Hace 115 años, un 17 de julio, murió en Francia uno de nuestros filólogos ilustres. Entre los muchos nombres de la errancia colombiana en París, el de Rufino José Cuervo sigue siendo uno de los más ejemplares y a la vez de los más enigmáticos. Este bogotano que balbuceaba en 32 lenguas, pasó casi tres décadas deambulando por las bibliotecas parisinas, mientras los primeros modernistas se embriagaban en los burdeles y en los cafés. Cuervo es recordado por una labor titánica, infinita y demente: desde el París decimonónico tuvo la obsesión cotidiana de compilar un diccionario de esa lengua que se hablaba, mayoritariamente, a más de diez mil kilómetros y tres semanas de barco.
Rufino José Cuervo nació el mismo año que otro gran filólogo: Friedrich Nietzsche. En 1844 la República de Colombia seguía empantanada en una larga infancia. Los herederos de la gesta libertadora insistían, con esa crueldad de los niños frente a las hormigas, en liquidar a quienes tenían el caminado diferente. Los nuevos colonos no eran más que las élites nacidas en América; una nueva guerra bipartita proseguía, hasta el día de hoy, en la cual las uniones esporádicas tenían como objeto anular la emergencia de una tercera fuerza. En este contexto el padre de Cuervo llegó a ser vicepresidente y la madre a preparar uno de los chocolates más exquisitos de la capital.
De contextura frágil y carnes enfermizas, los fisonomistas del XIX catalogaron a Cuervo como un ser dotado de manera irregular y bastante injusta. A los ocho años, su padre murió. A los diecisiete, una segunda crisis lo devastó. Fueron los días de la expulsión de los jesuitas, de las turbulencias económicas, de la precariedad inesperada. Mientras Rufino José permanecía en casa, su hermano Ángel, para mantener a la familia, se exilió en una mina de sal y en otra de carbón durante seis años. Después, también obligado a trabajar, Rufino José se convirtió en profesor. De sus alumnos no se conservan grandes ni pequeños testimonios. En todo caso, no es más que un delirio: muy pronto, Cuervo abandonaría el profesorado.
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Mal peluqueados y con los calcetines rotos, mientras la madre intentaba vender botellas de vinagre, los hermanos pensaban en cómo irse del país. El principal problema era el dinero. La leyenda cuenta que la solución se le ocurrió a Ángel, una tarde en la que su hermano, frente a un plato de cebada, citó a don Sebastián de Covarrubias, una de sus sombras tutelares: “A los soldados cobardes, flojos y descuidados castigaban con darles la ración de trigo en cebada”. Ángel se quedó pensando, recordó su experiencia en las minas, presintió en la palabra cebada el inicio de la vida industrial. Dos meses más tarde fundó la legendaria fábrica de cerveza. Al poco tiempo los hermanos se volvieron socios. Mientras Nietzsche contraía la sífilis, Rufino José también llevaba una vida nocturna cobrando en fondas y tabernas las ganancias que dejaba la cerveza mejor fermentada de la capital.
Confiados en las pasiones etílicas de sus compatriotas, los hermanos viajaron a París. Rufino José, a los 34 años, cruzó por primera vez el Atlántico. Desde que observó el puerto de Saint Nazaire sabía que su destino estaba encadenado al brumoso continente. Durante más de doce meses los hermanos recorrieron Europa y sus convulsiones. Al regresar, tardaron un par de años en vender la fábrica, hacer las maletas y volver para siempre a Francia.
Una vez instalados, mientras Ángel seguía una vida mundana, Rufino envejecía prematuramente. Sin embargo, fue Ángel, el mayor, quien llegó primero a la tumba: un resfriado se lo llevó en siete días. La pérdida de su hermano fue realmente la mayor tragedia en la vida de Rufino José Cuervo. En adelante, su decadencia física habría de ser morosa y lenta. Convivió con cefaleas intensas, abrumado por los recuerdos. Trabajó, pero después de editar el segundo tomo de su diccionario, acumuló fichas sin decidirse a seguir editando su labor demencial. En 1911, decidió no hacerle más trampas a la muerte y recibirla sin escándalos. En su testamento legó todo a los pobres, comenzando por su ama de llaves y terminando por un tipógrafo pobre y desconocido. Pagó él mismo los gastos de su entierro y pidió que no hubiera discursos ni coronas.
Como su hermano Ángel, no dejó descendencia. Solo nos quedó su obra imposible.
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Los libros infinitos
Rufino José Cuervo practicó dos géneros: el diccionario y la correspondencia. Dos géneros fragmentarios y también épicos, dos formas inconclusas y desmesuradas de la escritura. Si bien Cuervo era un hombre anacrónico, su obra en cambio tiene rasgos de lo que podríamos llamar modernidad. Dejemos de lado sus cartas, que abarcan dieciocho tomos. No hablemos de sus múltiples obras redactadas en Bogotá. Detengámonos en el colosal Diccionario de Construcción y Régimen. Para Cuervo no había duda: la obra monstruosa que justificaría su vida debía ser redactada en París. ¿Es cierto que solo allí tendría a mano los materiales necesarios para fundamentar su trabajo? Lo dudo. ¿Solo en esa ciudad podría replegar su aislamiento y su soledad? No lo creo. Lo cierto es que Cuervo alcanzó a publicar dos tomos en vida, ambos con los editores A. Roger y F. Chernoviz, quienes publicaron desde la rive gauche, rue de Grands-Augustins, entre muchas otras, las obras escogidas de Joseph de Maistre, el máximo opositor al pensamiento de la Ilustración y la Revolución Francesa.
Seguramente Cuervo sintió la amenaza de las analogías al darse cuenta de que en la misma calle de sus editores había nacido Émile Littré, cuyo Dictionnaire de la langue française le costó veinte años de redacción y, a sus impresores, más de una década para darlo a la luz pública. Sin embargo, en esa calle también vivió Henrich Heine, leído por Borges con la ayuda de un diccionario; Heine, frecuentador de socialistas utópicos, uno de los poetas que forma parte de la pléyade de escritores errantes que vivieron y murieron en París.
Volviendo al Diccionario, cada tomo es en realidad una utopía. El primero abarca, exhaustivas, la letra A y B. El segundo, desde la C hasta la D de duro. Si bien el Diccionario es un mosaico de ejemplos prestados, algunas definiciones ilustran la pluma de su autor. Encontramos un Cuervo irónico: “Amistad: afecto puro y desinteresado, ordinariamente recíproco”. Un Cuervo conservador: “Amor: pasión que atrae un sexo hacia el otro”. Un Cuervo analista: “Caballero: que cabalga en caballo”. Un Cuervo pudoroso: “Besar: tocar con los labios, dilatándolos y contrayéndolos suavemente, en señal de amor, amistad o reverencia”. El último domicilio de Cuervo en la rue de Siam, asediada ahora por un restaurante y una tienda de decoración, fue una gruta en la que se amontonaban las locuras filológicas de un ferviente obrero del lenguaje.
Hoy en día se puede consultar el Diccionario de la A hasta la Z, completado por los esfuerzos de un puñado de investigadores durante años de trabajo. A pesar de esto, el Diccionario es una de las obras más desperdiciadas de la inteligencia hispanoamericana. Más que sus múltiples vocablos, nos queda el recuerdo de ese hombre encerrado en su domicilio parisino, luchando por darle un orden y una historia a las palabras. Alguna vez Borges quiso escribir una biografía del infinito. El Diccionario es uno de esos fragmentos posibles para un libro necesariamente incompleto.
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