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El árbol dormido (Los Diarios de Santaora)

En esta entrega se explora los paisajes íntimos y los movimientos internos. Un viaje de memorias y emociones conectadas por viejas raíces y ramas bailarinas.

Julia Díaz-Santa*

11 de marzo de 2026 - 08:00 p. m.
Collage con fotografía icónica de Martha Graham, tomada por Barbara Morgan en 1940.
Foto: Barbara Morgan
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No sé cuántas veces, pero sí durante cuántos años, estuve mirando un ficus enorme que estaba frente a la piscina en la casa de mi abuelo. Tal vez fueron tres décadas notando sus melenas grises, sus ramas fuertes de hojas verdes y esas raíces gruesas que salían de la tierra. Podía verlo a la distancia, mientras una buena parte de mi cuerpo se sumergía en el agua y mis manos sostenían la barbilla sobre la superficie de granito, en el borde. Casi inmutable, ese árbol desapareció de mi vista hace ya más de diez años.

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Tómame una foto, así como que no me doy cuenta. Un día le pedí a alguien que me retratara acostada en medio de esos ríos firmes y gruesos de sus raíces. Quería un registro perdurable. Ahora me doy cuenta de que no era necesario, he olvidado rostros, direcciones, amores, fechas, pero nunca la sensación de ese paisaje.

Para Martha Graham, los árboles eran posiblemente los objetos más bellos del mundo. En su Memoria de Sangre, ella contó que su estudio de danza tenía una puerta que daba al patio. En él había un árbol: “era un arbolillo minúsculo cuando me instalé aquí y, aunque le cortaba el camino una puerta metálica, insistió y creció hacia la luz; y hoy, treinta años después, es un árbol de tronco muy grueso con el alambre en su interior. Avanzó hacia la luz, como un bailarín, y lleva dentro las cicatrices de su viaje”.

Después de leer esa página, me alegré ingenuamente al darme cuenta de que ella también vio lo improbable desde los ritmos humanos: la paciente y a la vez enérgica danza de los árboles.

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No me refiero a ese movimiento efímero que es evidente cuando el viento los mece. Hablo de los troncos y las ramas aparentemente congeladas que parecen estáticas. Para llegar a esas posiciones, figuras complejas están en un perfecto balance, ellos han tenido que moverse lentamente, por décadas, manera de imperceptible para el ojo humano. Nuestro tránsito, como nuestro aliento, es muy breve comparado al de esas especies y por eso creemos que no danzan. Nada más lejos de la realidad.

Así que leer ese texto me conectó con uno de mis pequeños rituales íntimos. Fue hace muchos años cuando empecé a ver los árboles, e incluso las pequeñas plantas, como seres dueños de una misteriosa y muy parsimoniosa danza. Todavía hoy, cuando camino por los parques o por el campus de la universidad, me gusta notar los arabesques, los port de bras, las formas y líneas angulares o quebradas en las ramas de los árboles. Hay unos, por ejemplo, que tienen posiciones con torsos inclinados donde los brazos trabajan en contracción y suspensión. ¿Cuánto tiempo tardaron en llegar a esa posición? ¿cuánto tiempo las conservarán en equilibro? Muchas vidas humanas, indudablemente.

Un árbol no deja ver el bosque

Martha Graham nació un 11 de mayo de 1894. Fue una de las tres hijas de George Graham, un médico estudioso de casos clínicos sobre afectaciones del funcionamiento del sistema nervioso. Digo en voz alta sistema nervioso y mi mente expandida dibuja ese otro árbol, que comprende el encéfalo, la médula espinal y los muchos nervios que se propagan por todo el cuerpo.

Pero no somos un solo árbol, somos un bosque. Ramón y Cajal, español, neurocientífico, histólogo y artista, fue quien por primera vez dibujó sistema nervioso como una tupida floresta. Precursor de la neurociencia moderna, descubrió las neuronas individuales como un conjunto de raíces interconectadas por todo el cuerpo humano. Lo hizo en 1888, solo pocos años antes de que Martha Graham naciera.

Un follaje nos habita y nosotros habitamos en él. “La columna vertebral del cuerpo humano es el árbol de la vida. Y mediante ella, el bailarín se comunica. Dice con su cuerpo lo que no puede expresar con palabras y, si es puro y franco, puede convertir su cuerpo en instrumento dramático”, escribía la bailarina en sus memorias.

Esa columna, con sus treinta y tres vértebras, protege la médula, parte central del cableado más importante del cuerpo humano. Esa médula, junto a su encéfalo y su red de nervios y ganglios periféricos, comprende el sistema nervioso, que como digo, no es un solo árbol sino un ecosistema natural completo. Una red que conecta y lidera los demás sistemas del cuerpo: endocrino, digestivo, urinario, musculoesquelético, reproductor, respiratorio. El gran responsable de coordinar las funciones corporales y mentales como el pensamiento, el movimiento y las emociones.

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La bailarina y el médico estaban al borde del mismo abismo. El bosque que nos habita y en el cual habitamos. El arte y la ciencia, una vez más unidos por las ramas de esa metáfora antigua llamada árbol.

Legato

Un ser humano promedio realiza alrededor de seiscientos a setecientos millones de respiraciones a lo largo de su vida. Los árboles, en cambio, respiran mucho más lento. Y lo que es más importante aún, respiran menos. Se necesitan, en promedio, entre siete y veintidós árboles para cubrir la demanda de oxígeno de una sola persona durante un año, dependiendo del tamaño y la especie.

De ahí que sean más eficientes, de ahí que bailen más despacio. A un danzante le toma solo unos segundos hacer un arabesque y luego un par de segundos más perder el equilibrio de nuevo. Para llegar a esa misma figura de danza, un árbol puede tardarse doscientos años y puede durar en perfecto balance el doble de tiempo. Se necesita más que paciencia, para imaginar el legato en el movimiento de sus brazos. Y vuelvo al punto desde otro aliento: no están quietos, su fluidez no se detiene, pero se escapa a nuestra percepción. Pensamos que ellos están estáticos solo porque nuestro tiempo es limitado.

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Martha Graham llegaba a su estudio de danza todos los días, un poco antes de las dos de la tarde. Se sentaba sola en ese salón de pisos gastados y observaba su árbol en silencio. Antes del arribo de los bailarines, respiraba honda y pausadamente, en reposo. Se aseguraba de tener varios minutos para esto, porque así construía su lugar seguro, porque solo así clarificaba su propósito.

No sé dónde queda ese estudio, pero viajo hasta ahí. Constato que ese espécimen vegetal ha sobrevivido a más de mil pasos humanos bajo su sombra. Y que su contraction and release ha durado muchas décadas más que la danza de la precursora de la escuela moderna.

Atahualpa Yupanqui dijo: “el árbol que tu olvidaste siempre se acuerda de ti”. Yo perdí de vista el bosque de mi abuelo y aunque a veces lo sueño, escribo esto para regresar de manera lúcida a ese paisaje. Han pasado muchos años, me gusta pensar que nadie lo ha derribado y que sigue avanzando hacia la luz, con la paciencia de doscientos años. A veces, cierro los ojos y me siento debajo de su sombra, al borde de la piscina. Bajo su protección, las cicatrices de mi viaje son solo rasguños y mis palabras, acaso, notaciones de una antigua nueva danza.

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*Directora de la carrera de Danza y Artes del Movimiento de la Universidad Javeriana, sede Cali.

Por Julia Díaz-Santa*

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