y mediador”, lo llamaban. Como tal, Solón creó y organizó la Ekklesia, una asamblea de los atenienses en la que todas las clases sociales se encontraban y debatían, aunque el poder de decisión siguiera en manos de los aristócratas. La democracia griega comenzó con aquella asamblea, que a su vez, potenció al propio Solón, y a personajes como Clístenes, Efialtes y Pericles. Clístenes hacía parte de la alta clase de Atenas. Provenía de los Alcmeónidas, que habían manejado el destino de Atenas durante varias décadas. Su padre, Megacles, había sido maldecido por el oráculo de Delfos por haberles dado muerte a los seguidores de Cilón, un noble que intentó por todos los medios posibles instaurar una tiranía en Atenas. Según el oráculo, Megacles merecía cargar con una maldición por no haber respetado el sagrado asilo al que Cilón y su gente tenían derecho.
El oráculo de Delfos era esencial para los griegos. Aquel que quisiera ostentar el poder, debía contar con su apoyo. El clan de los Alcmeónidas fue expulsado de Atenas y proscrito luego de la maldición que le impuso a Megacles, y entre el destierro y numerosas luchas internas entre otros clanes, llegó al trono un hombre llamado Pisístrato, hijo de Hipócrates de Atenas. Aristócrata, guerrero, vencedor de las guerras atenienses contra Mégara, y tocado por los poderes divinos de los dioses, se tomó el gobierno de Atenas después de haber denunciado ante la Asamblea Popular que sus enemigos políticos habían atentado contra su vida. En medio del griterío y la indignación del pueblo, uno de sus subalternos propuso que se le concediera el favor de una guardia férrea. La Ekklesia dispuso que se le entregaran 50 hombres para su defensa personal, todos armados.
Como guerrero, y guerrero vencedor, Pisístrato era un estratega. Había derrotado a los soldados de Mégara y recuperado Salamina y la ciudad de Nisea, fundamentalmente, y según las voces de las voces que multiplicó Heródoto en sus Historias, por sus tácticas. Una de ellas fue la del Ágora. Apenas le entregaron los hombres para su guardia, les dio la orden de que dieran un golpe de estado y se impuso como Tirano de Atenas. Se había valido de su fama, pero también del momento y de haber creado una especie de tercera vertiente política que pretendía apoyar al pueblo y profundizar en las reformas creadas años antes por Solón. La primera de las tres veces que Pisístrato gobernó a los atenienses, con cierta moderación, como decían, y durante un año, fue derrocado por una alianza que acordaron Licurgo y Megacles, los líderes de la oligarquía y del legado de Solón, respectivamente.
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Pasados dos años, volvió al poder, avalado y protegido por Megacles, quien se había enfrentado a su antiguo aliado, Licurgo. La condición que le impuso el jefe del partido “de la costa” era que contrajera matrimonio con su hija y le diera descendencia, pero ya como gobernante, Pisístrates no quiso tener más hijos. Su negativa unió a los viejos enemigos una vez más, que lograron expulsarlo de Atenas. Por más de diez años, anduvo en el exilio, enriqueciéndose, creando un ejército y urdiendo distintos planes para volver al trono, que conquistó por tercera vez al vencerlos en Palene. Como antes, dirigió a los atenienses con moderación, aunque se fortaleció de diversas maneras con el favor del pueblo, dándole cada vez más poder a su ejército y tomando regiones apartadas en las costas de Asia Menor y el Mar Egeo.
En su tercer mandato, construyó el acueducto de Atenas y los templos a Zeus Olímpico y Apolo, y según algunos historiadores, fue el primero en dar la orden de que se preservaran La Ilíada y la Odisea, así como otros textos. Puso los cimientos del primer teatro de la ciudad, abrió caminos, y creó El Liceo. Falleció alrededor del año 527 a. C., y le sucedieron sus hijos Hipias e Hiparco, que en un principio conservaron el modo de gobernar de su padre, pero luego todo comenzó a transformarse por el asesinato de Hiparco, el menor de los hermanos. De acuerdo con Tucídides y Heródoto, Hiparco, protector de las artes, fundador de una de las primeras bibliotecas de la ciudad y enamoradizo enfermizo, estaba enamorado de un joven llamado Harmodio, que lo rechazó en distintas ocasiones.
En venganza, Hiparco le prohibió a la hermana de Harmodio que participara de las festividades Panateneas, unos juegos florales, religiosos y deportivos que se organizaban todos los años en Atenas. Las repercusiones fueron inmediatas. Hiparco fue apuñalado en la calle por Aristogitón y por su amante, Harmodio. Con el paso del tiempo, la tiranía que ejerció Hipias fue en aumento, hasta que no logró sostenerse. Los dos jóvenes asesinos de Hiparco comenzaron a ser vistos como héroes de una posible y necesaria transformación de los griegos. Entonces apareció en la escena Clístenes y con él se inició la democracia.
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