Hace poco más de un año, G Jaramillo Rojas y Dahian Cifuentes se fueron a Ucrania. Fueron 20 días recorriendo un país en guerra, buscando a colombianos que estaban más locos que ellos y que no solo se fueron a un territorio en conflicto, sino que además se fueron a hacer parte del ejército ucraniano y combatir a los rusos.
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En la línea cero todos somos fantasmas. Colombianos en la guerra de Ucrania, es el libro que contiene 12 crónicas escritas por G Jaramillo y que son acompañadas por las fotos de Dahian Cifuentes.
En el libro, el autor expone apenas unos casos de miles que hay en ese país sobre soldados colombianos que se enteraron por redes, por el voz a voz, que enlistarse en el ejército ucraniano podía darles el dinero que aquí es difícil conseguir. Basta con ingresar a una página web para registrarse, conseguir los medios para llevar a Ucrania y presentarse para obtener uno de los distintos roles en la guerra, y dependiendo de él la suma de dinero asciende, superando los COP 10 millones.
“Desde hace tiempo queríamos hacer algo con Dahian, queríamos ir a una zona tensionada para intentar buscar gente de Colombia que estuviera involucrada de alguna manera con eso. Íbamos a ir al Líbano, estábamos en el proceso de visado, y fue cuando Israel se encarnizó contra el Líbano. La embajada cerró todo, mandó un mail y dijo que no iba a seguir con los procesos de visa. Entonces dijimos: bueno, ¿qué hacemos? Comenzamos a mirar lo de Ucrania y, vaya sorpresa, jamás me había puesto a mirar eso: no pedían visa para colombianos. Nos fuimos para allá pensando también en que seguro había personas de Colombia. Hablamos con El Espectador; yo soy corresponsal de Brecha, de Uruguay, en Colombia. Con esos dos medios armamos algo para poder publicar. Y nada, nos fuimos. Fuimos a Madrid y de ahí volamos a Cracovia. De Cracovia cruzamos por tierra porque todo el espacio aéreo está cerrado", recuerda G Jaramillo.
La primera ciudad a la que llegaron fue a Lviv: “Lo primero que encontramos en Lviv fue que estábamos caminando y de repente escuchamos un acento medio paisa: la historia de Zorro y Papurri. Ahí estaban, conversando, fumando porro escondidos en una esquina. Nos quedamos con ellos cuatro o cinco horas, los grabamos. Y a lo que sí íbamos seguros en Leviv era a Superhumans, un centro financiado por la OTAN especializado en prótesis. Fuimos allá para sacar fotos y buscar contacto con alguna persona latinoamericana o colombiana. Ahí surgió Sagitario, creo, y Baruc, que tiene 21 años, estaba con la mamá que llevaba ocho días allí. Comenzamos a conversar con ellos, y uno iba llevando al otro. También estaba el tema de tener que desplazarse, la gente muy hermética: ‘¿Quién es usted? ¿Por qué le interesa esto? Muéstreme algo que haya escrito’. Pero creo que ni siquiera lo leían. Y así, una cosa fue llevando a la otra".
G Jaramillo reconoció que el miedo los acompañó desde el primer momento. A pesar de las impresiones y del asombro por la cotidianidad y las historias de guerra, de las decisiones que llevaron a los colombianos a enlistarse en el ejército ucraniano, los silencios y también las sirenas que advertían un posible bombardeo los mantuvo alerta constantemente.
“Desde que sales de Polonia hasta entrar a Ucrania todo es tensión. Cracovia es una ciudad abierta: gente bebiendo por todos lados, los polacos que son bien bebedores… y apenas cruzas, silencio total. Y ya toda la parafernalia de la guerra. Pero sobre todo las alarmas antiaéreas. Hay un grupo que se llama Monitor, que todavía tengo, y todo el tiempo llegaban alertas. La idea era estar en el momento en que se cumplían mil días de la guerra. Y mientras más nos acercábamos —hasta la última ciudad, que fue Kharkiv— la tensión aumentaba. Había medidas de seguridad más amplias que había que tener en cuenta".
“Kiev sobrelleva el suplicio con la calma propia de la rutina. Los autos no aceleran, los transeúntes ni se inmutan, los domiciliarios siguen repartiendo pedidos”.¿Qué reflexión le queda de ver cómo una amenaza se vuelve cotidianidad?
Cuando presentamos el libro en Bogotá, el interlocutor preguntaba: “¿Para qué irse tan lejos a un conflicto si vas al Cauca o a Nariño y ahí lo tienes?”. Era sopesar cómo es esa calma, cómo la gente aprende a vivir con esa amenaza porque no le queda otra. La gente sigue enamorándose, besándose, trabajando; sigue buscando cómo sobrevivir.
Pero para uno, como extranjero, siempre estaba la amenaza de que algo podía pasar. Ellos ya están adiestrados, como en Colombia en los años noventa con los carros bomba: sabías que podía pasar cualquier cosa. Muchas mujeres, todos los hombres enlistados: dos o tres meses antes de llegar había salido la ley de que todos los hombres debían enlistarse, incluso si tenían una enfermedad o eran el único hombre de la familia. Antes era desde los 25 años.
Entonces nos encontramos muchos chicos que querían salir: “Yo no quiero estar porque me van a mandar a la guerra”. Pero justamente los legionarios son los que están más al frente. Entonces también se cubren un poco ellos.
Quiero preguntarle por lo que dice Andrea Aldana en el prólogo: “Un cronista, al igual que un legionario, lo es por vocación… carga con el peso de narrar la historia”. ¿Cómo sintió la responsabilidad de contar las decisiones y casos de esos soldados colombianos?
Fíjate que vamos buscando historias. Esa diferencia entre la noticia y lo que hace una crónica: encontrar el motivo que hace que una historia comience a andar desde lo personal. Hay cosas que puedes comprender pero no compartir —como las motivaciones de un tipo como Álvaro Uribe—. Ese distanciamiento tuvimos que tomarlo porque había cosas que eran barbaridades.
Uno de los chicos nos dijo: “Muy locos ustedes venir acá, pero no tienen ni el 1% de la locura que yo tengo para estar aquí. Yo no me voy al frente por 20, 10 o 15 millones de pesos”. Ese “peso” de narrar me parece grandilocuente. Más bien es atender lo que sucede y contar las cosas como son. La historia está dada: hay una guerra. Pero detrás hay un montón de cosas humanas.
Hay algo que me llamó la atención: uno de los soldados dice: “La cagada es que vienen siguiendo cuentas de TikTok, como si esto fuera un juego”. Varios hicieron el contacto por redes. ¿Cómo ve esa influencia de las redes en un asunto tan complejo como irse a una guerra?
Muchos lo asumen como un riesgo para ganar dinero y también porque tienen esa impronta de querer ser héroes. Tú te puedes meter a la página de Legionarios, la internacional, es re fácil. No te dan un peso para llegar, pero llegas y te entrenan brevemente y te mandan.
En TikTok sigo algunos. Son muy orgullosos: hacen videos no solo con el riesgo sino con el proyecto de vida que les surge a partir de “defender un país”. Al principio me parecía loco, luego pensé: ¿cómo más le hacen publicidad a algo así? Es de tú a tú: Andrés Osorio pone que está en Ucrania, me interesa, le pregunto y él me genera una vía. Y detrás hay un negocio.
Y esa banalización…
Es una forma de incitar a la gente a ir allá a ganarse plata. También lo del héroe. Pero es dramático: estas personas siguen lo que otros les dicen, con un valor por la vida casi nulo. Es como si estuvieran jugando Grand Theft Auto.
Dice acá: “La guerra es una cosa de costumbre”. ¿Por qué nos acostumbramos a la guerra?
Porque no tenemos otra opción. La cotidianidad se vuelve paisaje: saber que en cualquier momento todo puede acabar.
Es curioso que tantos colombianos se metan en guerras ajenas. Pienso en Corea, ahora Ucrania. ¿Por qué buscamos tanto eso? Más allá del dinero.
Ahí está la experiencia del conflicto. Muchos dicen: “Hemos combatido, tenemos entrenamiento”. Después de publicar el libro leí unas crónicas de García Márquez de 1953-54 sobre colombianos que regresaron de Corea. Él cuenta cómo los matan acá porque se vuelven incómodos: combatieron una guerra ajena y se vuelven un peligro. No saben hacer otra cosa.
Han pasado 70 años y la gente sigue en esto. También por el conflicto colombiano: los de Haití que mataron al presidente, los que se van a Sudán. “Yo he tenido fusiles, he estado en batalla, ¿qué diferencia hay?”. Diferencias sí hay, pero la lógica militar es parecida. Sí hay una incidencia muy grande del conflicto en por qué los colombianos terminan allá.
Y esta frase también es poderosa: “De la guerra no siento miedo, siento miedo de no tener un país”.
Ese creo que es un chico en Kiev, el que escuchaba reggaetón. Desde que llegamos nos decían cómo teníamos que mencionar las ciudades: “Kiev” es en ruso, “Kyiv” en ucraniano. Decirlo en ruso era sospechoso.
Ucrania siempre ha luchado por el reconocimiento de su cultura. Fue aplastada por la URSS. Es un país frío pero agrícola, una despensa para Europa. Crimea es el punto que comunica a Rusia con Europa, siempre en disputa.
Ese chico decía eso porque es la carga de generaciones: “Estos rusos quieren quitarnos lo nuestro”. Y morir por la patria allá tiene un valor heroico enorme, algo muy eslavo. Acá no pasa tanto.
Baruc, uno de los personajes, dice: “De Colombia extraño el plátano maduro, pero me siento más patriota frente a la bandera ucraniana…”.
Baruc es un chico de un pueblo de 600 o 700 personas. Campesino. Allá comienzan a valorarlo. Y pierde las dos piernas. El gobierno le da todo. Pierde las piernas por un país ajeno. Pocos.
Hablemos del soldado del capítulo “Esa es una guerra marica…”.
Ese es Sagitario. Cuando lo conocí estaba de espaldas, le toqué el hombro, le dije hola y me respondió: “Uf, qué chimba hablar en español”. No hablaban inglés ni nada. Era de Kennedy, conocíamos los billares, jugábamos ahí. Hubo química.
Después, ya de vuelta, me escribió: “Estoy en Colombia. ¿Conoces a alguien de Bienestar Familiar? Quiero llevarme a mi hija a Ucrania”. No me compete, pero me pareció irresponsable.
Lo de la “guerra marica” es cuando atacan una casa con rusos. Él vuelve por unas armas y ve a un compañero ucraniano muerto y a un ruso también. Dice: “Esta es una guerra marica”. Son conscientes de que es una carnicería. Y además muchos tienen familia rusa.
Ucrania también tiene asuntos fuertes: por ley nacional no permiten leer a Dostoievski en las escuelas. Es un país con una necesidad enorme de afirmación de lo blanco. Los rusos son perseguidos.
Y esta última: “En la carrera por la violencia desenfrenada solo ganan los símbolos”. ¿A qué símbolos se refiere?
La muerte puede ser uno. En Ucrania existe la idea de “ser Bandera”. Stepán Bandera fue un revolucionario que trabajó con los alemanes en la Segunda Guerra para combatir a los rusos, pero luego los traicionó porque él quería luchar por lo ucraniano. Lo matan.
Desde entonces “ser Bandera” es ser héroe. En la plaza del Maidán hay un montón de banderas: la gente ya no lleva fotos de sus muertos sino sus nombres en banderas. Morir por la patria es un triunfo simbólico.
Pero los hombres con los que hablamos no sienten orgullo. Dicen: “Esto es una carnicería”. Y en ese momento estaba la tensión por el posible retiro del apoyo de Estados Unidos. Ese símbolo es la muerte misma.
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