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Gregorio Sokoloff y las ganancias de salvar un teatro

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Gregorio Sokoloff lanzó su libro “Teatro Unión” en la librería Ficciones de Bogotá. / Gustavo Torrijos.
Foto: Gustavo Torrijos.

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Gregorio Sokoloff lanzó en la librería Ficciones de Bogotá su libro sobre la reconstrucción del Teatro Unión, una joya arquitectónica de Honda. Con una trayectoria que incluye grandes proyectos internacionales, ha dejado su huella en esa ciudad, en donde además de su labor como arquitecto también se ha convertido en gestor cultural.

¿Qué encontró cuando entró por primera vez al Teatro Unión?
Me acuerdo mucho del olor y de la luz. Había una energía impactante: uno casi podía escuchar la música y a las personas viendo cine o teatro. Ninguno hablaba. Posiblemente era el ruido de las palomas o de las tejas rotas con el viento, pero eran como voces diciéndonos: “no me dejen morir”. Por la cubierta rota entraba la luz como si estuvieran prendidas las luces de un espectáculo sin artistas.

¿Cómo conservarlo sin dejarlo detenido en el tiempo?
Los edificios deben transformarse según las necesidades de la sociedad, sin destruir su memoria ni su identidad. Recuperamos la fachada, el lobby, la taquilla, el escenario y los camerinos. Cambiamos la silletería, bajamos el aforo de más de 500 a 300 sillas y modificamos baños y ventilación.
Hay personas que entran y dicen: “en esa silla le di el primer beso a su mamá”. Es gratificante: con todos los cambios, el espacio no perdió su ADN.

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¿Cuál fue el hallazgo más emocionante?
La pintura de las paredes. El maestro Jairo Humberto Mora nos mostró cómo llegar a la original. Cada capa tenía una historia: colores, materiales, tecnologías. Fue fascinante leer en los muros la historia social del teatro. El maestro no nos cobró la asesoría y nos regaló la pintura para restaurar las maderas de los cielorrasos del lobby.

¿Y el momento más difícil?
Cada amanecer digo: “por qué me metí en esto”. La sensación va disminuyendo al pasar el día y vuelve a aparecer al siguiente amanecer. Pero seguimos adelante.

El libro no empieza con el Teatro Unión, sino con Honda, su geografía, el Magdalena, su crecimiento y su vida cultural. ¿Por qué era necesario contar primero la ciudad para poder contar el teatro?
Porque el Teatro Unión no se puede entender como un edificio aislado. Honda fue durante siglos un lugar de tránsito, de encuentro y de mezcla, determinado por los ríos y especialmente por el Magdalena. Esa condición de puerto produjo una ciudad muy particular por donde circularon comerciantes, viajeros, extranjeros, músicas, formas de entretenimiento y nuevas costumbres. A finales del siglo XIX ya existían compañías de teatro y bandas musicales, y la ciudad necesitaba lugares para reunirse alrededor de esas expresiones. El Teatro Unión aparece justamente en ese contexto.

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Una de las cosas más interesantes del libro es que usted reconstruye el primer Teatro Unión aunque no existían sus planos originales. ¿Cómo se puede reconstruir arquitectónicamente un edificio que prácticamente había desaparecido?
Fue una especie de arqueología. No había planos del primer teatro. Quedaban dos fotografías interiores, una imagen exterior tomada desde el Puente López, algunas descripciones escritas y los planos de etapas posteriores. Hubo que hacer que esos fragmentos conversaran entre sí.
Sabíamos, por ejemplo, que tenía tres niveles, que la luneta tenía piso de tierra y estaba parcialmente descubierta, que alrededor estaban los palcos y arriba el “gallinero”, y que incluso existía una cabina de proyección. A partir de esos indicios hicimos una reconstrucción posible. El libro es muy cuidadoso en eso: no pretende convertir una hipótesis en certeza. Lo que intenta es recomponer, con la mayor honestidad posible, algo que el tiempo había borrado.

¿Hemos perdido la capacidad de hablar de belleza?
Creo que el principal problema es la rentabilidad, junto con la inmediatez y la moda. Esto es lo que no nos deja ver la belleza, la historia y la memoria urbana, que son puntos de referencia de las sociedades.
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¿Sigue diciendo con humor que “invertir en cultura garantiza pérdidas”?
Eso ha cambiado: ya lo digo sin humor. La cultura trae ganancias de otro tipo. Ver a las personas sentadas unas al lado de otras, disfrutando sin diferencias políticas, religiosas o sociales, es muy gratificante. En muchas presentaciones me salen lágrimas de alegría. Me iré sin plata en las alforjas, pero me iré contento.


Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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