Voltaire definió el fundamentalismo como un celo apasionado y ciego bajo el cual somos capaces de cometer los actos más atroces, no sólo sin remordimiento, sino con algo parecido a la alegría y al consuelo. El fundamentalismo en su opinión es la superstición llevada a la práctica. Tenía en mente, cuando produjo estas ideas, sucesos como la condenación y muerte del médico español Miguel de Servet, quien fue llevado a la hoguera por Calvino, el líder religioso. Se cuenta que durante la reclusión previa a su muerte, Servet dejó de hablar, pero era visitado a diario por Calvino quien a las carcajadas lo incitaba diciéndole que no le cortarían la lengua, que sólo lo quemarían.
Eso justamente es el fundamentalismo en la visión volteriana -y qué acertado sigue siendo doscientos cincuenta años después-: el fundamento es el sentido de “propósito”, la alegría que produce el sufrimiento ajeno en pos del ejercicio de una serie de ideas. Hay que ser cínico para burlarse de un hombre que en vísperas de su muerte decide guardar silencio ante las acusaciones de herejía en las sutiles cuestiones teológicas que se le endilgaban
Los ilustrados libraron una batalla relativamente exitosa contra el fundamentalismo de su tiempo. No se trataba, al igual que hoy, de un fundamentalismo sólo religioso. El celo apasionado y ciego bajo el cual se cometen atrocidades con alegría se daba también en las esferas de las relaciones interpersonales, del trato con los animales, de la política.
Considérese la lucha de Trump contra los migrantes. Proyecta la idea de que estamos haciendo todo lo que hay que hacer contra el flagelo de la migración, independientemente de si por ello deben morir algunos o si hay que arrestar niños…así de enfocados y estrictos somos. Es el fanatismo volteriano en su más pura expresión: lleva a la práctica la superstición de la perversidad del extranjero. Este tipo de acción fundamentalista tiene por sentido enviar un mensaje.
La enorme carga simbólica que ha tomado la política contemporánea excede por mucho la de otras épocas. Poco importa si se logra un impacto real sobre la migración ilegal, que por lo que sabemos puede estar de hecho aumentando. La política fundamentalista deja contento al votante. Pero más allá de ello, hay alegría de algunos por estas acciones. Nunca somos tan felices como durante las ejecuciones, para seguir la idea de Nietzsche en “La Genealogía de la Moral”.
El teórico alemán Hubert Schleichert retoma en 1996 el concepto de Voltaire. Fundamentalistas (también los llama fanáticos) son las acciones y creencias, nos dice en su libro “Cómo discutir con un fundamentalista sin perder la razón”, que se siguen del principio “Verdad sobre Humanidad”. Si yo postulo el Partido, la Revolución, la Cruz, la flagelación o el Corán como fuentes de verdad que deben ser observadas por encima de las condiciones de vida de las personas concretas, estoy siendo fundamentalista.
En Colombia, cuando un niño pisaba una mina puesta por las FARC, los “revolucionarios” solían decir que era un hecho dolorosísimo, pero que se trataba de una “contingencia de la guerra”. ¿Qué puede importar el pie de un niño si la lucha que se libra es tan valiosa e importante? Los individuos deben dar su integridad o incluso su vida por el “bien mayor”.
La definición de Schleichert extiende y aclimata las ideas de Voltaire al presente. Sin embargo, se queda corta en dos aspectos. En primer lugar, nuestros fundamentalismos van más allá de la “Humanidad”. Las acciones fanáticas contemporáneas sobrepasan la barrera de las especies; cometemos actos de fundamentalismo no sólo contra otros humanos, sino contra los animales, en las corridas de toros por ejemplo, en los actos de crueldad derivados del cautiverio, la explotación y la experimentación.
El toreo se hace bajo la “alegría” de estar practicando un arte, en medio de los vítores de personas que aclaman extasiadas el momento de la muerte del animal. Deberíamos sustituir la palabra “humanidad” entonces por “dolor”. Fanatismo es “Verdad sobre Dolor”. No hay nada peor que causar sufrimiento innecesario, dicen los filósofos liberales.
En segundo lugar, la idea de Schleichert habla de “Verdad”. Lo que hoy vemos es que son posibles acciones fanáticas en un mundo sin grandes verdades ni ideologías. La persecución trumpista a los migrantes mucho se asemeja a la purga judía durante la era nazi, sólo que no hay ideología más allá del dinero. Mussolini tenía ideas políticas más claras que las de Trump, o al menos estaban estipuladas en un programa llamado “fascismo”. ¿En qué consiste el ideario político de Trump…variable, sujeto a su temperamento, que va y viene según los halagos y los intereses?
Vivimos en un mundo sin utopías y sin embargo, las formas en que nos espiamos, nos acusamos, nos perseguimos son propias de un fanatismo similar al calvinista. Podemos ser fundamentalistas sin ideas de por medio. En Irán han muerto alrededor de 3200 manifestantes -6200 dicen algunas fuentes- en las protestas recientes. El régimen ha prohibido enterrar a algunos de ellos en las ciudades, por lo cual los parientes de las víctimas deben huir en medio de la noche y darle sepultura a sus muertos en algún paraje a lo largo de una carretera, como lo ha denunciado la BBC. No hay mejor ejemplo de un celo apasionado y ciego, de una acción simbólica política que no logra nada más que la humillación del otro como en el caso de Servet.
En Rusia, si el perro de un vecino invade mi jardín, puedo denunciar el hecho ante las viejas oficinas de control de tiempos estalinistas, sólo que ya no hay ideología de Estado más allá del interés geopolítico y monetario de Putin como se ve en Ucrania. ¿O es posible creer la versión oficial del gobierno ruso que dice que están combatiendo el nazismo en el país de Zelensky?
Fanatizar a un chico es relativamente sencillo. Basta inculcarle una serie de ideas, actitudes y pasiones que se sienten como propósito, como claridad, como identidad. La película de 2008 “La Ola” ofrece un estupendo ejemplo de cómo es posible llevar a un grupo de estudiantes en un colegio a fanatizarse.
Enseñar a pensar con apertura, con incertidumbre, lo propio del pensamiento no fanatizado, por el contrario, es un esfuerzo negativo, del “no hacer”. Implica una de las cosas más difíciles del mundo: dejar al otro surgir y desarrollarse de tal manera que él pueda aflorar sin odios heredados.