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Epstein o la nueva forma del mal en los poderosos (Sobrepensadores)

Tras la más reciente revelación de miles de documentos sobre el caso de Jeffrey Epstein, mucho se ha dicho. Presentamos una reflexión sobre la maldad y las formas en las que se presentó en este caso.

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Roberto Palacio
18 de febrero de 2026 - 06:06 p. m.
El Departamento de Justicia de Estados reveló a principios de 2026 millones de archivos del caso Epstein.
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Foto: AFP - STEPHANIE KEITH
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Hannah Arendt dio con uno de los rasgos más sobresalientes del mal contemporáneo en su libro de 1962 “Eichamann en Jerusalén”. Eichmann, uno de los últimos nazis llevados a juicio, no tenía grandes planes más allá de avanzar en su carrera de burócrata de rango medio encargado de la logística que llevaba a los judíos hasta los campos de exterminio. No era un maestro del mal; simplemente nunca se detuvo a pensar en lo que estaba haciendo. El mal contemporáneo es ese vacío, más que las intenciones de un malvado al estilo demoniaco del siglo XIX, algo que Arendt llamó “la banalidad del mal”. El enorme aparato burocrático nazi, uno que hemos replicado en nuestra burocracia, hacía posible separar la administración del Estado del sufrimiento humano. Arendt lo vio también en el aparato de producción. El campo de concentración era una extensión de la fábrica: esta procura pagar cada vez menos, imprimir más horas de trabajo en quien labora, con indiferencia por su vida, haciendo trabajos insignificantes. El campo de concentración es una prolongación lógica y cínica de la misma lógica: se trabaja sin parar hasta morir, sin paga, en la insignificancia. Arendt observa cómo en campos de concentración como Treblinka se obliga a los prisioneros a hacer trabajos como vestir calzado desmedido y caminar sobre una tira de cemento durante días para comprobar cuánto resiste la piedra. La maldad tiene que ver con esta trivialización del ser humano en cuanto ser humano, con reducirlo a un “cadáver andante” para usar su expresión.

Este es el mal que fue dominante durante gran parte del siglo XX, uno legal, propiciado por el Estado, aparentemente neutral, que algunos ven como “necesario” y que está inextricablemente ligado a la política, a la administración pública y a nuestro sistema de producción. Aún está vivo. Pero con el caso de Epstein estamos ante un nuevo tipo de mal. Cuando la barrera entre el Estado y los poderosos simplemente ha desaparecido -elegimos líderes políticos por ser personas poderosas en las esferas privadas de la vida-, nuestra política se “subjetiviza”, haciendo indistinguible los vicios personales de la vida colectiva. El mal de la vida individual de los poderosos entra a jugar el rol del mal de Estado de la era nazi. Esto justamente es Epstein. Se trata del mal individual convertido en poder institucional, en ese extraño giro que ha tomado nuestra vida consistente en que llamamos asuntos de interés público a los asuntos privados de personas que tienen una vida pública.

En el caso de Epstein, se trata del mal esparcido en las altas esferas de la sociedad. Epstein tuvo trato con personas que van desde príncipes, hasta intelectuales de la talla de Noam Chomsky, llegando a presidentes de países tercermundistas como Andrés Pastrana que añoran mezclarse con las élites internacionales.

El mal al estilo Epstein comparte con el mal de Eichmann el ser una suerte de vacío, guiado por una enorme indiferencia hacia el otro. En el caso de los nazis, era claro que el objetivo último era el exterminio. En el caso de Epstein, su forma de banalidad del mal, pareciera no tener más fin último que su placer: fornicaré con todas las mujeres que pueda, sin importar su edad, su condición, si por ello debo pagar, si lo logro con chantaje. Las intercambiaré con otros poderosos como dádivas, como favores transaccionales, con el fin de apalancar o de inclinar decisiones políticas o judiciales.

Si Epstein pretendía hacer daño o no, es algo indemostrable. Pero incluso en el caso de que sólo quisiera sexo con sus víctimas, sin que mediara un deseo o una teoría articulada de daño, aún así, su acción se podría considerar malvada dada su indiferencia por la protección y seguridad de sus víctimas. El ejemplo del filósofo moral Peter Singer de 1972 es esclarecedor: ¿no llamaríamos malvada a una persona que ve a un niño ahogarse en un estanque y no lo auxilia para no mojarse la ropa? Esta persona no ha tenido la intención de dañar, pero su indiferencia puede ser letal.

De la misma manera que en el campo de concentración se hace al otro trivial por su trabajo, en la trata sexual el otro deviene carne de los deseos del consumidor. Nos cuesta trabajo creer esto porque ya no podemos ver la actividad sexual en su dimensión trivializante. La vemos indefectiblemente como un ámbito de libertad y realización. Pero la sexualidad como parte de una trata, si se obliga a otros a ella, tiene una dimensión de consumo vulgarizante. Kant advertía esto con respecto a toda forma de sexualidad que reducía al otro a una suerte de insumo, como si fuera un “lechón asado”, decía en su conferencia de 1788 “Acerca de los deberes para con el cuerpo relativos a la inclinación sexual”.

No habrá que ir tan lejos como Kant para marcar toda sexualidad con ese atributo deshumanizador, pero su reflexión nos recuerda que esto es posible. En cuanto a las víctimas, la sentencia más clara en este sentido kantiano la dio Ghislaine Maxwell: “Eran núbiles, (para Jeffrey) no eran más que basura”. Se trata de una nueva categoría de personas que según el pensador lituano Leonidas Donskis hace su aparición en la escena social: seres humanos dispensables -desechables los llamamos nosotros-, que no valía la pena proteger. Cuando se volvían un obstáculo para Epstein, como cuando quedaban embarazadas, eran obligadas a abortar…el Príncipe o el Primer Ministro no cargarán sobre sus hombros el escándalo político de una paternidad no deseada con una menor de edad, como lo atestiguan los casos de abortos forzados recién salidos a la luz pública.

Más que con una intención perversa, la maldad à la Epstein actúa con una absoluta indiferencia por el otro, por su suerte, por su vida. La víctima sexual se asemeja a un inversionista que pierde la plata en un fondo de inversión: alguien usado, desposeído, sin medios para reclamar y que ni siquiera puede acceder a su victimario. No hay un sentido en el que extendamos los sentimientos de cuidado propios al otro. Esto supone, claro que el otro es un inferior. Hoy no tiene que mediar una teoría racial nacionalista de defensa a la “Madre Patria”, ni una de clase, rimbombante y aristocratizada. El otro es desechable…yo no lo soy.

Por Roberto Palacio

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