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El barco de esclavos y el infierno de la trata de seres humanos (El teatro de la historia)

El barco de esclavos fue una perversa máquina de producción de capital, una prisión móvil en la cual se transformaron seres humanos en mercancía y en una lucrativa fuerza de trabajo.

Mauricio Nieto Olarte

25 de febrero de 2026 - 02:19 p. m.
Plano del barco de esclavos Brookes, 1788.
Foto: Wikimedia
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Lejos de ser un cuento de hadas, muchas veces nuestro pasado parece una historia de terror. La realidad de la crueldad y la violencia de los seres humanos con sus congéneres parece superar la imaginación más retorcida. En esta oportunidad nos ocupamos de uno de los mayores dramas de la historia humana: el secuestro, venta y abuso de millones de seres humanos.

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Mucho se ha escrito sobre la esclavitud, pero no sobra recordar los aterradores números.

A lo largo de casi 400 años, desde el siglo XV hasta finales del siglo XIX, 12,4 millones de hombres, mujeres y niños, fueron arrebatados de sus hogares en diversos lugares de África y llevados a un mundo lejano y extraño al otro lado del Atlántico.

En la travesía murieron 1,8 millones y sus cuerpos fueron arrojados al mar para alimentar tiburones que merodeaban los barcos. Los más de 10 millones que sobrevivieron el infernal viaje fueron vendidos para pasar el resto de sus vidas siendo objetos de una brutal explotación al servicio de prósperos terratenientes en las colonias americanas. Una vez en América y el Caribe, muchos de ellos murieron como consecuencia de las inhumanas condiciones de trabajo

La estadística y los números son perturbadores, pero poco dicen sobre el drama humano que vivieron todas y cada una de estas personas. Drama, además, imposible de reconstruir en su verdadera dimensión con tratados de historia y, mucho menos, en un corto artículo de prensa.

Mi interés por la historia de la navegación y la conquista de los mares me llevó a leer al historiador norteamericano Marcus Rediker, quien es el autor del libro de historia más perturbador que he leído en mi vida. “Barco de esclavos”. Este es un texto conmovedor con el que el autor logra ir más allá de los números y hacer visible, tanto el dolor humano, como el poder y los responsables de esta brutalidad. Siguiendo el trabajo de Rediker, hoy centramos nuestra atención en una imagen del interior del Brookes, una de las naves diseñadas para la movilización de una particular mercancía de seres humanos. La imagen muestra 482 esclavos “bien estibados”, pero se sabe que el Brookes llegó a trasportar más de 600 esclavos separados y clasificados en “habitaciones” para niñas, niños, mujeres y hombres. El número era un factor económico importante: entre más individuos se pudieran hacinar en el mismo espacio, mayores las ganancias para sus comerciantes.

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A los hombres les correspondía un espacio de un metro y ochenta centímetros por cuarenta centímetros de ancho, a los niños un metro y medio por treinta y cinco centímetros, las mujeres un metro setenta por cuarenta centímetros, y las niñas un metro veinte por treinta y cinco centímetros. Los esclavos provenían de diferentes regiones de África, en su mayoría de la costa occidental del continente, de manera miembros de una familia o comunidad lingüística, al igual que completos desconocidos, podían compartir las bodegas.

El Brookes realizó diez exitosos viajes, transportando más de cinco mil africanos de los cuales sobrevivieron 4.500, con una taza de algo más de 10% de muertes, cercana al promedio de cuatro siglos de trata. Con el aire, el agua y la comida imprescindible para mantenerse con vida, los esclavos se vieron condenados a un encierro claustrofóbico de constante terror de muerte por asfixia o por la violencia de sus captores. Con el fin de mantener a los prisioneros con vida, el confinamiento tenía algunas pausas en las cuales eran obligados a bailar al ritmo de tambores y violines. Los barcos disponían de un macabro arsenal de instrumentos de tortura: grilletes, esposas, candados, collares, hierros de marcar y los látigos de nueve colas. A pesar de las sofisticadas tecnologías de terror a bordo, el 10% de los viajes sufrieron insurrecciones de sus prisioneros apoyadas por mujeres y niños, a quienes generalmente se les permitía permanecer sin cadenas mientras estaban a bordo.

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El suicidio y la huelga de hambre fueron desesperadas y radicales formas de resistencia, que debían ser controladas para evitar disminución en las ganancias. Los barcos estaban rodeados de redes para prevenir suicidios no deseados de quienes preferían arrojarse al mar y los encargados de mantener con vida los esclavos hacían uso de un instrumento, speculum oris, un largo y delgado artefacto mecánico utilizado para abrir las gargantas y forzar la ingestión de alimentos de los esclavos renuentes a recibir alimentos y dispuestos a morir de hambre.

La misión de estas naves y su tripulación era mantener con vida y bajo sumisión el mayor número de esclavos posibles en travesías infernales que duraban entre ocho y doce semanas. Desnudos, encadenados, marcados y almacenados bajo cubierta en las peores condiciones de hacinamiento, los barcos de esclavos no solo fueron un medio de transporte, sino un pérfido recinto en el cual se despojó a millones de personas de sus lugares de origen y de sus familias. Se les arrancó su pasado y su cultura, anulando así su identidad individual y negando su humanidad. Fue un violento rito de iniciación a una nueva vida de sometimiento.

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Las omnipresentes ratas, la falta de higiene, las heridas sin tratamiento y la pobre alimentación propició la proliferación de infecciones y enfermedades. Cuando el barco negrero se acercaba a su destino, los quebrantados pasajeros eran preparados para la venta; les cortaban y teñían el pelo, les aplicaban cáusticos para ocultar sus llagas y frotaban aceite de palma para que sus cuerpos aparentaran buena salud.

Diversas versiones de la imagen del Brookes y los textos que la acompañaron jugaron un papel importante en la conciencia de un amplio público que empezó a reconocer la atrocidad no visible de la esclavitud e incluso hizo parte de los debates del parlamento inglés sobre la reglamentación y eventual prohibición de la trata de esclavos.

Tengo un profundo respeto por mis colegas que se han dedicado a la reconstrucción de la barbarie y el dolor humano. El silencio y el olvido de esta, como de muchas otras atrocidades, le hace daño a una humanidad que de manera inconsciente repite sin cesar los mismos crímenes. El futuro depende en gran parte de su memoria y alguien tiene que hacer la tarea.

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El siglo XVIII, llamado “siglo de las luces”, celebró el inicio de un mundo cosmopolita con valores de libertad, igualdad y fraternidad, pero, al mismo tiempo, en plena Ilustración prosperó uno de los negocios intercontinentales de mayor rentabilidad: el tráfico de seres humanos. Charles Darwin, quien presenció la violencia de la esclavitud en territorio americano, fue testigo de una degradación humana que consideró mayor a la de cualquier animal doméstico: “Si la miseria humana no es consecuencia de las leyes de la naturaleza sino de las instituciones humanas, nuestro pecado es muy grande”.

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Por Mauricio Nieto Olarte

Mauricio Nieto Olarte es filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en Historia de las Ciencias de la Universidad de Londres.
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