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Cuando el azul era para niñas y el rosa para niños

En esta nueva entrega de “Historias a color” exploramos cómo el azul y el rosa comenzaron a ser relacionados con un género en específico y cómo su asociación ha cambiado a lo largo del tiempo.

Andrea Jaramillo Caro

14 de marzo de 2025 - 09:00 a. m.
A partir de finales del siglo XIX, pero especialmente durante 1950, se comenzó a asociar el azul con niños y el rosa con niñas.
Foto: Jonathan Bejarano
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Cuando era niña el rosa era uno de los colores predominantes en la paleta que rodeaba mi mundo. Esta experiencia no es única, de hecho, se repite a lo largo y ancho del mundo occidental, donde el rosado es para niñas y el azul para niños. Entre ropa, juguetes, accesorios y productos, estos dos colores han sido asociados al género durante años. Sin embargo, esta división no solo se ha limitado a la niñez. En supermercados y tiendas se pueden ver productos denominados “para ella” en rosa y “para él” en azul.

No hay nada de nuevo en esta división, lleva décadas entre nosotros. Sin embargo, en el pasado las cosas eran al revés y, si queremos retroceder más en el tiempo, antes ni siquiera existían colores asociados con un género u otro. La separación que sí tenía lugar era entre estilos y prendas de vestir. De acuerdo con Jo B. Paoletti, profesora emérita de estudios americanos, durante el siglo XIX tanto niños y niñas portaban vestidos aproximadamente hasta los seis o siete años. En ese momento no se trataba de diferenciar por géneros, sino por edades.

La tendencia de diferenciar por colores comenzó durante ese siglo, principalmente en las vestimentas, y continuó durante el siglo XX. No obstante, cuando realmente se hizo popular en el mundo occidental fue después de la Segunda Guerra Mundial. “Está claro que la codificación de género rosa-azul se conocía a finales de la década de 1860, pero solo fue dominante hasta la década de 1950 en la mayor parte de Estados Unidos, y fue universal hasta una generación después”, escribió Paoletti. “Lo que antes era una cuestión práctica (vestir a un bebé con vestidos y pañales blancos; el algodón blanco se puede blanquear) se convirtió en una cuestión de ‘Dios mío, si le pongo a mi bebé la ropa equivocada, crecerá pervertido’”, le dijo la historiadora a la revista “Smithsonian”.

En 1927, un artículo de la revista “Time” ya advertía sobre esta moda en Estados Unidos: “En Bélgica, la princesa Astrid, consorte del príncipe heredero, dio a luz hace dos semanas a una niña de tres kilos. Según los despachos: ‘La cuna... había sido decorada con optimismo en rosa, el color de los niños, y azul para las niñas’. Muchos lectores de periódicos estadounidenses comentaron: ‘¿Qué? ¿Rosa para un niño? ¿Por qué, en nuestra familia hemos estado usando rosa para las niñas y azul para los niños?’”.

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En su libro “Las vidas secretas del color”, Kassia St. Clair explica: “En un artículo de “The New York Times” de 1893 sobre ropa para bebé se estipulaba la regla de que siempre ‘se le debería dar rosa a un niño y azul a una niña’. Ni la autora, ni la mujer en la tienda a quien estaba entrevistando estaban seguros del porqué de esa asociación”. Sin embargo, una teoría de la autora de ese artículo tenía que ver con que la perspectiva de los niños era más optimista que la de las niñas, al pensar en la vida que llevarían de adultos en ese mundo. “Si nos remontamos al siglo XVIII, tanto los niños como las niñas de las clases altas vestían de rosa, azul y otros colores de manera uniforme”, le dijo Valerie Steele, directora del Museo del FIT, el Instituto Tecnológico de la Moda, en Nueva York, a CNN.

De acuerdo con Maleigha Michael: “Todo comenzó en el siglo XIX, cuando los colores pastel se popularizaron para los bebés. Inicialmente, ambos colores se eligieron por su combinación con el color del cabello y los ojos. El azul estaba destinado a ir con ojos azules o cabello rubio, y el rosa, con ojos o cabello castaño. Luego el azul se convirtió en el color asignado a las niñas, ya que se consideraba delicado, y el rosa, más intenso, por lo que se asignó a los niños”.

St. Clair también asoció la selección del rosa como un color masculino que era relacionado con los uniformes rojos que solían llevar los soldados o con las túnicas que utilizaban los cardenales. Según un artículo del Earnshaw’s Infants’ Department, para 1918 esa idea persistía: “La regla general es el rosa para los niños y el azul para las niñas. Esto se debe a que el rosa, al ser un color más definido e intenso, es más adecuado para el niño, mientras que el azul es más bonito para la niña por ser más delicado”.

Para Amy Ogata, profesora de historia del arte en la Universidad del Sur de California, el crecimiento en popularidad en la tendencia de asociación de los colores a géneros luego de la Segunda Guerra Mundial tiene un trasfondo económico, pues esta división evitaba que se heredaran piezas de ropa entre familiares de sexo diferente, lo que incrementaba las ventas para diseñadores, fabricantes y minoristas de ropa infantil.

Adicionalmente, durante esos años aparecieron íconos culturales, como Mamie Eisenhower y Marilyn Monroe, vestidas en diferentes tonos de rosado, lo cual reforzó la idea de esta división de colores y su popularidad. Aunque durante la década de 1960 la diferenciación por colores cayó un poco en popularidad debido al concepto de vestimenta de género neutral.

El rosa: de la determinación a la delicadeza

Como pigmento, el rosa es un poco más joven que el azul. En el siglo X se empezó a utilizar el lapislázuli para el arte y este pigmento originario de Oriente Medio era el más popular, aunque costoso. Durante el Renacimiento fue usualmente asociado con la figura de la Virgen María. Aunque el rosa ha sido descrito como color desde los antiguos griegos, su uso en el arte data del siglo XIII. No era un color común que se utilizara en prendas en la Edad Media, aunque sí apareció en algunas pinturas en su momento.

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Para el Renacimiento, artistas como Cennino Cennini comenzaron a considerar el rosado como un color formal dentro de su paleta, aunque fuera principalmente utilizado para colorear las pieles de diferentes figuras. La artista Alice Bucknell afirmó que Cennini “describió el tono como una mezcla entre el rojo veneciano y el blanco de San Juan, utilizándolo para brindar los matices brillantes tanto de las figuras religiosas como de la nobleza elegante”. Según St. Clair, los pigmentos rosas en el siglo XVII “se elaboraban uniendo un colorante orgánico, como bayas de espino cerval o un extracto de arbusto de retama, a una sustancia inorgánica como la tiza, lo que le daba cuerpo”.

Pero la popularidad de este color se disparó durante el siglo XVIII. En su tono pastel, fue protagonista en la corte de Luis XVI, en Francia. Mientras que en otros países europeos la clase burguesa, tanto hombres como mujeres, se vieron atraídos por el rosado tanto en su ropa como en sus hogares. “Elogiado por los protopsicólogos de finales del siglo XVIII, el rosa era recomendado como el color de dormitorio preferido por el caballero con mentalidad empresarial para crear un hogar reparador y edificante”, escribió Bucknell.

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Durante el período Rococó, el rosado fue apropiado por las mujeres, como la amante de rey Luis XV, Madame de Pompadour, y se convirtió en un color que simbolizaba también la seducción. Desde Jean-Honoré Fragonard, con su obra “El columpio”, en la que una mujer vestida de rosado se balancea, hasta François Boucher, diferentes artistas retrataron a mujeres en este color. Pero además de este significado, el rosa en mujeres durante este siglo también adquirió un sentido de inocencia, como en el retrato de Sarah Moulton, realizado por Thomas Lawrence.

Para el siglo XIX el rosado aparecía tanto en niños como niñas. La reina Victoria, por ejemplo, posó para un retrato con su hijo recién nacido, el príncipe Arturo, quien vestía de blanco y rosado. El retrato de un niño en 1840 con un vestido rosa también es parte de las imágenes que refuerzan la universalidad de este color durante el siglo XIX, al igual que la pintura de Mary Cassatt: “Niña con un gorro atado con un gran lazo rosa”. Y durante el siglo XX, el rosa cambió a ser solo para niñas y mujeres, aunque con el tiempo esta idea ha continuado cambiando y añadiendo a la historia de este color.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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