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Eduardo Sacheri y la guerra de las Malvinas: “Fuimos incapaces de humanizar la guerra”

Para el autor argentino, la ficción no reemplaza a la historia: la complementa. En esta conversación explica por qué eligió contar las Malvinas desde los personajes comunes y no desde los héroes en su libro “Qué quedará de nosotros”, además de pensar en las razones por las que esta guerra ha generado menos novelas que la dictadura argentina.

Santiago Gómez Cubillos

02 de agosto de 2026 - 09:00 p. m.
En “Qué quedará de nosotros”, Eduardo Sacheri se centra en los soldados argentinos durante la guerra de Las Malvinas.
Foto: EFE - FERNANDO VILLAR
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En una entrevista, usted dijo que los grandes unificadores nacionales de Argentina eran las Malvinas y la Selección. En sus palabras, ¿qué significa todavía este hecho, incluso tantos años después?

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Bueno, en general, para públicos no argentinos suele ser importante hacer esta aclaración: el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas es muy anterior a la guerra de 1982. Es decir, venía de décadas antes el reclamo a los británicos, y la sociedad argentina sentía como un derecho, una necesidad, una imperiosa reivindicación recuperar las islas. Y hoy, más de 40 años después de la guerra, eso sigue siendo igual. Es decir, el deseo de las Malvinas es algo que cruza a la sociedad argentina geográfica, social y políticamente. Por eso hablaba de las Malvinas como un gran elemento identitario. Y no encuentro otro, además de las Malvinas, que tenga el mismo poder unificador que la Selección de fútbol. Conversando durante el Mundial de Catar, esa sensación de unión nacional se veía muy fuertemente. Pero no solo se veía: además, se mezclaban las dos cosas. Viste, que en Argentina nos gusta mucho hacer canciones de cancha, tomando una música existente y cambiándole la letra. Hubo un cantito que se viralizó —cuando te digo que “se viralizó”, quiero decir que lo cantaba todo el mundo todo el tiempo, ni hablar después de haber ganado el Mundial. Ese cantito hablaba de Maradona, hablaba de Messi y hablaba de “los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”, todo en la misma canción. Yo creo que tiene que ver con ese nivel inconsciente de aquello que nos une. No disminuyó en absoluto el poder simbólico de ese amor.

Usted también comentaba que, si bien se había hablado bastante sobre la guerra de las Malvinas y que en la historia argentina es un episodio que ocupa un espacio muy grande, para usted existía un vacío dentro de esa reflexión desde la ficción. Es decir, que nadie se había detenido realmente a pensarla desde ese lugar.

No me atrevo a decir tanto como “un vacío”, es decir, la nada misma, sino una infrecuente escasez de voces literarias, cinematográficas, teatrales o musicales; es decir, artísticas en general, en relación con la guerra de Malvinas. Hay algunas novelas, pero no son muchas. Hay un par de películas, pero son eso: un par de películas. Mientras que otros temas traumáticos de la Argentina, como la dictadura militar y las violaciones a los derechos humanos, sí han suscitado una enorme cantidad de producción en la ficción, la guerra de Malvinas ha sido mucho menos fecunda. Creo que eso tiene que ver con que la sociedad argentina tuvo un rol que luego la incomodó en la guerra de Malvinas, cosa que no le sucedió con las violaciones a los derechos humanos. En ese caso, la sociedad puede sentirse inocente; en cambio, no puede sentirse igual de inocente respecto de la guerra, por el apoyo triunfalista, encendido y masivo que existió alrededor de la recuperación de las Malvinas.

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Entonces, desde ese punto de vista, la guerra de Malvinas es una memoria incómoda, porque es una memoria parcialmente culposa.

Y, aun así, creo que eso tiene un matiz. Muchas de las personas que tenían esa actitud triunfalista, belicista y muy nacionalista de “vamos a recuperar las Malvinas” también estaban pobremente informadas. Creían que Argentina estaba ganando, cuando en realidad la situación era completamente distinta.

Sin duda. Estamos hablando de una época en la que una dictadura podía ejercer el monopolio informativo. Pero me atrevo a agregar algo más: la sociedad también estaba muy dispuesta a creer lo que el gobierno militar decía. Te digo esto porque, si bien la televisión y la radio estaban en manos de los militares, los periódicos y las revistas no. Y no encuentras actos de censura directa sobre esos medios, sino más bien una estrategia de los propios periódicos y revistas de duplicar la apuesta triunfalista. Es decir, tomaban ese discurso de los militares —totalmente fantástico, ingenuo y patriotero—, lo potenciaban y, al hacerlo, también potenciaban sus ventas. Por eso te decía que es cierto que hubo una enorme falta de información, pero también hubo una sociedad muy dispuesta a creer esas buenas noticias y, sobre todo, a lavarles la sangre a los militares. Durante todo el conflicto, incluso cuando ya era evidente que había una guerra, que había bombardeos en las islas y luego el desembarco inglés, en ningún momento hablábamos de muertos ni de lo que la guerra implicaba para los soldados. La vivíamos como una especie de partida de ajedrez. Fuimos incapaces de humanizar la guerra hasta el final. Recién en las décadas posteriores la sociedad fue capaz de empezar a humanizar a los veteranos y decir: “Bueno, estos son los soldados que sufrieron y padecieron la guerra en primera persona”. Pero fue un proceso muy largo y muy difícil.

¿Cuál es, para usted, el valor de hablar sobre estos hechos históricos, no desde un libro de historia, con objetividad o con rigor académico, sino desde lo humano, desde la ficción, desde el arte? ¿Qué valor tiene eso para usted?

Yo creo que la ficción siempre es una invitación flexible, diversa y poco estructurada a volver a pensar las cosas. Es un camino diferente al del rigor académico, pero que nos permite encontrar sentido en lo que hemos vivido las personas y las sociedades.

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Por eso la pienso como un camino alternativo que colabora con el conocimiento. No lo reemplaza, sino que lo complementa y lo enriquece. Hay una libertad propia de la ficción; existe un pacto entre quien escribe y quien lee: “esto no sucedió, podría haber sucedido”; “esta gente no existe, son personajes”. Y, sin embargo, con esos personajes ocurre algo raro: terminamos apropiándonos de ellos como si fueran personas de verdad. Pero lo hacemos con un margen de libertad mayor precisamente porque sabemos que no lo son. Paradójicamente, eso hace que los sintamos más cercanos. En este caso, por ejemplo, ¿cuál puede ser la relación entre un lector colombiano y la guerra de Malvinas? Ninguna. Pero sí puede existir una relación entre un lector colombiano y la guerra; entre un lector colombiano y el sufrimiento, la muerte o el dolor. Y ese me parece un punto de encuentro mucho más poderoso.

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Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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