Las primeras grandes victorias en la vida de George Washington fueron combatiendo contra los indígenas en sus distintas batallas contra el Imperio Británico. Una y varias veces se proclamó súbdito de los británicos, y cuando estalló la guerra Franco-Indígena, tomó partido por las tropas del rey Jorge y colaboró con ellas organizándolas. Francia e Inglaterra pretendían dominar las tierras que luego fueron Estados Unidos y Canadá, y para ello, se aliaron con los indígenas autóctonos. Cada grupo pretendía imponer sus costumbres y su fe, sus dioses, sus religiones, católica, anglicana y las decenas de decenas indígenas, y lo comenzaron a hacer en 1754, durante una seguidilla de escaramuzas militares que derivaron en la batalla de Great Meadows, en Fort Necessity, un fuerte que habían construido los ingleses bajo las ideas y la orientación de Washington para detener los avances de los franceses.
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Aquella fue la primera y única derrota de Washington en el campo de batalla. A principios de año, el gobernador de Virginia, Roger Dinwiddie, le había ordenado que construyera una carretera por las veredas del río Monongahela para que el ejército pudiera atravesar el bosque. Poco antes de llegar a Great Meadows, algunos indígenas del valle de Ohio, aliados de los ingleses, le informaron que un batallón del regimiento francés lo estaba cercando. Washington eligió a cuarenta de sus hombres y se fue a buscarlos. La historia marcaría que en la madrugada del 28 de mayo, el coronel George Washington y sus hombres hallaron a los soldados franceses, bajo las órdenes de Joseph Coulon de Jumonville de Villiers, y los atacaron, con un saldo de diez militares franceses muertos y varios detenidos. Al final de la contienda, uno de los combatientes aliados indígenas de Washington, a quien llamaban Tanacharison, mató a De Villiers.
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Aquella fue la primera escaramuza de un conflicto que desencadenó una guerra a la que llamarían también la guerra de los siete años. El 3 de julio, el hermano de De Villiers, Louis, regresó con muchos más soldados y algunos indígenas que había reclutado y avasalló con el regimiento de Washington y con Fort Necessity. Los indios que estaban de su lado adujeron que no habían podido ir a ayudarle por el pésimo clima y los ingleses tuvieron que deponer sus armas. Aquella guerra, que finalizaría en 1763 con el retiro de los franceses de Virginia y Ohio, le dio a Washington la experiencia y el prestigio suficiente para convertirse en la voz de los colonos de Virginia. Hijo de un hacendado, se había criado con su hermanastro, Lawrence, y con él trabajó en las propiedades de la familia y en la hacienda de Mount Vernon, un lugar que se volvió casi sagrado para los estadounidenses.
Había nacido el 23 de febrero de 1732 y fue el primer hijo del segundo matrimonio de su madre, Mary Ball, y de Augustine Washington, nieto de un inglés, John Washington, oriundo de Sulgrave, quien se había ido a América a cambiar de vida o a hacerla a mediados del siglo XVII. Según los múltiples estudiosos de su vida, George Washington no fue a ningún tipo de escuela, pero se educó en casa con distintos profesores, a la usanza de aquellos años en muchos lugares. Más que haber aprendido en libros de texto, lo hizo recorriendo las tierras de Virginia. De adolescente, trabajó en varias oportunidades como agrimensor, impulsado por su hermano mayor, Lawrence, que había contraído matrimonio con la hija de Thomas Fairfax, sexto Lord Fairfax de Cameron, dueño de una inmensa hacienda de más de veinte mil kilómetros cuadrados en Virginia y de decenas de esclavos.
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Pasado un año de los sucesos de Fort Necessity, en los que Washington firmó casi que a ciegas un papel con su rendición redactado en francés, según el cual admitía haber asesinado a De Villiers, y luego de haber renunciado a las milicias, retornó para alistarse en las filas del general Edward Braddock, quien tenía la misión de retomar las tierras de Ohio. En el camino, por el paso del río Monongahela, los ingleses fueron sorprendidos por el ejército francés y los indígenas que lo apoyaban, y Braddock fue mortalmente herido. “La masacre de Monongahela”, como fue bautizado el episodio, tuvo un saldo de 900 soldados británicos muertos y de 23 franceses. La retirada fue casi que temeraria. Washington lideró al contingente inglés, y tuvo que cambiar en dos ocasiones de caballo pues las balas enemigas habían matado a los anteriores. Recibió cuatro balazos e incontables golpes.
Desde aquellos días, empezó a correr la leyenda de que era “inmortal”. De regreso en Virginia, le encomendaron la labor de rearmar las milicias de la región, pero la guerra se trasladó de lugares, y se fue cada vez más hacia el norte, y “El inmortal” Washington no pudo volver a combatir. Convencido, además, de que jamás iba a ascender demasiado en un ejército británico, con la historia británica y sus linajes, decidió retirarse. Transcurridos unos meses, se casó con Martha Dandridge Curtis, una viuda con dos hijos que se había convertido en una de las mujeres más acaudaladas de la colonia. Washington se dedicó a trabajar en sus tierras y a la política de la región, y desde allí vio, palpó y vivió los resentimientos que los colonos habían ido desarrollando contra los ingleses. Primero, porque todas sus transacciones debían realizarse a través de las casas de Londres, con mediadores ingleses.
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Cada negocio les dejaba una comisión, y cada comisión hacía que los colonos perdieran dinero, o por lo menos, que no ganaran lo que consideraban justo. Por otra parte, la guerra Franco-India, que en realidad era entre Gran Bretaña y Francia, con dispersas participaciones de las tribus indígenas, se libraba a todo dar en Canadá y sus alrededores e iba consumiendo el tesoro del imperio. Inglaterra necesitaba dinero. Cuando acabó la confrontación, y muy a pesar de su victoria, estaba devastada. Entre diversas ideas y propuestas, decidió que sus trece colonias americanas podían ser su salvación económica. Es más, concluyeron que tenían que serlo. La guerra que de algún modo George Washington había empezado a propiciar, siete años más tarde era el origen de un malestar que luego se convirtió en resentimiento, y más tarde, en liberación e independencia.
Cuando en las colonias se enteraron de que el Parlamento inglés había promulgado una ley, la ley del timbre, según la cual los colonos tenían que pagar en moneda británica por cada publicación que pretendieran, un viejo malestar de murmullos comenzó a tomarse los bares y las plazas para convertirse en palabra airada y en grito. Washington calló. En su retiro militar, había decidido hacer parte de la Cámara de Ciudadanos, más para proteger sus bienes que para incidir en las políticas de Virginia. Sin embargo, en 1769, tres años después de que hubiera empezado a cobrarse el impuesto del timbre, se alió con George Mason y firmó una carta en la que se plegaba a los boicots que organizaran los colonos contra todos los productos británicos si no se derogaban aquellas leyes. Aunque Inglaterra derogó sus demandas iniciales, cuatro años más tarde promulgó las Leyes intolerables.
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