La luz estalla generando espacios en blanco. Se acentúa y se disipa mientras el brillo explosivo se modifica. Poco a poco se va transformando en otro objeto, en otro lugar, en otro color, en otras formas y otras narrativas.
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Desde su existencia, el artista se ha convertido en un descubridor incansable de materialidades que se acoplan a su libertad creativa. Su experiencia y su intención se basan en el azar, en atar caminos y tejer puentes. Más allá de experimentar, existe una necesidad de transformar la materia, de volverla propia y moldeable en su inestabilidad.
El artista François Bucher decía en 2016 que el artista es un ser simbólico que vive en un orden y lo expresa de nuevo. Un renovado orden que se gesta a sí mismo de maneras infinitas, que no tiene límite. Una encarnación que se expresa en todas las formas posibles e imposibles, racionales e irracionales, y que no tiene un fin medible. Así se va transmutando lo que compone este orden: una cotidianidad cargada de objetos y elementos que recogen un carácter emocional y se conectan con el hacer del artista.
Rafael Díaz es un artista que mantiene su curiosidad por la proyección del color, de cómo se manifiesta en una superficie o materia y cómo es capaz el ser humano de percibirlo. A través de la pintura, su inquietud se vuelve más latente y desde allí experimenta distintas técnicas para obtener un resultado ácido y juguetón que pone en alerta al espectador.
En la galería SGR se presenta la exposición “Promesa”, un espacio inmersivo cubierto de tiras de papel alargadas y coloreado en diferentes tonos. Luces desde arriba van iluminando cada tira de papel, cambiando su destello e intensificando sus colores. Mientras este proceso sucede, las tonalidades van mutando; aquí comienza el juego de la percepción para averiguar el color proyectado.
Díaz experimenta materiales diferentes para la pintura clásica y, para generar esta experiencia, utiliza papel de arroz que arruga y después plancha. Así es como logra una acentuación en el color. Por otro lado, utiliza veladura de pintura, esta técnica realizada con pintura de aerosol y pintura esmaltada en diferentes capas. Con esta pretende moldear los colores que se intensifican en el papel de arroz: “Eso permite que la luz atraviese la misma pintura, que se puedan ver en una superficie plana muchas capas de color. Hay un nivel de profundidad en algo que es superficial, en algo que es plano”, explicó el artista.
El juego de luces en la instalación comienza a explorar este tratamiento del papel, lo descontextualiza y lo tergiversa. Los colores no están definidos y van cambiando en nuestro cerebro, guiado por la pericia y la sensación que estos ocasionan. Es aquí donde el valor de lo matérico se expande, generando nuevas experiencias y habitando otros escenarios.
Otro ejemplo de ello es el trabajo de la artista Claudia Porras, que integra seres y elementos que conforman la zona urbana. “Vestigios” es una serie de dibujos inspirados en la fauna urbana que muchas veces pasa desapercibida, pero que evoca historias de una ruralidad que hoy hace parte del paisaje gris citadino.
Con el polvo que cubre las calles, la artista comienza a trazar en el papel algunas palomas y rostros de perros callejeros. Aquí los elementos que utiliza recobran su inestabilidad, pero mantienen su origen. Como si fueran huellas en el suelo mojadas por el agua de lluvia, pero que se transforman en personajes. Algunas de sus obras hacen parte de la exposición “Lenguajes de papel” que se presenta actualmente en la Galería El Museo.
Efrén Giraldo, escritor y crítico de arte, expresaba frente a la obra del artista Carlos Uribe que el arte estaba intermediado por una lectura de las dimensiones relacionales de los objetos usados en prácticas cotidianas, lo que derivaba en una comprensión transnacional y efímera de la forma. De esta manera la materia y los objetos cotidianos cobran otro significado, uno capaz de moldear emociones.
En El Parqueadero del Museo de Arte Miguel Urrutia se presenta “Paisajes de lo invisible”, proyecto ganador de la convocatoria Espacios en residencia El Parqueadero 2025, de la línea de arte, ciencia y tecnología de Idartes. La exposición está compuesta por desechos tecnológicos que, al acumularlos, se adaptan a nuevas formas y nuevos propósitos.
La artista María Jimena Herrera indaga sobre la procedencia, la composición y el deterioro de aparatos electrónicos; los aprovecha y crea instalaciones que encuentran una forma estética. Su método reconoce el consumo desmesurado frente a estos elementos, pero también invita a explorar infinitas maneras de reinventarlos y reinventarse.
“Ciudades desoladas” es una de las primeras obras que la artista construyó hace 13 años con materiales reciclados de monitores y televisores, una visión desalentadora que reflexiona sobre un mundo habitado por desechos. En palabras de la artista: “Me interesa que el público que ve mi trabajo pueda acercarse a los residuos de estos aparatos desde la corporalidad y desde la emoción. Me interesa que en el público se suscite la reflexión frente a nuestra sociedad tan consumista”.
El poder expansivo de la materia logra vincularse con las emociones de quienes perciben los proyectos artísticos aquí mencionados. La materialidad vista desde la perspectiva del artista cobra otro significado: sus emociones se ensamblan con la invención de sus experiencias. Materiales que el tiempo descompone para formar nuevos cuerpos.