El retorno de Fulton Creeck (Cuentos de sábado en la tarde)

Fulton Creeck podía apachurrar una mosca a cinco metros de distancia con su escupitajo certero de bárbaro de película.

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Carlos Arturo Arbeláez Cano
19 de agosto de 2023 - 05:30 p. m.
Imagen de referencia: "Fulton Creeck era una mole de carne, de pelos y barbas desgreñadas. Su rostro desfigurado por la mugre y por signos de luctuosos encuentros con la muerte, marcaban en su cara expresiones de fiereza, cercanas a una inocencia salvaje. Líneas de expresión y profundas señales de navajazos recibidos entre los callejones de los despreciados, de los marginados o de los condenados al exilio, le adornaban el rostro".
Imagen de referencia: "Fulton Creeck era una mole de carne, de pelos y barbas desgreñadas. Su rostro desfigurado por la mugre y por signos de luctuosos encuentros con la muerte, marcaban en su cara expresiones de fiereza, cercanas a una inocencia salvaje. Líneas de expresión y profundas señales de navajazos recibidos entre los callejones de los despreciados, de los marginados o de los condenados al exilio, le adornaban el rostro".
Foto: Pixabay
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Todo en él era extravagante y desmedido. Había aparecido en la región desde los tiempos en que los cables aéreos comenzaron a circular por la cordillera, transportando gentes y mercancías hasta el río Grande; sacando productos de exportación para Europa y permitiendo la conexión de estos territorios “atrasados”, con otros mundos.

Se dijo que era hijo de alguno de los muchos ingenieros traídos desde Nueva Zelanda a estas tierras exóticas. Ingenieros que se atrevieron a explorar las posibilidades de unir un puerto en el valle medio del río Grande, hasta las nacientes ciudades dentro de las temibles montañas y los picos nevados que retumbaban cada tantos años anunciando erupciones e inmensos lahares de lodo. Fenómenos que alimentaron por milenios los extensos territorios incorporados a la producción de alimentos, minería y paisajes telúricos. Esas montañas eran el reto para quienes sabían acortar las distancias de una geografía arrugada por los ciclos tectónicos. Para amansar los inmensos pliegues que hacían fatigantes y tortuosas las faenas de comerciantes, montañeros y muleros escalando las empinadas laderas desde el río Magdalena.

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Se dijo después que Fulton se había escapado del seno de un hogar precario en donde su padre había pernoctado por algún tiempo en los años cincuenta. Que había comenzado una vida montarás detrás de los agrimensores, midiendo colinas y cañones y trazando senderos en las montañas. Se sabía que la cordillera debía ser medida palmo a palmo, esa fue su obsesión y que así fue como Fulton se convirtió en un ermitaño.

Era una mole de carne, de pelos y barbas desgreñadas. Su rostro desfigurado por la mugre y por signos de luctuosos encuentros con la muerte, marcaban en su cara expresiones de fiereza, cercanas a una inocencia salvaje. Líneas de expresión y profundas señales de navajazos recibidos entre los callejones de los despreciados, de los marginados o de los condenados al exilio, le adornaban el rostro.

Semidesnudo, los tatuajes de confusas imágenes y tintes y figuras le cubrían cada centímetro cuadrado de su cuerpo; el lustre grasiento de su piel provocaba repudio. Periódicamente, salía del socavón donde trabajaba y donde había vivido desde siempre.

Ahora tenía 56 años, había estado en la cárcel en más de una ocasión pagando algunas de sus muchas fechorías. En los intermedios de esas andanzas, purgadas y pagadas con encierro, chupando rejas sudadas, oxidadas y mugrientas, vagaba por los lupanares de la ciudad. La ciudad estaba presta a acogerlo en sus cárceles abarrotadas o en los calabozos miserables, pagando por las trampas y los robos, cuyo producido dilapidaba en alucinógenos de mala leche, y en prostitutas del barrio de tolerancia, que solo lo acompañaban cuando el desvarío y la enajenación que él mismo les proporcionaba con sus pipas humeantes, se desvanecían entre sus brazos olorosos a almizcle y a grisú.

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Rudo, inclemente, picaba cada vez más profundamente el túnel del socavón. No le importaba la estabilidad del agujero, ni la profundidad de este, ni los chorros de agua que aparecían por doquier, amenazando con enterrarlo allí para siempre. Era la mina de Tolda Fría, a los pies del nevado del Cumandáy, por los caminos de El Roble, llegando a los

3.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Primero se pensó que había oro, y muchos gringos vinieron a husmear. Por alguna razón la fiebre del oro pasó y apenas quedaron unos pocos socavones que tapó la maraña selvática del páramo inclemente. El único que pegó por allá fue Fulton Creeck. Comenzó a sacar carbón en lonas y costales de fique que, sobre sus propios lomos, descargaba en el depósito de carbón de don Demetrio saliendo por el camino de Gallinazo.

Las minas ensombrecieron su personalidad, era sospechoso, tenebroso y taciturno. Dos o tres cargas de carbón eran el producto de una semana de excavaciones que le alcanzaban para unas libras de arroz de un blanco inmaculado y unas tiras de pescado seco que solo se conseguían en la galería de la ciudad.

Los tristes hechos de la desaparición de Rodolphe entre los cientos de toneladas de basura en el relleno de la ciudad, coincidió con su presencia ese día en la plaza de mercado. Fue el único que se ofreció a comenzar la búsqueda. Se dedicó desde ese instante a remover los desechos y las porquerías en busca del cuerpo, o de lo que quedaba del cuerpo del canino atrapado entre las ruedas del camión recolector de basuras que pasaba por el Palacio Municipal, lindante al jardín de la plaza de armas de la casa de gobierno. Había sido un descuido de quienes salieron a darle un paseo a la mascota de la esposa del primer mandatario.

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Lo que mostraban los periódicos era a la primera dama acunando entre sus brazos a Rodolphe: carita de ternura cinematográfica, una mirada dulce sobre las orejas retocadas del fox terrier, pelo de alambre, blanco pimienta. Lo que sucedió después fue una tragedia que, gracias a los medios, habría de anestesiar el malestar de la comunidad por los horribles sucesos que en las calles protagonizaban los manifestantes frente al despilfarro y la corrupción del gobierno de turno. Pero eso no le importaba a Fulton Creeck.

Lo que le incomodaba era el peinado, el escote y los voluminosos pechos que se reventaban por salir de entre el corpiño de la primera dama. En la foto del periódico no podía verse más, pero se imaginaba los embutidos de silicona en los glúteos vibrantes, las punzadas de las cánulas de las tantas liposucciones, los bultos de bótox, las uñas enjoyadas de esmalte y estrellitas reflectivas y las pestañas extralargas, que hasta llegaban a ocultar los pómulos de una respetable dama, de esas, de la gente bien.

¿Quién pudo haber abandonado, a su buena suerte, este pobre animalito? Pues la primera dama. Salió quejumbrosa y devastada en el noticiero de la noche, anticipándose a la telenovela de moda con sus lloriqueos artificiales pidiendo que se apiadaran de su dolor y le devolvieran su mascota.

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Fulton Creeck caminó toda la mañana y hasta bien entrada la noche por entre las nubes de moscas que atacaban la montaña de desperdicios de la ciudad. Encontró varios cadáveres que se confundían entre humanos y animales, pero estaba seguro de no haber encontrado el cuerpo que buscaba. La foto era muy nítida, a color, en un excelente primer plano de Rodolphe, con sus orejas recortadas por un experto cirujano zootecnista, con su corte de pelo, los colores y una colita de escasas dos pulgadas de longitud perfectamente amputada por el mismo experto. Pero no apareció y decidió volver al otro día hasta encontrar el animalito destinado a padecer las miserias de la domesticación.

Fue a la zona de tolerancia, al Hogar del Amor, que antes fue la casa de los Blas Cruz, una familia prestante, donde Fulton ingresó esta tarde-noche con la despampanante Colmillitos. Aunque siempre se asegurara de que fuera Ángela Osorio, en atuendos diferentes, siempre le cambiaba el remoquete: “Colmillitos”, “La costurera” o “Mordisquitos”, quizás porque también buscaba la variedad a pesar de los arquetipos impuestos. Todas en todo caso, en su loca confusión, eran una; unas veces despampanante y coqueta, otras veces ceñida como un alienígena con ojos brillantes y escafandra de pies a cabeza, cuyo caminar, como en cámara lenta, lo deslumbraba con una red de pequeñas luminiscencias regadas por todo el cuerpo, titilando fuertemente al principio y, después, con un lánguido alumbrar a punto de apagarse por cuenta de una batería en agonía.

Ya en el cuartucho, Colmillitos le preguntó con su voz arrastrada, como cargando una pereza crónica, que por qué no había vuelto. Él le dijo que estaba allí por coincidencia, que lo del perro tenía a la gente en alerta, que quizás podría ganarse una recompensa por devolverlo vivo o muerto y acabar con los lamentos de la primera dama y con las babosadas de los telenoticieros.

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Colmillitos le dijo que ese perro ya debía estar muerto porque el camión de la basura le pasó por encima y se fueron con él al relleno del Gallinazo, si no, el problema iba a ser para los que recogieron la basura municipal. Lo dijo cambiando su voz aguardentosa por una voz compungida y un gesto de profundo pesar.

-Sí, eso me dijeron y quiero rescatarlo vivo- dijo Fulton Creeck echándose de costado en el borde de la cama, ignorando a La costurera que tenía el temor de que Fulton se quedara dormido sin pagarle. Al fin y al cabo, ya el compromiso estaba hecho y Fulton nunca se había ido sin pagarle.

Muy en la madrugada Fulton Creeck y La costurera o Mordisquitos o Colmillitos, yacían aún tendidos en la cuja que esa noche no crujió bajo el azote del cuerpo huracanado del bárbaro Fulton sobre los míseros huesitos y las míseras carnitas de La costurera. A ella también la había vencido el cansancio, y a su lado, se entregó al sueño con la esperanza de que su cliente le cancelara el servicio al día siguiente, aunque no se hubiese consumado el acto. “Al fin y al cabo yo cumplí”, se dijo Mordisquitos ya delirando en el sopor del abandono o la renunciación, pero con la confianza en la voluntad de Dios.

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En la madrugada, babeados y lagañosos se lanzaron a la calle para encontrar, en el camino al relleno sanitario de la ciudad, algún café con arepa de huevo para calentarse un poco y salir de ese ayuno eterno que quedaba a merced del “Dios proveerá”. Habían negociado una extra por la compañía, pues Mordisquitos le significaba una ruta más rápida al relleno del Gallinazo y cuatro ojos servían de mucho para la búsqueda de Rodolphe. “Eso cuesta plata también; ahí arreglamos Don Fulton”, le decía por el camino la mujer.

Arreciaba el frío y la cuesta era más empinada y prolongada. Fulton Creeck no se inmutaba, estaba enseñado a la topografía agreste y los pasos de vértigo que sus ancestros agrimensores tuvieron que padecer para tender los cables y levantar las torres por estos sitios desolados, donde la naturaleza parecía muerta, pues ya eran muy pocos los caminantes que se arriesgaban por esas rutas; él vivía en una gruta vecina a la mina de Tolda Fría. Allí tenía dispuesto todo para vivir tranquilo. “La naturaleza nos lo da todo”, decía en arrebatos filosofales.

Ya los olores y un humo incipiente, pero pesado y moroso, les anunciaba la proximidad del lugar donde tendrían que empezar a trabajar. Los camiones descargaban la basura, e inmensos buldóceres empujaban, con sus pesadas palas, los montones de porquería a los sitios más inesperados. La búsqueda sería dura y La costurera se repetía a sí misma: “Él verá. Yo ya cumplí. Eso cuesta platica también Don Fulton”.

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Aún estaba intacto. El cuerpo de Rodolphe, el animal de la primera dama surtida con toda suerte de encantos y postizos, lloriqueando aún en los noticieros televisivos de la mañana, yacía entre los despojos de trozos de madera y residuos de una demolición que de alguna manera le protegieron. Un respirar estertóreo y unos tenues gemidos, anunciaban su muerte, aunque su pelo, las orejas recortadas y el lomo recién peluqueado a lo terrier, eran inconfundibles y pusieron a Fulton en actitud de ataque, esta vez en procura de revivir al perro y darle oportunidad a la vida.

-Muévete Mordisquitos, saquémoslo de entre los escombros e intentemos salvarlo dándole agua.

Mordisquitos lo miró complacida, pues la había llamado por el remoquete que más le gustaba.

Ya pasaba el mediodía y caminaban cargando a Rodolphe en una camilla improvisada con cartones. Ahora respiraba mejor, pero su gemido era más fuerte y desgarrador. No movía sus patas traseras, pero recibía agua sin cesar. Ellos descendían con la esperanza de que la primera dama, de encopetada alcurnia, recibiera al rescatado y le regresara la vida. Se dirigieron a la casa de la primera dama, donde intentaron entregar el cuerpo maltrecho, pero aún con vida, de Rodolphe que apenas gemía en los estertores de una muerte inminente.

La guardia, flanqueando la entrada, no les permitió el paso. Fulton insistió con su vozarrón que retumbó por el vecindario y lo único que consiguió fue atraer a las unidades motorizadas del cuadrante, que acudieron de urgencia a neutralizar a los manifestantes. Mordisquitos solo abría su boca desdentada, ostentando sus precarios colmillos, para calmar a Fulton que, por conocerlo de años en los cuartuchos de la galería, estaba segura de que no significaba peligro para nadie. Le faltaban algunos dientes, pero conservaba aun mucha sensualidad con sus pechos altivos y la deliciosa circularidad en sus nalgas.

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- Deje eso así, deje esas gorroneas y llevémonos la criaturita antes de que se muera.

– Le salía un vaho de frustración por esa boca que muchas veces fue el hervor de emociones y néctares de desconsuelos para tantos funámbulos o desarraigados. Ella lo jalaba con fuerza de la faltriquera y lo obligaba a retroceder.

Con gritos insistían en la terrible condición del perrito rescatado de la tragedia. De la urgente necesidad de atención veterinaria para salvarlo.

Desde adentro solo respondían que la primera dama ya no estaba. Que la pena y el dolor por la pérdida de su mascota le había traumatizado tanto que su astrólogo y su guía espiritual le habían recomendado retirarse a la ciudad luz donde todas las estrellas se juntarían para, por fin, encontrar sosiego a su pesar.

Finalmente se retiraron, pero no se separaron, sino que, sin decirse nada, caminaron por el mismo sendero subiendo el Cerro Sancancio y descendiendo al río Chinchiná para cruzar sus aguas lodosas y virulentas. Ahí se detuvieron largo rato e inmovilizaron las patas y la cadera de Rodolphe con lianas de las cortezas arrancadas al bosque de yarumos, de balsos y de arbolocos. Le daban analgésico comprado en la tienda del vecindario para mitigar los dolores, pero Mordisquitos pensaba y repensaba en sus honorarios. Ya eran, prácticamente, dos días de “servicio de compañía”. Lo “otro” no se había consumado, pero no por culpa de Mordisquitos sino por las circunstancias vividas con el perrito de la primera dama. Y Fulton, con sus gestos de rabia y su lenguaje infernal, solo aceleraba sus pasos y le mentaba la madre a todo el que se aparecía por el camino en un inglés emberracado.

Seguían subiendo por el bosque de niebla, sintiendo la misma soledad de los senderos que muchos habían sentido décadas atrás por cuenta de la fiebre del oro. Él solo había encontrado carbón (decía) y seguramente era cierto, pues su forma de vivir no daba motivos para pensar en que hubiera encontrado la beta de los sueños por la que los gringos habían aparecido por allí.

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Esa noche, extenuados por la caminata de más de veinte horas hasta la cueva donde vivía Fulton, por fin fornicaron bajo el amparo de los luceros brillantes y un bosque de susurros y gritos y misterios de habitantes exiliados en un mundo virginal. Fornicaron, pero ni Mordisquitos se volvió a acordar de sus honorarios ni Fulton le insinuó pago alguno. Solo le anunció que prendería el fogón para preparar un desayuno como se merecían, pues Rodolphe había vuelto a la vida esa mañana y comenzaba a ladrar con una especie de lamento famélico.

-Mordisquitos. – le dijo Fulton con voz contenida. –¿A vos te gustan los huevos de gallinazo?, es que no me quedan huevos de Gallina, y no traje de la galería por lo del perrito.

-¿Qué decís? – Insistió.

***

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Dos meses después, Rodolphe ya se movía por la explanada frente a la cueva apoyado en sus dos manitas y una improvisada silla de ruedas en sus patas traseras. Ladraba con una virulencia desmedida ahuyentando a todo lo que se moviera muy cerca.

Fue cuando Ángela Osorio le despachó a Fulton el anuncio de su retraso, la evidente desmesura de sus pechos y la templanza feliz de su barriga.

-Pues, si es niño, le ponemos Fulton Creeck. – Dijo Fulton, descargando un escupitajo que sacó volando, despavorido, un enjambre de mariposas azulosas que libaban en un charco cercano.

Por Carlos Arturo Arbeláez Cano

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