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“El olor de la guayaba”: el documento invaluable de Plinio Apuleyo y García Márquez

La conversación que tuvieron ambos escritores y que quedó alojada en ese libro refleja la confianza y la cercanía entre los dos, así como resulta también un documento clave para comprender las razones y los procesos creativos detrás de la obra del Nobel colombiano.

Andrés Osorio Guillott

30 de julio de 2026 - 11:00 a. m.
Plinio Apuleyo Mendoza junto a García Márquez, amistad de la que surgió el libro "El olor de la guayaba".
Foto: Archivo El E
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La historia de Plinio Apuleyo Mendoza puede contarse y exaltarse sin necesidad de recurrir a su amistad con Gabriel García Márquez, pero ignorar su vínculo y el resultado del mismo sería también cometer una injusticia con lo que ambos dejaron como amigos y lo que significó para uno contar con el otro en las esferas pública, privada e íntima.

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Apuleyo Mendoza, que falleció el pasado 28 de julio, recordó que conoció a García Márquez cuando tenía 16 años y el autor de Aracataca 20. Fue en Bogotá, cuando “era todavía una ciudad de mañanas heladas, de tranvías lentos, de campanas profundas, de carrozas funerarias tiradas por caballos percherones y lucidas por cocheros de librea y sombreros de copa”, escribió en Gabo: cartas y recuerdos.

En él escribió que Gabo —como él y todas las personas cercanas tenían licencia de decirle, y no como la mayoría empezó a nombrarlo como si fueran todos sus amigos— fue el mismo de siempre de principio a fin. “Esencialmente es un hombre del Caribe colombiano, con la dignidad, el humor, la irreverencia, el rechazo inconsciente y visceral que todo caribe tiene por los artificios, las formas, la solemnidad, las apariencias, las retóricas y los protocolos de nuestros altiplanos andinos”.

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Aunque este libro puede ser también una muestra de su amistad, un relato más biográfico y más íntimo de sus memorias, ambos le dejaron al mundo otro texto que muestra a carta cabal la confianza que García Márquez tuvo con Apuleyo Mendoza, y ese no es nada más ni nada menos que El olor de la guayaba, publicado el mismo año que ganó el Nobel, es decir, en 1982.

Toda persona que quiera conocer a Gabo, más que a García Márquez, tendría que pasar por El olor de la guayaba. Si bien quedó la autobiografía de Vivir para contarla, y así como también hay otros libros como el ya mencionado de Apuleyo sobre sus cartas y recuerdos, o incluso el de Gabo en mi memoria, de José Luis Díaz-Granados, el libro que publicaron en el 82 contiene un retrato más íntimo del autor de Cien años de soledad, con recuerdos de su infancia, definiciones sobre las relaciones con sus familias y amigos, pero también con claves que a todos nos llamarán la atención sobre la creación y la inspiración de sus personajes y su obra literaria.

“En todo caso yo me considero el mejor amigo de mis amigos, y creo que ninguno de ellos me quiere tanto como quiero yo al amigo que quiero menos”, le dijo García Márquez a Apuleyo Mendoza.

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El olor de la guayaba lleva su nombre porque, para García Márquez, era ese el aroma del Caribe, de la tierra que siempre llevó a todas partes en su acento, en su ropa, en sus vallenatos e incluso en la narrativa que lo volvió universal.

En tiempos en que las personas buscan consejos, claves o razones para en poco tiempo entender o emprender algo, leer la conversación entre ambos escritores deja una enseñanza importante para quienes desean aventurarse en el camino de la escritura: más que una idea, a veces sirve más partir de una imagen.

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Por ejemplo, García Márquez dijo en esa charla con su amigo Plinio que: “En otros escritores, creo, un libro nace de una idea, de un concepto. Yo siempre parto de una imagen. La siesta del martes, que considero mi mejor cuento, surgió de la visión de una mujer y de una niña vestidas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto. La hojarasca es un viejo que lleva a su nieto a un entierro. El punto de partida de El coronel no tiene quien le escriba es la imagen de un hombre esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra. Años después yo me encontré en París esperando una carta, quizás un giro, con la misma angustia, y me identifiqué con el recuerdo de aquel hombre".

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Sobre Cien años de soledad, dijo que la imagen que le dio rienda suelta a la historia de los Buendía fue la de su abuelo Nicolás Márquez cuando lo llevó a conocer el hielo. Ya ustedes casi de memoria se saben el icónico comienzo del libro que catapultó a García Márquez.

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También en ese libro, entre otras, cuenta una de las escenas más memorables de Cien años de soledad: el ascenso de Remedios, la bella: “Inicialmente había previsto que desapareciera cuando estaba bordando en el corredor de la casa con Rebeca y Amaranta. Pero este recurso, casi cinematográfico, no me parecía aceptable. Remedios se me iba a quedar de todas maneras por allí. Entonces se me ocurrió hacerla subir al cielo en cuerpo y alma. ¿El hecho real? Una señora cuya nieta se había fugado en la madrugada y que para ocultar esta fuga decidió correr la voz de que su nieta se había ido al cielo. (...) Yo estaba desesperado porque no había manera de hacerla subir. Un día, pensando en este problema, salí al patio de mi casa. Había mucho viento. Una negra muy grande y muy bella que venía a lavar la ropa estaba tratando de tender sábanas en una cuerda. No podía, el viento se las llevaba. Entonces tuve una iluminación. «Ya. está», pensé. Remedios, la bella, necesitaba sábanas para subir al cielo. En este caso, las sábanas eran el elemento aportado por la realidad. Cuando volví a la máquina de escribir, Remedios, la bella, subió, subió y subió sin dificultad. Y no hubo Dios que la parara”.

Amigos tuvo varios García Márquez, a pocos los llamaba en las noches como parte de sus rituales de vida, y a algunos de esos también les mostraba sus novelas antes de publicarse. Más que la camaradería y relación que tuvo con los autores de su generación y del llamado Boom, el colombiano forjó con otros escritores como Álvaro Mutis y el mismo Plinio Apuleyo Mendoza amistades inquebrantables. En este caso, también fueron los libros, las cartas y las memorias los refuerzos necesarios para perdurar en el tiempo y en las vicisitudes que este trae, más cuando recae el peso de la fama y el reconocimiento, como le ocurrió al Nobel. Así, El olor de la guayaba quedó para siempre como un libro indispensable para entender la relevancia de su amistad con Plinio Apuleyo, pero también para conocer al Gabo amigo e íntimo, y al García Márquez que todos hemos leído.

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