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Podemos imaginar la historia de la filosofía como una larga conversación, vieja y actual, sofista o trascendente, una polémica de pacientes parroquianos que solo intervienen de siglo en siglo.
Casi puedo verlos pasar. A la cabeza de la rala fila marchan Platón y Nietzsche. Si bien el primero requiere del coturno y lo ha favorecido bastante el boom griego, son innegables las virtudes de su estilo, la aristocracia de espíritu, la serenidad de juicio, el temprano rigor. Tiene una frase que vale por cuarenta tratados de metafísica: “El tiempo es la imagen móvil de la eternidad”. No la entiendo, pero me inmoviliza. Quizá signifique que una rosa es en el instante; la rosa, en la eternidad. La preeminencia que da a las Ideas en su ontología es una noble concepción que privilegia el espíritu sobre el mundo sensible, lo eterno frente a lo temporal —de aquí la simpatía de san Agustín por la filosofía neoplatónica—. Pero demeritan su obra la actuación de esos «antagonistas» como Fedro, Hipias, Hermógenes o Ion, que alegan con debilidad cómplice y coqueta, más preocupados por la reverencia cortesana que por la reflexión inteligente, y cuyos «contraargumentos» parecen pases de profundidad para el lucimiento de Sócrates, personaje de excesivo protagonismo.
Bertrand Russell no lo apreciaba mucho. En política, Platón fue un pensador dictatorial que supo ponerles a sus ideas un delicado barniz liberal, decía. Si recordamos ciertos deslices del griego, como su desprecio por los poetas y los dramaturgos, tenemos que reconocer que el irlandés tenía razón.
Nietzsche es más denso y la tensión de sus ideas se mantiene a lo largo de su obra. Algunos no le perdonan la falta de serenidad en sus apreciaciones pero su exaltación es esencial, íntima, estilística. Su famosa frase, «Dios ha muerto», no fue una proposición para molestar a los creyentes: fue su manera de proclamar la muerte de los absolutos morales, el gran problema de la filosofía moderna. Claro que el pensador alemán pudo leer literatura griega, privilegio que no tuvo Platón, y beneficiarse con los progresos del arte de la prosa en los dos milenios que lo separan del griego. En cualquier caso, ambos son, por la hondura y la agudeza de su pensamiento y por las virtudes de sus estilos, momentos muy altos de la filosofía. Idealistas antirrománticos, clásicos lunáticos, filósofos revolucionarios y políticos reaccionarios, apolíneos con devaneos dionisíacos, vivieron sus contradicciones con una elegancia espléndida.
Un poco más atrás, rezongando, Arthur Schopenhauer. Bien podría haber ido a la cabeza de la fila, codo a codo con los titanes, pero lo distrajo un sofisma menor, la mera y terrena vanidad, no el narciso aristocrático de Diógenes, tan útil al filósofo para tomar distancia y ponerse a salvo de los frívolos vaivenes del mundo.
Para ser justos, hay que reconocer aquí que El mundo como voluntad y representación es una de las más audaces y sólidas construcciones del pensamiento universal; tiene un rigor formal que solo se repite en Spinoza, a quien supera. Es una obra ante la que se inclinan, reverentes, pensadores de todos los credos y ante la cual seguramente me inclinaré también yo… cuando la lea.
En lo que hace a sus méritos literarios, punto de la mayor importancia en esta materia, mucho más que la materia misma, ahí tenemos la exquisita prosa de Parerga y paralipómena, quizá el libro que perdure cuando el resto de su obra sea solo objeto de estudio de los especialistas. Tomando conceptos de Platón, de Kant y de los vedas, Schopenhauer dijo que el origen de todo era la voluntad, sed de ser, principio generador del universo. Esta fuerza se objetiva, se concreta, se representa en seres y en leyes.
¿Dónde ubicar en este sendero, que atraviesa imperios y geografías, a Aristófanes, Rabelais, Erasmo, Voltaire o Chesterton? Pues aquí y allá, alegres saltimbanquis que revolotean alrededor de los titanes; a veces se adelantan, intuitivos y poéticos, aligerados de sistemas y rigores, a sus amigos, los filósofos profesionales; a veces se olvidan de los grandes asuntos del pensamiento y se ocupan de cosas pequeñas y encantadoras.
En el horizonte se percibe un punto, Manuel Kant, un organizador de ideas de la magnitud de Aristóteles (quien no ha resistido el paso del tiempo tan bien como su maestro Platón). Aristóteles es más grato y legible que Kant (léase, por ejemplo, su Poética), pero no nos legó, como este, un «sistema», un modelo teórico universal del pensamiento, cosa que los profesores tenían en alta estima hasta finales del siglo XIX, cuando el fragmento empezó, con la pluma de Nietzsche, a socavar la popularidad del tratado.
El despertar con Einstein
Claro que Kant no fue, como buen compilador, un filósofo creativo y se contentó con lo mejor que había en el mercado: lógica aristotélica, geometría euclidiana y física newtoniana (ciencia que fue el primero en estudiar y comprender). Parecía una base muy sólida, un trípode monolítico, pero pasaron dos meros siglos y el trípode, cosa inaudita, tornóse lunanco. El cisma alcanzó su punto crítico con Einstein, quien nos despertó con la tremenda nueva de que nuestro tiempo no transcurre lineal y absoluto como el apacible tiempo del abuelo Newton, ni como el irreversible río del abuelo Heráclito; que el espacio puede curvarse por efectos gravitacionales, y que no es euclidiano sino riemanniano, es decir que, hablando en rigor, no existen rectas paralelas. Después de Einstein (y de Planck, del que no me ocuparé aquí porque la física cuántica me intimida), el universo es algo tan enrevesado que uno no se explica cómo es que uno consigue encontrar el camino de regreso a casa todos los días.
Alentados por esta debacle de la física clásica, ahora reducida a un interesante caso particular de la física moderna, los pensadores enfilaron baterías contra la dialéctica, juiciosa y binaria, que había sobrevivido milagrosamente a los brillantes embates de Parménides y Zenón, y que reinó por más de dos milenios hasta que las paradojas de Cantor, Russell y Burali-Forti echaron por tierra el antiguo dogma del tertius exclusus. Las lógicas modernas, o paraconsistentes, son unas máquinas de razonar que no colapsan ni se cortocircuitan ante las contradicciones, y una de sus ramas, la lógica fuzzy, es la preferida en la tecnología digital contemporánea.
Los profesores de filosofía no han podido digerir aún tantos y tan vertiginosos cambios, y optaron por asumir el punto de vista del avestruz. La teoría general de la relatividad modificó nuestra concepción del mundo físico, la geometría de Riemann confirmó la finitud del espacio que predijo la relatividad, las implicaciones lógicas de la matemática moderna cambiaron por completo las reglas de juego del pensamiento, y los profesores han seguido como si nada.
La filosofía del siglo XXI
El vacío resultante es asaz tentador. ¿Le gustaría, querido lector, encabezar la fila de notables? Pues basta con que emprenda una tarea que está por hacer: la filosofía del siglo XXI. Como están las cosas, una obra así gozaría de unos cincuenta años de vigencia, tiempo corto para un modelo teórico de pretensiones universales, pero suficiente para que usted se harte de ver su nombre y su efigie en las monografías, en las revistas serias y en las otras, en las enciclopedias, en la televisión y en los posters de los adolescentes de las generaciones del fin de este siglo.
He aquí los ingredientes para una filosofía contemporánea: geometría riemanniana vertida en verso francés por Bachelard con notas de Lobachevsky; física moderna estudiada directamente en alemán en las monografías de Einstein y Planck. Para reemplazar la lógica aristotélica, el lector debe optar por alguna de las lógicas polivalentes que entrevió Vasiliev —una manera de pensar que no se arredre ante las paradojas ni se sobresalte por las contradicciones—, evitando la simplicidad de los antiguos, los laberintos de los modernos, la mendicante humildad de los posmodernos y el traidor sentido común de todos los tiempos.
Pero en el complejo universo de este comienzo de siglo ya no basta el sostén de los tres pilares clásicos: lógica, física y geometría. La nueva filosofía deberá asentarse sobre el heptágono que resulta de la adición de cuatro vértices: el psicoanálisis (o la sicología, si usted considera que el psicoanálisis linda con el chamanismo), la lingüística, la economía y la biología.
Comencemos por el primero. Para una aproximación al alma contemporánea, cínica e inmoral si se quiere, pero más sincera y humana que las pacatas y morrongas almas de otros tiempos, sugiero estudiar las obras de O. Wilde + E. Cioran + T. Capote, y descartar de una vez por todas los prejuicios sicológicos basados en la “normalidad estadística”. En semiótica y lingüística, esas matemáticas del signo, con que el lector descifre los criptogramas de Saussure, Barthes, Todorov, Chomsky, Wittgenstein y Eco (calamares en su tinta) y ponga sus conclusiones en límpidas ecuaciones estructurales, tendrá para siempre un lugar en nuestros corazones.
En economía no hay, lamento decirles, ortodoxia que valga. La disolución de la URSS, los rugidos (y los desmayos) de los “tigres asiáticos”, el estallido de las «burbujas», los brillos inciertos de las criptomonedas, el brexit y las afugias de la Unión Europea, y los sobresaltos del neoliberalismo, sucesos que han sorprendido a politólogos y economistas del mundo entero, evidencian que en este terreno no hay ortodoxia que valga. Caminante, no hay camino; de modo que ¡avanti!
Mi sugerencia es que usted redacte primero lo más urgente: un modelo económico que supere la mezquindad del neoliberalismo, esa religión basada en la fe en el oro, en que el mercado tiene razones que la razón no entiende, y que supere también la ingenuidad del comunismo, esa conmovedora fe en la bondad humana y en la eficacia del Estado.
Un filósofo contemporáneo debe comprender que si el siglo XX fue el de la física, el XXI será el de la biología, concretamente de la ingeniería genética, con todos los monstruos que incuba y todos los paraísos que promete. Debe pensar hasta dónde puede ir la producción de los transgénicos sin afectar la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas; terciar en la polémica sobre las implicaciones éticas de la manipulación de las células madre; decidir si es ético dividir a la humanidad en dos clases: los superhombres diseñados en laboratorio, y los pobres mortales; si será providencial o monstruoso clonar los genios; y lo más dramático: si los sistemas de salud no tienen cómo atender a los pacientes con nuestra medicina de química y bisturí, arcaica pero económica, ¿cómo podrán sufragar la costosa medicina genética?
Sugiero dejar por fuera la inteligencia artificial. Es un engendro tan asombroso y reciente, que el filósofo prudente debe tomarse un tiempo antes de sacar conclusiones al respecto.
Reflexione, querido lector, sobre estas siete materias con un método que combine la prosa de Schopenhauer, el delicado cinismo de Ciorán y la bondad parabólica de Jesús, y será el filósofo del siglo XXI.
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