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Pablo Neruda escribió que no le importaba si la crítica y sus enemigos y adversarios borraban de un solo tajo toda su poesía, porque el poema que “recordaba” y recordaría para siempre, la gesta del Winnipeg, no podría borrarlo nadie. Habían transcurrido treinta años desde que el barco Winnipeg había atracado en Valparaíso, Chile, con dos mil y tantos refugiados republicanos españoles que habían padecido la Guerra Civil, una historia que se había empezado a escribir en 1938, cuando Neruda fue nombrado como cónsul general en París del gobierno chileno de Pedro Aguirre Cerda. “Ante mi vista y bajo mi dirección, el navío debía llenarse con dos mil hombres y mujeres. Venían de campos de concentración, de inhóspitas regiones, del desierto, del África. Venían de la angustia, de la derrota y este barco debía llenarse con ellos para traerlos a las costas de Chile, a mi propio mundo que los acogía”, escribió en “Confieso que he vivido”.
Cuando los refugiados republicanos, algunos con sus hijos y sus esposas, llegaron al puerto de Valparaíso, en septiembre del 39, las autoridades del Frente Popular los recibieron con La Internacional, los himnos de Chile y de La República Española, y con un poema de Pablo Neruda que comenzaba: “Chile dista mucho de ser un paraíso. Nuestra tierra solo entrega su esfuerzo a quien la trabaja duramente. Republicanos: Nuestro país os recibe con cordial acogida. Vuestro heroísmo y vuestra tragedia han conmovido a nuestro pueblo. Pero tenéis ante vosotros solo una perspectiva de labor, que puede ser fecunda, para bien de vuestra nueva patria, amparada por su gobierno de base popular”. Antes de partir hacia Francia, de escala en Buenos Aires, había dicho que iba a recoger españoles y a “darles el refugio de Chile, porque en mi patria manda el pueblo y este es uno de sus mandatos”. Los elegidos por el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles y por Neruda habían salido de Burdeos el 4 de agosto de 1939.
“Todos fueron entrando al barco. Eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del trabajo. Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso”, escribió Neruda. “Sí, tráigame millares de españoles. Tenemos trabajo para todos. Tráigame pescadores; tráigame vascos, castellanos, extremeños”, le había dicho, ordenado, el presidente Aguirre Cerda. Neruda estaba enyesado, pero ni sus dolores y su convalecencia le impidieron aceptar aquel mandato, que tomó como un honor. Aguirre lo nombró “Cónsul encargado de la inmigración española”, un cargo que no existía, por supuesto, y que llevó al nuevo funcionario a tener varias discusiones con los diplomáticos chilenos que estaban en la embajada de París, que, para comenzar, lo ubicaron en una oficina en el cuarto piso del edificio. En Santiago y en la capital francesa, los tiempos iban a distinto ritmo, o, más que los tiempos, los intereses.
“La posibilidad de enviar españoles a Chile enfurecía a los engomados diplomáticos. Me instalaron en un despacho cerca de la cocina, me hostilizaron en todas las formas hasta negarme el papel de escribir”. Apenas supieron la noticia de que en la sede de la embajada chilena estaban recibiendo a algunos de los sobrevivientes de la Guerra Civil, comenzaron a llegar, primero de a uno o de a dos, y luego de a diez, de a veinte o más. Iban heridos y albergaban la esperanza de que alguien les diera una mano, pero los compañeros de trabajo de Neruda le ponían más y más obstáculos. “Como se abrían paso contra viento y marea hasta mi despacho, y como mi oficina estaba en el cuarto piso, idearon algo diabólico: suspendieron el funcionamiento del ascensor. Muchos de los españoles eran heridos de guerra y sobrevivientes del campo africano de concentración, y me desgarraba el corazón verlos subir penosamente hasta mi cuarto piso, mientras los feroces funcionarios se solazaban con mis dificultades”.
Pese a todo y a casi todos, Neruda continuó con su trabajo. Un día, recibió un telegrama de parte del presidente diciéndole que quedaba cancelada la misión. Entre gritos, silencios, insultos al aire, peticiones, paseos desbocados por su oficina, logró que lo comunicaran con el señor presidente. Habló con el ministro de Relaciones Exteriores. “A través de una conversación entrecortada, con frases que debían repetirse veinte veces, sin saber si nos entendíamos o no, dando gritos fenomenales o escuchando como respuesta trompetazos oceánicos del teléfono, creí hacer comprender al ministro Ortega que yo no acataba la contraorden del presidente. Creí también entenderle que me pedía esperar hasta el día siguiente. Pasé, como era lógico, una noche intranquila en mi pequeño hotel de París. A la tarde siguiente supe que el ministro de Relaciones había presentado aquella mañana su renuncia. No aceptaba él tampoco mi desautorización”.
Según Neruda, “el gabinete tembló”, y entonces, pasadas unas horas, recibió un nuevo telegrama para indicarle que “prosiguiera la inmigración”. De alguna manera y por distintas razones que tenían que ver con silenciosas conspiraciones, Aguirre Cerda había titubeado. A los pocos días, y por fin, los dos mil y tantos refugiados españoles iban subiendo las escalerillas del Winnipeg, un barco que el gobierno había comprado hacía unos meses, y que había sido adaptado para la emergencia. Neruda organizaba, ordenaba, iba y volvía y escribía. Tachaba, borraba, miraba por la ventana, caminaba y regresaba a su escritorio. Con los años, Pablo Picasso escribiría: “Ahora que los refugiados españoles llenan de espanto a los países totalitarios, ahora que el llanto sigue vivo en la frontera y hay hambre y pena llega Neruda en cuerpo y espíritu con su enorme angustia de poeta a continuar su apostolado. Ya no habla de la rosa, habla de la sangre”.
Enfocado en ese apostolado del que habló Picasso, Neruda dejó su testimonio en algunos párrafos de “Confieso que he vivido”, su autobiografía inconclusa, y en varios poemas, como “Yo reúno”, que era y fue poema, orgullo, historia, viaje y recuerdo: “Qué orgullo el mío cuando / palpitaba / el navío / y tragaba / más y más hombres, cuando / llegaban las mujeres / separadas / del hermano, del hijo, del amor, / hasta el minuto mismo / en que / yo / los reunía, / y el sol caía sobre el mar / y sobre / aquellos / seres desamparados / que entre lágrimas locas, / entrecortados nombres, / besos con gusto a sal, / sollozos que se ahogaban, / ojos que desde el fuego solo aquí se encontraron: / de nuevo aquí nacieron / resurrectos, / vivientes, / y era mi poesía la bandera / sobre / tantas congojas la que desde el navío los llamaba / latiendo y acogiendo / los legados / de la descubridora desdichada, / de la madre remota / que me otorgó la sangre y la palabra”.
