Tinta Club del Libro es una iniciativa que propone una experiencia de lectura mensual a través del envío de libros seleccionados por curadores invitados. Cada edición incluye un título en una edición producida especialmente para el club, acompañado de materiales editoriales que contextualizan la obra y su elección.
Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.
La siguiente entrevista corresponde a la tercera parte de una conversación con Gioconda Belli, una de las curadoras invitadas por Tinta Club del Libro en 2025. Su publicación se realiza en el marco de una alianza entre Tinta y El Magazín Cultural de El Espectador, que busca compartir con el público las reflexiones de los curadores alrededor de la literatura.
“Sé que el jurado ha valorado especialmente la temprana celebración que hice y sigo haciendo del ser mujer, para oponerme a la desigualdad”. Usted dijo esto durante su discurso al recibir el premio Reina Sofía. Como feminista guerrera, que habla en voz alta y que defiende su libertad para sentir y expresarse en el mundo, invitando a otras mujeres a hacer lo mismo. ¿Qué ha significado para usted ser mujer?
Todo. Como digo en el libro de memorias que escribí, dos cosas decidieron mi vida: el país donde nací y el sexo con el que vine al mundo. Para mí, ser mujer es tener un acumulado, un potencial, un cuerpo extraordinario, una capacidad enorme y una sensibilidad a flor de piel. Es tener emociones que no deben esconderse, experimentar placer y habitar un cuerpo extraordinariamente dotado no solo para tener hijos, sino también para amar, para revolcarse, para jugar, para vivir en libertad. Eso es, para mí, ser mujer.
Pero ese lugar hay que ganárselo, porque en realidad, cuando una mujer llega al mundo, no es recibida como si fuera una maravilla; más bien ocurre lo contrario. ¿Cuántas niñas recién nacidas fueron asesinadas en China, y aún sigue pasando? Las niñas obligadas a casarse jóvenes, el calvario que viven tantas mujeres en el mundo, no tiene nada que ver con quiénes son realmente.
Creo que la gran paradoja es que ser mujer se expone en un mundo de hombres, al celo y al patriarcado, donde ellos han creado todo un estatuto para ser dominantes. El poder de la mujer, que es un poder extraordinario, es lo que les mueve el piso. Por eso viven preocupados de quitártelo. Para mí, descubrir ese poder, comunicarlo, gozarlo y ser desafiante es lo que he querido hacer a través de mi literatura.
Hay silencios que deben convertirse en palabras. ¿Cree que hay temas exclusivos a tratar por las mujeres?
No. Si los hombres tuvieran alma de mujer y desarrollaran la capacidad de pensar y de sentir como una mujer, sería maravilloso. Pero creo que todavía no estamos ahí; aún estamos en un proceso de descubrimiento. Pienso que las mujeres empezamos a escribir desde el siglo XIX y que no nos hemos escrito a nosotras mismas. El ser mujer, la imagen femenina y la identidad de la mujer fueron construidas por los hombres, desde una literatura escrita por ellos.
Virginia Woolf dice cosas muy valiosas en su ensayo Un cuarto propio, donde señala que los hombres han escrito más que nadie sobre las mujeres y, por supuesto, lo han hecho desde su propia mirada. Lo que yo he intentado hacer en mi literatura es introducir el ojo femenino: cómo nos vemos, cómo sentimos, y adentrarnos en los territorios más delicados. Hablar de qué es el placer y de una sensualidad que nos ha sido vetada, a pesar de que saben que la tenemos; por eso nos temen. Ese miedo explica por qué cubren a las mujeres musulmanas de arriba abajo y no les permiten mostrar ni un ápice de piel: les tienen miedo, les tienen terror. Hasta que algunos descubren lo maravillosas que somos y nos hacen honor. También los hay.
¿Cómo ha visto esta lucha feminista hoy con el paso del tiempo?
Vamos hacia adelante. No hay forma de volver atrás. Existe una lucha precisamente porque se ha avanzado mucho; la resistencia es fuerte y busca hacernos retroceder a lo que existía antes. Se genera un rechazo al feminismo porque creen que lo van a perder todo, tienen esa sensación, que es lamentable. Yo pienso, por el contrario, que los hombres también van a ganar cuando el feminismo avance y las mujeres podamos participar más en todo.
Pero los hombres tienen miedo. No han hecho su trabajo. Nosotras, las mujeres, sí realizamos una tarea: nos dimos cuenta del lugar marginal que ocupábamos y empezamos a estudiar de dónde provenía esa marginación, por qué nos ocurría. Ahí están las feministas de los años sesenta, como Betty Friedan, Gloria Steinem, Marcela Lagarde en México, tantas mujeres, Simone de Beauvoir.
Los hombres, en cambio, no han hecho eso. No han analizado su identidad masculina ni han sabido de dónde viene esa furia, ese deseo de dominar. No lo comprenden y se dejan arrastrar por ello. Nosotras hemos crecido a partir de conocernos. “Conócete a ti mismo” es una máxima fundamental, y creo que los hombres también deben hacer ese trabajo.
Usted le ha dado mucho a la literatura latinoamericana; ha recorrido un camino escandalizando, maravillosamente, a una sociedad machista y marginal y abriéndole el paso a otras mujeres. ¿Qué le ha dado a usted la literatura a lo largo de su carrera?
Yo soy los libros que he leído, soy la palabra que me ha atravesado. Realmente, la literatura me lo ha dado todo. No creo que sería quien soy si no hubiera leído todo lo que leí. Me provoca una emoción profunda, porque la siento cercana a la belleza. ¿Para qué necesitamos la belleza? Si uno lo piensa, la belleza no nos da de comer ni sirve para algo práctico, y sin embargo es importante, porque en el fondo somos seres que aspiramos no solo a la felicidad, sino también a la belleza.
Estoy convencida de que la belleza es, para mí, lo que se intenta hacer en la literatura. Es una forma de compartir la condición humana, la existencia con otras personas, y pensar que podemos leer a seres humanos de hace mil años. A través de los libros sabemos cómo sentían otros, y a medida que leemos más y más, de otros siglos, nos damos cuenta de que los sentimientos no cambian. El ser humano siempre ha tenido odio, amor, celos, lujuria, ambición, tiranía. Lo que cambia son las circunstancias.
Todos esos libros escritos son un recurso extraordinario para comprender que lo que sentimos ya se ha sentido antes, aunque cada uno lo reinvente cada vez. Esa capacidad del ser humano de reinventarse, de exponerse, de contarse, es fantástica. Somos una especie de cuentacuentos. A veces pienso qué creerían unos marcianos si llegaran y nos vieran entrar a una sala de cine, apagarse las luces, quedar todo oscuro, solo para que nos cuenten una historia en una pantalla. Somos bastante especiales, ¿no?
Hay una vida a través de las historias, porque somos limitados, porque solo vivimos una vida, solo tenemos un nombre, un cuerpo, y, a través de la literatura, del cine y del arte, podemos expandir nuestra experiencia.