El jueves nueve de septiembre de 2009, al concluir la popular canción de Joan Manuel Serrat (interpretada por un grupo musical de la Universidad Simón Bolívar, en Barranquilla), basada en un célebre poema de Antonio Machado, el público seguía tarareando sus versos más conocidos: “Caminante: No hay camino. / Se hace camino al andar…”.
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De hecho, el canto fue un mensaje directo al corazón de Edgar Morin, quien presidía esta ceremonia como profesor invitado a una serie de conferencias que tendrían lugar también en otros centros universitarios de Cartagena, Medellín y Bogotá, donde le rendirían sendos homenajes como uno de los grandes pensadores contemporáneos.
“Siempre me he identificado con esos versos”, declaró al admitir que le hablaban de su vida y obra, ambas entrelazadas como expresión del pensamiento complejo o la complejidad que subyace en la realidad, cualquiera sea.
“He ahí la imagen de mi vida”, admitió en medio de los estruendosos aplausos del público.
A continuación, dio las explicaciones de rigor, resolviendo las dudas o inquietudes que hubiera al respecto.
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Recuerdos de juventud
Todo empezó en la juventud, cuando su padre le dio plena libertad en la vida, incluso la libertad de pensar, de ser abierto ante las manifestaciones culturales, por distantes que fueran a la suya.
Eso explicaba —decía— cómo a través de su vasta obra había buscado sus verdades, las suyas, no sólo repetir las de los demás, a diferencia de lo que suele ocurrir, por desgracia, en los mismos círculos académicos, “inundados de citas”, lo cual equivale a decir que buscaba su propio camino, tratando así de ser un caminante único, auténtico, fácil de reconocer o distinguir en la historia.
En su adolescencia —insistió con mirada retrospectiva—, recibió la profunda influencia de las novelas de Dostoievski, en especial de sus personajes que buscaban su camino, sus verdades, a veces de manera inconsciente, no exclusivamente racional, con signos de tragedia en medio del desgarramiento de sus almas.
Y claro, al llegar a la universidad —anotó— no le preocupaba la profesión que habría de ejercer con base en tal o cual título, sino conocer al mundo humano, al fascinante universo del hombre en su complejidad espiritual y corporal, tanto que su mayor interés se volcó hacia la filosofía y la sicología, la economía y la política, o sea, las llamadas ciencias humanas (las humanidades, como antes se decía), cuyo conocimiento es precisamente el hombre.
Tales enseñanzas —declaró, como justificando su formación académica— le permitió alcanzar una cultura multidimensional, desde múltiples puntos de vista o disciplinas de acuerdo con la actual estructura universitaria, que le había servido mucho en su intensa actividad investigativa.
Más reflexiones
Ahí no terminaron, sin embargo, las reflexiones del pensador, esta vez con su vida privada como escenario para sus oyentes, quienes naturalmente se empezaron a conmover con el recuento de pasajes dolorosos y referencias personales que por lo general se callan en público, ejerciendo aquel derecho a la intimidad que hoy se incluye, por mandato constitucional, entre los derechos fundamentales de cada individuo.
Como cuando aludió a la muerte de su madre, teniendo él apenas diez años de edad, hecho al que calificó como “el más terrible de mi vida”; o cuando repasó la no menos terrible Segunda Guerra Mundial, donde formó parte de la resistencia francesa, obviamente enfrentado al nazismo, y en la que vio caer acribillados a varios de sus jóvenes amigos; o como cuando luego se enfrentó al comunismo, tendencia ideológica a la que en un principio, con su humanismo e idealismo a cuestas, se había acercado, sin imaginar los horrendos atropellos del totalitarismo contra la libertad y, en general, contra la dignidad humana.
La vida, en consecuencia, fue y era su gran escuela, una vida en contacto permanente con la muerte, a la que en tales circunstancias había sentido muy cerca, encima, especialmente en la experiencia directa de la guerra, la cual le sirvió para escribir un libro sobre la diferencia entre vivir y sobrevivir, dilema que por cierto afronta ahora de nuevo la humanidad, igual que en tantas otras épocas de la historia.
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La muerte y la ciencia
“Para vivir, es necesario asumir el riesgo de enfrentar la muerte”, dijo a modo de conclusión sobre sus experiencias que en tal sentido son comunes a todos los seres humanos, quienes nos debatimos entre la vida y la muerte desde el preciso momento de la concepción en el vientre materno hasta cuando exhalamos el último aliento.
“Pero, ¿qué es la muerte para el hombre, para cada uno de nosotros?“, se preguntó para precisar, otra vez con sus respuestas lógicas en la mano, que surge cuando aparece la conciencia de la muerte en la historia de la humanidad.
El hombre, en fin, tiene conciencia de la muerte, conocimiento que le da además un mayor sentido a la vida, a nuestra vida mortal.
El conocimiento científico, a su turno, nos da conciencia de la muerte, paradójicamente al conocer más la vida, que es la esencia del pensamiento complejo.
¿Pruebas de lo anterior? La biología, por ejemplo, es la ciencia de la vida, pero nos ayuda a entender más la muerte, aunque se requieren las diversas disciplinas —según él— para abordar la muerte.
“Ahí surge el desafío de la complejidad”, subrayó.
El pensamiento complejo
Así las cosas, Morin volvió a su tema recurrente, esencial, del pensamiento complejo, reflejado en la contradicción, que es también complementariedad, entre la vida y la muerte, en cuya interpretación intervienen los conocimientos o disciplinas para conformar ese tejido común que es la definición de la complejidad.
Es lo que él trató de hacer a lo largo de su obra, especialmente en los seis tomos de El Método, con una visión interdisciplinaria, no de simple especialización en tal o cual área, como si buscara realizar el ideal enciclopedista, de todas las ciencias reunidas en un solo libro, o, aún más lejos, el ideal cartesiano, de la ciencia universal, que para muchos analistas seguirá siendo una utopía.
Retomó, entonces, su obra cumbre, explicando de manera didáctica, sencilla, elemental (para que los jóvenes alumnos le entiendan), que el pensamiento complejo es indispensable en las difíciles circunstancias actuales, por la compleja realidad en que estamos, donde se encuentra en juego la supervivencia de la humanidad ante los graves riesgos del triunfo definitivo de la muerte sobre la vida.
Y no es que él haya sido el primero —admitió— en formular dicha teoría, pero sí lo era porque la situación presente, signada por la complejidad que se manifiesta igualmente en las múltiples disciplinas científicas, exige un pensamiento complejo, no la simplicidad que reclamaba Descartes en los inicios de la ciencia moderna, para alcanzar la verdad.
Vuelco a la educación
Explicó que ese pensamiento complejo, según lo expuso en El Método, implicaba la reforma del conocimiento y, por consiguiente, de la educación, de la enseñanza que se imparte en los centros universitarios, por lo cual la reforma termina siendo estructural, en todos los campos del saber, desde la economía y la política hasta la moral.
“Se requiere la reforma de todo para comprender esta gran crisis”, sentenció mientras volvía al principio de su intervención, a las palabras de Machado, a la canción de Serrat, cuyo eco resonaba en el recuerdo de todos, quienes ya empezaban a sentir nostalgia por la despedida del maestro.
“Caminante: no hay camino. / Se hace camino al andar”.
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(*) Escritor y periodista. Autor del libro “Tras las huellas de Edgar Morin”