5 Jan 2021 - 2:00 a. m.

Gabo: entre el pueblo sin nombre y Macondo

Una de las tantas teorías sobre la obra de García Márquez: los territorios narrativos donde se encuentran las bases fundacionales de sus primeras novelas están divididos por el río Magdalena.

José Luis Díaz-Granados

Gabriel García Márquez nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, pueblo tenido en cuenta para muchas de sus obras.
Gabriel García Márquez nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, pueblo tenido en cuenta para muchas de sus obras.

El universo narrativo de los primeros libros de Gabriel García Márquez —entre La hojarasca y Cien años de soledad— se divide en dos territorios ficticios que nacen de su realidad vivida desde la infancia hasta bien entrada su primera juventud: el pueblo sin nombre y Macondo. En el pueblo sin nombre se desarrollan las novelas El coronel no tiene quien le escriba (1958) y La mala hora (1963-1966). Parece ser que las dos obras tuvieron un mismo origen en su escritura, inicialmente en Bogotá, luego en París y finalmente en Bogotá, en 1960, cuando Gabo orientó esa segunda novela como “la dictadura de Rojas Pinilla en un pueblo”.

Asimismo, en ese pueblo sin nombre ocurren sus cuentos: Un día de estos —con marcada influencia de Espuma y nada más, de Hernando Téllez— y En este pueblo no hay ladrones. Entre esos dos orbes iniciales de Gabo se suceden los acontecimientos de los cuentos Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, La prodigiosa tarde de Baltazar y La viuda de Montiel. Y, definitivamente, en Macondo: Un día después del sábado, Rosas artificiales y Los funerales de la Mamá Grande. Y solo en La hojarasca (1955) y Cien años de soledad (1967) se despliega el universo narrativo de Macondo.

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Ni en los cuentos anteriores a la publicación de La hojarasca —reunidos después en Ojos de perro azul (1974)— ni en los que escribió García Márquez después de Cien años de soledad existieron esos territorios preliminares.

Sobre la temática de los dos mundos ficticios iniciales —el pueblo sin nombre y Macondo—, comencé a fraguar una especie de teoría que con los años fui considerando racional, hasta el punto de que alguna vez se lo manifesté a Gabo en su casa de La Habana. (Ya lo había hecho con su hermano Eligio, delante de Margarita Márquez Caballero y del novelista José Stevenson, cuando Yiyo estaba preparando su libro Tras las claves de Melquíades). Como era característico en Gabo, él escuchaba con mucha atención, sin dejar de mirar fijamente los ojos de su interlocutor, y una vez escuchada la “teoría”, miraba para otra parte sin musitar palabra. Le dije en aquella ocasión, palabra más, palabra menos: “Para mí, tus territorios narrativos en Colombia, donde se encuentran las bases fundacionales de tus primeras novelas, están divididos por el río Magdalena”.

1. Al occidente (Atlántico, Bolívar y Sucre) está el pueblo sin nombre, que representa al padre [don Gabriel Eligio García, quien era oriundo de Sincé, hoy Sucre]. Establece un universo de realismo social e incluso político en los años 50. Está escrito a manera de crónica y la influencia de Hemingway es fuerte: allí su estilo es directo, depurado y preciso, sin arrobamientos líricos. (El día que Gabo llegó con su familia a establecerse en México, el 2 de julio de 1961, se enteró de que Hemingway acababa de morir. Ese día también murió para él y así retornó a la fosforescencia mitológica de Faulkner y su Misisipi natal).

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2. Al oriente (Magdalena, Cesar y La Guajira) está Macondo, que representa a la madre (doña Luisa Santiaga Márquez, quien nació en Barrancas y se crió en Riohacha y más tarde en Santa Marta). Allí se recrea un espacio lleno de referencias históricas contadas por su abuelo [el coronel Nicolás Márquez], complementado con los relatos fantasiosos y las supersticiones de Mina (la abuela Tranquilina Iguarán Cotes). Allí ocurren cosas absolutamente mágicas, descritas con ese lenguaje lírico heredado de su maestro Faulkner, en el idioma acertado para elaborar una obra como Cien años de soledad. Si la teoría esbozada es correcta o errada lo dirán los estudiosos y los más rigurosos críticos de la obra garciamarquiana. Lo mío es tan solo un mínimo aporte, un granito de arena en la vasta y esplendorosa playa de infinitos joyeles creada por el genial fabulista del Caribe.

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