Ecos de Terra (2.)
Ese hombre de cabello plateado, de barba poblada, que hace gestos muy arrugados y tiene unos ojos verdes que intentan ser grises. Ese ser lejano pero comentado, pues todos cuentan historias de su pasado, unas para bien otras para mal. Es el abuelo, un viejo guerrero, un partícipe de las batallas de antaño, fue un gran general y un ejemplo viviente para mi padre. Está sentado en la parte delantera del carro, de un vehículo último modelo cuya lata está revestida de un negro brillante. El viejo espera quieto con sus ojos perdidos en el horizonte, está ahí esperado el inicio del viaje para visitar las antiguas tierras de la familia. En poco partiremos, sólo falta poner en orden las cosas necesarias para partir. Mi padre llama a la criada, le dice «Venga Catalina. Dígales a los criados que agilicen el paso. Parece que mi padre se siente incómodo en el carro, siempre se acostumbró a montar un caballo, incluso en el campo de batalla no abandonaba a ese animal enardecido por los roces de bala». La orden de padre es clara. Esa mujer de piel canela, unos años mayor, la fiel compañera de la familia y ama de llaves, sale afanada hacia la parte trasera de la casa con la intención de transmitir el mensaje de su patrón. Es una mujer nacida en estas tierras, heredera de antepasados regionales, así lo muestra su sangre y su cuerpo. No tardan los hombres vestidos de blanco y negro, con su piel oscura, en cargar lo necesario en la parte trasera del carro. Mientras hacen su labor, el fósil de la guerra mueve sus manos en diferentes direcciones, parecen quejas o tal vez son regaños, sea lo que sea se ve inconforme con la labor de esos criados. Mi padre acelera el proceso con algunos gritos de fondo: «Bueno Catalina, súbase en la parte de atrás y acuérdese de guardar silencio, al parecer mi padre no tiene agrado por su voz. Venga hijo, lleva tus cosas de mano, necesitamos irnos ya, pues tu abuelo quiere ver los establos. Pobre viejo todavía cree que el Cruzado está vivo y trotando».
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El viejo se pasea impaciente entre los caballos. Parece buscar uno especial, les mira el número marcado en su lomo y no quita la vista de los nombres enchapados en bronce que están pegados a las pequeñas puertas de los establos. Dos hombrecitos vestidos de blanco le siguen de cerca, uno de ellos tiene una esponja que gotea y el otro sostiene un balde lleno de agua y jabón. Debe estar buscando aquel viejo caballo, ese animal que ahora reposa en algún campo de batalla, una bestia ya olvidada por los hombres actuales y que se le recuerda en algunos cuentos regionales. El famoso Cruzado era una bestia blanca, enorme. Según le oí a algunos comentadores de pasillo, aquel ejemplar equino mataba más indios que las balas de los vaqueros, era una creatura mortífera y siempre dispuesta a beber la sangre de los heridos. Como dicen las historias, el abuelo sacaba a Cruzado cada vez que alguno de esos hombres naturales intentaba hacerse un espacio en tierras ajenas o cuando ellos querían habitar lo que perdieron en la conquista. En otras ocasiones, más honorables, era el compañero inseparable del viejo general, salía con él a la batalla, recibía balazos, sangraba como los guerreros, relinchaba cual grito de guerra y en ningún momento se quejaba de los dolores adquiridos. «Carajo. Pregúntele al capataz el paradero de mi corcel. Cómo carajos lo sacaron sin autorización. Si el bendito animal no aparece alguno de ustedes dos terminara comiendo heno de por vida». Patea el balde y le pega un tremendo golpe en la cabeza al hombrecillo de la esponja, lo que obliga al criado a agacharse y a gemir casi en silencio. En verdad el abuelo está perdiendo sus últimos enlaces con el mundo. Está quedado en sus eventos pasados, recordando, como si fuese ayer, hombres y animales ya puestos en una vida de descomposición total. «Paciencia con él. Me repite papá. Sabes de su estado, la vejez no llega sola. Acuérdate de sus hazañas, de sus logros militares». En fin, el viejo general, un personaje sumergido en su mundo, un hombre que se niega a olvidar sus tradiciones más arraigadas, un guerrero que no da a torcer su brazo derecho.
José Luis Peña Castro: Licenciado en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás, abogado de la Universidad Libre de Colombia. Escritor apasionado por los temas relacionados con la metafísica, el esoterismo, el conocimiento hermético, el origen de la humanidad, la cosmología, la física cuántica, las dimensiones y las existencias paralelas, junto con las entidades que trascienden la conciencia humana. Por ello, gusta de sumergirse en los saberes antiguos, en los mitos, las historias perdidas, las leyendas y creencias de lo imposible.
Emplea los elementos de la fantasía, heredados de los mitos de las culturas ancestrales, para dar forma a sus ideas y creencias que se plasman en sus novelas, a través de las cuales “…se devela en silencio el mensaje…”.
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Inny Ja: Pantomima
Los obreros con sumo cuidado bajaron el féretro de la desteñida bóveda donde se encontraba. Los asistentes, con curiosidad levantaban las miradas para ver los vestigios de la muerte. Al romper la tapa del ataúd un olor fétido se esparció por el lugar y quedaron estupefactos al contemplar la escena del cadáver que estaba frente a sus ojos. Los obreros se miraron con angustia, se quitaron los cascos e inclinando su cabeza en señal de respeto, se dirigieron a la familia:
—Lo sentimos mucho.
Veinticinco años atrás Alicia y sus hermanos: Lulú y José, hijos de dos humildes campesinos de Boyacá se encontraban jugando con los perros guardianes de la finca donde vivían. José quien era el hermano mayor, cavaba caminos para hacer pequeños e improvisados laberintos para los canes. Por su parte, sus pequeñas hermanas solo lo observaban con admiración y curiosidad, contemplaban emocionadas la gran fuerza de su joven hermano, el segundo hombre al mando en la casa.
—¡José! –Gritó a lo lejos Paulina, su mamá.
Ella era una mujer de unos 40 años, campesina y trabajadora desde siempre; pero también una mártir desde su niñez: siempre había sido la persona con la que toda su familia desfogaba sus emociones negativas, a ella siempre le pegaron, siempre la insultaron, siempre la discriminaron. Quiso casarse para huir de los malos tratos, pero el hombre que encontró solo dio continuidad a su dolor psicológico. A pesar de todo ello, Paulina siempre buscó tener sus propios recursos, que, aunque era sólo para darle lo mejor a sus hijos, no quería depender del todo del infiel de su marido. Por tal razón, decidió alimentar a toda la tripulación del tren que venía directamente desde Bogotá y que paraba frente a su casa para suministrar de carbón y agua a las gigantescas máquinas de los Pantomima El Columpio de la muerte ferrocarriles nacionales.
Cada día de la semana, exactamente al medio día, la solitaria vereda de El Rhur se llenaba de trenes sedientos de agua, personas con hambre dispuestas a arrasar los ricos almuerzos típicos que preparaba Paulina, músicos que utilizaban la parada para amenizar a los pasajeros y jóvenes que aprovechaban el momento para terminar de conquistar a sus musas. Sin embargo, para que todo esto fuera posible, los hijos de Paulina debían ayudar con los quehaceres de su madre, mientras ella mataba gallinas, reses, cerdos para alimentar a los comensales.
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—¡Joseeeeé! —volvió a insistir la cansada voz de su madre, mientras se acercaba secándose las manos con el delantal, a los laberintos de tierra construidos por el joven. —Mijo, deje esa joda y vaya por leña para la estufa, ya son las 6:00 am y tenemos que tener toda la comida lista a las 11:00 am.
—Listo, mamá ya vengo —dijo José mientras les enseñaba a sus hermanas cómo guiar a los perros en el laberinto.
—¿Y qué creen las señoritas? ¿Qué son cuerpo glorioso y no ayudan? ¡A trabajar con José!
Las niñas solo supieron torcer la boca e ir con desgano a acompañar a José, pero un chancletazo en la espalda de Lulú les mejoró el ánimo y salieron corriendo a acompañarlo. Para lograr la tarea, los niños debían atravesar un pequeño riachuelo y dirigirse a la mitad de una montaña, donde se encontraba un gran bosque de pinos, robles, eucaliptos y otros árboles, adentrarse en él y cortar troncos para que alzados al hombro se transportaran a la casa de su madre.
Al ser una tarea cotidiana y habitual los pequeños ya tenían dominada la zona, por lo que algunos árboles ya se encontraban marcados con sus nombres y en algunos había pequeños juegos que el creativo José había construido. Uno de ellos un columpio que se encontraba en medio de dos troncos de eucalipto. Para armarlo, José había traído dos lazos para amarrar reses de los cuales sostenía una pequeña tabla, la cual permitía a los niños sentarse mientras los otros dos lo empujaban con la mayor fuerza posible. Siempre se subía José, o Lulú, pero nunca había dejado montar a Alicia, quien era menor, pues creían que era muy niña para soportar la fuerza con la que ellos siempre jugaban. Sin embargo, este día era especial porque era el cumpleaños número cuatro de Alicia y como ritual decidieron dejarla subir:
—Tiene que agarrarse fuerte de las piolas —le dijo José con firmeza a Alicia.
—¡Si hermanito, ahora empújenme con todas las fuerzas! —Expresó entusiasmada la pequeña cumpleañera.
Lulú tomó a Alicia por la cintura, y comenzó a halar hacia atrás de manera que la pequeña niña tomara cierta altura y pudiera tener un buen impulso, pero antes de soltarla, José la interrumpió.
—¡Espere, Lulú!
—¿Qué fue? —Le preguntó Lulú frustrada.
— Que Alicia quiere más fuerza, déjeme a mí que yo soy más grande y la puedo empujar más duro. Lulú se hizo a un lado con una sonrisa, y José terminó de halar hacia atrás de manera que Alicia tomara más altura y por ende más fuerza. Alicia por su parte estaba muy emocionada, el columpio estaba estratégicamente ubicado en medio de dos olorosos eucaliptos que custodiaban un camino en subida, por lo que frente al columpio se encontraba una gran bajada que hacía ver un desfiladero de hojas secas, semillas de eucalipto, piñas de los pinos y una que otra piedra; era un hermoso camino que conducía al paraíso y la pequeña no cabía de la dicha.
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—¡Suéltame, José! —Le gritó con alegría Alicia.
José hizo caso y la empujó con toda su fuerza, haciendo que Alicia se fuera hacia adelante con una gran sonrisa y un brillo en los ojos que nunca había tenido.
—¡Estira las piernas Alicia! —Le sugirió Lulú emocionada.
Al volver el columpio hacia atrás, José la recibió y la volvió a empujar con más fuerza, pero esta vez la pequeña Alicia no pudo sostener el peso de su cuerpo y como consecuencia sintió por primera vez el efecto de la gravedad: sus manos se soltaron de las cuerdas y su pequeño y frágil cuerpo salió disparado hacia adelante, cayó casi que en picada por el camino en bajada que estaba frente; entonces la sonrisa fue cambiada por gestos de terror. Terminó por estrellarse contra el suelo rodando a gran velocidad, tanto que su cuerpo no se detuvo y siguió rodando hasta que su cabeza se encontró con una enorme roca. Sonó un golpe seco y un silencio sepulcral terminó con la macabra escena. Lulú y José solo se miraron tapándose la boca con cara de espanto y corrieron a donde quedó el cuerpo de Alicia.
—¡Alicia! ¿Me escucha? —le preguntó José, mientras le daba pequeñas cachetadas para que reaccionara.
Continuará…
Andrés David Gutiérrez Torres: Psicólogo con posgrados en psicología del consumidor y actualmente docente universitario con experiencia en cátedras de psicología cognitiva, inteligencia, pensamiento y lenguaje, conductismo y aprendizaje. Ha sido líder de procesos de permanencia estudiantil y educación inclusiva en contextos universitarios.
Ponente y conferencista en diferentes temas académicos. Adicional a esto cuenta con dos publicaciones científicas: Actitudes hacia la discapacidad en educación superior, publicado en 2018 en la revista Inclusión y Desarrollo; y recientemente, en el año 2020, publicó el artículo Correlación entre acciones de permanencia estudiantil y la resonancia de marca en una institución de educación superior en la revista Logos, ciencia y tecnología, de la Policía Nacional de Colombia.
Su carrera como escritor es paralela a sus actividades académicas e inicia públicamente con la obra Inny Ja: Pantomima; sin embargo, a lo largo de su vida ganó dos concursos de cuento que sirvieron como fuerza motivadora para sumergirse en el mundo de la literatura.
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Poemas para caso de emergencia (Caso de emergencia No 1: En caso de que la pérdida de un ser querido no te deje respirar)
Arrullo para un niño dormido con los ojos abiertos
Para John
“Que la tierra te sea leve”
Inscripción funeraria Romana
Me acerco a ti,
Sintiéndome como un pequeño dios
para revivirte,
solo por un instante
con mi lápiz y mi hoja,
con la memoria y la palabra.
Me acerco con miedo,
y pienso que aún estás dormido.
Deseo no abrir la puerta
para no hallarte en la cama
rígido por el tiempo,
rígido por el exceso de amor.
La muerte te sorprendió
y te dejó con los ojos abiertos
-eso dijeron-
No quise verte,
ni ver tu cuerpo enfundado en maderos.
Prefiero pensar en tus manos
laboriosas de campo.
Y recordar que bailábamos en la cocina
al son de tu música,
para burlarnos de la desdicha,
olvidar que estábamos solos
y que el amor nos había dado la espalda.
¿Cuántos abrazos que cruzaban el mar Atlántico te
envié para canjearlos a tu regreso por perfumes ,y
los libros de las luisíadas?
No te dije aquella noche de cigarrillos y oporto
que tu historia era digna de ser escrita.
Tu historia de niño asustado
trepando los árboles,
tu historia de niño
y zapatos rotos,
tu historia de niño
sin fecha de cumpleaños
que no te hizo justicia.
Cierra tus ojos de luna llena,
mi niño, sonríe.
Jamás faltaremos a tu promesa.
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Caso de emergencia No 2: En caso de que la tristeza te haya roto los huesos
Escribir
con una pluma silenciosa,
para hablar por los que callan.
Y la calle
se levanta
como una cicatriz.
Y nosotros
desdichados,
enmudecidos, rotos.
Caso de emergencia No 3: En caso de quemaduras de tercer grado por desamor
La pregunta eterna:
¿Soy yo?
Vengo de un largo camino
en el que intento agarrar palabras con la mano.
vengo de rodear el fuego,
de escuchar solo el silencio en una blanca neblina.
Vengo de pintarme de manera imposible sobre una tela
en la que caben todas las mujeres del mundo
y su sexos rosados,
y sus largas piernas,
y sus facciones delicadas.
No me comparo,
me he cansado de hacerlo.
Me hincharon el vientre de ilusiones,
de mariposas
y de hijos.
Y ahora me emborracho de la belleza.
Aún tras la reja
escribo con el cuerpo,
no pierdo la sonrisa.
Escribo palabras
como quien lanza flechas.
Vengo cansada de que me digan que no hay futuro,
¿acaso tenemos la certeza de que hay un mañana?
Caso de emergencia No 4: En caso de convulsión por enamoramiento
Guardo los recuerdos
Guardo los recuerdos en un cajón de la memoria.
Escojo uno:
el de tu mano sobre mi frente.
Suenan canciones,
canciones sobre una herida
que ha curado en falso.
Cantas,
me dices que es una melodía
que debe escucharse
con fuego encendido.
Fumamos,
y con el humo
dibujamos ángeles grises.
Uno de los tuyo se queda conmigo,
le dices que me acompañe.
me quedo con su brisa helada
mientras yo río incrédula.
Bebemos.
al final nos dormimos
abrazados uno al otro.
Ahora comprendo
que los recuerdos
no solo hacen llorar la tristeza.
Ofrenda
Ofrendo la boca entreabierta
que embiste el capullo de piel que palpita
cuando despiertas.
Ofrendo esta lengua que envuelve
ese “Tú” masculino.
Ofrendo mis piernas
trigueñas, cansadas
para seguir tu paso nocturno.
Ofrendo el don del oráculo:
donde abras la página
te hablará el presente
donde ya no somos finitos.
Ofrendo el don de comprender
toda la música
y todas las palabras inteligibles,
y de tomar cervezas toda la noche
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Y besar,
Y quitarme la ropa
Y que me mires desnuda
hasta gastar tu pupila.
Ofrendo sonrisas
a cambio de chistes malos.
Ofrendo mi capacidad para escuchar tus historias
cortas, largas, ensangrentadas y absurdas,
y de escribirlas.
Ofrendo bocanadas de humos azules
que puedan enredarse a la noche
a ver si me vuelvo volátil.
Ofrendo mi queja constante del mundo,
los poemas que mueven mi mano,
y los sueños en los que hago libros.
Ofrendo mi insomnio,
una que otra tristeza,
no garantizo siempre alegría.
Para ahuyentar la congoja en ocasiones canto,
aunque si me escuchas,
quizás pueda ahuyentarte.
Ofrendo mis horas
para quedarme viendo como abres ventanas
mientras juegas con el tiempo
entre lienzo, óleos y trementina.
Ofrendaría también la forma directa de decir “Te quiero”
sin necesidad de explayarme en versos.
Andrea Figueroa: Licenciada en humanidades e inglés de la Universidad La Gran Colombia. Magíster en creación literaria de la Universidad Central. Directora de Quillango Editores.
Autora de los libros Yo escribo la noche y Poemas para caso de emergencia publicados con la misma editorial que dirige. Ha escrito artículos y reseñas para los Blogs del periódico El Espectador. Ponente en congresos y jornadas de literatura en la Universidad Nacional de Colombia, Universidad del Valle, Universidad de Antioquia y en la Universidad Cayetano Heredia en Lima, Perú.
Editora de la Revista Kudos y recientemente del libro de relatos Inny Ja: Pantomima del autor Andrés Gutiérrez, y próximamente la novela del autor José Peña.
Adicionalmente, ha sido profesora de inglés y español. También se desempeña como docente de lenguas en instituciones de educación superior. Su interés literario es aunado a las lecturas de enciclopedias, cuentos, poemarios e historias desde muy temprana edad, y luego consideró que la literatura era un pasatiempo que se fue convirtiendo en una pulsión, que ahora se constituye como el eje central en su vida.