24 Nov 2019 - 7:13 p. m.

Galaxia Distrito Federal ¡Bienvenidos! (I)

Presentamos la primera de 20 crónicas escritas a modo de correspondencia por Ángel Blas Rodríguez y Alfonso Rubio, que fueron compiladas en el libro "El monstruo en el hueco: crónicas de México D.F. y Medellín". Estos textos serán publicados todos los domingos por El Espectador.

Ángel Blas Rodríguez /Alfonso Rubio

Imagen de México D.F., ciudad de la que se habla en la primera crónica de este libro.  / Kelvin Flores
Imagen de México D.F., ciudad de la que se habla en la primera crónica de este libro. / Kelvin Flores

Extraños topos 

La mirilla donde acabas de poner el ojo, hermano, permite acercarte a la intimidad de un tiempo vivido y compartido entre las tumultuosas ciudades del México Distrito Federal y el Medellín de Colombia. Eran los principios de este siglo XXI y, nacidos bajo astros contemporáneos y en el mismo pueblo español, volvimos a coincidir en la época de un viaje que nos trasladaría por primera vez al continente americano.

Como extraños topos en ajenos huecos, decidimos fijar y poner orden a lo que nuestra mirada no conseguía fácilmente asimilar. Nuestras cartas, entonces –unas más personales que otras, otras más descriptivas que unas; todas, al fin y al cabo, parciales mosaicos de dos monstruosas urbes surrealistas- se convirtieron en ese delgado hilo que, como la lengua de tierra centroamericana, tejía confidencias desde el hueco mexicano al hueco colombiano. Crónicas televisivas o, mejor dicho,  postales  de  esmerado trazo –porque no fue fácil seleccionar y describir la cantidad de nuevas imágenes que a muy a alta velocidad se iban incrustando en unas desorientadas conciencias- se sucedían en un intercambio sentimental que a la vez quería ser fiel con los espejos: la ciudad en la retina que la vive y dicta la carta-crónica, y la carta que llega a la retina distante y en correspondencia intenta devolver el reflejo de otra ciudad. ¿Nos mentimos? Ningún país es culturalmente homogéneo y, de alguna manera, tratamos de captar esa inevitable heterogeneidad, nos arriesgamos a definir, poniendo en evidencia semejanzas y diferencias, el aire de nuestro aquel ciertamente escaso tiempo, esa impalpable y efímera combinación de ideas, imágenes, pasiones y juicios de valor de los múltiples actores de un país.

Reflejos urbanos como informes de dos escribanos viajeros que no recurren a un final teatralizado para interrumpir su correspondencia o decirse adiós. La sombra de nuestras ciudades es alargada e interminable, se alimenta de innumerables historias y de días nuevos en los que arrecia la sorpresa para poder volver y volver a escribir al amigo, sin adioses.

Ciro Mendía, el seudónimo de Carlos Mejía Ángel, un poeta nacido en el pueblo de Caldas de la Antioquia colombiana, en su largo poema México a la vista, desde un avión noctívago, su corazón acoge el México másculo que abajo está, el México “ardiendo de leyendas, tatuado de locura,/ de música y de fuerza”… Este, hermano, es el comienzo de las cartas que estás a punto de abrir y que lentamente envolverán tus ojos con la piel de un monstruo polimórfico y rapaz que aparece de la nada y en todos los rincones puedes encontrar.

No temas, a tu salud alzaremos una copa repleta de un mezcal o aguardiente de fuego escandaloso.

 

 

 

                                               La ciudad con su aliento me cayó a la medida.

                                               -Me sirve –dije, y luego

                                               salí de ella vestido.

 

                                                                                              Ciro Mendía

 

Galaxia Distrito Federal

¡Bienvenidos! 

(I)

Querido Alfonso

Por fin, por fin aterricé en México Distrito Federal. Un largo y fatigado vuelo que siento en tus propias carnes lanzadas rumbo a Medellín; un vuelo, el tuyo, del cual me gustaría, como sabes, recibir noticias. Mi primera travesía transatlántica ha sido una carrera contra el sol en la que no cesas de imaginar cómo será lo que allí espera. Y cuando llegas, aprendo que nunca, nunca se está preparado para lo nuevo.

La ciudad más grande del mundo me acogió tumultuosa. Sí, esa fue la primera huella clavada en mis retinas, el tumulto de gentes y automóviles que oteaba a través de la ventanilla del taxi que me trasladó al hotel; imágenes velozmente efímeras que mi mirada se resistía a perder, detalles captados al vuelo rasante mientras luchaba por mantener la conversación con el taxista. Nada indicaba, entonces, que estuviera desplazándome entre veinte millones de habitantes. Aquí parece haber espacio para todos porque, una vez en tierra, predominan en el paisaje urbano las viviendas unifamiliares, de baja estatura, que visten a la ciudad de un horizonte amplio y abierto al cielo azteca. Y es que Distrito Federal es una obra hecha para mirarla desde lo alto, es la orografía humana más aérea que podamos imaginar.

Cuando el viaje abordó su tramo definitivo, al dejar atrás la costa de Veracruz, la gran urbe se anunciaba ya tierra adentro. Con luz de atardecer y sobrevolando un mar de nubes apergaminado que ocultaba la tierra deseada, de pronto apareció el faro de humo que proclama la Ciudad de México: el volcán Popocatepetl. El Popocatepetl es un volcán de postal. Piensa en la forma ingenua de los volcanes que dibujábamos en aquel nuestro tiempo escolar, Alfonso; piensa en el perfil de nuestra Peña Isasa, el pico montañoso a cuyos pies crecimos, que después conquistamos con nuestros amigos y finalmente desbordamos para vivir tras él, en el pueblo abandonado de Navalsaz, las mejores aventuras de nuestra adolescencia. Por eso, cuando el comandante del avión nos anunció que detrás de la impresionante montaña se encontraba nuestro destino, una renovada melancolía del descubrimiento me estremeció y me hizo sonreír.

El espectáculo es la representación onírica de una pretérita película de Hollywood: un infinito vacío de luz macilenta en el que sólo se erige, entre brumas de colores en fuga, la isla cónica del Popo, Don Gregorio para los indígenas. Más de cinco mil metros de altura arrojando humo, eructando entrañas gasificadas, avisando a los viajeros del aire que acabarán el viaje postrados a sus pies. Desearías que el avión se detuviese, desearías que girara en torno a él para admirar lo que las imágenes fotográficas o las televisivas no transmiten: inmensidad y fuerza contenida.

La Ciudad de México no puede entenderse sin el Popocatepetl. Aunque se encuentra aproximadamente a 80 km distante a ella, su altitud hace inevitable su presencia. El Popo es la puerta del cielo de esta megalópolis. Es el Olimpo de sus dioses prehispánicos. Es la naturaleza bruta de México, la irredenta, la que nunca resultó mestiza. La ciudad lo respeta y lo teme. Es como si la urbe se hubiera hecho tan grande para estar acorde con las dimensiones de su faro. Pareciera que se contaminara a propósito para crear una atmósfera opaca que borre su visión y, con ello, su temor. La sombra de Don Gregorio no llega a la ciudad, pero las cenizas de sus exhalaciones, en ocasiones, tienen que ser barridas de sus calles.

Una vez que el avión toma la referencia de este faro mítico, se sumerge entre las nubes y, cuando las pone sobre sus alas, entonces… ¡comenzó el espectáculo que este viaje tiene reservado a sus pasajeros: la ciudad más grande del mundo bajo nuestras miradas! Es una imagen que nunca olvidarías, amigo. El valle de México es un inmenso espacio cerrado por altas montañas y volcanes extinguidos. La ciudad ha ocupado todo el valle y lo ha rebasado adosada a su relieve. Nuestra aeronave la sobrevuela largo tiempo y el rastro urbano nunca acaba. Sobrecogedor. Cientos de miles de casas bajas discurren abrazadas. El color gris plomizo de las azoteas -aquí no existen tejados a dos aguas como nosotros los conocemos- pinta el valle y en las claras avenidas transcurren otros colores inquietantes entre los que predomina el verde plástico de los taxis. Avenidas inundadas de automóviles donde antes transitaban los canales de Tenochtitlán, la capital azteca, la urbe primigenia, construida sobre el lago que la actual ciudad se bebió.

A medida que vamos tomando tierra, las distintas partes de la ciudad presentan sus respetos al viajero. Así, a primera vista, sobre la armonía constructiva general, se pueden observar los detalles del perfil urbano: las laderas de las montañas rebosan el caos de la pobreza, con casas remendadas y calles estrechas y tan empinadas que no hay carro posible que las suba. El carro, sí, como ya sabrás, nuestro coche. En el centro de la ciudad predomina el tono ocre, las iglesias alzan su voz de piedra con tejados oscuros y emerge el gran espacio vacío de la plaza del Zócalo, inmenso cuadrado donde mi vista se aposentó un momento a descansar. Por otro lado, los centros financieros son fácilmente reconocibles, pues las catedrales de los negocios se erigen desafiantes a los terremotos con modernos edificios de destellos metálicos y diseños proyectivos que compiten por el poder de la estética urbana. Y más allá, otras partes enseñan lindos jardines que adivinan oasis de opulencia a la sombra de casas exuberantes, seguras candidatas a la portada de revistas de decoración.

El avión seguía descendiendo sobre una ciudad sin límites, sobre una construcción sin fin. Mi cabeza buscó alguna referencia en la que encajar aquel espectáculo de dimensiones inhumanas y lo encontré, de nuevo, en mi primera juventud: en aquella pantalla del cine Celso Díaz, acuérdate, cuando la nave nodriza de la Guerra de las Galaxias surcaba el espacio intergaláctico. Aquella tarde dominical visité la sala con el espíritu excitado por rememorar el viaje a la luna de Julio Verne en su novela De la tierra a la luna, y salí de ella pletórico de un nuevo mundo, el mundo del espacio estelar y de su majestuosa nave nodriza. Parecía que toda la humanidad se hubiese concentrado en ella y que el resto del universo estuviese anclado a su alrededor. No era la nave nodriza la que se movía, eran los planetas y estrellas quienes giraban en su contorno. Y eso mismo sientes al descubrir Distrito Federal desde el cielo.

Cuando ya nos encontrábamos sobre las azoteas, no creí que allí abajo hubiera un aeropuerto, más bien temía que fuera a aterrizar en una de esas largas avenidas -la hay de hasta sesenta kilómetros- que entonces observaba próximas. Las naves vigías, diminutos objetos voladores, recorrían veloces la superficie de la nave nodriza, una geografía metálica llena de similares formas geométricas que transcurrían a gran velocidad bajo sus alas y que nunca terminaban. Finalmente, ese planeta artificial abría un hueco donde las naves se aposentaban. Finalmente, la Ciudad de México abrió un hueco donde mi cuerpo y mi mente de Viejo Mundo, otra vez adolescentes, aterrizaron sus ansias de descubrir, con el permiso del Popo, la nave nodriza más grande del mundo.

Un fuerte abrazo 

Blas

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