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Habermas: breve obituario filosófico

La ascendente polarización algorítmica, el fenómeno del evangelismo político, la demagogia populista y el autoritarismo, así como el “mezquino oportunismo político” por conservar el poder, tornan vigente la obra filosófico-social, política y democrática de Habermas.

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Leonardo García Jaramillo*, especial para El Espectador
16 de marzo de 2026 - 06:47 p. m.
El fiolósofo alemán Jurgen Habermas, durante su intervención como ganador del Premio Erasmus, en el Royal Palace de Amsterdam en noviembre de 2013. (Photo by JERRY LAMPEN / ANP / AFP)
El fiolósofo alemán Jurgen Habermas, durante su intervención como ganador del Premio Erasmus, en el Royal Palace de Amsterdam en noviembre de 2013. (Photo by JERRY LAMPEN / ANP / AFP)
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“Con Habermas perdemos a un gran ilustrado que analizó a fondo las contradicciones de la modernidad. Nos enseñó el ethos del discurso democrático y fundamentó la emancipación del ser humano como un objetivo inalienable. Durante muchas décadas ha marcado, enriquecido e impulsado el discurso tanto científico como político en nuestro país y mucho más allá. En su obra se combinaban de manera inconfundible la precisión teórica, la fuerza analítica, la autorreflexión crítica, el poder del lenguaje y la intervención republicana”.

Frank-Walter Steinmeier, presidente de Alemania

La obra de Jürgen Habermas (Düsseldorf, 18 de junio de 1929 – Starnberg, 14 de marzo de 2026) tuvo tres auditorios: los académicos, en la sociología, el derecho y la filosofía; los políticos profesionales, sobre todo, por sus simpatías críticas con el Partido Socialdemócrata alemán (SPD); y la opinión pública, por su permanente participación en programas de debate y en la prensa. Habermas, quien se consideró a sí mismo un “socialdemócrata de izquierda”, es uno de los principales teóricos sociales y filósofos de la Segunda Postguerra no solo en su Alemania natal y en Europa, sino también en Estados Unidos y en América Latina. Se le llegó a llamar la “conciencia moral pública de la cultura política”, como relata su biógrafo Müller Doohm.

Habermas procede de una familia conservadora de clase media de la provincia de Renania del Norte-Westfalia. Integró las Juventudes Hitlerianas, como toda su generación, y terminó siendo enviado en 1944 a las filas para reforzar el frente interno. Su padre trabajó como asesor económico en Gummersbach, una ciudad cercana a Colonia, y, como reconstruye Winkler, prestó sus servicios al partido nazi. Alcanzó el grado de comandante de las fuerzas armadas, la Wehrmacht.

Defender la democracia, alcanzada repentinamente tras la Segunda Guerra Mundial, fue el proyecto de su vida. Se mantuvo fiel hasta el final a su idea de erradicar el dogmatismo y el fanatismo. Esa lección no solo la derivó del nazismo sino también del “fascismo de izquierda”, contra el que advirtió ya en 1967. Una de las preocupaciones que motivaron su obra fue evitar el resurgimiento del nacionalismo en el que había crecido. Ante los nacionalismos que fundan la identidad cultural en la etnia o en la sangre, desarrolló el concepto de “patriotismo constitucional”, acuñado por el politólogo Dolf Sternberger.

Una democracia moderna debe basarse en la adhesión a los valores y principios de la constitución. La legitimidad y estabilidad de las democracias modernas dependen de que la constitución sustituya a la nación como centro de los sentimientos de identidad colectiva y como fuente de su solidaridad cívica. Si, como sostiene, la relación entre nación y democracia constitucional es históricamente contingente, las democracias no necesitan una religión, un modo de vida o unos valores culturales compartidos que otorguen sentido y fundamenten su identidad colectiva. Un sistema político democrático puede generar su propia solidaridad cívica. En una entrevista de 1979, calificó la figura del Estado constitucional de “un logro histórico”.

Itinerario de una razón volcada al mundo: el compromiso con la “esfera pública”

Entre 1949 y 1954, Habermas estudió filosofía, historia y literatura en Bonn, Gotinga y Zúrich. Su obra filosófica consta de tres pilares: la teoría social, la “ética del discurso” y la teoría discursiva del derecho y de la democracia. Su carrera comenzó en 1956 en Fráncfort como asistente de investigación en el Instituto de Investigación Social, junto a Horkheimer y Adorno. Se doctoró en 1954 en la Universidad de Bonn con una tesis sobre la ambivalencia del pensamiento del filósofo Schelling. Se habilitó como profesor en 1961 en la Universidad de Marburgo, con la tesis “La transformación estructural de la esfera pública”, que se editaría un año después. Fue profesor en la Universidad de Heidelberg entre 1961 y 1964. Obtuvo en 1964 la cátedra de Filosofía y Sociología de Horkheimer en la Universidad Goethe de Fráncfort. En 1968 publicó “Conocimiento e interés”, gracias a la cual su fama traspasó las fronteras alemanas, según quienes le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, en 2003. En una carta a Hannah Arendt, en octubre de 1975, rechazó la oferta de sucederle en la New School for Social Research de Nueva York.

Como director del Instituto Max Planck para la Investigación de las Condiciones de Vida del Mundo Científico y Técnico, en Starnberg, publicó en 1981 su magnum opus, “Teoría de la acción comunicativa”. Se trasladó a Fráncfort, donde permaneció, con estancias como profesor visitante en diversas universidades de Estados Unidos, hasta su jubilación en 1994. Su última gran obra, publicada en 2019 a sus 90 años, se dedica, a lo largo de 1.700 páginas, a la historia de la filosofía durante los últimos 2.500 años. Como indica su propio autor, esta obra muestra cómo la filosofía occidental ha incorporado contenidos religiosos transformándolos en un saber capaz de justificación racional. El eje de la obra es la relación entre la fe y la razón. “Esta consideración apunta a la pregunta por una adecuada comprensión de la tarea de la filosofía en la actualidad”.

Esta “contribución a la genealogía del pensamiento postmetafísico” implica que la filosofía abandona la búsqueda de “verdades absolutas”. La modernidad situó a la filosofía ante la imposibilidad de explicar la totalidad del universo desde un único principio (Dios, el Ser o el Espíritu). El pensamiento postmetafísico se centra en la razón práctica y el lenguaje porque la verdad se descubre mediante el consenso y la deliberación. El título original es “Auch eine Geschichte der Philosophie”. El uso del adverbio “Auch” (“también” o “además”) denota que la suya es una más, otra, de las posibles interpretaciones de la historia del pensamiento. Se publicó en español en 2024 por la prestigiosa editorial Trotta, la casa de la gran mayoría de sus libros en español.

Conceptos e ideas que acuñó y contribuyó a desarrollar integran de manera singularmente conspicua el vocabulario jurídico-político contemporáneo. Se destacan, entre otros: “acción comunicativa”, “discurso libre de dominación”, “problemas de legitimación en el capitalismo tardío”, “ética del discurso” y “esfera pública” y su “refeudalización” (en la que los medios de comunicación y la publicidad transforman al ciudadano en un consumidor pasivo).

Escritor prolífico y excepcionalmente versátil, su trabajo académico le permitió además fundar sobre sólidas bases su rol de intelectual público. Crítico del capitalismo “descarrilado”, se ocupó de los grandes temas alemanes, como la singularidad histórica del Holocausto y la reunificación tras la caída del Muro de Berlín; pero también de la bioética (la ingeniería genética y la investigación con células madre), las guerras de Kosovo e Irak, el terrorismo, la crisis bancaria y la situación de Europa y el mundo tras la reelección de Trump. “Occidente suministra armas a Ucrania por motivos justificados; sin embargo, esto conlleva una corresponsabilidad en el futuro desarrollo de la guerra”, sostuvo en febrero de 2023. Sin embargo, siempre advirtió contra el belicismo desenfrenado. Recientemente arremetió contra la “política de la fuerza”, lamentándose de que “en cuestiones decisivas todo se decidiera por el pueblo, pero nada con el pueblo”.

Intervino en muchas de las grandes controversias políticas y éticas. En marzo de 2025, Habermas escribió para el periódico Süddeutsche Zeitung: “No es que los principales políticos nacionales de Occidente (…) hayan coincidido siempre plenamente en sus perspectivas políticas; pero siempre han compartido la misma concepción subyacente de su pertenencia a Occidente bajo el liderazgo de Estados Unidos. Esta realidad política se ha desmoronado con la llegada al poder de Trump y el cambio de sistema desencadenado en Estados Unidos, aunque formalmente el destino de la OTAN siga siendo, por el momento, una incógnita”. Criticó el “confuso” discurso de Trump en su segunda toma de posesión: “La actitud narcisista del orador despertó en un telespectador desprevenido la impresión de estar ante la demostración clínica de un caso psicopatológico”.

Consideraba la vida judía y el derecho a la existencia del Estado de Israel “elementos fundamentales de la cultura política de Alemania que merecen protección especial”. Suscribió una declaración de solidaridad con Israel ante los ataques terroristas de Hamás en 2023. Advirtió, no obstante, que la respuesta armada de Israel, “en principio justificada”, debía guiarse por “los principios de proporcionalidad, de evitar víctimas civiles y de librar una guerra con la perspectiva de una paz futura”.

Por su trabajo académico y como intelectual público se constituyó en una autoridad global en la interpretación de la historia. Evidencia de ello son los múltiples doctorados honorarios que recibió, pero, sobre todo, prestigiosas distinciones como el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes, el Premio de Kioto, el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Holberg, comúnmente conocido como el Nobel en ciencias sociales.

Religión y esfera pública

En épocas de sectarización ideológica y polarización política, Habermas invita a recuperar el arte perdido del debate público ponderado e informado. “Religión en la esfera pública” fue el tema que eligió para la conferencia por el otorgamiento del Premio Holberg. La modernización no eliminó la religión sino que hoy vivimos en una sociedad postsecular. El gran reto es definir una “ética de la ciudadanía” en la que tanto creyentes como no creyentes cooperen en la esfera pública sin traicionar sus propias convicciones, respetando la neutralidad del Estado.

En esta conferencia, Habermas discute la “carga asimétrica” de Rawls, según la cual se les exige a los religiosos que traduzcan sus argumentos a un lenguaje secular para participar en la política. Para un creyente, su fe no es algo disponible ni una opinión sino la base de su identidad, por lo cual pedirle que se “divida” al incorporarse al debate público es una carga psicológica injusta que, en última instancia, amenaza con socavar la legitimidad del Estado. Los creyentes pueden y deben usar su lenguaje religioso porque ahí es donde residen sus intuiciones morales sobre la dignidad o la justicia. Habermas propone entonces distender o relajar esta exigencia.

La idea de la esfera pública surge entre los siglos XVII y XVIII para representar los lugares de reunión social donde se intercambiaban impresiones sobre obras literarias. La disposición al debate racional y las capacidades de razonamiento crítico empleadas configuraron luego una esfera pública política. Esta esfera no pertenece al Estado, a la economía ni a la familia, sino que representa el lugar donde los ciudadanos se comunican sobre asuntos que les atañen mediante el uso público de la razón. La esfera pública marca una división ideológica entre lo público (el Estado y la política) y lo privado (la sociedad civil, la economía de mercado y la familia). Los ciudadanos pueden usar su lenguaje religioso en la esfera pública informal (prensa, redes sociales, manifestaciones, debates amplios), siempre que acepten que solo valen las razones seculares al cruzar el “umbral institucional” donde sus posiciones se “filtren” hacia la “esfera pública formal” (el aparato estatal, los parlamentos y los tribunales). Las reglas procedimentales deben “expurgar” cualquier justificación puramente religiosa. “Una religión debe renunciar a su pretensión de totalidad tan pronto como, en las sociedades pluralistas, la vida de la comunidad religiosa se diferencie de la vida de la comunidad política más amplia”, sostuvo en “Entre naturalismo y religión”, de 2005.

En la defensa de una esfera pública comprometida con los valores liberales consagrados en las constituciones democráticas, Habermas introduce la metáfora del “filtro institucional” para representar la “polifonía de voces” (religiosas y seculares) que debe caracterizar el debate social, en la calle, los foros y los medios. Este filtro permite configurar una esfera pública secular, no atea, y asegura que ninguna ley se imponga con base en una fe particular compartida por algunos, aunque sean mayoría. Dicha esfera se representa como un “Babel de voces”. En este proceso de aprendizaje mutuo los ciudadanos seculares tienen el deber de abandonar el “secularismo radical” que concibe la religión como un fósil arcaico. Deben estar abiertos a que las tradiciones religiosas contengan “potenciales de sentido” o verdades morales que, si se traducen correctamente, pueden resultar útiles para toda la sociedad. A los religiosos, por su parte, les corresponde realizar un “esfuerzo hermenéutico” para articular sus verdades sagradas con el derecho moderno, la ciencia y el pluralismo.

El “poder comunicativo” que se genera tras esta comunicación, abierta al debate racional y a la crítica, contribuye a legitimar las acciones del sistema político. La “ética del discurso”, su teoría del discurso de la moralidad, propone que una norma moral solo es válida si todos los afectados por ella pueden aceptar sus consecuencias tras un debate libre basado en las ideas de la verdad, la justicia y los derechos humanos. El principio de laicidad, entre otros valores constitucionales connaturales a cualquier configuración del Estado constitucional, determina la posibilidad de la elaboración legítima de las leyes. Si este proceso comunicativo funciona correctamente, como sostiene en “Facticidad y validez” (1998), su gran tratado sobre el derecho y la democracia, los ciudadanos pueden entenderse a sí mismos como “autores y destinatarios” de la ley porque han participado indirectamente en el proceso legislativo. En este sentido, sustenta la idea de una “justificación pública” de las razones que fundamentan la coacción ejercida por los organismos gubernamentales para imponer normas. El objetivo de este proceso de otorgamiento de razones para justificar dicha posición es generar un consenso entre las partes enfrentadas mediante un discurso real en el marco institucional.

Defendió en este libro que la justificación pública se fundamenta, no en el respeto a las personas como seres libres e iguales, sino en la naturaleza de la racionalidad y la moralidad. La única forma de lograr la justificación pública es mediante la argumentación que permite a los ciudadanos reconocer los méritos de las exigencias de los demás. La “formación de la voluntad” es el proceso discursivo de someter nuestras afirmaciones a la crítica para transformarlas y lograr un consenso mediante la adopción de un punto de vista discursivo y moral.

En este contexto insistió en la importancia de la “obligación sin coacción del mejor argumento”. Debe producirse un proceso de traducción cooperativa de lo religioso a lo racional y accesible, para que solo se configure posteriormente, como parte del sistema jurídico y político, aquello que todos puedan entender y aceptar. La salud de una democracia no depende de que los ciudadanos olviden su fe sino de su capacidad de traducirla en una razón compartida. La neutralidad del Estado no debe implicar el ateísmo de la sociedad.

Cierre

Su filosofar siempre fue consistente con la preocupación, no solo por el desarrollo de las ciencias sociales y humanas, sino también por la involución de los ideales ilustrados. Habermas defendió una estructuración de la esfera pública guiada por criterios de racionalidad, como la cooperación epistémica entre ciudadanos religiosos y seculares, y el deber recíproco de civilidad para ofrecernos mutuamente buenas razones que justifiquen nuestras posturas políticas. Aportó, además, argumentos sustantivos para configurar dicha esfera pública conforme a criterios normativos derivados de los principios básicos del Estado democrático de derecho y de los derechos fundamentales.

La ascendente polarización algorítmica, el fenómeno del evangelismo político, los éxitos actuales de la demagogia populista y el autoritarismo, así como el “mezquino oportunismo político” por conservar el poder, tornan singularmente vigente la obra filosófico-social, política y democrática de Habermas. Su ejemplar forma de argumentar, guiada por los principios de la racionalidad y la construcción de una esfera pública, se nutre de los valores constitucionales para sustanciar una argumentación motivada por la búsqueda del entendimiento mutuo y de la validez universal del discurso.

* Universidad EAFIT, Medellín, Ciencias Políticas


Referencias utilizadas:

Peter Dews (ed.), Autonomy and Solidarity: Interviews with Jürgen Habermas, Londres –Nueva York, Verso, 1992.

Stefan Müller-Doohm, Jürgen Habermas. Una biografía, Madrid, Trotta, 2020.

Jürgen Habermas, La inclusión del otro. Estudios de teoría política, Barcelona, Paidós, 1999.

Jürgen Habermas, Entre naturalismo y religión, Barcelona, Paidós, 2006.

Jürgen Habermas, Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso, Madrid, Trotta, 2010.

Jürgen Habermas, Cornel West, Judith Butler & Charles Taylor, El poder de la religión en la esfera pública, Madrid, Trotta, 2011.

Jürgen Habermas & Hilary Putnam, Normas y valores, Madrid, Trotta, 2017.

Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa. Tomo I. Racionalidad de la acción y racionalización social. Tomo II. Crítica de la razón funcionalista. Madrid, Trotta, 2018.

Jürgen Habermas, Una historia de la filosofía. Volumen 1. La constelación occidental de fe y saber. Volumen 2. Libertad racional. Huellas del discurso sobre fe y saber, Madrid, Trotta, 2024.

Jürgen Habermas, Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa, Madrid, Trotta, 2025.

Willi Winkler, “Der Sturmvogel”, en: Süddeutsche Zeitung, Munich, 14. März 2026.

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Por Leonardo García Jaramillo*, especial para El Espectador

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