Nuestra vida sería radicalmente diferente si no existiera el vidrio. Nos veríamos expuestos al mundo exterior sin una barrera que proteja nuestros hogares del clima, la investigación científica no se vería igual; tendríamos que encontrar otra manera de corregir nuestra visión y, sin la fibra de vidrio, múltiples productos no serían parte de nuestra cotidianidad.
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Más allá de sus usos prácticos, el vidrio también ha sido uno de los materiales más utilizados como medio artístico. Personajes como Dale Chihuly en Estados Unidos han puesto este medio en el radar del mundo del arte.
Colombia también tiene una larga tradición vidriera que es destacada en el Museo del Vidrio de Bogotá (MEVIBO).
Esta institución, ubicada en la localidad de San Cristóbal, nació el 15 de julio de 2010 como corporación cultural. En 2013, fue reconocida como museo colombiano por el Ministerio de Cultura y entró a hacer parte del Programa de Fortalecimiento de Museos. Según Sandra Solano, directora del museo desde 2017, la iniciativa comenzó con el vitralista y artista Fernando Pérez. “Él empezó haciendo el proceso de voluntariado en el Museo Nacional. Su sueño era tener un museo porque se dio cuenta de que en varios países hay museos que versan sobre la corriente artística de este material. Así comenzó a hacer una investigación con su aliado Andrés Ordóñez”, afirmó.
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Al principio se instituyó como un museo virtual. La curaduría cubría el proceso artesanal y artístico y el aspecto geológico. La primera pieza que se veía era la piedra tectita, un vidrio natural que se forma por la fusión de rocas terrestres tras el impacto de un meteorito. “Ahí nació todo ese relato y comenzó un proceso de itinerancia para promover el vidrio a nivel artístico desde los talleres y el acercamiento sensible al material y a las técnicas. En ese momento se dieron cuenta de que necesitaban un espacio físico”, contó Solano.
Así, en 2012, MEVIBO pasó a ocupar la casa La Eneida y actualmente es uno de los tres museos en torno a este material en Latinoamérica. De acuerdo con Gladys Solano, mediadora del museo, una de las razones por las cuales se encuentra en la localidad que ha habitado desde que comenzó a gestarse el proyecto tiene que ver con la descentralización y la cercanía con los talleres de los maestros vidrieros que viven y trabajan en San Cristóbal. Aunque la casa comenzaron a arrendarla en 2012, el museo abrió oficialmente su espacio físico en 2014.
Al entrar por la portada blanca, un jardín recibe a los visitantes. En él destaca una pieza de botellas de vidrio de diferentes colores que fueron talladas con distintos patrones. De acuerdo con la mediadora, fue el grupo Mujeres Unidas en Acción Comunitaria el que decidió rescatar esta práctica, aunque se ha ido perdiendo, pues actualmente no existe un relevo generacional que mantenga viva la técnica. “De todos los oficios que se ven en el recorrido, este es el único que está en riesgo de desaparecer. Aquí se han dictado talleres, pero con el vidrio sucede que el oficio lo escoge a uno”, dijo.
Aunque en este momento el museo también funciona como un centro de acopio para donaciones para las víctimas del terremoto, su recorrido no ha cambiado. Todo comienza en la Sala Fuego, donde se exhiben las diferentes técnicas con las que se hace el vidrio. Por un lado, se encuentra el borosilicato, el tipo de vidrio que se usa en objetos refractarios e implementos de laboratorio. De acuerdo con la mediadora, este material no se fabrica en Colombia, sino que se trae de Estados Unidos, Alemania, India y la República Checa. “Julio Forero fue el primero en aprender esta técnica, hasta donde sabemos. Empezó con avisos de neón en el laboratorio y luego le enseñó a Mario Maldonado”, comentó. Esta técnica del borosilicato se trabaja a pulso y sin moldes y, dado que algunas de las herramientas suelen ser muy costosas, las que presenta el museo son iteraciones creadas por los colombianos con elementos como una antena de radio o la varilla de una sombrilla.
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Al otro lado, se encuentra la técnica de la caña. Mientras que el borosilicato se hace en solitario, crear elementos con la caña requiere de trabajo en equipo. Aquí, una vez se comienza a crear una pieza, hay que terminarla. “Si se enfría, hay que romperla y empezar de nuevo”, explicó la mediadora. Para esta técnica se usa vidrio de reutilización de puertas, ventanas, botellas, entre otros, cuyos fragmentos se dividen en colores y son llevados a un horno a altas temperaturas para crear nuevos elementos.
El recorrido continúa hacia la Sala Eneida, un espacio que habilitaron para mostrar un poco de la historia de la casa. Aquí, los muros dejan ver fragmentos de la pintura y los motivos que cubrieron las paredes en el pasado, que fueron creados por un pintor llamado L. B. Hernández. Aunque no se sabe con exactitud el momento en el que fue construida la casa, un texto del museo revela que “por testimonios de los vecinos, sabemos que se edificó en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX como hacienda (…). La casa ha tenido varios usos. Luego de haber sido habitada, funcionó como escuela, laboratorio fotográfico, vidriería y set de grabación, entre otros”.
Uno de los muros de la sala, que funciona para contar la historia de la casa y como aula didáctica, sufrió una fisura con el terremoto del 10 de agosto. Los vestigios de la historia de La Eneida han resurgido a partir de estudiantes de la Universidad del Externado que han hecho sus prácticas en conservación en el museo.
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Por otro lado, el museo se ha encargado de divulgar la práctica del vidrio a través de talleres de talla y mosaico, entre otras técnicas que se realizan en una sala hacia el fondo de la casa. Sin embargo, la utilidad del vidrio no es lo único que se destaca. Su arista artística también tiene cabida entre las salas del museo con un área dedicada a mostrar las piezas donadas o en préstamo de maestros vidrieros.
Más allá de la colección y la historia, el Museo del Vidrio tiene un carácter comunitario, aunque esto no esté dicho de manera explícita en su constitución. Este espacio no solo ha servido para resaltar la labor de los vidrieros, sino que también ha sido un lugar en el que la comunidad de San Cristóbal se ha reunido alrededor de emprendimientos, arte y música, ya que, según comentó Sandra Solano, la casa se presta para albergar diferentes eventos, mientras que la colección, la museografía o la casa misma no se vean afectadas.
La sostenibilidad de un espacio como este no es tarea fácil. La directora mencionó que su trabajo es algo que hace desde el amor y el conocimiento de que esta apuesta por el vidrio es como un unicornio en el país.
El museo se enfrenta a múltiples desafíos. Por un lado, está el tema de sobrevivir en un país que “no valora y que romantiza la cultura” a través de instituciones dedicadas a la salvaguardia del patrimonio. “Uno de los desafíos es darle el valor que se merece al patrimonio y a sus custodios en Colombia”, dijo.
Por otro lado, afirmó que enfrentan problemas económicos, pues al sostenerse de la venta de entradas y los proyectos que realizan, no es fácil mantener vivo este espacio. La directora mencionó que el arriendo del espacio es uno de los grandes retos que enfrentan y que, además, tanto ella como la mediadora están allí usando sus propios medios, de la misma manera que el grupo de voluntarios que recibe anualmente.
A pesar de las dificultades, Sandra Solano, quien también es coordinadora de la Mesa Temática de Museos de Bogotá, aseguró que los museos son espacios seguros para tener conversaciones difíciles y entender posturas diferentes. “No hay que satanizar que los museos se vean como espacios sagrados, porque esa sacralidad es la que abre la posibilidad de ser respetuosos dentro de esos espacios”, finalizó.
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