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Gioconda Belli: la escritura como profesión y la relación con los lectores

Desde Virginia Woolf hasta García Márquez, la autora recorre las lecturas que han moldeado su obra y explica por qué escribir es un acto revolucionario. Alianza con Tinta Club del libro.

Sandra Pulido

22 de enero de 2026 - 09:15 p. m.
Fotografía del 11 de mayo de 2025 de la escritora nicaragüense Gioconda Belli posando durante una entrevista en Buenos Aires (Argentina).
Foto: EFE - JUAN IGNACIO RONCORONI
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Tinta Club del Libro es una iniciativa que propone una experiencia de lectura mensual a través del envío de libros seleccionados por curadores invitados. Cada edición incluye un título en una edición producida especialmente para el club, acompañado de materiales editoriales que contextualizan la obra y su elección.

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Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.

La siguiente entrevista corresponde a la primera parte de una conversación con Gioconda Belli, una de las curadoras invitadas por Tinta Club del Libro en 2025. Su publicación se realiza en el marco de una alianza entre Tinta y El Magazín Cultural de El Espectador, que busca compartir con el público las reflexiones de los curadores alrededor de la literatura.

Nació en Nicaragua, pero estuvo internada en un colegio en España, entre los 14 y 16 años, y dice que allí encontró su pasión por la escritura. ¿Puede contarnos cómo sucedió eso?

Mis padres decidieron mandarme a España a los 14 años. Era un colegio, un internado de monjas bastante lúgubre que quedaba en la calle San Isabel, cerca de Atocha. Me sentía muy sola, en un ambiente distinto al que estaba acostumbrada y claro, lejos de mi familia, de mis amigos, de todo. Entonces, una de las cosas que descubrí en ese internado fue que me gustaba escribir. A la hora del gran silencio, 9:00 p. m., aquí las monjas ya no podían hablar con nadie; todo era en silencio y nos llevaban a las internas al estudio. Y ahí estudiaba, porque fui buena estudiante, pero también me ponía a escribir cartas y esas cartas me sacaban del internado, me permitían mantener vínculos importantes. Fue ahí cuando realmente me di cuenta cuánto disfrutaba escribiendo esas cartas y cuánto se podría hacer a través de la escritura.

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¿Desde entonces quiso ser escritora?

Para nada. No se me había ocurrido ser escritora. Realmente empecé a escribir a los 20 años. Comencé a sentir unos llamados de la poesía… frases que me aparecían, sentimientos. Y sobre todo esa frase, que de repente era como que algo me llamaba a escribirla… y no estaba convencida. Entonces fui a hablar con un amigo escritor, trabajábamos en la misma agencia de publicidad, y le dije: “Fíjate que siento este impulso de escribir”. Y me dijo: “Escribe. Tienes una responsabilidad histórica”. Luego me aseguró que me lo comentó en broma, pero me lo tomé en serio. Y esa noche me puse a escribir, y escribí seis poemas de una sola vez. Y luego, cuando se los llevé, le gustaron mucho, me llevó a donde Pablo Antonio Cuadra, que era el director del suplemento cultural de “La Prensa”, el principal periódico, y me lo publicaron.

Es decir, en menos de 15 días pasé de no haber escrito, a haber escrito y a que me publicaran en el periódico.

¿Qué recuerdos tiene de su infancia, de los libros y las lecturas?

Tuve una infancia privilegiada en ese sentido, porque mi abuelo pasaba con nosotros parte del año y parte del verano en Nicaragua. Se llamaba Francisco Pereira, y era todo un personaje. Era muy culto, andaba todo el tiempo vestido de safari y siempre llegaba cuando nosotros estábamos de vacaciones en la playa. Llegaba armado de libros y de cómics, entonces era una mezcla. Mis hermanos y yo nos sentábamos a leer, y ahí empecé. Me introdujo a Julio Verne, aunque claro, eso fue pasando la edad en que empecé a leer, porque inicialmente leía enciclopedias, “El tesoro de la juventud” era la que estaba en mi casa, me la leí de principio a fin. Luego, a los nueve años, tuve hepatitis y pasé la cura acostada, tenía que estar en reposo y comiendo mucha azúcar, es decir, la enfermedad más rica para un niño. Y yo feliz, acostada comiendo dulces y leyendo.

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¿Cómo elige los libros que lee? ¿De quién acepta recomendaciones?

Me guío mucho por lo que leo en las noticias, en los suplementos culturales o por lo que me recomiendan mis amistades. Ayer, por ejemplo, hice la presentación de mi nuevo libro en la librería Alberti, que es icónica aquí en Madrid. La directora, que se llama Lola Larrumbe, me recomendó un libro de una autora rusa, una novela que me dice que es tremenda. Y como mañana me voy a Bilbao, y tengo que pasar cinco horas en tren, le pregunté: ¿quién me puede mantener esas cinco horas entretenidas? Me dijo que esa novela era buenísima, así que la compré. También me interesa mucho lo que escriben mis amigos y amigas.

¿Relee libros?

Siempre releo ciertos libros. Por ejemplo, los de Virginia Woolf, que es mi ídolo y la santa de mi devoción, la releo de vez en cuando. Releo a Cortázar en ciertas partes de “Rayuela”, es un placer profundo de mi corazón, fue tan importante en mi vida, es mi libro de cabecera. También he releído a García Márquez. Cada vez que los lees los descubres de nuevo.

¿Lee varios libros al mismo tiempo?

A veces leo uno a la vez, otras de a dos: uno de ficción y otro de no ficción. Por ejemplo ahorita, además de lo que mencioné, estoy leyendo un ensayo sobre la felicidad que me regalaron y que me ha parecido hermoso. Es sobre cómo concibieron los clásicos la felicidad, de un profesor de Salamanca que se llama Juan Antonio González, y me gusta muchísimo, pero libros como este me gusta leerlos despacio, pensar; los otros son de leer más rápido.

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¿Piensa en sus lectores(as) cuando escribe? ¿Tiene un tipo de lector(a) ideal?

Sí y no. A veces, en algunos momentos, pienso en ellos, pero realmente pienso más bien en la historia, es la que me está llevando. Ahora, he tenido unas sincronías con los lectores bien interesantes. Por ejemplo, en “La mujer habitada”, cuando se muere uno de los protagonistas, ella llora, y lloré al escribirlo, porque de alguna manera estaba reviviendo también una muerte que había tenido en mi vida. Alguna vez una lectora se me acercó a mencionarme que lloró en ese momento de la lectura. Curioso que cuando lloro escribiendo un libro, mis lectoras lloran, entonces hay una sincronía. Pero no, no estoy pensando mucho en quién va a leerlo, es como una explosión de lo que quiero decir. Y claro, lo quiero decir con una intención de comunicar. Parto siendo una mujer de este mundo y viviendo en este mundo, y tengo mucho que compartir de mis propias vivencias, que van a tener cierto eco en las vivencias de las demás.

Y a propósito de sus lectores, de este libro nuevo, de actividades en festivales, ferias y librerías, ¿tiene alguna anécdota con algún lector o con alguna lectora que le haya marcado?

Bastantes. Me acuerdo de una lectora que me escribió diciéndome que había decidido separarse, que había tenido una relación larga con su marido, pero que a partir de leer un libro mío había decidido que ya no iba más, que tenía que encontrar su propia felicidad. También muchas veces me cuentan cómo les cambió la vida leer “El pergamino de la seducción”, un libro muy apasionante sobre Juana la loca, Juana de Castilla, como la llamaron loca, etcétera. A los sociólogos les gusta mucho un libro mío que se llama “Huazlala”.

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Por Sandra Pulido

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