Quiero arrancar hablando del lugar donde sucede la novela, de la villa. Villa Gesell, que entiendo que es un lugar que ha aparecido en otras novelas. ¿Por qué permanecer en esa villa?
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En esa villa, amigo, surgió una novela larga que escribí antes, que se llamó Cámara Gesell, y ahí me pasó lo siguiente, que volvió ahora a ocurrirme. Yo pensaba en maestros: un escritor es la suma de sus influencias y la suma de sus citas.
Entonces, a ver, lo que yo hice no es nada nuevo, es un recurso que han aplicado otros con mucho más talento que yo. William Faulkner, al fundar el condado de Yoknapatawpha. Rulfo, al fundar Comala. García Márquez, nada menos, al fundar Macondo.
García Márquez, a quien admiro, admiré y seguiré admirando, es uno de los más grandes escritores latinoamericanos, y no lo digo por demagogia, sino con la pasión que me inspira su lectura, que es recurrente. De hecho, mientras escribía estos relatos, leí algunos de sus cuentos. No otra vez Cien años de soledad, que la tengo muy presente.
Juan Carlos Onetti con su Santa María. Me parece que cuando un escritor encuentra la idea de pueblo, la idea de territorio, es al mismo tiempo una apuesta difícil, pero también un gran alivio. ¿Por qué gran alivio? Porque sos dueño de ese territorio y podés hacer con él lo que se te ocurra. Estos personajes responden a lo que yo quiero. Yo no creo en esos escritores que dicen: “A mí los personajes me llevan”. Si los personajes te llevan, dedicate a otra cosa, porque este es un arte monárquico, digamos.
Entonces, cuando descubrí que tenía al alcance de la mano, a un tiro de piedra, este escenario, me alegré. Después me encontré en el brete de que eran muchos personajes, pero a la vez esto es estupendo, porque podés estar en la página 80 y no sabés cómo resolver una situación. Y decís: “Ah, pero si yo tengo un personaje en la página 20 que puede cuadrar perfecto acá”. Tenés un arco de personajes muy grande. Aunque mi novela es corta, hay una cantidad de voces que están circulando todo el tiempo, y circulan y circulan.
En estas voces que circulan está la del narrador, inclusive la voz del narrador cambia y se permuta por otra. La intención de este “nosotros”, que Onetti maneja muy bien, es involucrar deliberadamente a los lectores, que forman parte de ese “nosotros”.
De ningún modo este territorio, este pueblo, la villa, era solo una metáfora local. No es únicamente el “describe tu aldea y serás universal” de Tolstói, sino que se puede aplicar a cualquier lugar. Yo creo que esas extraordinarias escrituras —Yoknapatawpha, Macondo, Santa María— son tan Buenos Aires como lo es Montevideo. No sé si me explico.
“Aunque no es una cifra que impresione, los delitos que se cometen no son ni más ni menos ni peores que aquellos que suceden en la ciudad”. Quería preguntar precisamente por la forma en la que el pueblo es una metáfora de la sociedad.
Mientras nosotros estamos acá, en alguna de las habitaciones de este hotel se puede estar cometiendo algo. Mientras estamos acá, en el edificio del lado puede haber una negociación de narcos. A cuatro cuadras, una situación de violencia doméstica terrible. O puede estar planteándose un caso de corrupción en una gran empresa.
Estas “delicias” de la vida cotidiana están en todos lados. En un pueblo tal vez se ve más en primer plano, por la cercanía, pero nada más que eso.
Por otro lado, mi intención no fue escribir una novela exclusivamente realista. No sé si soy un autor realista. Escribo lo que puedo. Prefiero pensar que es ficción. De todos modos, la ficción siempre es moral. El final es moral. Se canta una visión del mundo. Escribas ciencia ficción, realismo fantástico o literatura gótica, no podés escapar del contexto.
“Una familia es una inversión”. Como esta, hay otros momentos en los que se cuestiona y se habla del concepto y modelo de familia. ¿Por qué?
Una familia es una inversión dentro del capitalismo. Cuando una familia piensa en el desarrollo del hijo o de la hija —que el hijo sea jugador de fútbol o ingeniero, que la hija sea un buen partido, etc.— lo que están pensando los padres es más en sí mismos que en la meta de los hijos. Porque esto también les va a garantizar un banco provisional: quién los va a mantener cuando estén jubilados.
Yo creo que la familia, como toda la sociedad, se rige por una ecuación: sexo, dinero y poder. Y en toda familia hay secretos. Quien huye con un secreto, quien huye de la familia, debe ser eliminado allí donde se lo encuentre, como en una mafia. La familia es una institución mafiosa. Y muchas veces aquel que es tan perspicaz, que percibe el secreto, se vuelve escritor.
Dice acá: “Uno de los entretenimientos más populares y a la vez secretos es el chisme. Lo que importa es lo que te cuentan y no quién te lo contó”...
Es que el chisme es un resorte de ficción fascinante. En los pueblos tal vez no se lee lo suficiente, pero se chismorrea lo suficiente. Y esto va generando, si no una novela río, al menos un gran relato con estribaciones.
En los pueblos, vos no sos vos, sino lo que piensan y dicen de vos. Y nunca lo vas a terminar de saber, ni ellos comprobar del todo lo que sospechan.
Hablemos ahora de la importancia del humor en la escritura.
Bueno, toda historia, de acuerdo a cómo la mires, puede ser simpática. La de Raskólnikov es más trágica, pero leído por Nabokov resulta casi ridículo: un asesino arrepentido con una exprostituta, enamorados, a la luz de una vela con una Biblia… Dice: “Es demasiado”. Pero, por otro lado, es la novela de Dostoievski, ¿no?
Se dice mucho que el periodismo es como el cuarto poder. Aquí juega un papel importante. ¿Está de acuerdo con ese protagonismo?
El periodismo juega un papel hasta ahí importante. Es un papel cómplice, más un observador de esta trágica comedia humana que un protagonista. El diario no es el que informa. Lo digo en la novela: el chimento, el rumor, el chisme van más rápido que el diario, el boca a boca. Hoy, además, los medios informan tarde: estos aparatitos informan más rápido, en tiempo real.
Por otro lado, hay una tragedia que atravesamos: estás más al tanto en tiempo real de lo que pasa en Birmania, pero no sabés qué ocurre en la casa del vecino. Estamos cada vez más informados, pero con menos conciencia de la sociedad en la que vivimos.
Hay un momento en el que el narrador dice que hay vidas de primera y vidas de segunda...
Lo cual es cierto. En la novela hay vidas de primera —la de los funcionarios, la de algunos comerciantes adinerados— y vidas de segunda: la de quienes no tienen acceso al dinero ni a las comunidades de poder.
Dante recuerda la idea de que la historia tiende a repetirse, primero como tragedia y después como farsa. Yo comparto esa visión. Soy marxista, y desde ahí se entiende: esta sociedad capitalista gira alrededor de sexo, dinero y poder. Todos estamos dentro de la plusvalía, no se puede salir de ahí.
En varios momentos de la novela se habla de la ansiedad. ¿Por qué quiso abordar este tema en este libro?
La ansiedad es una característica de nuestro tiempo: estar todo el tiempo pendiente no de lo que hacemos, sino de lo que tenemos que hacer. Vos no pensás tanto en el reportaje que me estás haciendo, sino en el tiempo que tenés para escribirlo y publicarlo.
Vivimos en esa disyuntiva. La literatura, afortunadamente, tiene otro tiempo: un tiempo más lento. Yo trato de que sea el tiempo de la poesía, no de una prosa estándar que sirva para resolver una escena de tiros o de romance. Trato de pensar en el lenguaje, porque además de constituirnos, es el territorio en el que nos movemos.
Dante, el periodista, expone la relación que hay entre violencia e injusticia. Qué opina usted de cómo la primera se da en muchas veces por la proliferación de la segunda
La relación con la violencia muchas veces no está claramente expuesta. En un taller mecánico, por ejemplo, el dueño y los dos o tres jóvenes que manipulan tuercas y bulones: puede parecer simpática la relación, pero hay desigualdad, hay mando y acatamiento. Eso es violento.
Y tener violencia es también esa desproporción entre ricos y pobres. Ciudades como Buenos Aires, Lima, Bogotá… en todas se perciben barrios modernos, hermosos, silenciosos, donde no ves a nadie: ni chicos, ni mujeres haciendo compras, ni muchachos tomando una cerveza. Están apagados, muertos, en un paraíso de cemento. Y cuando salen, lo hacen en autos ultramodernos con vidrios polarizados.
Las diferencias están todo el tiempo planteadas. Incluso entre los protagonistas de la televisión: figuras de noticiero, de show de cocina, elegantes y glamorosos. Quienes los ven no lo son.
La corrupción es otro de los temas que atraviesa la novela. Especialmente, esta problemática se ve reflejada precisamente en instituciones que deberían combatirla...
La corrupción es el pan nuestro de cada día. No digo que vos y yo seamos corruptos, pero en algún momento tenemos que transar para seguir vivos o haciendo lo que podemos. Tal vez tengamos mayor o menor libertad. Como escritor, tengo más libertad en la medida en que puedo decir “no”. Para mí los escritores que cuentan son los que dicen “no”. ¿Por qué? Porque la literatura debe cuestionar, molestar, iluminar, advertir y, lo principal, entretener. Con la ilusión de iluminar a algún lector, a algún joven que toma una novela y tal vez le pasa lo mismo que me pasó a mí cuando descubrí la literatura.
Pero la corrupción está acá. Ustedes lo saben: la han tenido con el narco, pero también con gobiernos que se presumen de paz. América Latina ha sufrido dictaduras sanguinarias. Yo mismo he estado amenazado, tengo amigos desaparecidos, asesinados. Todo eso al servicio de la corrupción: dictaduras que vinieron a implantar el plan de los Chicago Boys.
Y si lo traés a un plano más cercano, en la villa donde vivo hay playas extensas en las afueras. Hay intereses en armar un club náutico, con resort y muelles. ¿De dónde viene la plata? ¿Cómo consiguieron permiso, si esas tierras son fiscales, patrimonio de la nación? Tener un puerto ahí puede servir para el tráfico.
Mar del Plata, que está a 400 kilómetros, ha tenido tráfico y tráfico. Entonces, lo que no nos deja ver es que la corrupción está acá, entre nosotros. Y aquel que diga que no, que tire la primera piedra.
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