
La autobiografía de San Francisco
“El Señor me dio de esta manera, a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecado, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, e hice con ellos misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo”.
Empieza así el Testamento de Francisco, dictado poco antes de su muerte. Lo más importante que recuerda de su vida es que quedó partida en dos por una cesura: antes vivía en el siglo, en el mundo, y, por tanto, irremediablemente, en el pecado: luego todo cambió. Y lo que identifica su nueva vida no es, como acaso podríamos esperar, la pobreza, sino la penitencia. Fue Dios el que lo tocó convenciéndolo de que hiciera penitencia, y a Francisco no le cabe duda alguna de cuándo se produjo esa intervención: fue cuando el Señor hizo que se encontrara con los leprosos y él los atendió. (Traducimos literalmente “feci misericordiam cum illis”, “hice misericordia con ellos”, que es una cita de la parábola del buen samaritano en el Evangelio de Lucas: “qui fecit misericordiam in illum”. El verbo original hace hincapié en lo de hacer).
¿De qué está hablando Francisco? En aquella época había muchos leprosos y la enfermedad que hace que se pudran el rostro y las extremidades daba muchísimo miedo a la gente; además es contagiosa, aunque solo por contacto inmediato y frecuente. Por eso los leprosos vivían separados del mundo, en hospicios construidos fuera de los centros urbanos; formaban pequeñas comunidades bajo la dirección de un sacerdote o de un clérigo, y su manutención dependía, como todas las obras pías, de las rentas de las tierras donadas por los buenos cristianos. Eran tratados con caridad, pero eso no quita que a muchos les dieran bastante miedo y asco, y Francisco era uno de ellos. Muchos años después, al evocar para los frailes su experiencia, no le cabe la menor duda: sé cuándo he cambiado de vida, dice, fue cuando el Señor me hizo conocerlos. En plural, fijémonos bien: el hincapié que pondrán los hagiógrafos en el encuentro con el único leproso al que besa Francisco, hasta convertirlo incluso en una aparición milagrosa, resulta a partir de ahora sumamente sospechoso.
El siguiente pasaje puede parecer sorprendente. El motivo por el que Francisco recuerda haberse sentido distinto de como era antes es que Dios le ha dado una inmensa fe en las iglesias y en los sacerdotes: “Y el Señor me dio una tal fe en las iglesias, que así sencillamente oraba y decía: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo». Después, el Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la Santa Iglesia Romana, por el orden de los mismos, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. Y a estos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores”.
También este pasaje resulta sorprendente para quien cultive la idea, un poco como de colección de cromos, de un Francisco rebelde (y en su época eran muchos los cristianos rebeldes que desafiaban abiertamente a los curas). Al acercarse a la muerte, lo que a Francisco más le importa subrayar es que él es ortodoxo, no hereje; que honra y obedece a la Iglesia y a los sacerdotes, y que no pretende hacer nada que pueda parecerse, ni remotamente, a una rebelión contra ellos. Que está pensando en los herejes es algo indiscutible que añade de inmediato: “Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos”.
Otros sí consideraban el pecado, desde luego: los valdenses no creían que los sacramentos celebrados por los sacerdotes fueran válidos si el celebrante era un pecador; pero la Iglesia, comprensiblemente, había adoptado la postura según la cual los sacramentos eran válidos siempre y de cualquier forma, aunque el cura que los administrara hubiera pecado; Francisco abraza esa misma postura de modo plenamente consciente y quizá también polémico.
Es sin duda alguna sincero cuando afirma que si venera a los sacerdotes y pretende obedecer hasta al último de ellos es porque manejan el cuerpo de Cristo: un milagro que suscita en él una emoción inmensa, porque la eucaristía es la única manifestación tangible de la presencia de Cristo entre los hombres. En cualquier caso, resulta notable que sienta necesidad de explicar el motivo de una devoción y una obediencia que, de hecho, no eran habituales ni siquiera entre los laicos: “Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos. Y cuando encuentre en lugares indebidos los santísimos nombres y sus palabras escritas, quiero recogerlos, y ruego que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. Y debemos también honrar y tener en veneración a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, como a quienes nos administran espíritu y vida”.
Veremos más adelante que alguno de los biógrafos se acordó de esta manía de Francisco de recoger y depositar en los altares cualquier retazo de escrito, por temor de que hubiera en él el nombre de Jesús o alguna de sus palabras: pero cabe señalar que él mismo quiso atribuirle toda esa importancia, ya al comienzo del Testamento. La devoción al cuerpo de Jesús, a su palabra escrita y a la cruz de la Pasión constituye, en sus tres modalidades, un aspecto de la espiritualidad de Francisco que sus antiguos biógrafos no dejan de reseñar, pero que difícilmente solemos considerar hoy el componente más importante de su espiritualidad: lo que nosotros nos esperamos de san Francisco es otra cosa. Pero él, cuando escribió el Testamento, quiso ponerla en primer plano: “Y después que el Señor me dio hermanos [es este uno de los pasajes en el que se ve que Francisco pensaba en italiano, y que de vez en cuando se le escapaban frases latinas con una sintaxis muy poco clásica: postquam Dominus dedit mihi de fratribus], nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio”.
“Nadie me mostraba qué debía hacer”. ¿Hay en estas palabras una vena de polémica? ¿O es más bien la voluntad de subrayar que ha sido Dios y solo Dios el que lo ha guiado y que por eso nadie puede permitirse poner en duda sus decisiones? Lo cierto es que aquí Francisco toca un tema con el que sus biógrafos tendrán muchas dificultades. El modo de vida franciscano imponía una pobreza extrema, que no había sido practicada nunca con tanto rigor por ningún otro miembro del clero, sino que había sido prescrita por Cristo solo a los apóstoles. En la orden franciscana todos creían saber que Francisco había encontrado la revelación de ese modo de vida precisamente leyendo o escuchando el evangelio; pero nadie estaba seguro de cuándo, dónde y en qué circunstancias exactamente había tenido conciencia de esa revelación, hasta tal punto que en las primeras biografías encontraremos yuxtapuestos dos relatos distintos. En una versión, la palabra del Señor se le revela a él solo; en la otra, en cambio, se les revela a él y a sus primeros compañeros. Quede claro que Francisco, al dictar el Testamento, no tenía intención de intervenir en un debate que por entonces ni siquiera había comenzado; en cualquier caso, afirma que la revelación le llegó cuando ya tenía hermanos; por tanto, no le llegó solo a él, sino a él como jefe de un grupo. Su vida de penitencia ya había empezado, aún más, ya había tenido tanto éxito que había atraído a unos compañeros que deseaban imitarlo, antes de tener bien claro cuál era exactamente su vocación, es decir, seguir la pobreza evangélica.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Alessandro Barbero (Turín, 1959) es un historiador, escritor y divulgador italiano especializado en historia medieval. Profesor en la Universidad del Piamonte Oriental, ha desarrollado una destacada labor académica y de difusión en medios como La Stampa, Il Sole 24 Ore y programas de la RAI. Su obra combina rigor y claridad expositiva, lo que lo ha convertido en una de las voces más influyentes de la divulgación histórica en Italia. Ganó el Premio Strega en 1996 con la novela Diario de Mr. Pyle. Entre sus muchas obras publicadas destacan Diccionario medieval, Carlomagno, Waterloo: La última batalla de Napoleón, El día de los bárbaros: 9 de agosto de 378, Lepanto: La batalla de los tres imperios, Las palabras de los papas: De Gregorio VII a Francisco o Dante.