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La pena capital de Gonzalo Arango

El fundador del nadaísmo, Gonzalo Arango, falleció hace 50 años. A pesar del tiempo que ha transcurrido, su obra y el legado de este movimiento de poetas permanecen vigentes y siguen siendo considerados parte importante de la literatura colombiana.

25 de septiembre de 2026 - 08:00 a. m.
Gonzalo Arango, escritor colombiano y exponente del nadaísmo.
Foto: Archivo Particular
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El mismo Gonzalo Arango dijo en un poema que, como “tirano del mundo”, se sentenciaba a la “pena capital / de pasar la vida / frente a una máquina de escribir / escribiendo / la palabra Mierda / por los siglos de los siglos de los siglos”.

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En su “Testamento” declaró solemnemente que no escribía para la “Inmortalidad”, sino que lo hacía “modestamente para esta vida y para los que viven aquí, y ahora”. Esa conciencia del presente fue clave para su literatura, también para el mismo nadaísmo que fundó y que atrajo a otros amigos y poetas como Eduardo Escobar, Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez, Amílcar Osorio, entre otros.

Tras publicarse en Cali el primer manifiesto nadaísta, algo cambió para siempre en el país. Atrás hubo cuestionamientos y confrontaciones desde la literatura a la fe y a una sociedad conservadora que estaba cobijada por la Constitución de 1886, desde autores como José María Vargas Vila, José Antonio Osorio Lizarazo, Fernando Ponce de León e incluso en la pintura ya figuraba Débora Arango. Sin embargo, Gonzalo Arango, que creció en una familia tradicional y en una Antioquia arraigada a la religión católica, fundó un movimiento y una expresión desafiante con todo lo establecido, huyéndole a cualquier temor relacionado con lo convencional.

“Significaba una revolución en la forma y el contenido del orden espiritual imperante en Colombia”, dijo Eduardo Escobar.
Arango rompió con el conservadurismo de la sociedad desde su propio núcleo, es decir, desde su propia familia. A lo largo de su vida demostró rebeldía con el camino que la vida misma le marcó desde su nacimiento, y también con las vías que él mismo exploró. Además de mostrarse disidente con su entorno, también lo hizo, por ejemplo, renunciando a la carrera de Derecho en la Universidad de Antioquia al tercer año. En “Memorias de un presidiario nadaísta”, el escritor nacido en Andes el 18 de enero de 1931 señaló: “Ya dije que había descartado mi apelación a la familia por sentirme un desafiliado y un desertor de sus idolatrías y tradiciones”.

Así como se mostró categórico con su familia, de igual manera lo hizo con la sociedad antioqueña, cuando dijo en el mismo texto que “eso era imposible con hermanos que a los cuarenta años ya estaban en edad de jubilarse, metidos en su agujero burocrático como en una tumba durante veinte años consecutivos, los otros veinte dormidos para descansar del trabajo, como todos los antioqueños que llevan el hierro entre las manos, porque en el cuello… llevan la soga”.

El nadaísmo fundado por Gonzalo Arango, irreverente incluso consigo mismo, halló su influencia en una filosofía, el existencialismo, y se edificó en un contexto en el que el país y el mundo buscaban con terca esperanza un nuevo sentido de vida, pues las guerras y la violencia dentro y fuera de nuestras fronteras borraron a los que se creía que tenía la humanidad.
En diálogo para El Espectador, el escritor y docente Yeison Medina Medina, conocedor de la obra de Gonzalo Arango, aseguró que el antioqueño “es importante en la medida en que su literatura y el movimiento nadaísta incomodan a las órdenes imperantes del momento, no solo académicas, sino políticas, sociales y religiosas. Su obra ofrece rebeldía y dinamismo a las letras, luz a una generación de jóvenes que se hallaba náufraga en el oscurantismo eclesial, violento y bipartidista. Su poética y su prosa, en especial esta última, son crudas, pasionales, inteligentes, vivenciales, hieráticas, si se quiere”.

Entre la ironía característica de la prosa y el verso, Arango expuso también sus contradicciones. Del nadaísmo dijo que era “un estado del espíritu revolucionario, y excede toda clase de previsiones y posibilidades”, pero al mismo tiempo aseguró en el Manifiesto que no sabía decir lo que era, “pues toda definición implica un límite”.

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En el texto “Los que vienen de morir”, que hace parte de “Los días de nuestra vida”, Gonzalo Arango muestra pinceladas de un existencialismo que en otras latitudes y en una época similar leíamos de autores como Jean Paul Sartre o Franz Kafka. En el relato citado, el autor antioqueño describió cómo recorrió la Séptima “a la hora en que se vacían las oficinas y los almacenes”, en un momento en que se aglutinan las gentes y el ruido propio del fin de la rutina agobia. “De repente me siento mortalmente triste, anonadado por esta multiplicidad de rostros, de destinos. Me pregunto de dónde vienen, quiénes son, para dónde van. Solo sé que van a morir… a morir… Esta idea me colma de repulsión, y a la vez de piedad”.

Arango iba y venía en el sinsentido y el absurdo propios de esa relatividad que era la nada, el nadaísmo, en ese estado existencial que despertó en él esa incomodidad y esa incapacidad de sentirse, por un lado, parte del mundo que le tocó, y por el otro, de aspirar a algo trascendental, pues creía que “el destino del hombre es terrestre y temporal”.

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Fernando González Ochoa, el filósofo de Otraparte, y quizá uno de los referentes más cercanos para el fundador del nadaísmo, escribió el 18 de noviembre de 1962 que Gonzalo Arango era “un desesperado que le escribía acerca de náuseas por la poesía, la metafísica normal, la novela, y por todo lo humano; que las náuseas eran ya vómito por nuestra universidad, por los maestros y por los personajes de la patria; que ese estado se llamaba Nadaísmo y que eran sinnúmero ya sus compañeros”.

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Para Medina Medina, “la Generación Beat, en elementos estéticos y axiológicos, influyó en la fundación del Nadaísmo”. Sin embargo, más que un autor o personaje, hay un suceso que marca el origen de este movimiento y de esta visión del mundo en Gonzalo Arango: el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. “En el texto que Gonzalo Arango escribe sobre Gaitán, afirma: ‘la muerte de ese hombre es ‘responsable’ de lo que soy yo’. Complementando párrafos más adelante: ‘tengo la certeza de que si Gaitán viviera, el Nadaísmo nunca hubiera existido en Colombia (porque) es casi seguro que hoy estaríamos al lado de Gaitán, con Gaitán a la carga, defendiendo sus banderas revolucionarias’”, señaló Medina.

En la década de 1960, Arango, artífice del nadaísmo, parecía convertirse también en el creador de su ocaso. Pese a haber reunido una serie de poetas nadaístas, también tuvo diferencias con ellos, propias del inherente elemento conflictivo del ser humano. Aunque no abandonaba su vocación como escritor, el periodismo y la política empezaron a ocupar mayor importancia. En 1968, el haber coincidido con las ideas de Carlos Lleras Restrepo ocasionó una nueva ruptura con su cofradía, una que hizo crecer la grieta que parecía haberse superado cuando en 1963 varios de los nadaístas quemaron simbólicamente el Manifiesto del movimiento en Cali.

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Sin embargo, más que las diferencias naturales que pueden surgir en el tiempo, sus amigos y cómplices no dejaron de reconocer la importancia de su legado y de la amistad que pudieron llegar a construir. Prueba de ello fue lo que escribió Jotamario Arbeláez en 2018, en El Tiempo, en su texto titulado “Parece que fue ayer”: “Angelita mantiene en Guatavita encendida la tea que alumbra la memoria del inolvidable. Los discípulos del profeta continuamos loando y despotricando de acuerdo con las enseñanzas que de él recibimos. Informan del cementerio de Andes que han tratado en repetidas ocasiones de robar sus restos. Han tacado burro los cleptómanos fetichistas. Los restos del profeta somos nosotros”.

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William Ospina, en su texto “Invocación a Gonzalo Arango”, describió con precisión lo que representó el fundador del nadaísmo para la época y, en general, para la historia de la literatura colombiana. “En un país donde los curas predicaban rencor y los políticos predicaban degüello, donde ser gente consistía en saber despreciar y ser hombre consistía en saber odiar, Gonzalo salió a las calles a predicar la amistad, y se inventó con unos cuantos desgreñados adolescentes no sé si el más renovador movimiento literario de Colombia, pero sí la más saludable conjura de la pasión y de la juventud contra todo un orden decrépito y maligno, y la mejor propuesta política que se podía formular en esa Colombia de odios: una plural y rebelde y creadora fraternidad. Cuando la consigna es odio, él sale a gritar que la consigna es imaginación desbordante y amistad sin límites”.

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