4 Feb 2016 - 3:54 a. m.

El centenario de Daniel Santos

Esta celebración es un obligado tributo al bolero, ese género “corruptor de mayores”, que El Jefe lideró hasta el punto de inspirar semblanzas como “Vengo a decirle adiós a los muchachos”, de Josean Ramos.

Libaniel Marulanda

Las canciones, orquestas y cantantes tocan la puerta de nuestros oídos y bien pronto anidan en el bosque de aquellos primeros recuerdos que al final de los años, igual que pasa con la calidad de las fotos centenarias, parecieran procesadas con un fijador a prueba de senectud. En la memoria distante de nuestros pueblos y ciudades arraigaron canciones y cantantes con la intervención de los discos de acetato, las rocolas y la radiodifusión. Al intentar una antología memorable de voces, entre las inaugurales melodías con sabor urbano surgirá un cantante, creador de un estilo que trascendió el medio siglo y la discografía latinoamericana y que tiene tras de sí una historia de vida tan singular como su ser artístico. El centenario de su nacimiento será un acontecimiento para celebrarse con todas las notas en el proletario barrio de Trastalleres de Santurce, Puerto Rico, este 6 de febrero de 2016.

Soy un músico setentañero empírico, de esos a quienes la ausencia de gramática y academia forzó a ser baquianos y nadadores en todas las aguas de la vieja buena música popular; de esos que nacieron con los oídos cosidos a la radio y sobrealimentados de boleros y boleros, y la adolescencia les llegó mientras compartían tarimas, asombros y los primeros aguardientes. Tuve la suerte de que la pequeña ciudad donde crecí fuera el principal cruce de caminos, en la época en que era audible la fanfarria tocada por una maravilla mecánica llamada tren. La generación nuestra, en lo externo fue la de la posguerra, las dictaduras tropicales, el macartismo, y en Colombia, además, la de la Violencia, el bipartidismo excluyente y el Estado de Sitio. También esa época acunó las ideas peligrosas para el establecimiento, y con el laureanismo coexistieron las luchas agrarias, laborales y la esquiva quimera socialista.

A mediados de los setenta los integrantes de un colectivo de teatro y música de abierta inclinación revolucionaria, que creíamos tener una cosmovisión del cancionero contestatario, tuvimos la sorpresa de conocer a un Daniel Santos distinto y distante del artista escandaloso, farandulero, bohemio e imitado hasta extremos caricaturescos; ese a quien los marihuaneros de Medellín bautizaron como El Jefe. La cosa fue así: Miguel González, enfebrecido simpatizante y corrector supernumerario de pruebas de El Tiempo, apareció con un casete de canciones antiimperialistas. Contó que se lo había prestado Enrique Santos Calderón (eran los tiempos de su columna “Contraescape”). Claro que sabíamos que un eufemismo gringo designaba a Puerto Rico como Estado Libre Asociado, pero de Daniel apenas teníamos el registro pseudo patriótico de Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque fue enrolado por el ejército norteamericano para pelear en otras tierras por una tierra que tampoco era la suya.

La letra, obviamente aprendida, decía: Señores yo siempre he dicho / que yo no tengo bandera / porque la que me han negado / es juguete de cualquiera. / De aquel que la ha traicionado / de aquel que la entregaría /de aquel que la ha presentado / con la de la tiranía. / Que me perdonen los hombres / que la quisieron bravía / Si yo ya tengo los nombres / de quienes la venderían / Yo quisiera una bandera / plena de soberanía / que no la use cualquiera / con su politiquería / que libre y sin compañera / flotara en la patria mía. Alguien entonces nos contó una historia oportuna y romántica: que el mismísimo jefe, que para ese 1971 estaba actuando en Cali, se presentó en la plaza de banderas de los Juegos Panamericanos y tras liberar la de Puerto Rico de la forzosa compañía de la bandera de Estados Unidos, volvió a izar sólo la suya, con lo cual realizó de manera simbólica el supremo anhelo independentista, consignado en el acervo de composiciones de su cancionero patriótico.

La conmemoración centenaria del nacimiento de Daniel Santos es la más calva de las ocasiones para que la dispersa y millonaria vertiente de seguidores suyos organicen eventos aquí y allá. El acontecimiento es otro obligado tributo al bolero, género “corruptor de mayores”. El origen caribe, el entorno cultural y su coloración de piel , lejos de ser una barrera, más bien fueron el seductor elemento para conseguir visa universal y entronizarlo como ritmo celestino, al amparo del cual y durante muchas generaciones han nacido, vivido y muerto romances. El boom danielista produjo tantos imitadores como boleros y guarachas suyas se oyeron.

Daniel es un ícono omnipresente en la bohemia latina. De su fértil producción no se escapó Gabo, a quien le compuso El hijo del telegrafista, ni el cura Camilo Torres. Pese a que es desconocido por los jóvenes habitantes de Trastalleres, su barrio natal en Santurce, algunas notas de prensa dan cuenta de diversos eventos que se harán este 6 de febrero en su cantada Borinquén. Al frente de esa misión está Josean Ramos. ¿Y quién es este señor? Pues bien, es un periodista puertorriqueño criado en Nueva York, que en 1987 aceptó el oficio de secretario de prensa y biógrafo oficial del personaje. Cuando advirtió que la dependencia laboral castraría la creación artística, renunció y prefirió dedicarse a seguirlo en sus giras e investigar con rigor. Lo que pudo ser biografía autorizada, mudó de piel y se convirtió en la singular novela Vengo a decirle adiós a los muchachos.

Fui presentado al escritor en Armenia cuando Asochimylco, una asociación de boleristas empedernidos, lo invitó de manera exclusiva como conferencista a un evento aniversario del colectivo y de homenaje al Anacobero. De entrada supimos por él que El Jefe aparece con dos fechas de nacimiento, pese a que la verdadera es el 6 de junio de 1916. Llevado por razones más poéticas que históricas, Josean apuntó su pluma hacia el 6 de febrero porque además el mismo Daniel lo dijo, y así quedó escrito décadas atrás. Después el autor lo descubrió y aclaró en la nueva parte de su novela: la supuesta fecha fue una licencia cronológica que se tomó el personaje tras un torturante y memorable ritual de vudú, cuando un sacerdote haitiano lo engrupió con que era del signo Acuario y no de Géminis. Así que la fecha por celebrarse pertenece más a rituales diabólicos que a protocolos notariales.

El ser puertorriqueño pero saberse habitante de un enclave neocolonial, proveyó a Daniel de una actitud política y una recia vocación libertaria, en contravía de la vacilante resignación de una población que negó y sigue negando los plebiscitos separatistas. Desde sus primeros compases vitales se puso lejos de la visión epidérmica, cobarde y silente de los medios faranduleros, que esquivaron siempre encarar la verdad encadenada a un eufemismo indignante. He aquí el mérito de méritos de El Jefe y la invaluable investigación y demás sudores literarios de Josean Ramos. La irrupción artística del bolerista y guarachero produjo un ejército de imitadores. Por el hecho de colonizar las rocolas y los corazones marginales de nuestras sociedades pacatas, Daniel fue asociado por la moral y el acartonamiento imperante a las cantinas, las putas y los marihuaneros. Solo el paso del tiempo y el peso de la historia lograron exorcizar aquellos prejuicios parroquiales.

Josean Ramos le puso tanta pasión al asunto que apresuró la edición de la segunda parte de Vengo a decirle adiós a los muchachos, que contiene una generosa crónica titulada Recuerdos, memorias y otras nostalgias de Daniel Santos. Al ganar en formato y extensión, ahora es una novela de 480 páginas donde convergen excelente narrativa y certera investigación. Revisten especial significado tres sucesos que rodearon el evento pertinente a la nueva edición del libro. Primero, la introducción del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, premio internacional de novela Alfaguara (Margarita, está linda la mar), donde alude su lanzamiento en el Eje Cafetero. El segundo hecho notorio es la celeridad con que el autor cerró la edición diez días antes de su viaje a Colombia, en noviembre de 2015 como lo ratifica el pie de imprenta. Lo último es el precio: 40 mil pesos por un libro impreso e importado de Puerto Rico.

La remozada novela de Josean contiene numerosas fotografías y reproducciones facsimilares de notas, panfletos, manifiestos políticos, reflexiones y letras. Incluye un cancionero patriótico con una veintena de letras y algunas partituras. Un amigo del autor lo condujo a El inquieto anacobero, un salón con una extensa memorabilia del cantante, situado en las playas de Ceiba, Puerto Rico. El espacio hace parte de El Rincón de Kamenza y Óscar, donde canta Kamenza Betancur, prima hermana de Daniel. Ella le entregó a Josean varias cajas salvadas de la basura, las cucarachas y los hongos. La cantidad de manuscritos hallados, a punto de desleírse por la humedad y los hongos, que eran casi ilegibles porque Daniel los escribía al ritmo de sus libaciones, dada su importancia histórica llevaron al escritor y a su infatigable mujer, Lenis, a realizar rituales invocatorios para que éste desde el más allá coadyuvara al descifrado de los textos.

El centenario de El Jefe ha traído consigo el tardío pero efectivo descubrimiento del otro Daniel Santos: el patriota, el activista asediado por el FBI, el compositor de la canción Sierra Maestra, un himno previo al triunfo de Fidel y sus barbudos pero que luego habría de ser marginada del decálogo de canciones revolucionarias cubanas. Por Josean Ramos y sus desvelos literarios, supimos de la existencia de otras cincuenta canciones inéditas para sumarles a las cuatrocientas que compuso ese comprometido cantor que, igual que Chaplin y muchos artistas residentes en Estados Unidos, fue macartizado y presa jugosa del amarillismo. Leídas las cuatrocientas ochenta páginas escritas por el exsecretario de prensa de El Jefe, concluyo que su libro no tuvo que cojear para obtener el sitio que, en aras de la justicia histórica, su palabra de escritor y la entereza política de Daniel Santos se ganaron a pulso y en contravía.

* Algunas biografías de Daniel Santos registran el 5 de febrero de 1916 como su fecha de nacimiento.

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