En la calle 51 con carrera 7, un mural amarillo ocupa gran parte del paisaje por el que pasan miles de bogotanos al día. Además del color vibrante, un transeúnte atento podrá distinguir varios elementos que resaltan a primera vista, dependiendo de la dirección en la que vaya.
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Posiblemente, para aquellos que caminen de sur a norte, el primer símbolo que identifiquen será el rostro de una de las figuras más distintivas de nuestra época: el presidente estadounidense Donald Trump. El mandatario se encuentra acompañado por un texto que dice “Migración-on, Dignidad-off”, además de la imagen de unos ojos detrás de una reja que miran fijamente al espectador y que tienen superpuesta la silueta de unas personas que parecen estar caminando hacia la frontera.
Al costado se pueden observar otros dos personajes. Uno de ellos tiene una camiseta con el mensaje “No nos gustan las fronteras” y a su lado se distingue otro texto que dice “Todas las fronteras son imaginarias”. Continuando con el recorrido visual, se podrá apreciar a dos personas cargando a unos bebés, con una frase en la parte superior que sentencia: “Todo espectador es un cobarde o un traidor”.
Si el ruido y el paso de los carros no distraen, la mirada del transeúnte se posará en el retrato de una pequeña niña que sostiene con firmeza un cartel donde se lee “Hablar español is not a crime”. Por último, luego de caminar unos cuantos pasos, ya que solo así se puede observar el mural en su totalidad, el espectador se verá enfrentado a una frase corta: “Emigro, luego existo”, acompañada por el rostro de una mujer que dirige la mirada hacia el camino por el cual el peatón puede continuar, pero también en dirección a una bandera de Estados Unidos que se ondea, mientras una reja emerge en el fondo.
Este grafiti fue creado por el artista urbano bogotano Toxicómano, cuyo nombre real es Andrés Montoya, aunque su identidad sigue estando cargada de misterio. A partir de su trabajo, Montoya se convirtió en uno de los fundadores de un colectivo callejero que lleva el mismo nombre de su pseudónimo artístico o “tag”, que es el término utilizado dentro de la escena urbana.
Durante su trayectoria, Toxicómano se ha caracterizado por el uso del esténcil, una plantilla gráfica que facilita la reproducción de los dibujos. Otro de sus distintivos son las referencias a imágenes de la cultura popular, dándoles un giro desde la denuncia social. Su estilo ha llegado a ocupar varios espacios de la ciudad y se ha consolidado como una marca reconocible en el mundo del grafiti.
Cuando habla de esta obra en específico, el artista ha sido enfático en el mensaje que quiere transmitir: “Muy pocas personas emigran porque quieren, la gran mayoría lo hace porque le toca, pero la distancia no borra las raíces”, expresó en sus redes sociales.
En 2025, cuando Trump emitió una orden ejecutiva que declaraba el inglés como el idioma oficial de su país y puso sobre la mesa la posibilidad de que se eliminara el español de las agencias federales, el creador urbano recordó el fragmento donde se lee “Hablar español is not a crime” y declaró que “eliminar la asistencia en español pone en desventaja a las casi 60 millones de personas hispanohablantes que necesitan acceso a servicios esenciales”.
Tanto la estética del mural como el posicionamiento en redes del artista se han convertido en una muestra de su posición crítica frente a las políticas antimigratorias que ha adoptado el gobierno del mandatario norteamericano, y han contribuido al debate desde la disputa del espacio público.
Sin embargo, este grafiti es solo el inicio de un entramado de historias que se albergan en este rincón de la ciudad. Apenas se cruza la calle, está un puesto de frutas y verduras donde trabajan dos hombres, uno de ellos Michael Gutiérrez, migrante venezolano. Junto a él, se observan dos carteles con números telefónicos, a través de los cuales es posible acceder a servicios de transferencia o cambio de divisas, principalmente entre Colombia y Venezuela.
Al preguntarle por esto, Gutiérrez comentó que este es un segundo emprendimiento que decidió instalar con su primo, debido a que en esta zona transitan muchos venezolanos. Además, contó que esta esquina es la puerta a un sitio donde viven varios de sus compatriotas: el barrio Pardo Rubio.
Después de hablar con él, justo a lado nuestro, se empezó a formar una fila que llevaba a un punto de espera para tomar taxis. Ahí se encontraba Hernán Torres, bogotano de nacimiento, que creció y ha estado toda su vida en Pardo Rubio. Torres expresó que este servicio, que ofrece junto a otros compañeros, es una iniciativa que surgió hace aproximadamente tres décadas, debido al difícil acceso al transporte que tenían los habitantes de ese lugar.
“Antes el barrio no estaba completamente pavimentado”, comentó, y también aclaró que este servicio se inició con el uso de camionetas, para luego transportarse en buses, carros particulares y, finalmente, llegar a la dinámica que hoy se maneja con los taxis. A pesar de que hoy los buses del SITP sí llegan a esta zona, la gente muchas veces prefiere utilizar este servicio debido a la comodidad, la confianza y el precio asequible, una apreciación que parece ser confirmada por la gran fila que se forma en horas pico.
Por otra parte, mencionó que, sobre todo a partir de la pandemia, Pardo Rubio se convirtió en el hogar de decenas de familias venezolanas. Torres describió al barrio como un lugar tranquilo, aunque también reconoció que se ha producido un crecimiento acelerado: “Antes no había casas de más de un piso, ahora no se encuentran edificios con menos de cuatro”. Esto ha provocado que los precios de los arriendos se incrementen de manera considerable.
Sin embargo, algo que no cambia es esta iniciativa de transporte propuesta por y para los habitantes del barrio. De manera aledaña a este servicio, se encuentran otros negocios, como la carreta de comidas y bebidas de don Alfonso, ubicada estratégicamente en medio de la fila, y el puesto de tintos y aromáticas de la señora Johanna. Ambos son migrantes venezolanos que han encontrado en esta esquina un medio por el cual subsistir.
Al preguntarle a los transeúntes por el grafiti que se encuentra en este particular sitio, la mayoría dijo que, debido al ajetreo, no se han detenido a analizar el mensaje que intenta transmitir el mural y algunas personas, como Hernán Torres, mencionaron que nunca se habían fijado en esta pared de color vibrante por la que pasan día a día durante sus trayectos.
No obstante, otros citadinos que circulan por ahí manifestaron que el mural “le da vida” a la zona y que propone un mensaje “interesante”. Bogotá es reconocida a nivel regional como la capital latinoamericana del grafiti, debido a la amplia presencia que tiene este tipo de arte en las calles. Si bien, debido al afán de la rutina, parece ser difícil detenerse a observar murales como este, una vez se hace este ejercicio, se revelan un sinfín de relatos que pueden ser contados.
De acuerdo con el Concejo de Bogotá, en 2025 la capital albergaba a más de 600.000 venezolanos. Varios ciudadanos del país vecino han denunciado xenofobia y discriminación, por lo que un mural como este puede representar otra perspectiva para que los capitalinos se acerquen al tema de la migración.
Si bien no se conoce si la ubicación de este mural fue intencional o no, este es un caso donde el arte apuesta por nuevas narrativas y discusiones colectivas desde el espacio público. De este modo, la frase “Emigro, luego existo”, pensada desde la experiencia de la diáspora venezolana en el barrio de Pardo Rubio, se resignifica día a día en este rincón de la ciudad.