1 Oct 2019 - 11:00 p. m.

Festival Gabo 2019: Los sueños REM de Gabriel García Márquez

El brasileño Sidarta Ribeiro, neurocientífico e investigador de la memoria, es uno de los invitados al VII Festival Gabo, que se realiza del 2 al 4 de octubre en Medellín. Charlará del tema con el escritor Santiago Gamboa y con Karim Ganem Maloof, editor de "El Malpensante" (*).

Nelson Fredy Padilla

Una de las últimas fotos de Gabriel García Márquez (1927-2014) en su casa de Ciudad de México. / AFP
Una de las últimas fotos de Gabriel García Márquez (1927-2014) en su casa de Ciudad de México. / AFP

Buena parte de la obra de Gabriel García Márquez habría surgido de sueños de movimientos oculares rápidos (MOR), más conocidos por la sigla en inglés REM (Rapid eye movement). De esto hablará en Medellín, en el marco del VII Festival Gabo, el brasileño Sidarta Ribeiro, neurocientífico e investigador de la mente. Según sus estudios, tales sueños juegan un papel trascendental a la hora de facilitar el funcionamiento de los circuitos neuronales para reestructurar la memoria y propiciar la generación de nuevas ideas. Allí se crea “el escenario intenso de expresión inconsciente” donde el ser humano “se alquila para soñar”, como diría el Nobel de Literatura colombiano. (Más: La Fundación Gabo y su Festival anual).

Ribeiro explicará por qué ese estado favorece a un escritor y por qué pasamos la mayor parte de nuestras vidas dormidos, “inmersos en la oscuridad del sueño y en la misteriosa riqueza de las experiencias de los sueños internos”. También detallará las “evidencias experimentales” de que “el sueño actúa decisivamente en la adquisición y maduración de los recuerdos”.

García Márquez reconoció siempre que en esos “sopores” descubrió muchas historias, como las han encontrado todos los escritores a lo largo de la historia. Pero su caso es obsesivo desde niño: “Me crearon en casa la mala reputación de que tenía recuerdos intrauterinos y sueños premonitorios”. Y en el colegio: “Mi único inconveniente social en el colegio eran unas pesadillas siniestras heredadas de mi madre, que irrumpían en los sueños ajenos como alaridos de ultratumba”. Entre ellas, una en especial: las habitaciones de las que no podía escapar porque se repetían sin cesar en juego de cajas chinas. (Más: Nieto de García Márquez, del cine y el cómic a la novela).

Basta oír en el Centro Gabo la entrevista que concedió el 20 de septiembre de 1954 a la emisora HJCK en la que las categoriza. A mediados de los 90, durante un taller de periodismo en Cartagena, nos lo contó en charla con su cómplice de sueños, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, a quien le daba crédito por ser el único periodista que usaba la grabadora para lo único que sirve: grabar el contenido de sueños o pesadillas apenas se despertaba para luego usarlo como insumo literario. En la revista Cambio nos aconsejaba preguntarles a todos los personajes no sólo por lo que cargaban en sus bolsillos, sino por sus sueños y pesadillas.

Hubo obras y autores que le abrieron los ojos a los sueños: La metamorfosis, de Franz Kafka, “en la falsa traducción de Borges publicada por la editorial Losada de Buenos Aires, que definió un camino nuevo para mi vida desde la primera línea: ‘Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto’”. Kafka le enseñó cómo manipularlos y se lo reforzó Alejo Carpentier con El reino de este mundo, la mágica novela que cuenta la revolución haitiana tejiendo alucinaciones y realidades. Para abrir el diálogo que propone el Festival Gabo, estas citas de cuentos, artículos y novelas:

Cuento La tercera resignación: “Oyó ruidos en la pieza contigua. ¿Estaría dormido? ¿Habría sido una pesadilla toda esa vida de muerto? Pero el ruido de la vajilla no continuó. Se puso triste y quizá tuvo disgusto por ello. Hubiera querido que todas las vajillas de la tierra se quebraran de un solo golpe, allí a su lado, para despertar por una causa exterior, ya que su voluntad había fracasado. Pero no. No era un sueño. Estaba seguro que de haber sido un sueño ¿ no habría fallado el último intento de volver a la realidad. Él no despertaría ya más”.

Relato de un náufrago: “Sin embargo, tan pronto como cerraba los ojos aparecía Jaime Manjarrés, sonriente, primero señalándome la dirección del puerto y luego sentado en el comedor, frente a mí, con un plato de frutas y huevos revueltos en la mano. Al principio fue un sueño. Cerraba los ojos, dormía durante breves minutos y aparecía siempre, puntual y en la misma posición, Jaime Manjarrés”.

Reportaje al ciclista Ramón Hoyos Vallejo: “Soñé que mi madre estaba en la clínica León XIII —donde nos internaron para la segunda vuelta— con una pierna fracturada. Conversamos largo rato, sobre muchas cosas que no recuerdo bien. Pero me dijeron que no había ningún peligro, que dentro de pocos días estaría completamente restablecida. Además, se mostró mi madre muy satisfecha de que me hubieran dado licencia para visitarla. Sé que seguí durmiendo hasta mucho después de que se acabó el sueño. Pero cuando desperté, me pareció que aquel sueño había sido una realidad, y me sentí tranquilo. Con frecuencia he sufrido una pesadilla: trato de correr, muevo las piernas incesantemente, con desesperación, pero no avanzo un milímetro”.

Cuento La otra costilla de la muerte: “Sin saber por qué, despertó sobresaltado. Un acre olor a violeta y a formaldehído venía, robusto y ancho, desde la otra habitación, a confundirse con el aroma de flores recién abiertas que mandaba el jardín amaneciente. Trató de serenarse, de recobrar ese ánimo que bruscamente había perdido en el sueño. Quedó quieto un momento como tratando de aflojar la tensión nerviosa que lo había empujado hacia la superficie del sueño…”.

Cuento Tubal-Caín forja una estrella: “Sí. Era bello su padre cuando descendía del marco y venía a sentarse al borde de su cama. Él lo veía otra vez —como lo había visto furtivamente en la infancia— clavándose la aguja para depositar el germen del sueño dentro de su muslo. Su rostro iba adquiriendo el color de una tierra sucia, plomiza, y su cuerpo se hacía gigante dentro de la habitación”.

Cuento Ojos de perro azul: “Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora: ‘Ojos de perro azul’. Y en la calle, iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla: ‘Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul’… Entonces se acercó al dependiente y le dijo: ‘Siempre sueño con un hombre que me dice: ‘Ojos de perro azul’. Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: ‘En realidad, señorita, usted tiene los ojos así’. Y ella le dijo: ‘Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo’… Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: ‘¿Quién es usted?’. Y ella me dijo: ‘No lo recuerdo’. Yo le dije: ‘Pero creo que nos hemos visto antes’. Y ella dijo, indiferente: ‘Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto’. Y yo le dije: ‘Eso es. Ya empiezo a recordarlo’. Y ella dijo: ‘Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños’

Cuento Me alquilo para soñar: “Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:

—Me alquilo para soñar.

En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias… Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: ‘Sueño’”.

Novela Crónica de una muerte anunciada:“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. ‘Siempre soñaba con árboles’, me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. ‘La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros’, me dijo”.

Novela Cien años de soledad: “José Arcadio Buendia no logró descifrar el sueño de las casas con paredes de espejos hasta el día en que conoció el hielo.... Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito”.

“Soñó que entraba en una casa vacía, de paredes blancas, y que lo inquietaba la pesadumbre de ser el primer ser humano que entraba en ella. En el sueño recordó que había soñado lo mismo la noche anterior y en muchas noches de los últimos años, y supo que la imagen se habría borrado de su memoria al despertar, porque aquel sueño recurrente tenía la virtud de no ser recordado sino dentro del mismo sueño. Un momento después, en efecto, cuando el peluquero llamó a la puerta del taller, el coronel Aureliano Buendía despertó con la impresión de que involuntariamente se había quedado dormido por breves segundos, y que no había tenido tiempo de soñar nada”.

“Habían contraído, en efecto, la enfermedad del insomnio. Úrsula, que había aprendido de su madre el valor medicinal de las plantas, preparó e hizo beber a todos un brebaje de acónito, pero no consiguieron dormir, sino que estuvieron todo el día soñando despiertos. En ese estado de alucinada lucidez no sólo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros”.

Autobiografía Vivir para contarla: “El calor y los zancudos se hicieron insoportables, pero mi madre los sorteó con unas ráfagas de sueños instantáneos e intermitentes, ya célebres en la familia, que le permitían descansar sin perder el hilo de la conversación… Mi madre se creía curada de espantos, pues una vez muertos sus padres había cortado todo vínculo con Aracataca. Sin embargo, sus sueños la traicionaban. Al menos, cuando tenía alguno que le interesaba tanto como para contarlo al desayuno, estaba siempre relacionado con sus añoranzas de la zona bananera”.

“Entonces vimos en la calle desierta a una mujer de luto cerrado con una niña de unos doce años que llevaba un ramo de flores mustias envuelto en un periódico. Se protegían del sol abrasante con un paraguas negro, ajenas por completo a la impertinencia de la gente que las veía pasar. Eran la madre y la hermana menor del ladrón muerto, que llevaban flores para la tumba. Aquella visión me persiguió durante muchos años, como un sueño unánime que todo el pueblo vio pasar por las ventanas, hasta que conseguí exorcizarla en un cuento”.

* El evento "Lo que creamos mientras dormimos: el poder narrativo de los sueños" será este miércoles 2 de octubre en el Orquideorama del Jardín Botánico de Medellín. (5:30 pm – 6:30 pm). Más información: https://fundaciongabo.org

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